O la humanidad logra desarticular a Estados Unidos y su amenaza de un armagedón o Washington la destruye con algún motivo banal
Imagen E.O con nano banana 2 de google.com
Abraham Nuncio
jornada.com.mx/16 de abril de 2026
“Si en Europa, como suele decirse, el siglo XX empezó con la Primera Guerra Mundial, en América Latina justo comenzaba en ese momento (la guerra de Estados Unidos contra España), 1898… porque los problemas políticos y culturales que engendraba la presencia estadunidense se enquistarían y afectarían a la vida entera del continente desde ese momento hasta el presente.”
Foto Ap
Así describe Carlos Granés (Delirio Americano) el corolario del movimiento de independencia cubana iniciado por José Martí en 1995 y el triunfo estadunidense sobre el reino español –se inició con un bloqueo– por el control colonial de Cuba. Si Cuba la revolucionaria, la heroica, la ejemplar, llega a caer también a partir de un bloqueo, según el anuncio terrorista y el bloqueo total de Trump, América Latina habrá inaugurado su entrada al siglo XXI de la peor manera posible.
Ese acto siniestro confirmaría lo que hoy se sabe pero ningún gobierno se atreve a expresar: que Estados Unidos, en su decadencia como imperio, se ha erigido en el enemigo más peligroso que la humanidad haya tenido jamás. Y no es por las actuales guerras de agresión y crímenes de guerra que se suman a todos los anteriores cometidos impunemente, ni por su propensión genocida, ni sus actos de corrupción (en el primer año de su gobierno la familia Trump, según The New York Times, se embolsó 4 mil millones de dólares), despojo y robo descarado a otros países; tampoco por sus amenazas e insultos a gobernantes de diversos estados (Brasil, Venezuela, Canadá, Inglaterra, Francia, Cuba, el Vaticano, Irán etc.), o los denuestos viles contra pueblos y naciones: los países de la Unión Europea, cobardes vasallos; los iraníes, animales; los inmigrantes somalíes, basura; los países de América Latina que no se alinean con el humor de la Casa Blanca, fallidos.
El carácter de enemigo de la humanidad le viene a Estados Unidos de su estructura productiva vinculada a la política y ambas lo deben a la necesidad de mantener un estado de guerra permanente. Una cronología mínima de las guerras en las que ha participado este país durante los siglos XX y XXI bastaría para confirmar este fenómeno metabólico de su sociedad. Veamos. Sólo apunto, de más de 70, algunos movimientos bélicos estadunidenses, por países y regiones.
Varios de ellos se han reproducido varias veces en un mismo país
- Panamá (1903, 1989);
- Cuba (1906, 1912, 1917, 1953, 1961- );
- México (1910-1917),
- Nicaragua (1912, 1933); Haití (1915,1934);
- República Dominicana (1916-1924);
- Primera Guerra Mundial (1917-1918); Rusia (1918- 1920, 2022);
- Segunda Guerra Mundial (1941-1945);
- China (1945-1949); Siria (1949, 2011-2019);
- Corea (1950-1953);
- Puerto Rico (1950);
- Irán (1953, 1987, 2025- );
- Guatemala (1954);
- República Democrática del Congo (1960-1965);
- Vietnam (1955-1975);
- Camboya (1970);
- Angola (1975, 2002);
- Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, Perú y Ecuador mediante el Plan Cóndor (1970-1980);
- Líbano (1975-1990);
- Granada (1983);
- Libia (1986, 2011);
- Somalia (1993);
- Haití (1994);
- Bosnia y Herzegovina (1995);
- Kosovo (1998-1999);
- Irak (1990-1991, 2003-2011),
- Yemen (2014- );
- Afganistán (2001, 2021);
- Palestina (2023)
- y Venezuela (2026- ).
El negocio fundamental de Estados Unidos no se constriñe a la industria armamentista, pues esta se nutre de otras industrias: la acerera, la nuclear, la de energía, la automotriz, la náutica, la aeronáutica, la digital en diversas ramas, la de aparatos y medios de comunicación, la cinematográfica, la de confección de uniformes y equipos y otras. Ninguna puede parar su actividad ni rendir bajos dividendos a sus accionistas, menos aún pérdidas. Ni todo lo fabricado para la guerra va a parar a los museos. Tiene que ser empleado para ser sustituido por nuevos productos hechos con la misma finalidad: ser usados y consumidos. Por ello es que la política estadunidense implica necesariamente la guerra.
Todas las industrias y servicios vinculados a la actividad bélica tienen bajo su control segmentos dominantes de los partidos republicano y demócrata, pues estos son los beneficiarios de sus aportaciones dinerarias para la realización de campañas electorales y, en general, para su gestión burocrática. Pero no sólo la industria armamentista extiende tal control al Congreso de Estados Unidos; se calcula que entre 15 y 20 por ciento de la Cámara de Representantes responde a sus intereses. Las principales industrias vinculadas a la de las armas también tienen porcentajes mayores o menores de control sobre este órgano legislativo. Se infiere que algo similar ocurre en el Senado. No hay político que no deba parte o toda su carrera a alguna de esas industrias.
El régimen presidencialista de Estados Unidos hace que el titular del poder ejecutivo, como se ha visto de manera muy evidente con Trump, sea el agente cumbre de venta de armas como conductor de las guerras emprendidas por este país. Durante el mandato trumpista, los intentos del Senado por sujetar las decisiones bélicas del presidente a las del Congreso apenas si logran sumarse a la pedacería de la división de poderes tan objeto de jactancia de propios como de torpeza de extraños en la potencia guerrera. Quizá ni siquiera baste que un megalómano como Trump llegue a la presidencia de Estados Unidos para que este país provoque, si no es que promueva directamente, una guerra de destrucción mundial.
Este breve análisis no puede concluir sino de una manera tajante. O la humanidad logra desarticular a Estados Unidos y su amenaza de un armagedón o Washington la destruye con algún motivo banal.
________
Fuente:
