Brasil aprendió que, en el declive estadounidense, la neutralidad no te salva de la invasión; solo te convierte en el próximo objetivo en el mapa del Comando Sur
Imagen E.O con Nano Banana 2
Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.worpress.com/agosto 16, 2026
El economista Paulo Nogueira Batista Jr., que fue vicepresidente y fundador del Nuevo Banco de Desarrollo, creado por los BRICS en Shanghái y director ejecutivo del FMI para Brasil, escribió un sugestivo artículo en el periódico Jornal do Brasil “La defensa nacional: un imperativo existencial” donde resalta que la intervención en Venezuela (enero de 2026) por parte de los EE.UU. fue la «señal de alerta roja» que despertó a Brasil sobre su vulnerabilidad defensiva.
Batista Junior argumenta que EE.UU. busca hegemonía hemisférica «de Groenlandia a la Patagonia», y sin someter a Brasil —gigante con vastos recursos naturales (segunda reserva de tierras raras del mundo, uranio, petróleo, biodiversidad, agua)— esa hegemonía quedaría «gravemente incompleta«.
Según el autor, la superpotencia está en apuros al abrir tres frentes simultáneos (Rusia, China, Irán) sin prevalecer en ninguna, logrando aproximar a esos tres países entre sí. La victoria (hasta ahora) de Irán en el campo de batalla es clave. Demuestra cómo una guerra con misiles y drones baratos puede sujetar a una superpotencia. La fragmentación del bloque occidental, y una victoria iraní coincide con el análisis del Real Instituto Elcano (España), que habla de una «hegemonía quebrada» donde el mundo transita de un orden dominado por EE.UU. hacia un escenario de competencia abierta.
La geopolítica sudamericana ha regresado al centro de la escena internacional no porque la región haya dejado de ser periférica, sino porque sus recursos han dejado de ser considerados secundarios. La Amazonia, el Atlántico Sur, el Presal, los minerales críticos, las rutas marítimas, el agua, los alimentos y las infraestructuras digitales convierten a Brasil en algo más que la mayor economía de América del Sur: lo vuelven un espacio decisivo de la competencia estratégica entre grandes potencias.
La captura de Nicolás Maduro y la intervención estadounidense en Venezuela quebraron la idea que la región fuera una zona relativamente estable. Más allá de la valoración que cada gobierno haga del régimen venezolano, el hecho estratégico es de una magnitud incuestionable. Una potencia extrarregional convirtió una crisis política y de seguridad en fundamento para una operación militar con consecuencias sobre la soberanía de un Estado latinoamericano. Brasil condenó jurídicamente la intervención y la calificó ante el Consejo de Seguridad como una violación de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional. Pero su reacción no consiguió impedir la operación, no promovió con suficiente anticipación una salida negociada y tampoco logró convertir su protesta en una respuesta regional capaz de modificar los hechos.
El artículo de Paulo Nogueira Batista Jr. adquiere en este contexto un valor especial. Su argumento no debe reducirse a la demanda convencional de aumentar el presupuesto militar. Batista Jr. advierte que Brasil posee una dimensión territorial, económica y geopolítica que lo convierte en un país potencialmente poderoso, pero que carece de capacidades de disuasión proporcionales a sus activos estratégicos. La experiencia venezolana demostraría, según esta lectura, que la soberanía no se conserva únicamente mediante declaraciones jurídicas. También exige capacidad tecnológica, industrial, militar y diplomática.
La Política Nacional de Defensa y la Estrategia Nacional de Defensa, aprobadas en 2024 y formalizadas posteriormente, ofrecen un marco institucional para esa discusión. La Política Nacional de Defensa establece qué debe proteger Brasil: la soberanía, el patrimonio nacional, la integridad territorial, la población, los intereses brasileños en el exterior, la autonomía tecnológica y la estabilidad regional. La Estrategia Nacional de Defensa indica cómo hacerlo, es decir, mediante disuasión, vigilancia, control, movilidad, presencia, desarrollo industrial y dominio de sectores estratégicos como el espacial, el cibernético y el nuclear.
