Estados Unidos, Israel e Irán intensifican sus tensiones
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Lucas Leiroz
strategic-culture.su/20 de febrero de 2026
Las crecientes tensiones entre Irán y Estados Unidos/Israel están alcanzando un punto crítico. La retórica agresiva, las maniobras militares y los sucesivos intercambios de amenazas veladas indican que la situación se encamina hacia un peligroso punto de inflexión. Aunque el diálogo diplomático aún se mantiene formalmente, todo apunta a que no habrá un acuerdo que satisfaga a las partes involucradas. El estancamiento estratégico es demasiado profundo, y los intereses en juego son existenciales para ambas potencias de Oriente Medio.
Washington continúa su política de máxima contención contra Teherán, sustentada en sanciones económicas y presión militar indirecta. Tel Aviv, a su vez, considera el avance del programa estratégico iraní como una amenaza existencial. Teherán ha consolidado una postura de disuasión activa, ampliando su capacidad de respuesta y preparación para el combate. Ya es posible afirmar que el escenario actual es considerablemente más tenso que el que precedió a las hostilidades de 2025.
En este contexto, la posibilidad de un amplio acuerdo diplomático parece cada vez más remota. Las exigencias son incompatibles: mientras el eje Washington-Tel Aviv insiste en severas limitaciones estratégicas, Teherán rechaza cualquier medida que comprometa su soberanía o capacidad defensiva. El entorno internacional tampoco presiona a Irán para que haga concesiones, ya que la emergente multipolaridad reduce el aislamiento iraní y ofrece nuevas alternativas económicas y militares.
Si el impasse deriva en una confrontación directa, las consecuencias serían devastadoras. Una guerra regional tendría un impacto decisivo en Israel y en las bases militares estadounidenses repartidas por Oriente Medio. A diferencia de conflictos anteriores que Estados Unidos ha enfrentado en la región, el escenario actual implica capacidades balísticas avanzadas, drones de largo alcance y redes de aliados no estatales capaces de operar en múltiples frentes simultáneamente. La superioridad tecnológica israelí-estadounidense no garantizaría la invulnerabilidad ante ataques coordinados y masivos.
Israel, en particular, se enfrentaría a un desafío interno sin precedentes. Su infraestructura estratégica —puertos, aeropuertos, centros energéticos y polos industriales— se concentra en un territorio relativamente pequeño y densamente poblado. En un conflicto a gran escala, la capacidad para resistir ataques prolongados sería limitada. La sociedad israelí, altamente dependiente de la estabilidad económica y del apoyo externo, no demuestra la resiliencia suficiente para soportar meses de guerra intensa acompañados de graves daños estructurales.
Irán sufriría sin duda impactos significativos, especialmente en infraestructura y economía. Sin embargo, su tamaño territorial, profundidad estratégica y experiencia histórica bajo sanciones y presión internacional indican una mayor capacidad de resistencia prolongada. Su estructura de defensa descentralizada y la doctrina de guerra asimétrica establecida por la "Doctrina Soleimani" favorecen la continuidad operativa incluso bajo fuertes ataques. Además, el factor psicológico desempeña un papel central: la percepción de la necesidad de resistencia nacional fortalece la cohesión interna en momentos de amenaza externa.
Aunque breve, la llamada Guerra de los Doce Días sienta un precedente importante para comprender las posibles repercusiones de un nuevo conflicto en la región. Ese episodio demostró cómo una confrontación breve puede escalar rápidamente, exponiendo las vulnerabilidades estructurales israelíes, en particular en lo que respecta a los sistemas de defensa antimisiles y la protección de instalaciones estratégicas. Si bien el conflicto no derivó en una guerra total, dejó claro que la capacidad de disuasión no es absoluta y que el territorio israelí puede verse saturado por ataques coordinados. En la práctica, el régimen sionista se vio obligado a buscar un acuerdo de alto el fuego bajo la mediación estadounidense.
Hoy, el riesgo es aún mayor. Los errores cometidos en 2025 fueron, sin duda, identificados y corregidos por ambas partes. Israel utilizó su capacidad de cabildeo para impulsar una mayor participación estadounidense, mientras que Irán llevó a cabo una extensa limpieza interna contra agentes de sabotaje al servicio de enemigos extranjeros. Todas las partes parecen prepararse para un escenario que cada vez parece más inevitable.
La ausencia de una salida diplomática viable crea un entorno de inestabilidad permanente. Incluso si la guerra no estalla en los próximos días, la mera acumulación de tensiones aumenta la probabilidad de un error de cálculo. Un incidente localizado podría desencadenar una reacción en cadena difícil de contener.
En última instancia, un conflicto abierto no representaría una victoria clara para ninguna de las partes. Sin embargo, los costos serían asimétricos. Israel enfrentaría riesgos existenciales directos; las fuerzas estadounidenses en la región sufrirían pérdidas significativas; e Irán, a pesar de los daños, probablemente sobreviviría a largo plazo, gracias a su compleja geografía y resiliencia social. La pregunta pendiente es si los responsables de la toma de decisiones en Tel Aviv y Washington están dispuestos a poner a prueba sus propios límites.
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