Por qué la tecnología por sí sola no cerrará la brecha de la desigualdad ni garantizará el progreso social
¿Resolverlo todo… para quién? Tecnología, abundancia y el vacío del propósito
Ángel Bonet
cambio16.com/25/02/2026
En los últimos meses ha comenzado a circular con fuerza una idea tan seductora como inquietante: que la humanidad está a las puertas de una era en la que, gracias a la inteligencia artificial, la automatización, la biotecnología y la energía barata, muchos de los grandes problemas históricos dejarán de existir. Escasez, costes, enfermedades, límites productivos… todo parece técnicamente “resoluble”.
El ensayo Solve Everything es probablemente una de las formulaciones más ambiciosas de esta visión. En él se describe un futuro cercano —antes de 2035— donde la convergencia tecnológica genera una abundancia material sin precedentes. Un mundo en el que producir bienes, generar energía, diseñar soluciones médicas o fabricar alimentos cuesta cada vez menos, hasta acercarse al coste cero.
La pregunta no es si este salto tecnológico es plausible. En gran medida, ya está en marcha. La verdadera pregunta es otra, mucho más incómoda: si podemos resolverlo todo, ¿por qué seguimos ampliando la desigualdad social? El viejo error que seguimos repitiendo. La historia económica ofrece una lección clara que tendemos a olvidar: la capacidad técnica no equivale automáticamente a progreso social.
La Revolución Industrial multiplicó la productividad, pero también generó explotación masiva durante décadas. La digitalización conectó el mundo, pero concentró poder y riqueza en muy pocas manos. Cada salto tecnológico prometió prosperidad compartida y, sin embargo, los beneficios siempre llegaron primero —y de forma desproporcionada— a quienes ya estaban mejor posicionados.
Pensar que esta vez será diferente solo porque la tecnología es más avanzada no es optimismo: es ingenuidad histórica.
La tecnología elimina la escasez física. Pero no elimina la desigualdad, ni el desequilibrio de poder, ni la exclusión social.

Tecnología, abundancia, desigualdad
El riesgo real del nuevo paradigma tecnológico El nuevo “stack” tecnológico —datos, IA, energía, automatización— tiene una característica clara: tiende a concentrar poder. Quien controla los modelos, la infraestructura y los datos controla la economía.
Esto abre escenarios preocupantes: Productividad sin empleo equivalente. Ganadores globales y perdedores estructurales. Estados debilitados frente a grandes plataformas. Comunidades sin capacidad real de decisión. Un mundo técnicamente “resuelto” puede convertirse, paradójicamente, en un mundo socialmente más injusto si no se diseña con intención.
El gran ausente es el propósito. Aquí es donde el análisis tecnológico muestra su mayor carencia: la ausencia de propósito como eje estructural.
La economía del propósito no es un adorno ético ni una narrativa corporativa. Es el sistema operativo que conecta capacidad tecnológica con progreso humano. Sin propósito, la tecnología optimiza sistemas. Con propósito, transforma sociedades.
La conclusión es que la próxima década puede marcar el mayor salto de prosperidad de la historia… o la mayor brecha social jamás vista.
La tecnología no decidirá el resultado. Lo decidirán las personas, las instituciones y los valores que guíen su uso.
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