La disputa por la nación como el espacio donde tienen lugar las resistencias contra el imperialismo y la explotación de clase pasa por la salvaguardia de la diversidad étnica, regional, nacional y cultural...
Foto Cuartoscuro
Gilberto López y Rivas
jornada.com.mx/17 de abril de 2026
En retrospectiva, debemos destacar que la cuestión nacional se enriqueció con el debate vietnamita sobre sus regiones culturales tras la derrota estadunidense, pero también con los legados de Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti para Italia, y José Carlos Mariátegui para Perú. A su vez, las relecturas de la revolución mexicana han permitido ubicar la etnicidad en esa dialéctica entre lo regional y lo nacional que subsume las entidades étnicas.
Ahora queda claro que no basta la autodeterminación política de la nación y la igualdad jurídico-formal. Es ineludible asumir la constitución interna de la nación y su direccionalidad clasista, y tomar en cuenta que, en esta etapa de transnacionalización del Estado, la independencia nacional se encuentra sujeta a profundos cuestionamientos, ya que la soberanía política, económica y militar, capacidad fundamental de la autodeterminación, es restringida o negada por la actual forma de reproducción del capital. Por ello, es forzosa la independencia en lo económico y la democratización de la sociedad, en el sentido de un ejercicio de soberanía popular; esto es, el establecimiento de la hegemonía de las clases subalternas que otorgue esa direccionalidad democrática popular a la nación, así como la pluralidad étnico–cultural a través de las autonomías.
De ahí la exigencia de reformular una reconstrucción de la nación “desde abajo”, desde las clases subalternas, a partir de vincularse con los problemas y las demandas de las mayorías populares, con la historia y realidad nacional, con la resistencia de los sectores del pueblo (como categoría clasista), esto es, enraizarse y nutrirse en el espacio y el tiempo nacionales.
La actual transnacionalización neoliberal requiere de una humanidad indiferenciada, sujeta a las leyes del mercado, secuestrada por el individualismo competitivo, la ley del más fuerte (darwinismo social), alienada por el consumismo y el egoísmo posesivo. El capitalismo neoliberal demanda también un cosmopolitismo que renuncie a la identidad nacional, la soberanía, la autodeterminación, a la salvaguarda de los recursos estratégicos y naturales de los territorios, a las autonomías indígenas, a las democracias participativas, al socialismo; todo ello en aras de alcanzar el “paraíso terrenal” que significa la sociedad capitalista proyectada como el ideal a realizar por una humanidad de consumidores desclasados, apátridas y apolíticos. Se pretende que el mundo que ofrece la mundialización neoliberal, sea el único posible, sin alternativa viable, y que la única opción realista debe ser el conformismo social y la resignación política.
Pese a esta maquinaria cultural, ideológica y política, tiene lugar en el ámbito planetario la resistencia de los explotados: pueblos originarios, afro descendientes, mujeres, homosexuales, lesbianas, estudiantes, obreros y sectores intermedios que conforman el pueblo nación y se manifiestan contra los efectos depredatorios del neoliberalismo, y por la violencia exacerbada en países que, como el nuestro, se ha impuesto una guerra social, que con el pretexto del narcotráfico, militariza el territorio, criminaliza la protesta social y ocupa todos los espacios públicos para incrementar el control oligárquico e imperialista.
La disputa por la nación como el espacio donde tienen lugar las resistencias contra el imperialismo y la explotación de clase pasa por la salvaguardia de la diversidad étnica, regional, nacional y cultural, y por el fortalecimiento de las identidades múltiples y complementarias (ciudadanía, condición de clase, adscripción étnica, conciencia de género, etcétera).
En la época actual, caracterizada por una profundización de las tendencias universalistas del capital, encontramos, paradójicamente, el tránsito de un proceso nacionalitario que busca disolver los vínculos nación-burguesía hacia una entidad nacional de nuevo tipo: popular, multiétnica, pluralista y democrática.
El desarrollo de la nación tiende, pues, a romper con los límites y a superar las contradicciones de la nación burguesa, las cuales se expresan fundamentalmente en la explotación de clases, el racismo, la segregación de pueblos indios, la opresión peculiar de la mujer, la discriminación a grupos de edad, la exclusión de los jóvenes, el control imperialista de nuestras economías y sociedades. Estas contradicciones se dan en el interior de nuestras naciones, y las luchas por superarlas constituyen la esencia misma de la cuestión nacional de nuestros días. El etnomarxismo destaca el pensamiento de José Carlos Mariátegui, quien comprendió la importancia de los pueblos indios en una articulación socialista y revolucionaria con otros sectores sociales y culturales de nuestros ámbitos nacionales.
Es imprescindible mantener viva la idea de una gran trasformación sistémica de la sociedad y, sobre todo, confiar en la capacidad de los seres humanos para resistir y prevalecer sobre la irracionalidad y el caos.
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