Trump se reviste con los atuendos del imperialismo del siglo XIX
El ataque contra Venezuela no es síntoma de un nuevo auge imperial sino, por el contrario, una prueba de su decadencia. Pero el poder estadounidense consumiéndose a sí mismo no deja de ser una bestia muy peligrosa
No ceder ante el espectáculo del poder soberano
Richard Seymour
jacobinlat.com/03/02/2026
Traducción: Pedro Perucca
Así como Lutero se puso la máscara de San Pablo, la administración Trump se reviste con los atuendos del imperialismo del siglo XIX («la Doctrina Donroe»). La edad menos heroica convoca a los muertos de la historia mundial, en este caso no para inspirar un heroísmo real. Eso sería peligroso. Los convoca, en cambio, para producir un simulacro, una mera imagen digital, de heroísmo.
Se supone, creo, que debemos quedar deslumbrados por el gesto teatral, por la exhibición de poder bruto, por la facilidad sin fricciones con la que Estados Unidos llevó adelante su incursión en Caracas, despachando 150 aeronaves y puñados de fuerzas especiales y agentes del FBI, y dejando unas pocas decenas de soldados muertos, la mayoría de ellos, según se informó, cubanos.
Cuando Marcos Rubio habló sobre el secuestro de Nicolás Maduro en la conferencia de prensa en la Casa Blanca, estaba eufórico. «Si yo viviera en La Habana y formara parte del gobierno, estaría preocupado». El cambio de régimen en Cuba es, evidentemente, lo que Rubio y la derecha de Miami desean. Rubio viene sosteniendo dentro de la administración Trump que el efecto dominó de la caída de un régimen provocaría el derrumbe de todos los gobiernos de izquierda de la región. El senador Lindsey Graham también insistió en esa línea: «Esperen a Cuba. … Sus días están contados. Un día nos vamos a despertar, espero que en 2026, y en nuestro patio trasero vamos a tener aliados en estos países haciendo negocios con Estados Unidos».
Trump, por su parte, volvió sobre su tema favorito: el petróleo, y cómo Estados Unidos debería ser dueño de todo, y cómo fue robado a Exxon, etcétera. Pero también enfatizó un relato regional y amenazó con nuevas intervenciones en Colombia y México, afirmando que Gustavo Petro estaba «produciendo cocaína» y «enviándola a Estados Unidos», y que Claudia Sheinbaum gobernaba aterrorizada por los cárteles. ¿Qué sigue? Groenlandia, le dijo a The Atlantic. Tal vez incluso Canadá. La Doctrina Donroe no reconoce límites territoriales dentro de su hemisferio de influencia.
Sí, creo que se supone que debemos quedar impresionados, sin pensar demasiado en los resultados. Se supone que debemos olvidar el dilema de un imperio moribundo, en el que casi todo lo que se hace para frenar su declive termina disminuyendo su capacidad futura de acción.
Las cosas siguen siendo algo confusas, pero por ahora se pueden afirmar algunas cuestiones. Primero, la incursión fue fácil porque el régimen estaba vaciado por dentro. Maduro tenía cubanos defendiéndolo porque no podía confiar en venezolanos. Su círculo íntimo estaba infiltrado por un agente de la CIA y su secuestro parece haber sido una rendición negociada por quienes estaban cerca de él. El secuestro no provocó ninguna movilización popular y casi ninguna resistencia por parte de las Fuerzas Armadas, a diferencia de lo que habría ocurrido si esto se hubiera intentado contra Chávez. Segundo, la incursión fue fácil por su ambición limitada. Trump se jacta de estar «dirigiendo» Venezuela y amenaza con «botas sobre el terreno», pero eso no ocurrió. Dejaron al aparato del PSUV a cargo. No hubo botas sobre el terreno y no hubo cambio de régimen, hubo madurismo sin Maduro y la pobre María Corina Machado, que venía audicionando para el papel, suplicando por una intervención y prometiendo conferencias empresariales para privatizar todo lo que no estuviera atornillado, quedó afuera porque es demasiado impopular para gobernar. Sin duda, las redes de la CIA seguirán operando en Venezuela y, también sin duda, un régimen bajo presión puede ser inducido a hacer concesiones significativas para que Trump quede bien. Pero eso plantea la pregunta de qué podrían pedir que no pudiera haberse inducido a Maduro a conceder.
