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VENEZUELA: LAS COSAS NO SON COMO EMPIEZAN SINO COMO TERMINAN

La acción criminal contra Venezuela acelerará el choque global. Si Trump enseña los dientes otros tendrán que apurarse con los misiles


Augusto Zamora*
observatoriocrisis.com4 enero, 2026 

El 1 de mayo de 2003, un ufano presidente George W. Bush, en un discurso televisado a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln, frente a las costas de California, anunciaba que “las principales operaciones de combate en Irak han finalizado. En la batalla de Irak, Estados Unidos y nuestros aliados han prevalecido”. Detrás de Bush se podía leer una gran pancarta que decía “Misión cumplida”.

La ilegal invasión de Iraq había comenzado el 20 de marzo. Bush proclamó la victoria cuarenta días después. En Iraq se decía otra cosa. Que la guerra apenas había comenzado, como efectivamente así fue. Se sucedieron ocho largos y sangrientos años de guerra hasta que, en diciembre de 2011, las últimas tropas estadounidenses abandonaban, derrotadas, Iraq. Medio millón de iraquíes habían perecido de forma violenta, mientras EEUU perdía 4.500 soldados.

La guerra no había concluido en mayo de 2003. Había comenzado.

El presidente Bush hizo, en aquel discurso, otra afirmación: “Tenemos una ardua labor por delante en Irak. Estamos poniendo orden en zonas de ese país que siguen siendo peligrosas”. Se refería a lo siguiente: gobernar Iraq como una neocolonia, con las tropas yanquis paseándose por el país como si fuera parque de atracciones. No pudieron. Al final, tuvieron que tragar y entregar el poder a la mayoría chiita, aliada de Irán, y, luego, llegar a compromisos con los iraquíes, muy lejos de lo que pensaban en 2003.

Peor les fue en Afganistán. EEUU invadió el país en 2001 para derrocar a los talibanes, acusados de terroristas, para retirarse a la desesperada en 2021 dejándole el poder a… los talibanes. En 2025, buscaron negociar con ellos la entrega de una base aérea, a lo que, como podrán imaginarse, el gobierno talibán se negó tajantemente.

La operación terrorista ordenada por Donald Trump contra Venezuela, con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, y su eufórico discurso cantando victoria, dando por terminado el episodio y hablando de que gobernarán directamente Venezuela, tiene ecos de déjà vu, de situación vivida, no una, sino muchas veces. Trump hoy, como Bush en 2003, confunde lo inmediato del acto con las consecuencias del mismo.

El éxito espurio de una operación comando es una cosa. La cascada de sucesos que el secuestro del presidente venezolano está y seguirá desencadenando es otra. Porque el secuestro de un presidente no es un hecho baladí. Es abrir una caja de truenos que, a su vez, servirá de desencadenante de hechos posteriores que es prematuro -e imposible- imaginar.

Si en 2001 alguien hubiera afirmado que, en 2021, los talibanes volverían a entrar triunfantes en Kabul, las burlas habrían sido masivas. Si en 2003 se hubiera dicho que, en 2011, EEUU se retiraría de Iraq sin haber alcanzado sus objetivos, la reacción habría sido similar. Las cosas, bien lo sabemos, no son cómo empiezan, sino cómo terminan.

Los jefes de Estado son, de entrada, personas internacionalmente protegidas, según lo establece la Convención sobre la prevención y el castigo de delitos contra personas internacionalmente protegidas, inclusive los agentes diplomáticos, adoptada por NNUU el 14 de diciembre de 1973.

La ONU considera que “los delitos contra los agentes diplomáticos y otras personas internacionalmente protegidas al poner en peligro la seguridad de esas personas crean una seria amenaza para el mantenimiento de relaciones internacionales normales, que son necesarias para la cooperación entre los Estados”.

Según el artículo 2 de dicha Convención, “Serán calificados por cada Estado parte como delitos en su legislación interna, cuando se realicen intencionalmente: a) la comisión de un homicidio, secuestro u otro atentado contra la integridad física o la libertad de una persona internacionalmente protegida”.

EEUU, por tanto, ha perpetrado el secuestro de una persona internacionalmente protegida, lo que constituye un delito internacional. Desde esta perspectiva, los tribunales de EEUU carecen totalmente de jurisdicción para juzgar a una persona protegida internacionalmente que ha sido objeto de secuestro, figura delictiva en todas las legislaciones del mundo, incluyendo a EEUU.

Por otra parte, se aplica aquí la antigua y fundamental máxima jurídica de que “nadie puede obtener beneficio de su propio dolo”, es decir, que nadie -persona o Estado-, puede prevalerse de un acto doloso o ilícito como base para obtener ventajas o derechos en un proceso judicial.