El problema es que el nuevo escenario exige una interpretación más amplia de esos documentos. La defensa nacional no puede limitarse a impedir una invasión convencional del territorio brasileño. Debe impedir también que una potencia extrarregional modifique unilateralmente el equilibrio sudamericano, controle las condiciones de acceso a los recursos estratégicos o convierta a los países vecinos en protectorados políticos, económicos o militares.
La defensa de Brasil comienza, naturalmente, en sus fronteras, pero no termina en ellas. La Amazonia, el Atlántico Sur, las plataformas del Presal, los puertos, las rutas marítimas, los cables submarinos, los satélites y las redes de energía forman un sistema indivisible de soberanía. El país que pierde el control de esas infraestructuras puede conservar formalmente su bandera y sus instituciones, pero habrá perdido parte de su capacidad efectiva de decisión.
La Amazonia constituye el núcleo más visible de esta ecuación. Es territorio, reserva ambiental, fuente de agua, espacio de biodiversidad, corredor fluvial, depósito de minerales y frontera estratégica. La defensa amazónica no puede ser entendida sólo como presencia militar en áreas remotas. También requiere infraestructura, comunicaciones, satélites, radares, investigación científica, protección de las comunidades, control de los ríos y capacidad de fiscalizar actividades ilegales y operaciones de actores externos.
Durante mucho tiempo, la geopolítica de los recursos estuvo dominada por el petróleo. Las guerras, las alianzas y las intervenciones del siglo XX se organizaron en buena medida alrededor del acceso a los hidrocarburos. El siglo XXI agrega una nueva dimensión: la geopolítica de los minerales, los datos, la energía y la inteligencia artificial.
El interrogante central no es, sin embargo, si Washington desea “controlar” Brasil en el sentido clásico de la palabra. La pregunta más rigurosa es qué mecanismos de presión puede utilizar Estados Unidos para influir sobre las decisiones brasileñas. Esos mecanismos pueden incluir comercio, aranceles, sanciones, inversiones, inteligencia, cooperación militar, litigios tecnológicos, regulación financiera, controles de exportación y acceso privilegiado a cadenas de minerales críticos y elecciones.
La iniciativa estadounidense Pax Silica revela esta transformación. No es una nueva versión formal de la Pax Americana ni una doctrina general de paz. Es una arquitectura de seguridad económica y tecnológica impulsada por el Departamento de Estado, orientada a organizar cadenas “seguras” de minerales críticos, energía, semiconductores, manufactura avanzada, centros de datos e inteligencia artificial de EEUU. Su objetivo declarado es reducir vulnerabilidades y construir una red de socios confiables en torno a los componentes materiales de la economía digital.
La propuesta china WAICO —World Artificial Intelligence Cooperation Organization— responde a la misma disputa desde otra perspectiva. Se presenta como una organización internacional de cooperación y gobernanza de la inteligencia artificial, abierta al Sur Global y orientada a la soberanía de los datos, la cooperación tecnológica, la reducción de la brecha digital y el desarrollo de códigos abiertos. Brasil figura entre los países que participan de esta iniciativa, según la información difundida por Agência Brasil.
Pax Silica y WAICO no son equivalentes exactos. La primera se concentra en la seguridad de la infraestructura material de la inteligencia artificial, minerales, energía, semiconductores, manufactura y capacidad de cómputo. La segunda se orienta hacia la gobernanza, los estándares, la cooperación y las normas de uso de la tecnología. Una organiza una red selectiva de cadenas de suministro; la otra ofrece una plataforma multilateral de cooperación tecnológica.
Pero ambas forman parte de una misma transformación histórica, la competencia entre Estados Unidos y China. La idea es que ya no se disputa sólo mediante portaaviones, bases militares o alianzas formales. También se disputa mediante chips, datos, algoritmos, cables, puertos, minerales, energía y estándares regulatorios. Brasil no enfrenta únicamente el dilema de exportar a Washington o a Beijing. Enfrenta la posibilidad de quedar incorporado a cadenas de valor diseñadas por otros sin controlar sus eslabones decisivos.
