El régimen de Trump es una verdadera dictadura flagrante, tanto interna como externa, cuyos cimientos son el capitalismo imperialista, cuya etapa decadente es la fascista que permea todos los niveles de la cultura y la ciencia
Editorial – Revista Emancipación N° 1049
Estados Unidos celebra su cuarto de milenio en medio de una podredumbre que recuerda el ocaso de Roma. Su sistema político no ha sido más que el domino dictatorial, monopólico del capital disfrazado de “democracia”, de “libertad”, de un Estado de derecho fallido que incumple flagrantemente todas las normas del derecho internacional y cuyo único objetivo es oprimir, explotar, saquear. La fiesta del “sueño americano” se convierte en un abismo de corrupción, guerra y estafa neoliberal. La militarización silenciosa de la economía civil, el auge de las nuevas derechas y la institucionalización de la guerra revelan que el imperio no festeja su grandeza, sino su decadencia. El doble cuatro de julio no es símbolo de libertad, sino de contradicción: mientras se proclama democracia, se exporta violencia, se somete a través de la coerción de la fuerza y del dinero e impone un modelo que devora pueblos y territorios.
Un día arremete contra todos los
pueblos imponiendo aranceles, al otro se autoproclama redentor del mundo con
una falsa paz mientras se vanagloria de su poderío militar, tecnológico e
industrial, arremete con sus misiles, con sus tropas, con sus bombas a los países
o pueblos que enfrentan su opresión.
El Golfo arde vuelve arder,
Europa se consume igualmente, en la criminalidad del capitalismo fósil, y
América Latina enfrenta la injerencia y el fraude. Colombia sigue bajo asedio,
Bolivia convertida en dictadura, y la doctrina Bessent como guerra económica
declarada muestran que el imperialismo no descansa. La OTAN, brazo del imperio
estadounidense y Ankara institucionalizan la economía de guerra, mientras la
“libertad de expresión” de las ultraderechas se convierte en trampa para
legitimar la represión. La geopolítica del desgaste es también la geopolítica
de la muerte: mercados que tiemblan, pueblos que resisten, y un imperio que se
pudre desde dentro.
La ciencia, sin embargo, abre
fronteras inéditas. Se invierte la flecha del tiempo en sistemas cuánticos, se
descubren fases nuevas de la materia, y sensores cuánticos revelan universos
invisibles. Bacterias capaces de eliminar tumores, creatina que combate el
cáncer, interruptores celulares para tratar la obesidad y reprogramación
parcial que promete longevidad, son entre otros en el quehacer científico, avances que podrían transformar la vida
humana. Pero el capitalismo convierte estos descubrimientos en armas de
dominación: chips informáticos como botín de guerra, inteligencia artificial
como nueva frontera de la guerra fría, y Palantir como ojo que registra datos,
historiales, localizaciones, rastreos de migrantes, opositores… convirtiendo el
planeta en una mira de explotación, represión, saqueo, en un gran panóptico y
en muerte a gran escala. La pregunta no es qué descubre la ciencia, sino quién
la controla y para qué fines.
La economía alimentaria mundial amamantada
de las leyes del salvajismo neoliberal mata niños, en la más grande abundancia
de producción alimentaria, nos deja hambrientos, famélicos cómo nunca la
historia había podido parir. El precio
humano de los combustibles fósiles se mide en genocidio climático. La
indignidad en medio de la catástrofe no es accidente, sino consecuencia de un
sistema que prioriza la ganancia sobre la vida. La ciencia advierte: el cáncer
colorrectal aumenta en jóvenes, la demencia puede prevenirse, pero la sociedad
que produce enfermedad es la misma que impide soluciones colectivas. La
catástrofe ecológica y social no es un destino inevitable, sino el resultado de
decisiones políticas y económicas que pueden y deben ser revertidas.
El régimen de
Trump es una verdadera dictadura flagrante, tanto interna como externa, cuyos
cimientos son el capitalismo imperialista, cuya etapa decadente es la fascista que
permea todos los niveles de la cultura y la ciencia. Al interior de Estados
Unidos y a nivel internacional, es la explotación y opresión abierta,
indisimulada, sin restricciones de “normas” y “reglas”. Frente a esta estafa capitalista y el ascenso
de las nuevas derechas, los pueblos levantan símbolos, construyen lazos y nuevas
culturas de resistencia. La desobediencia civil se afirma como herramienta democrática
para defender de verdad las naciones de la arremetida imperial. Los pueblos y
la inteligencia artificial deben confluir en un proyecto emancipador que
transforme el conocimiento en herramienta de liberación. Porque la ciencia sin
pueblo es dominación, y el pueblo sin ciencia es vulnerabilidad. La tarea
histórica es unir ambos caminos.
La Redacción
GMM
