Los terroristas del 11 de septiembre reclutados durante los noventa surgieron de aquel laboratorio afgano alimentado por la CIA.
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Por Oriol Sabata
nuevarevolución.es/11/09/2026
Durante los años ochenta, Washington no hablaba de yihadistas ni de terroristas, usaba la expresión freedom fighters. El presidente Ronald Reagan los recibió con alfombra roja y todos los honores en la Casa Blanca, los elogió y prometió que Estados Unidos no los abandonaría. Eran, según el relato oficial, héroes que defendían la fe y la independencia frente a la influencia soviética en Afganistán.
Doce años después de la retirada de la URSS, una organización nacida en aquel escenario —Al Qaeda— estrelló aviones contra el World Trade Center y el Pentágono. Fue la consecuencia de una política imperialista que armó, financió y legitimó a las facciones más radicales del islamismo con el objetivo de combatir a su rival geopolítico.
Para contrarrestar la influencia soviética en Afganistán, primero Jimmy Carter y luego Reagan, impulsaron la Operación Ciclón, gestionada por la CIA a través de la inteligencia pakistaní (ISI), generando un flujo de miles de millones de dólares hacia los muyahidines. El propio Reagan hablaba de “valientes combatientes de la libertad”. En 1984 los llamó freedom fighters y dijo que escribían “un nuevo capítulo en la historia de la libertad”. En 1987 recibió a Yunus Khalis y a otros líderes islamistas. Bajo dicha operación, la CIA alimentó a las facciones más radicales en su lucha contra la expansión del comunismo.
Durante ese proceso, miles de combatientes yihadistas de Arabia Saudí, Egipto, Argelia y Yemen se sumaron a la lucha armada. Entre ellos, se encontraba un saudí llamado Osama bin Laden. En 1988, cuando la URSS se retiraba de Afganistán, nació Al Qaeda.
Bin Laden operaba en el ecosistema que Estados Unidos había inflado: campos pakistaníes, comandantes afganos subsidiados, armas que circulaban y una yihad internacional anunciada como causa justa. La moral de los muyahidines estaba por las nubes y nadie en Washington se detuvo a preguntarse qué harían esos hombres, esas redes y esas armas cuando el enemigo rojo desapareciera.
Cuando la URSS culminó su retirada en 1989, Afganistán no era un remanso de paz. Quedó un país totalmente fragmentado con pugnas entre señores de la guerra que estaban armados hasta los dientes. Y de esas ruinas surgieron los talibanes. Un terreno fértil en el que Al Qaeda pudo crecer como organización y planificar sus próximos pasos.
Los terroristas del 11 de septiembre reclutados durante los noventa surgieron de aquel laboratorio afgano alimentado por la CIA. Khalid Sheikh Mohammed, cerebro operativo de los atentados, había combatido en Afganistán en los ochenta. Bin Laden y Ayman al-Zawahiri eran productos directos de ese campo de batalla.
El imperialismo, cegado en su lucha contra la URSS, sufrió un efecto boomerang brutal tras armar a milicias que ideológicamente eran hostiles a su propio orden. Instrumentalizaron a los muyahidines pero al mismo tiempo internacionalizaron la yihad, profesionalizando a miles de combatientes que terminaron atentando contra Estados Unidos.
Reagan hablaba de libertad, pero en realidad estaba financiando a un islamismo armado que detestaba tanto el comunismo como el orden liberal estadounidense. Cuando el primero cayó, quedó el segundo objetivo. Estados Unidos creyó que podía usar el fuego islamista contra Moscú sin quemarse. El 11 de septiembre demostró que se equivocaron.
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