La presión estadounidense no empuja necesariamente a Brasil hacia China. Lo empuja hacia una política de cobertura estratégica, diversificación y autonomía sectorial. Brasil no debería sustituir una dependencia por otra. La cooperación con China puede ofrecer infraestructura, tecnología y mercados; la cooperación con Estados Unidos puede facilitar inversiones, acceso financiero y transferencia de capacidades en determinados sectores. Pero ninguna de las dos relaciones debe convertirse en una delegación de la soberanía nacional.
La comparación con India resulta útil. India enfrenta una competencia directa con China. Comparten frontera, disputan territorios, rivalizan por el Himalaya, el océano Índico, Pakistán y las rutas asiáticas. Brasil no enfrenta a Estados Unidos en una frontera terrestre ni en una disputa militar equivalente. Pero ambos países comparten un problema estratégico: son potencias regionales que intentan evitar que una potencia mayor organice unilateralmente su entorno.
India responde mediante capacidades militares, alianzas flexibles, industria nacional, tecnología espacial, vínculos con Rusia, cooperación con Estados Unidos y participación simultánea en BRICS y otras instituciones. Brasil debe adaptar esa lógica a sus propias condiciones. No necesita copiar el dispositivo militar indio, pero sí aprender que la autonomía sólo es creíble cuando está respaldada por capacidades.
En el caso brasileño, esas capacidades deberían incluir vigilancia amazónica, control del Atlántico Sur, protección del Presal, defensa cibernética, satélites, drones, radares, guerra electrónica, industria de minerales críticos, producción de semiconductores y seguridad de las infraestructuras digitales. También debería incluir una diplomacia regional capaz de transformar el peso brasileño en influencia efectiva.
La cuestión venezolana es también una cuestión electoral. Lula necesita defender el principio de no intervención y, al mismo tiempo, demostrar que la política exterior produce resultados. Condenar a Washington sin cambiar el desenlace puede ser presentado por la oposición como impotencia. Confrontar abiertamente con Estados Unidos puede ser presentado como irresponsabilidad económica y aislamiento internacional. La crisis obliga al gobierno brasileño a mostrar que la defensa nacional no es una consigna abstracta, sino una política concreta.
El documento del IPEA sobre la Amazonia y el Atlántico Sur sostiene que Brasil necesita una capacidad autónoma de actuación para preservar sus intereses, aunque deba cooperar con sus vecinos. Ese principio debería orientar el ciclo 2026-2030. Autonomía no significa aislamiento; cooperación no significa subordinación. Brasil debe poder cooperar con Estados Unidos sin transformarse en un auxiliar de su estrategia hemisférica y con China sin convertirse en un proveedor cautivo de recursos.
Brasil se encuentra ante una oportunidad y un riesgo. Su escala territorial, sus recursos, su mercado y su diplomacia le permiten convertirse en una potencia de equilibrio entre Estados Unidos y China. Pero esos atributos sólo adquirirán valor estratégico si se traducen en capacidades nacionales y regionales. De lo contrario, la Amazonia seguirá siendo un territorio inmenso administrado desde lejos, el presal, una reserva energética vulnerable, los minerales críticos una riqueza exportada sin industrialización y los datos una nueva materia prima controlada por empresas extranjeras.
La pregunta final no es si Brasil debe elegir entre Washington y Beijing. Debe elegir entre dependencia y autonomía. Entre ser objeto de la competencia tecnológica y geopolítica o convertirse en sujeto de ella. Entre aceptar que otros definan el futuro de América del Sur o asumir la responsabilidad que corresponde a la principal potencia regional.
La defensa nacional brasileña ya no puede limitarse a custodiar fronteras. Debe proteger la capacidad de decidir. Y esa capacidad se juega, al mismo tiempo, en Venezuela, en la Amazonia, en el Atlántico Sur, en las minas, en los puertos, en las redes digitales, en los satélites, en los centros de datos y en la política exterior. La soberanía del siglo XXI no se pierde únicamente cuando un ejército cruza una frontera. También se pierde cuando una nación descubre que sus recursos son propios sólo en el papel, mientras las decisiones fundamentales se toman en otra parte.
___________
Fuente:
