Un estudio revela que el aumento de CO₂ en la atmósfera está alterando la química sanguínea, elevando el bicarbonato y disminuyendo los niveles de calcio y fósforo
El aire que respiramos, transformado en burbujas de CO₂ dentro de las venas: la huella invisible del cambio atmosférico en nuestra sangre. / IA/T21
EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21
epe.es/Madrid03 MAR 2026
El CO₂ no solo calienta el planeta: está aumentando el bicarbonato y vaciando poco a poco el calcio y el fósforo de nuestra sangre, señal de que nuestros cuerpos han empezado a adaptarse —y quizá a dañarse— para poder seguir respirando la nueva atmósfera. Este gas de efecto invernadero se ha convertido en un contaminante directo para la salud y la biosfera.
Durante casi toda la historia de nuestra especie hemos respirado un aire sorprendentemente estable: una atmósfera con unas 280–300 partes por millón (ppm) de dióxido de carbono, prácticamente constante durante cientos de miles de años, mientras se afinaban nuestros pulmones, nuestros riñones y los sensores químicos que regulan el pH de la sangre.
Hoy ese fondo ha cambiado de forma brusca a escala geológica: en apenas medio siglo el CO2 atmosférico ha pasado de menos de 340 ppm en 1980 a más de 420 ppm en 2025, aumentando más de 2 ppm por año a causa de la quema de combustibles fósiles y otras actividades humanas.
Sabemos que este exceso calienta el clima; lo que plantea el trabajo de Alexander N. Larcombe y Phil N. Bierwirth, publicado en la revista Air Quality, Atmosphere & Health, es que ese cambio estaría dejando ya huella en la química de nuestra sangre y, si continúa, podría empujarnos hacia una atmósfera fisiológicamente hostil en el plazo de una vida humana.
Series históricas
El estudio parte de una fuente masiva de datos clínicos: la National Health and Nutrition Examination Survey (NHANES) de Estados Unidos, que desde 1999 examina cada dos años a unas 7.000 personas representativas de la población, niños y adultos, con entrevistas, exploraciones físicas y análisis de laboratorio. Larcombe y Bierwirth extraen de esa base los niveles séricos de tres parámetros clave —bicarbonato, calcio y fósforo— desde 1999 hasta 2020, y los comparan con la evolución del CO2 atmosférico medida en el observatorio de Mauna Loa, en Hawái.
El bicarbonato es el principal vehículo de transporte del CO2 en la sangre y el componente central del sistema tampón que mantiene el pH dentro de márgenes estrechos. Cuando el CO2 se disuelve en la sangre, se convierte en ácido carbónico y se disocia en protones y bicarbonato; los riñones ajustan la reabsorción de bicarbonato para amortiguar cualquier tendencia a la acidosis o exceso de ácidos.
Desplazamiento lento y consistente
Lo que descubrieron, al mirar dos décadas largas de datos, es un desplazamiento lento pero consistente. En la población NHANES, la concentración media de bicarbonato en suero venoso pasó de unos 23,8 mEq/L en 1999–2000 a 25,3 mEq/L en 2019–2020, un incremento de alrededor del 7%. El límite superior “aceptado” para el bicarbonato venoso se sitúa en torno a 30 mEq/L.
Si se prolonga la tendencia como una línea recta, con un aumento medio de aproximadamente el 0,34% anual, la media poblacional alcanzaría ese umbral hacia 2076, dentro de unos 50 años. La curva del bicarbonato acompaña de cerca a la del CO2 atmosférico en el mismo periodo, que ha subido en términos relativos de forma similar. A escala de decenas de miles de muestras por ciclo, la variabilidad interanual es muy baja, lo que sugiere que no se trata de ruido estadístico sino de un cambio real del sistema.
La química de nuestra sangre está cambiando
Esta investigación encaja, como telón de fondo conceptual, con la revisión de Ugo Bardi y colaboradores y publicada en 2025, que propone tratar el CO2 no solo como gas de efecto invernadero, sino como contaminante químico con riesgos directos para la salud y para la estabilidad de los ecosistemas. Bardi y su equipo compilan evidencias de efectos fisiológicos y cognitivos a concentraciones relativamente modestas y subrayan que la regulación actual apenas contempla el impacto de una exposición de por vida a un CO2 ambiental en ascenso. Leído junto a los datos de NHANES, el mensaje que se impone es claro: además de calentar el planeta, el exceso de CO2 parece estar empezando a reconfigurar, de forma lenta y global, la química básica de nuestra sangre.
Minerales esenciales
El calcio y el fósforo completan el cuadro. Ambos minerales son esenciales: sostienen el esqueleto, participan en el metabolismo energético (ATP), en la señalización celular y en el transporte de oxígeno mediante compuestos como el 2,3-difosfoglicerato. En el periodo analizado, el calcio sérico medio desciende alrededor de un 2% y el fósforo cerca de un 7% (si se excluye una primera medición probablemente espuria), alejándose poco a poco del centro de sus rangos de referencia.
Para adultos sanos se consideran normales niveles de calcio total entre 2,1 y 2,6 mmol/L, y de fósforo entre 0,81 y 1,45 mmol/L; por debajo aparecen la hipocalcemia y la hipofosfatemia, asociadas a calambres, arritmias, debilidad, alteraciones neurológicas y otros problemas. Las extrapolaciones lineales de los autores sitúan el cruce de las medias poblacionales con el límite inferior hacia 2085 en el caso del fósforo y alrededor de 2099 para el calcio, con la cautela de que los datos son ruidosos y las relaciones podrían no ser estrictamente lineales.
Un cuarto de siglo crítico
Larcombe y Bierwirth son cuidadosos a la hora de distinguir entre lo que muestran sus datos y lo que procede de otros trabajos. Su resultado empírico es claro: en un cuarto de siglo, la bioquímica media de la sangre en una gran cohorte nacional se ha desplazado hacia más bicarbonato y menos calcio y fósforo, en paralelo al aumento del CO2 ambiental.
A partir de ahí, discuten evidencias previas que apuntan a que respiramos cada vez más tiempo en interiores con CO2 elevado —1.000–3.000 ppm en oficinas, aulas o viviendas mal ventiladas— y estudios que han observado, a esos niveles, cambios en frecuencia cardiaca, calcificación renal, estrés oxidativo, daño neuronal, inflamación y deterioros medibles de ciertas funciones cognitivas en humanos y animales.
Citan trabajos en jóvenes, trabajadores de oficina y personal universitario que detectan peores puntuaciones en tareas de toma de decisiones a partir de concentraciones tan bajas como 950 ppm, junto con otros en submarinistas de la Marina estadounidense que no hallan efectos hasta niveles mucho mayores, reflejando que el campo está muy lejos de un consenso.
Mecanismos biológicos
El artículo también incorpora hipótesis mecanísticas, en el sentido estricto de la palabra: propuestas sobre mecanismos biológicos concretos que podrían explicar esos efectos. Entre ellas, estudios que indican que una exposición crónica a CO2 ligeramente elevado podría favorecer el mal plegamiento de proteínas, la agregación proteica y el estrés del retículo endoplásmico, con consecuencias potenciales para tejidos y órganos; y trabajos que relacionan una mayor actividad de la anhidrasa carbónica con procesos de calcificación en riñones y arterias.
Experimentos en roedores expuestos durante semanas a unos 1.500 ppm muestran calcificaciones renales y cambios en la homeostasis del calcio, compatibles con la idea de que el organismo almacena parte del exceso de CO2 en huesos y tejidos a costa de alterar sus reservas minerales. Larcombe y Bierwirth no presentan estas rutas como certezas clínicas, sino como mecanismos plausibles que encajan con la tendencia observada en bicarbonato, calcio y fósforo y que reclaman más investigación.
Dimensión psicológica
Hay, además, una dimensión psicológica. La sensibilidad al CO2 es uno de los sistemas de alarma más básicos del organismo y se utiliza desde hace décadas como modelo experimental para provocar ansiedad y ataques de pánico.
El artículo recuerda estudios en mamíferos en los que niveles de entre 700 y 1.000 ppm se asocian a aumentos de hormonas relacionadas con el estrés, y plantea que incluso un incremento pequeño pero permanente de ansiedad a escala global podría tener consecuencias sociales considerables, aunque hoy eso no es más que una posibilidad razonada.
La conclusión de los autores es que quizá ya hayamos cruzado un umbral silencioso: el pH de la sangre se mantiene dentro de lo normal, pero a costa de una compensación fisiológica crónica frente al CO2, con el cuerpo reteniendo más bicarbonato y ajustando su calcio y fósforo para seguir funcionando.
Si las tendencias continúan y se confirman la causalidad y los efectos a largo plazo, en unas pocas décadas podríamos encontrarnos respirando un aire que, sin parecer extremo, fuerce de manera permanente nuestros sistemas reguladores.
Referencias
Carbon dioxide overload, detected in human blood, suggests a potentially toxic atmosphere within 50 years. Larcombe, A.N., Bierwirth, P.N. Air Qual Atmos Health 19, 44 (2026). DOI.https://doi.org/10.1007/s11869-026-01918-5
Carbon dioxide as a pollutant: the risks on human health and the stability of the biosphere. Ugo Bardi et al. Environ. Sci.: Adv., 2025, 4, 1364-1372. DOI: 10.1039/D5VA00017C
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Fuente:
https://www.epe.es/es/tendencias21/20260303/aumento-co2-atmosfera-altera-quimica-127483391
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Fuente:
https://www.epe.es/es/tendencias21/20260303/aumento-co2-atmosfera-altera-quimica-127483391
