En apenas 24 horas, la concentración de bacterias dentro del tumor aumentaba unas 3.000 veces, mientras apenas aparecía en órganos sanos
La bacteria se ha encontrado en el interior de esta rana arborícora japonesa Animalia
Juan Scaliter
larazon.es/Creada: 10.07.2026
Cuando pensamos en nuevos tratamientos contra el cáncer solemos imaginar laboratorios llenos de sofisticados equipos, moléculas diseñadas por inteligencia artificial o complejas terapias genéticas. Actualmente, más del 60 % de los medicamentos contra el cáncer aprobados en las últimas décadas tienen un origen directo o indirecto en la naturaleza. Algunos proceden de plantas, otros de hongos o bacterias. Ahora, los científicos han añadido un nuevo candidato a esa lista: una bacteria que vive en el intestino de una rana.
Un equipo de científicos japoneses ha identificado una bacteria presente en la microbiota de la rana arborícola japonesa (Dryophytes japonicus) capaz de eliminar tumores colorrectales en ratones tras una única administración intravenosa. Aunque los resultados, publicados en Gut Microbes, todavía se limitan a modelos animales y están muy lejos de convertirse en un tratamiento para pacientes, el hallazgo abre una nueva línea de investigación en uno de los campos más prometedores de la oncología: el uso de microorganismos vivos para combatir el cáncer.
Los científicos, liderados por Eijiro Miyako, analizaron bacterias procedentes del intestino de ranas, salamandras y lagartos japoneses, animales cuyos microbiomas apenas habían sido explorados con fines médicos. En total estudiaron nueve especies bacterianas con posible actividad antitumoral y una de estas bacterias destacó por encima de todas. Se trata de Ewingella americana, una bacteria que mostró una capacidad extraordinaria para localizar los tumores y destruirlos en ratones con cáncer colorrectal. La pregunta es ¿cómo consigue atacar al cáncer? Respuesta corta: utiliza dos estrategias al mismo tiempo.
Por un lado, se acumula casi exclusivamente dentro del tumor. Allí encuentra un ambiente pobre en oxígeno (algo habitual en los tumores oncológicos sólidos) donde puede multiplicarse con facilidad. En apenas 24 horas, el equipo de Miyako observó que su concentración dentro del tumor aumentaba unas 3.000 veces, mientras apenas aparecía en órganos sanos. Por otro, no actúa únicamente como un “microbio invasor”. También despierta al sistema inmunitario. La presencia de la bacteria favorece la llegada de células defensivas capaces de reconocer y destruir las células cancerosas, combinando así un ataque directo con una respuesta inmunológica del propio organismo.
En el modelo experimental utilizado por Myiako, una sola dosis intravenosa logró eliminar completamente los tumores en todos los animales tratados. Además, cuando los científicos volvieron a introducir células cancerosas semanas después, muchos ratones desarrollaron una respuesta inmunitaria que impidió la aparición de nuevos tumores, una señal de que el organismo había generado una especie de “memoria” frente al cáncer.
Sin duda son resultados extraordinarios, pero también conviene ponerlos en contexto. Miles de tratamientos que funcionan en ratones nunca llegan a demostrar la misma eficacia en personas. El paso desde el laboratorio hasta un hospital suele requerir años de estudios de seguridad y ensayos clínicos. Lo que sí hay que destacar es que, más allá de esta bacteria concreta, el estudio recuerda una idea que la ciencia confirma una y otra vez: la biodiversidad es también una inmensa biblioteca de moléculas y microorganismos todavía desconocidos.
El siguiente paso consistirá en comprobar si Ewingella americana puede actuar también contra otros tipos de tumores, como los de mama o páncreas, y desarrollar formas de administración aún más seguras y controladas. También será necesario confirmar que el tratamiento mantiene su eficacia y seguridad en estudios más complejos antes de pensar en ensayos con personas. Como resume Miyako en un comunicado: “este ensayo demuestra que la biodiversidad aún esconde recursos biológicos con un enorme potencial médico”. Y, en ocasiones, una de las pistas más prometedoras para combatir una enfermedad humana puede encontrarse donde menos la esperamos, como en el intestino de una pequeña rana.
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