Circulan muchos malos argumentos según los cuales esto fue en realidad una apuesta por controlar las notoriamente infladas reservas «probadas» de petróleo de Venezuela. Como señala el economista James Meadway, eso mismo sería un síntoma de declive. Una administración que cedió la batalla por el control de la energía del futuro a China, por razones puramente ideológicas, estaría luchando por el control de la energía del pasado. Pero sinceramente no creo que eso sea lo que está en juego. Maduro estaba perfectamente dispuesto a ofrecerle concesiones petroleras a las corporaciones estadounidenses. Chevron produce actualmente alrededor de una cuarta parte del petróleo del país. Podrían ampliar fácilmente las exenciones a las sanciones si quisieran que saliera más petróleo de Venezuela. A menos que uno realmente crea las tonterías que Trump viene diciendo sobre que Venezuela roba petróleo estadounidense, algo de lo que incluso el Washington Post, alineado ideológicamente con la Casa Blanca, se burla, no hay ninguna razón por la que no pudieran trabajar con Maduro del mismo modo que pueden trabajar con Delcy Rodríguez. Tampoco puede tratarse de liberalización económica, porque, aunque Machado es más agresiva en ese terreno, el PSUV viene impulsando privatizaciones desde 2020. Quien piense que el gobierno venezolano todavía representa algún tipo de camino socialista o anticapitalista está tristemente engañado: en este punto es una máquina administrativa.
Entonces, ¿qué más hay? La reciente Estrategia de Seguridad Nacional, entre toda su retórica alucinatoria, alude de manera oblicua al objetivo de mantener fuera de América Latina a influencias hostiles. Esto probablemente se refiera a China, que efectivamente es, como escribí antes, una potencia comercial en ascenso en la región. Sin embargo, para empezar, sabemos que incluso los gobiernos de extrema derecha preferidos por la administración estadounidense encontraron seductoramente fácil tratar con China. Después de toda una serie de campañas electorales en las que se multiplicó el pánico sinofóbico, siguen comerciando con Pekín sin problemas. Machado probablemente haría lo mismo. La República Popular China no necesita formar alianzas con gobiernos de izquierda. Además, las tácticas estadounidenses, caprichosas, de intimidación, incentivos, acuerdos y violencia teatral, probablemente sean un regalo para el poder blando chino, y no solo a largo plazo.
Eso nos deja con la gran idea de Rubio de una reversión hemisférica anticomunista. Pero lo único que la sostiene es la teoría del dominó de la Guerra Fría, que ni siquiera se aplicó bien a los movimientos y Estados comunistas reales. La idea de que el efecto demostración de la decapitación pública de un Estado desencadenará una reacción en cadena contra la izquierda es absurda. Y si América Latina alguna vez fue el «patio trasero» que evoca Lindsey Graham, hace tiempo que dejó de serlo. La época en la que unos pocos filibusteros podían aspirar a conquistar o desestabilizar Estados latinoamericanos para su propio beneficio, la era de la Doctrina Monroe original, terminó hace mucho. También terminó la era de la instalación de dictaduras de seguridad nacional mediante intervenciones rápidas y sucias, para después dejarlas gobernar. Y, por ahora, también terminó la era de las contrarrevoluciones con escuadrones de la muerte. No se puede aspirar seriamente a dominar un continente de Estados industrialmente avanzados, socialmente diferenciados y políticamente complejos mediante este tipo de castigos espectaculares. Hay que tratar a los Estados de la región como actores por derecho propio, no como clientes o sirvientes.
Ahora bien, parte de esto puede revisarse a medida que la situación evolucione. Todavía podríamos ver más de lo que Rubio y el partido de la guerra quieren, que es la acumulación de impulso hacia una invasión directa mucho mayor. El umbral ya ha sido cruzado, y la administración no se preocupó demasiado por construir apoyo público (escaso) ni por elaborar un fundamento legal. Una victoria rápida y fácil lubrica el camino hacia acciones más arriesgadas. Si dependiera de Rubio, sospecho, esto no adoptaría la forma de una ocupación de Venezuela, que sería un desastre al estilo Irak, sino de una operación equivalente en Cuba. Y aunque sospecho que allí encontrarían mucha más resistencia, lo que exigiría un compromiso militar mucho mayor, no se puede descartar por completo la posibilidad de una incursión rápida y exitosa. Tampoco quiero dar la impresión de ser triunfalista o complaciente respecto del declive estadounidense: un imperio moribundo es una bestia peligrosa y hará pagar un alto precio en sangre por su decadencia. Cuanto más desesperado esté, más temerario se volverá, incluso sin un liderazgo tan notoriamente torpe, incompetente y autoengrandecido.
Sin embargo, por el momento, y hasta donde puedo ver, esto es realmente el poder estadounidense consumiéndose a sí mismo en el acto mismo de ejercerse. Y creo que es importante no ceder ante el espectáculo del poder soberano, porque sus efectos dependen en gran medida de que la gente compre ese espectáculo.
Richard Seymour
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