Los tribunales estadounidenses, en tal sentido, no podrían, si respetaran los fundamentos esenciales del Derecho, juzgar en forma alguna al presidente venezolano. Esto no detendrá a los jueces gringos, pero permitirá constatar, una vez más, que, en EEUU, no impera el Derecho, sino la barbarie y sólo la barbarie.

Como recoge el diario The Washington Post, “La captura de Maduro por parte de Estados Unidos puede ser ilegal; eso probablemente no importará en los tribunales”. Detrás de su rostro de ‘civilizados’ se encuentra el esclavista, el genocida y el pistolero, los tres pilares sobre los que se fue construyendo ese engendro que se hace llamar EEUU.

Secuestrar a un presidente es un acto de guerra; pero, peor aún, es legitimar con hechos cualquier tipo de arbitrariedad derivada de la fuerza bruta. Es retrotraer al mundo la era del imperialismo salvaje del siglo XIX, cuando los supuestamente civilizados europeos se sentían autorizados, en nombre de su superioridad civilizacional, a asesinar, esclavizar, expoliar, destruir y saquear a los pueblos considerados bárbaros y salvajes. Si Trump puede secuestrar a un jefe de Estado, cualquier otro gobierno se sentirá autorizado, si puede, a ordenar el secuestro de Trump o de cualquier otro presidente.

Otra cuestión debemos tener clara. La política del gobierno estadounidense no obedece únicamente a su histórica vocación de violencia, intervención y uso de la fuerza. Aunque su pulsión violenta les impulsa a actuar casi mecánicamente como pistoleros, esa política sigue las pautas establecidas durante las guerras mundiales, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial, cuando Washington exigió a los gobiernos del continente un alineamiento sin fisuras con EEUU.

Todos los gobiernos se alinearon, excepto el argentino, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, que rehusó declarar la guerra al Eje, por su simpatía hacia el fascismo. El punto no es ése. La rebeldía de Perón llevó a EEUU a promover la desestabilización del gobierno argentino, a tal punto que, en 1945, el embajador gringo, Spruille Braden, instigador de la sangrienta Guerra del Chaco, encabezaba las manifestaciones contra Perón.

En octubre de 1945, un golpe de estado derrocó a Perón, que tuvo que ser liberado por los golpistas a causa de una enorme presión popular. Perón ganó las elecciones de 1946 usando el eslogan “Braden o Perón”. Hoy, en Venezuela, pueden parafrasear el eslogan, bajo el lema “Trump o Maduro”.

Trump afirma que EEUU necesita el petróleo y los recursos venezolanos porque, según él, ‘pertenecen’ a EEUU. En realidad, lo que Trump quiere es controlar los recursos de todo el continente como parte esencial de la preparación de EEUU de la guerra que viene contra China y Rusia.

Como ya señaláramos en De Ucrania al Mar de la China, desde 2017, durante su primer periodo presidencial, Trump diseñó una estrategia militar que repetía, en lo sustantivo, la adoptada por EEUU en la II Guerra Mundial.

Como se recordará, EEUU batalló a muerte contra Japón de 1941 a 1944 y no entró de lleno en el escenario bélico europeo hasta junio de 1944, cuando, ya vencido Japón, consideró que podía apuntarse a la guerra contra la Alemania nazi. Para 1944, el Ejército Rojo ya había demolido al ejército nazi, de forma que la participación directa de EEUU en el escenario europeo tuvo más relevancia en Hollywood que en la guerra misma.

No será posible entender la atroz agresión que sufre Venezuela y el propio secuestro del presidente Maduro y de su esposa si se le aísla del escenario mundial y de la lucha, soterrada e implacable, por el cambio sistémico en curso.

Es esa lucha lo que explica la beligerancia de Trump en favor de candidatos derechistas ‘trumpistas’ en el continente americano y en la misma Europa. EEUU no está pretendiendo devolver la región a lo que era hace un siglo. EEUU quiere gobiernos alineados y serviles en los países americanos y europeos que bailen a su compás, sin vacilación ninguna, para cuando se inicie el enfrentamiento mundial, particularmente por el dominio del océano Pacífico.

Aunque el petróleo esté de por medio, nadie en Venezuela se oponía a inversiones estadounidenses en el sector de hidrocarburos. Todo lo contrario, las cortapisas a una relación comercial mutuamente beneficiosa provenían del gobierno estadounidense. En febrero de 2024, Trump anunció que revocaría la licencia que “el corrupto Joe Biden concedió” a Venezuela, en 2022, para que la multinacional Chevron operara en el país.

El petróleo es más cortina de humo que realidad. De siempre se han hecho mejores negocios en la paz que en la guerra. Durante los veinte años que duró la invasión de Afganistán, ninguna empresa de EEUU pudo extraer beneficios del país.

Fue, todo, un desastre militar, político y, sobre todo, económico. El estudio realizado, al respecto, por la Universidad Brown, en 2019, concluyó que la guerra de Afganistán costó a EEUU la friolera de 978.000 millones de dólares. Haciendo comparaciones, el PIB de Chile, en 2025, fue de 340.000 millones de dólares. El de Suecia, de 640.000 millones.

La visión estratégica de EEUU explica, también, el aparente menosprecio de Trump hacia los países atlantistas europeos. Trump los desprecia porque, en su mayoría, se han negado a seguir las directrices dadas desde 2017, de rearmarse comprando armamento estadounidense y de multiplicar por tres el gasto militar, hasta alcanzar el 5% del PIB. Trump, contrario a lo que predican los bobos de turno, no quiere a la OTAN débil.

La quiere archi-militarizada con armamento gringo que, además de inyectar centenares de miles de millones de dólares a las arcas de EEUU -que necesita perentoriamente para financiar el rearme contra China-, conforme una amenaza militar suficiente para amedrentar a Rusia. Y quiere a Rusia amedrentada para que, en caso de guerra con China, Rusia no pueda brindar apoyo suficiente a China. Sin apoyo ruso, EEUU podría soñar con derrotar a China y, una vez derrotada China, pasarían a ocuparse de Rusia.

También explica su aparente interés en la paz entre Rusia y Ucrania. En realidad, Trump ofrece un caramelo para distraer a Rusia y así dar tiempo a que los europeos atlantistas se rearmen.

No es un esquema de paz lo que Trump está moviendo en Ucrania, sino de guerra. De la guerra sistémica que sostienen aquellos (China, Rusia, India, Irán…) que quieren instaurar un nuevo orden mundial contra los que (EEUU y sus títeres europeos) se afanan por impedirlo y prolongar cuanto puedan su hegemonía decadente. Eso aclara el apoyo o el silencio cómplice de la casta política europea hacia la operación terrorista de EEUU en Venezuela. Son zorros del mismo piñal unidos en los mismos objetivos.

No hay, en el mundo actual, conflictos aislados unos de otros. Estamos en un sistema de vasos comunicantes donde todos los grandes frentes de conflicto -Ucrania, Gaza, Irán, Asia-Pacífico, África, hoy Venezuela-, están intercomunicados y unos influyen en los otros. Lo que ha movido a EEUU contra Venezuela está relacionado con la pretensión gringa de apoderarse de Groenlandia. EEUU quiere una Groenlandia yanqui para hacer allí un símil de Taiwán y cerrar a Rusia el acceso al océano Atlántico. Y así…

Es la versión geopolítica del efecto mariposa (“un pequeño cambio ahora puede dar lugar a un cambio gigantesco e impredecible en el futuro”). Pueden ser conflictos localizados en una geografía determinada, pero que forman parte del conflicto global, cuyo escenario principal -no se engañe nadie- es el control del Pacífico.

Allí, en el ‘arco del triunfo’ que va de la península coreana a India -que referimos en Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos-, está el corazón de la economía mundial, la mitad de la población y las cuatro mayores potencias globales.

El acto criminal contra Venezuela tiene otras secuelas, las inmediatas. Una de ellas es recordarnos, de golpe, que el imperialismo depredatorio y violento no ha muerto. Está vivo y coleando, esperando únicamente que nos durmamos para asaltarnos.

También sirve para recordar que la lucha antiimperialista acabará sólo cuando los sistemas imperialistas hayan sido derrotados. No es posible saber qué derroteros seguirá la agresión contra Venezuela. Lo que debemos tener claro es que, mientras el enemigo está despierto, estamos obligados a permanecer en vigilia. Hoy es Venezuela, mañana cualquiera. De fondo, el planeta entero.

Una inédita versión global de lucha entre opresores y oprimidos. Entre oligarquías y pueblos. Entre un mundo unipolar, en manos criminales, y el mundo multipolar, que queremos en manos de la humanidad. Venezuela es el nuevo capítulo, no el último. Habrá otros. Irán, Egipto, Indonesia, África Central… Y no hay que llamarse a engaño. La acción criminal contra Venezuela acelerará el choque global. Si Trump enseña los dientes otros tendrán que apurarse con los misiles.

Sin dar espacio al desaliento, toca estar alertas y preparados. Se han perdido, se pierden y se perderán batallas pero, al final, la victoria será nuestra. Hagan números y verán que salen las cuentas.

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*ex diplomático nicaragüense

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