Cómo fue el día en el que los EEUU dijo no: multitudes desbordan el país contra la guerra. ¿Estamos ante una protesta puntual o el inicio de una nueva etapa de conflicto social?
El pasado fin de semana, Estados Unidos vivió una de las mayores movilizaciones de su historia reciente
VICTORIA MARTINEZ
canaarias-semanal.org/30/03/2026
No fue una protesta más. Fue una sacudida. Ocho millones de personas colapsaron calles, plazas y avenidas en 50 estados, en una movilización histórica contra la guerra contra Irán. Pero bajo las pancartas y los cánticos se escondía algo mayor: las formas renovadoras utilizadas para organizar la protesta, la participación de miles y miles de colectivos sociales y también el hartazgo acumulado de una parte de la sociedad estadounidense que empieza a cuestionar no solo una guerra, sino todo un modelo de poder.
Ocho millones de personas se echaron a las calles en los 50 estados bajo una consigna común: rechazar la guerra contra Irán y denunciar una deriva política que muchos percibían como cada vez más autoritaria.
Las protestas, conocidas como “No Kings”, no fueron el resultado de una explosión espontánea, sino la expresion de un proceso de organización que venía gestándose desde semanas antes.
Lo que ocurrió aquel día no fue solo una protesta. Fue una radiografía social: millones de personas que, desde distintos sectores, expresaban un mismo malestar. La guerra había sido el detonante, pero bajo la superficie se acumulaban otras tensiones: el aumento del costo de vida, la militarización de la política exterior, las políticas migratorias agresivas y una sensación generalizada de pérdida de control sobre las decisiones que afectan a la vida cotidiana.
LA ORGANIZACIÓN: DE REDES DISPERSAS A UNA MOVILIZACIÓN MASIVA
La magnitud de las protestas no se entiende sin analizar su organización previa. Más de 3.000 eventos fueron planificados en todo el país, lo que da una idea de la capilaridad del movimiento iniciado .
Lejos de una estructura centralizada, la convocatoria se articuló a través de una red de colectivos locales, asociaciones civiles, plataformas digitales y grupos de activismo ya existentes. Esta forma de organización permitió que cada ciudad adaptara la protesta a su propia realidad, pero manteniendo un mensaje común.
En ciudades como Nueva York, Los Ángeles o Chicago, las marchas se organizaron con semanas de antelación: permisos, rutas, seguridad, equipos de sonido, pancartas… todo fue preparado como si se tratara de un gran evento nacional, aunque en realidad eran miles de pequeños eventos coordinados.
Un activista de Baltimore explicaba en una entrevista recogida en medios alternativos:
“No hay un solo líder. Eso es lo que hace fuerte esto. Cada barrio, cada comunidad, sabe lo que quiere decir y cómo decirlo.”
Esta estructura horizontal permitió una movilización rápida y masiva, pero también reflejaba algo más profundo: una desconfianza creciente hacia las instituciones tradicionales.
EL DETONANTE: LA GUERRA CONTRA IRÁN
Un mes antes de las protestas, el gobierno estadounidense había ordenado los primeros ataques contra Irán, iniciando un conflicto que rápidamente elevó la tensión internacional y tuvo consecuencias económicas internas .
El despliegue militar no fue menor. Más de 50.000 soldados estadounidenses estaban ya en Oriente Medio, una cifra significativamente superior a la habitual . Este aumento del aparato militar coincidió con una subida del precio de la gasolina y una creciente preocupación por una posible escalada del conflicto.
Para muchos ciudadanos, la guerra no era un hecho aislado, sino la continuación de una lógica política que prioriza la intervención exterior frente a las necesidades internas.
Una profesora de secundaria en Chicago lo resumía así durante la marcha:
“Dicen que no hay dinero para educación, pero siempre hay dinero para la guerra. Eso ya no se puede justificar.”
LAS CALLES: UNA PROTESTA MULTITUDINARIA Y DIVERSA
El sabado, día de la protesta, las imágenes eran impactantes. Desde playas en California hasta plazas en pequeñas ciudades del Medio Oeste, millones de personas se congregaron en un mismo acto colectivo.
En San Francisco, miles de activistas formaron un mensaje humano visible desde el aire: “No a las guerras, no a las mentiras, no a los reyes” . Era una forma simbólica de expresar el rechazo a lo que consideraban una concentración excesiva de poder.
Las manifestaciones no respondían a un perfil único. Había estudiantes, trabajadores, veteranos de guerra, familias enteras. Esa diversidad era, en sí misma, uno de los elementos más llamativos.
Un joven estudiante en Nueva York declaraba a los medios:
“No es solo por Irán. Es por todo. Por el futuro que sentimos que nos están quitando.”
