Descubren que un cocodrilo gigante de casi 7 metros cazaba mamíferos de 1.800 kilos en Colombia hace 12 millones de años
Las marcas conservadas en huesos de grandes mamíferos revelan que Purussaurus neivensis, un crocodiliano de casi siete metros, atacaba presas de más de una tonelada en la Colombia del Mioceno
Descubren mordeduras de hace 12 millones de años que revelan cómo un cocodrilo gigante cazaba mamíferos de más de una tonelada. Ilustración de Miguel Hernandez
Christian Pérez, Redactor especializado en divulgación científica e histórica
muyinteresante.okdiario.com/19.08.2026
Hace unos 12 millones de años, acercarse al agua en el territorio que hoy ocupa Colombia podía convertirse en una decisión fatal. Los grandes mamíferos que recorrían aquel paisaje tropical compartían su entorno con un depredador capaz de plantar cara a animales de más de una tonelada: Purussaurus neivensis, un gigantesco pariente de los caimanes actuales. Hasta ahora, buena parte de esta imagen procedía de reconstrucciones ecológicas. Un nuevo estudio ha encontrado algo mucho más difícil de discutir: las huellas que sus dientes dejaron sobre los huesos de sus posibles presas.
Lo que vas a descubrir en este artículo
Un cráneo atravesado por un enorme diente
Una mordedura de decenas de miles de newtons
El detalle que recuerda a los cocodrilos actuales
Cuando los grandes cazadores de Sudamérica eran reptiles
Referencias
La investigación, publicada en Journal of Vertebrate Paleontology, estudia cuatro fósiles de tres grandes ungulados procedentes de La Venta, en el departamento colombiano de Huila. No son huesos cualquiera. Un cráneo, un fémur y dos mandíbulas conservan perforaciones, depresiones y fracturas que permiten reconstruir encuentros violentos ocurridos en el Mioceno medio. Los autores atribuyen la mayoría de estas señales a Purussaurus neivensis.
La Venta era entonces muy distinta del paisaje que puede contemplarse hoy en la región. El norte de Sudamérica estaba marcado por extensos sistemas de agua dulce y una extraordinaria diversidad de crocodiliformes. En esta fauna convivían grandes mamíferos herbívoros con serpientes, aves depredadoras, mamíferos carnívoros y reptiles de dimensiones formidables. La pregunta era quién ocupaba realmente la parte más alta de aquella cadena alimentaria.
El nuevo trabajo aporta una pieza especialmente valiosa para resolverla. No se limita a señalar que depredador y presa vivieron en el mismo lugar y momento: estudia las cicatrices físicas de su interacción.
Un cráneo atravesado por un enorme diente
Una de las pruebas más llamativas aparece en el cráneo de Pericotoxodon platignathus, un toxodóntido de gran tamaño. Los investigadores estiman que aquel individuo rondaba los 930-980 kilogramos. Sobre su hueso frontal quedó una gran perforación cuya forma y dimensiones encajan con los dientes anteriores de un Purussaurus adulto.
La comparación resulta reveladora. Los investigadores midieron 22 dientes atribuidos a ejemplares adultos de Purussaurus conservados en las colecciones del Museo Paleontológico de Villavieja. Sus diámetros oscilaban entre 19,6 y 43,7 milímetros, con una media de 27,8 milímetros. La marca del cráneo entra dentro de ese rango.
No es el único Pericotoxodon con señales semejantes. Un fragmento distal de fémur, perteneciente probablemente a un animal de unos 616 kilogramos, presenta varias perforaciones y pequeñas depresiones. Los otros dos fósiles analizados son mandíbulas de Xenastrapotherium kraglievichi y Granastrapotherium snorki, dos astrapoterios, un peculiar grupo de grandes mamíferos sudamericanos ya extinguido. Las estimaciones realizadas por los autores sitúan a estos individuos alrededor de los 1.687 y 1.822 kilogramos, respectivamente.
Es decir, quien produjo aquellas marcas no estaba mordiendo animales pequeños. Algunas de sus posibles víctimas tenían una masa comparable o incluso superior a la del propio atacante.
Mandíbula de Xenastrapotherium kraglievichi con huellas atribuidas al ataque de Purussaurus neivensis y otras marcas que podrían corresponder al posterior carroñeo de Langstonia huilensis. Foto: Oscar WilsonHace unos 12 millones de años, un mamífero de más de una tonelada no estaba necesariamente a salvo: Purussaurus podía atacar presas de ese tamaño.
Una mordedura de decenas de miles de newtons
El equipo fue más allá de observar las perforaciones. A partir del área de determinadas marcas y de la resistencia estimada del hueso cortical fresco, calculó la fuerza mínima necesaria para producirlas. El procedimiento tiene limitaciones —que los propios investigadores reconocen—, pero permite hacerse una idea de la magnitud del animal responsable.
En la mandíbula de Xenastrapotherium, dos perforaciones arrojaron estimaciones mínimas de aproximadamente 40.825 y 28.339 newtons por diente. En Granastrapotherium, otra alcanzó unos 36.873 newtons. Cuando varias marcas pertenecientes a una misma mordida se consideran conjuntamente, las fuerzas superan los 40.000 newtons y en algunos casos se aproximan a 70.000.
Hay una cifra todavía mayor: la perforación del cráneo de Pericotoxodon produjo una estimación superior a 80.000 newtons. Pero aquí conviene introducir un matiz importante. Los propios autores advierten de que probablemente se trate de una sobreestimación, porque la marca atraviesa un hueso frontal relativamente delgado y el método utilizado no reproduce todas las particularidades mecánicas de esa zona.
El conjunto de las evidencias, sin embargo, apunta hacia el mismo candidato. Purussaurus neivensis habría alcanzado unos 6,9 metros de longitud y alrededor de 1.793 kilogramos según las estimaciones utilizadas por los investigadores. Su tamaño, la forma del hocico, su dentición y la fuerza que podía desarrollar lo convierten en el mejor candidato para explicar las lesiones.
Algunas perforaciones necesitaron fuerzas mínimas de decenas de miles de newtons por diente, una magnitud compatible con un depredador gigantesco como Purussaurus.
El detalle que recuerda a los cocodrilos actuales
Hay otra pista escondida en la localización de las heridas. Muchas aparecen en el cráneo y las mandíbulas. Este patrón recuerda a los ataques de grandes cocodrilos actuales, que pueden capturar presas de considerable tamaño mediante emboscadas y sujetarlas por la cabeza o zonas próximas antes de arrastrarlas, desmembrarlas o procesarlas.
Los investigadores proponen precisamente que los grandes cocodrilos modernos, como el cocodrilo marino y el del Nilo, pueden servir como analogía para comprender parte del comportamiento de Purussaurus. Con una diferencia nada menor: P. neivensis era considerablemente más pesado que los mayores cocodrilos marinos modernos considerados en el estudio, por lo que habría tenido una capacidad excepcional para manipular grandes cadáveres.
Determinar si cada mordisco ocurrió durante una cacería o cuando el animal ya estaba muerto es mucho más complicado. Ninguno de los cuatro fósiles muestra señales de curación. Los autores reconocen expresamente la dificultad de distinguir depredación de carroñeo únicamente a partir de huesos mordidos. Aun así, la distribución de las lesiones y su semejanza con los patrones de captura de cocodrilos actuales llevan al equipo a interpretar el conjunto principalmente como evidencia de depredación.
Uno de los fósiles cuenta, además, una historia todavía más compleja. La mandíbula de Xenastrapotherium conserva un segundo tipo de marcas, unas estrías paralelas atribuidas probablemente a Langstonia huilensis, un crocodiliforme terrestre de dientes comprimidos y cortantes. El equipo plantea que pudieron producirse en otro momento, posiblemente durante un episodio posterior de carroñeo. Un mismo cadáver habría pasado así por las mandíbulas de dos depredadores diferentes.
Hallan la sorprendente prueba de que un pariente gigante de los caimanes cazaba enormes mamíferos hace 12 millones de años. Foto: Oscar WilsonLas perforaciones del cráneo de Pericotoxodon tienen dimensiones compatibles con los grandes dientes conocidos de ejemplares adultos de Purussaurus.
Cuando los grandes cazadores de Sudamérica eran reptiles
La importancia del descubrimiento va más allá de identificar al responsable de unas mordeduras. Antes del Gran Intercambio Biótico Americano, las comunidades sudamericanas funcionaban de una manera que no encuentra un equivalente exacto en muchos ecosistemas modernos. Los grandes mamíferos carnívoros no monopolizaban la depredación: compartían ese espacio ecológico con aves, serpientes y crocodiliformes.
Precisamente por eso las marcas de La Venta resultan tan interesantes. Son el registro de encuentros entre animales individuales, pero también una ventana a la organización de todo un ecosistema. Los crocodiliformes pudieron ejercer una presión particularmente importante sobre los herbívoros de mayor tamaño, ocupando un papel que hoy asociaríamos con los grandes superdepredadores mamíferos.
La imagen que emerge es la de un mundo en el que un mamífero de una tonelada no estaba necesariamente a salvo por ser enorme. Al aproximarse a los ríos y humedales podía encontrarse con un reptil gigantesco perfectamente equipado para atacarlo. Millones de años después, unos agujeros conservados en cuatro huesos han permitido reconstruir parte de esos encuentros.
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Referencias
Physical evidence of crocodylian predation on ungulates in the Middle Miocene of Colombia, Journal of Vertebrate Paleontology (2026). DOI: 10.1080/02724634.2026.2701154
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Fuente:
