El Sol quizá nunca llegue a devorarla
Nuestro mundo siempre pareció condenado a acabar dentro del Sol cuando nuestra estrella envejeciera. Sin embargo, una nueva investigación señala que ese desenlace podría no ser tan inevitable como se creía
Recreación artística del Sol como gigante roja junto a la Tierra con una órbita más alejada que la actual. ChatGPT, César Noragueda.
César Noragueda, Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.
muyinteresasnte.okdiario.com/24.06.2026
Durante décadas, la cuestión se consideró resuelta. Los manuales de astronomía describían un mañana en el que el Sol agotaría el hidrógeno de su núcleo, se transfiguraría en una estrella gigante roja y terminaría tragándose los planetas más cercanos. Entre ellos figuraba la Tierra, cuya suerte estaría sellada desde hacía muchísimo tiempo.
La idea se diría razonable. Conforme envejecen, los astros semejantes al nuestro experimentan profundos cambios interiores que los llevan a aumentar de tamaño de manera espectacular. Las proyecciones tradicionales sugerían que esa dilatación acabaría invadiendo la órbita terrestre, provocando la desaparición definitiva del planeta.
Ahora, una investigación internacional, publicada en la revista Astronomy and Astrophysics, obliga a revisar esa imagen. Los científicos han empleado herramientas teóricas más sofisticadas para reconstruir la evolución futura del sistema solar y han llegado a una conclusión inesperada: la supervivencia de la Tierra sigue abierta a especulaciones, pero existe una opción real de que consiga escapar a la fase terminal de nuestra estrella.
El final de la Tierra parecía decidido desde hace décadas
Cuando un astro similar al Sol consume el combustible que alimenta las reacciones nucleares de sus entrañas, abandona la secuencia principal y entra en un periodo de envejecimiento paulatino. Durante ese recorrido, atraviesa varias fases evolutivas que modifican en extremo su tamaño, luminosidad y organización interna.
Las simulaciones clásicas indicaban que nuestra estrella agrandaría su radio hasta alcanzar dimensiones colosales. Según las últimas estimaciones, incluso podría llegar a extenderse entre 1,2 y 1,5 unidades astronómicas, una distancia comparable o superior a la separación actual entre la Tierra y el Sol.
A primera vista, semejante panorama parece dejar poco margen para la esperanza. Si el astro alcanza proporciones mayores que la órbita terrestre, lo lógico sería pensar que nuestro planeta acabará desapareciendo dentro de sus capas exteriores. No obstante, la situación resulta más compleja porque la distancia entre ambos objetos no permanecerá fija mientras el Sol envejece.
Ahí es justo donde entra en juego el elemento que ha llevado a los autores a revaluar una de las predicciones más famosas de la astronomía.
Recreación artística de la comparación entre el sistema solar actual y el Sol convertido en gigante roja engullendo Mercurio y Venus. ChatGPT, César Noragueda.La clave está en una interacción casi imperceptible
La suerte de la Tierra no depende únicamente del crecimiento de nuestra estrella. También intervienen unas sutiles fuerzas de marea que intercambian energía y momento angular entre el Sol y los cuerpos que lo acompañan.
Aunque suelen asociarse a fenómenos como las mareas oceánicas provocadas por la Luna, estas perturbaciones actúan igualmente a escala estelar. A medida que el Sol se hinche y adquiera una estructura más difusa, las alteraciones gravitatorias generadas por los mundos cercanos trastornarán ligeramente su configuración profunda.
La cuestión fundamental consiste en precisar cuánta energía absorben esos mecanismos. Si la influencia resulta intensa, la trayectoria terrestre tenderá a reducirse gradualmente, acercando nuestro planeta al astro abrasador. Si, por el contrario, la disipación es menos eficiente, ese empuje adicional será mucho más débil.
Si la influencia resulta intensa, la trayectoria terrestre tenderá a reducirse gradualmente, acercando nuestro planeta al Sol; si la disipación es menos eficiente, ese empuje adicional será mucho más débil.
La mayor parte de los trabajos anteriores utilizaban formulaciones simplificadas para describir esta dinámica. El nuevo estudio adopta un enfoque diferente y se apoya en herramientas teóricas desarrolladas recientemente a partir de reconstrucciones más detalladas sobre el funcionamiento de los astros evolucionados.
Los nuevos cálculos cambian una pieza esencial del puzle
Las simulaciones muestran que las mareas solares podrían ser bastante menos eficaces de lo que se pensaba. Ese matiz tiene consecuencias enormes. Las estimaciones tradicionales favorecían una aproximación lenta de la Tierra durante los últimos compases de la vida solar. Los nuevos modelos numéricos, sin embargo, reducen un montón ese efecto y permiten que el planeta conserve una posición más alejada.
La diferencia parece pequeña, pero redefine por completo el desenlace. Utilizando las formulaciones antiguas, la Tierra termina siendo engullida durante un episodio tardío de la evolución estelar. Con las nuevas prescripciones, logra atravesar tanto la fase de gigante roja como los periodos posteriores.
Con las formulaciones antiguas, la Tierra acaba siendo engullida durante un episodio tardío de la evolución estelar; con las nuevas, logra atravesar tanto la fase de gigante roja como los periodos posteriores.
Uno de los aspectos más llamativos del análisis es que la amenaza crucial aparece donde no se esperaba. Lejos de situarse durante la metamorfosis inicial en gigante roja, la mayor incógnita emerge después, cuando el Sol entra en la llamada rama asintótica gigante, una fase todavía más tremenda caracterizada por pulsaciones, expulsión de masa y ciclos recurrentes de ensanchamiento.
Dicho de otro modo, nuestro mundo parece disponer de más oportunidades de superar el primer gran desafío de lo que se creía hasta ahora.
La pérdida de masa solar podría convertirse en la gran aliada del planeta
Existe además otro mecanismo decisivo que juega a favor de la continuidad terrestre.
A medida que envejezca, el Sol expulsará enormes cantidades de materia al espacio mediante intensos vientos estelares. Esa reducción progresiva de su contenido acabará debilitando la atracción gravitatoria ejercida sobre los cuerpos que lo rodean. Y, cuando una estrella pierde parte de su masa, las órbitas de los elementos que giran a su alrededor tienden a desplazarse hacia regiones más alejadas. Es un fenómeno comparable a aflojar ligeramente la cuerda que mantiene unido un objeto en movimiento circular.
Por tanto, dos influencias compiten simultáneamente. Por una parte, las mareas intentan aproximar la Tierra al Sol. Por otra, el adelgazamiento del astro favorece una migración gradual hacia el exterior. Y la conclusión del artículo depende precisamente del equilibrio entre ambas tendencias. Si las perturbaciones mareales son relativamente débiles y la pérdida de masa resulta suficientemente intensa, la órbita terrestre puede expandirse más deprisa de lo que la gravedad solar consigue atraerla.
Con ese delicado pulso gravitatorio nos jugamos si nuestro mundo termina desintegrándose o logra permanecer más allá de las capas exteriores de la estrella.
Hay una etapa especialmente incierta
Los expertos identifican además un escenario particularmente interesante. Durante ciertos episodios conocidos como pulsos térmicos, el Sol podría experimentar aumentos de tamaño muy rápidos que durarían apenas unos cientos de años. En algunas recreaciones numéricas, la superficie estelar llega a sobrepasar temporalmente el límite de estabilidad asociado a la órbita terrestre.
La dificultad radica en que nadie sabe con seguridad si un intervalo tan breve bastaría para provocar la pérdida definitiva del planeta. Los responsables del estudio asumen que contestar a esa cuestión exigiría herramientas teóricas todavía más complejas, capaces de describir con detalle la interacción directa entre un astro pulsante y un mundo situado en sus inmediaciones.
Recreación artística de la Tierra abrasada e inhabitable vista desde el espacio frente al Sol como una gigante roja. ChatGPT, César Noragueda.Por eso, aunque los nuevos resultados resultan más optimistas que muchas investigaciones anteriores, el destino de la Tierra continúa sin una respuesta definitiva.
Sobrevivir no significaría conservar un mundo habitable
Incluso en el escenario más favorable, la noticia no implica que la humanidad disponga de un refugio natural para la eternidad. Porque, mucho antes de que el Sol alcance sus dimensiones máximas, el aumento sostenido de luminosidad remodelará radicalmente las condiciones terrestres. Los océanos desaparecerán, la atmósfera sufrirá alteraciones irreversibles y cualquier forma de vida compleja dejará de ser viable.
La posible permanencia orbital de la Tierra solo significa que eludiría caer dentro de nuestra estrella. No implica que conserve mares, continentes habitables o ecosistemas capaces de sostener organismos. En términos prácticos, este planeta seguiría convirtiéndose en un páramo estéril mucho antes de que se resolviera la cuestión de su integridad física.
Una vecina estelar podría contener la clave
El estudio incorpora además un detalle muy revelador.
Para estimar cómo podría comportarse el Sol en sus últimos millones de años, los investigadores recurrieron a un astro real llamado L2 Puppis, que posee una masa inicial extraordinariamente parecida a la solar y constituye uno de los mejores laboratorios naturales disponibles para estudiar el porvenir remoto de nuestra estrella. Los datos obtenidos sobre este objeto apuntan a ritmos de pérdida de materia compatibles con aquellos escenarios en los que la Tierra consigue esquivar su destrucción.
Los datos obtenidos sobre L2 Puppis apuntan a ritmos de pérdida de materia compatibles con aquellos escenarios en los que la Tierra consigue esquivar la desaparición.
Pero quizá el aspecto más fascinante aparezca al mirar más allá del propio sistema solar. Los astrónomos ya han identificado mundos de tipo terrestre alrededor de algunas enanas blancas, los restos compactos que permanecen tras la muerte de estrellas semejantes al Sol. Estos descubrimientos no demuestran que nuestro planeta vaya a correr la misma suerte, pero sí sugieren que la persistencia de cuerpos rocosos después de transformaciones tan violentas no constituye una mera hipótesis.
Las próximas observaciones podrían aportar pruebas más sólidas. Proyectos como PLATO permitirán localizar numerosos exoplanetas alrededor de estrellas envejecidas y comprobar qué ocurre realmente cuando los soles consumen todo su combustible. Hasta entonces, una de las predicciones más populares sobre el destino de nuestro vecindario galáctico seguirá sometida a revisión: quizá la Tierra no pueda sortear convertirse en un desierto quemado, pero todavía ignoramos si su tumba acabará estando dentro del Sol.
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Referencias
Mats Esseldeurs et al. "The fate of Earth during the Sun's giant phases". Astronomy and Astrophysics, 19 de junio de 2026. DOI: 10.1051/0004-6361/202660576.
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