Mientras tanto, en Texas, una madre que acudió con sus hijos explicaba:
“Quiero que vean que la gente puede decir ‘no’. Que no todo está decidido desde arriba.”
LOS MENSAJES: ENTRE LA GUERRA Y LA VIDA COTIDIANA
Aunque la guerra contra Irán fue el detonante principal, las protestas canalizaron múltiples demandas. Muchas pancartas denunciaban también las políticas migratorias, el aumento de la represión y la desigualdad económica.
De hecho, ya en meses anteriores se habían producido protestas contra las redadas migratorias en ciudades como Nueva York y Los Ángeles , lo que muestra que el malestar venía acumulándose.
Esto explica por qué las consignas eran tan variadas. Algunas se centraban en la paz, otras en la justicia social, otras en la defensa de derechos civiles. Pero todas compartían un hilo común: la sensación de que las decisiones fundamentales se estaban tomando lejos de la mayoría.
Un trabajador del sector logístico en Atlanta lo expresaba con mucha claridad:
“Nos dicen que esto es por seguridad, pero ¿seguridad para quién? Nosotros seguimos igual o peor.”
LA EJECUCIÓN: UNA PROTESTA COORDINADA A ESCALA NACIONAL
A pesar de su carácter descentralizado, la jornada se desarrolló con una notable coordinación. Las marchas comenzaron a distintas horas según la ciudad, pero todas siguieron una misma dinámica: concentraciones iniciales, recorridos por calles principales y actos finales con discursos.
Las redes sociales jugaron un papel clave. Durante todo el día, se compartieron imágenes, vídeos y mensajes que reforzaban la sensación de estar participando en un evento colectivo a escala nacional.
No hubo incidentes graves generalizados, lo que también contribuyó a consolidar la imagen de una protesta masiva pero organizada.
LOS OTROS ROSTROS DE LA PROTESTA: VETERANOS, JÓVENES Y TRABAJADORES
Si algo hizo especialmente significativa la jornada del sabado fue la diversidad de quienes participaron. No se trataba únicamente de los activistas tradicionales, sino de una mezcla social variopinta que reflejaba, casi como un espejo, las tensiones acumuladas en la sociedad estadounidense.
Uno de los grupos más llamativos fue el de los veteranos de guerra. En varias ciudades, antiguos soldados marcharon con sus uniformes o con insignias que recordaban sus años en el ejército. Pero sus mensajes no eran los que habitualmente se asocian con el discurso oficial.
En Washington, un exmarine sostenía un cartel que decía:
“Ya luché en una guerra basada en mentiras. No otra vez”.
Cuando los medios le preguntaron por qué había decidido echarse a la calle, respondió:
“No estoy aquí contra mi país. Estoy aquí porque precisamente me importa. Lo que están haciendo no es defensa, es repetir errores.”
Su presencia rompía un estereotipo muy arraigado: el de que oponerse a la guerra es incompatible con haber formado parte del ejército. Al contrario, muchos de ellos hablaban desde la experiencia directa, lo que dotaba de una fuerza particular a sus palabras.
Junto a ellos, otro grupo destacaba por su energía y su número: los jóvenes. Estudiantes de secundaria y universidad llenaron las marchas con pancartas, consignas y una sensación de urgencia que resultaba difícil de ignorar.
Una estudiante en Boston lo expresaba así:
“Nos dicen que el futuro es nuestro, pero no dejan de tomar decisiones que lo destruyen. La guerra es solo una parte de eso.”
En sus palabras aparecía algo más que rechazo a un conflicto concreto. Era una crítica más amplia a un modelo que, según ellos, les condena a la precariedad, la deuda y la incertidumbre.
LA GUERRA EN EL BOLSILLO: CUANDO LA POLÍTICA EXTERIOR SE VUELVE VIDA COTIDIANA
Uno de los elementos que más contribuyó a ampliar la protesta fue el impacto económico del conflicto. La guerra contra Irán no se vivía únicamente como una noticia internacional, sino como algo que todos podian tocar en la vida diaria.
El aumento del precio del combustible fue uno de los primeros efectos visibles, tal como ya se señalaba en los análisis sobre el conflicto . Pero no fue el único. A este se sumaron subidas en productos básicos y una creciente sensación de inseguridad económica.
En una gasolinera de Ohio, un trabajador que había acudido a la manifestación horas antes lo resumía de forma directa:
“Antes llenaba el tanque con 40 dólares. Ahora necesito casi el doble. Y me dicen que esto es por nuestra seguridad.”
Ese tipo de experiencias concretas ayudaron a traducir un conflicto lejano en algo cercano. La guerra dejaba de ser una abstracción para convertirse en un problema cotidiano.
Esto explica por qué las protestas lograron movilizar a sectores que, en otras circunstancias, quizá no habrían participado. No se trataba solo de una cuestión ideológica, sino de una cuestión material.
SÍMBOLOS, IMÁGENES Y UN LENGUAJE PROPIO
Las calles no solo estaban llenas de gente, sino también de símbolos. Las protestas fueron, en muchos sentidos, un gran ejercicio de comunicación visual.
Había pancartas irónicas, como “No kings in a democracy”, (No a los reyes en una democracia), otras más directas, como “Stop the war”, y algunas que mezclaban humor y crítica: caricaturas del poder político representado como una figura monárquica.
En varias ciudades, grupos de manifestantes se disfrazaron de “reyes” con coronas de cartón, solo para luego “derrocarlos” simbólicamente en pequeñas representaciones teatrales.
Estas escenas no eran anecdóticas. Formaban parte de una forma de protesta que busca no solo denunciar, sino también comunicar de manera accesible y viralizable.
El mensaje humano formado en San Francisco
—“No a las guerras, no a las mentiras, no a los reyes”—
fue uno de los ejemplos más claros de esa dimensión simbólica .
REDES SOCIALES: LA INFRAESTRUCTURA INVISIBLE
Si las calles fueron el escenario visible, las redes sociales fueron la infraestructura invisible que hizo posible la magnitud de la movilización. Hashtags, vídeos en directo, mensajes virales… todo contribuyó a crear una sensación de simultaneidad. Personas en ciudades distintas, que no se conocían entre sí, sentían que estaban participando en algo común.
Durante horas, las plataformas digitales se llenaron de imágenes de marchas, testimonios y consignas. Esto no solo amplificó el impacto de la protesta, sino que también reforzó la idea de pertenencia.
Un organizador en Los Ángeles explicaba:
“Antes necesitabas grandes estructuras para movilizar a tanta gente. Ahora basta con una red bien conectada.”
Sin embargo, esa misma herramienta también generaba desafíos: desinformación, mensajes contradictorios y la dificultad de mantener una narrativa unificada.
TENSIONES Y CONTRADICCIONES DENTRO DEL MOVIMIENTO
A pesar de la imagen de unidad, las protestas no estaban exentas de tensiones internas. Algunos sectores buscaban centrar el mensaje exclusivamente en la guerra, mientras que otros querían ampliar el foco hacia cuestiones como la desigualdad o la política migratoria.
Además, el contexto electoral generaba otra capa de complejidad. Algunos candidatos intentaron vincularse a las protestas, lo que provocó recelos enconados en parte de los participantes .
Un activista en Filadelfia lo decía claramente:
“No queremos que esto se convierta en un acto de campaña. Esto es más grande que cualquier partido.”
Estas tensiones no debilitaban necesariamente el movimiento, pero sí mostraban su carácter heterogéneo y las diferentes interpretaciones sobre su significado.
UNA MIRADA AL PASADO: ECOS DE OTRAS PROTESTAS
Para muchos observadores, la magnitud de las movilizaciones recordaba a otros momentos históricos, especialmente a las protestas contra la guerra de Vietnam o la invasión de Irak en 2003.
La diferencia, sin embargo, radicaba en el contexto. Si en aquellas épocas la movilización se articulaba en torno a organizaciones más estructuradas, en este caso predominaba una lógica más descentralizada y flexible.
Aun así, el paralelismo era inevitable: cuando la guerra se percibe como injustificada o ajena a los intereses de la mayoría, la respuesta social puede alcanzar niveles masivos.
EL FINAL DEL DÍA: UNA ESCENA QUE LO RESUME TODO
Cuando cayó la noche, las calles comenzaron a vaciarse lentamente. Pero en muchos lugares, pequeños grupos permanecieron, conversando, cantando o simplemente compartiendo el silencio.
En una plaza de Nueva York, un hombre mayor miraba a su alrededor mientras la multitud se dispersaba. No llevaba pancarta ni camiseta reivindicativa. Solo estaba allí. Alguien le preguntó por qué había venido. Su respuesta fue breve:
“Porque quería ver si todavía éramos capaces de juntarnos.”
Esa frase, sencilla pero cargada de significado, parecía resumir el espíritu de la jornada.
No era una victoria inmediata. Tampoco una derrota. Era algo más difícil de medir: la constatación de que, pese a todo, millones de personas aún podían encontrarse, reconocerse y decir, al menos por un día, que no estaban de acuerdo.
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Fuentes: The New York Times, El País, France Presse, Agencia Efe... en:
