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RELATO DE UN NÁUFRAGO: DONALD TRUMP Y EL MAR CARIBE

Trump, que como vemos no inventó nada nuevo... Su "guerra contra el narcotráfico", esconde la misma motivación que movía a Morgan o a Drake: asegurar el control de las rutas, los puertos y los recursos. 
"América para los Estados Unidos". Aquel fue el manifiesto del colonialismo moderno, la declaración de una tutela perpetua sobre todo un continente


Carmen Parejo Rendón
actualidad.rt.co m 23 oct 2025 21:31 GMT

El presidente de EE.UU., Donald Trump, en Washington D.C., 10 de octubre del 2025.Anna Rose Layden/Getty Images

Los mares son espacios geográficos que contienen pueblos, culturas e historias. Que conectan los avances y los retrocesos y, en épocas de desarrollo naval, se convirtieron en el escenario principal del tablero de ajedrez de los imperios.

El Mediterráneo fue durante siglos el espejo del viejo mundo: allí se fundieron culturas, religiones y guerras. Hoy, cuando miramos a Gaza, volvemos a ese mismo mar que vio nacer civilizaciones y que ahora asiste, impasible, a su destrucción. Porque hablar de Palestina es hablar del Mediterráneo; como hablar de Venezuela, de Cuba o de Nicaragua es hablar del Caribe. Cada mar guarda un eco del mismo conflicto: el poder y su intento eterno por dominar el paso, el puerto y la ruta.

Cuando los reinos de Castilla y Portugal se lanzaron a la expansión ultramarina, el Mediterráneo se proyectó hacia el Atlántico. Los mapas se extendieron y, con ellos, el deseo de oro y de dominio. El "nuevo mundo", que era mundo desde mucho antes de ser descubierto por los europeos, se convirtió en un nuevo tablero de ajedrez, con un nuevo mar, el Caribe, donde estas potencias europeas emulaban sus estrategias de saqueo, entrenadas durante siglos en el mar Mediterráneo.

Los galeones que cruzaban entre La Habana y Sevilla llevaban en sus entrañas el oro y la sangre de un continente entero.

A los barcos de esclavos, se unieron los piratas. Sin embargo, lejos de lo que nos presentan las películas, los piratas no eran aventureros románticos, sino empleados de Estado, instrumentos del poder inglés, francés u holandés, corsarios con patente de corso para robar en nombre del rey. Y el Caribe, un laboratorio de violencia y acumulación, que daría origen a la economía mundial que más tarde dominaría los bancos, los ejércitos y las corporaciones. Los galeones que cruzaban entre La Habana y Sevilla llevaban en sus entrañas el oro y la sangre de un continente entero.

Y así, el tiempo pasó, pero la lógica no cambió en lo fundamental. La Doctrina Monroe, proclamada en 1823, sustituyó las banderas de los corsarios por la diplomacia de los presidentes: "América para los americanos", dijeron, y con ello quisieron decir "América para los Estados Unidos". Aquel fue el manifiesto del colonialismo moderno, la declaración de una tutela perpetua sobre todo un continente. Desde entonces, cada intento de soberanía en el sur ha sido respondido con invasiones, bloqueos o dictaduras. El Caribe se convirtió en el mare nostrum de Washington.

Ese hilo histórico nos conduce inevitablemente a Trump, que como vemos no inventó nada nuevo. Aunque sea quizás el heredero más grotesco de una larga tradición de corsarios. Su "guerra contra el narcotráfico", esconde la misma motivación que movía a Morgan o a Drake: asegurar el control de las rutas, los puertos y los recursos. Desde los radares del Pentágono hasta las costas de La Guaira, su gobierno envía barcos de guerra a bombardear lanchas humildes de pescadores. Pero no es un hecho aislado, desde el triunfo del chavismo esta es solo la enésima estrategia para derrocar la voluntad de un pueblo.

La Doctrina Monroe, proclamada en 1823, sustituyó las banderas de los corsarios por la diplomacia de los presidentes: "América para los americanos", dijeron, y con ello quisieron decir "América para los Estados Unidos".

Es evidente que no se trata del narcotráfico, sino del petróleo: el mismo oro negro que Eduardo Galeano llamó la última fiebre del Dorado. Como en los viejos tiempos, el botín está en las entrañas de la tierra y en la obediencia de los gobiernos.

La paradoja de Trump, que lleva a discursos incoherentes en horas e incluso acciones antagónicas simultáneas —como comprar petróleo a Venezuela a la par que la amenaza militarmente—, es que pretende restablecer el imperio en un momento en que éste se resquebraja.

Su segundo mandato ha sido la confirmación de una extraña alianza de clase entre elementos con perspectivas e incluso intereses en conflicto, los clásicos halcones conservadores del partido republicano, la cosmogonía MAGA que se cree de verdad que todo se solucionará con un "repliegue", e incluso algunos sectores del capital altamente integrados en el mercado internacional, como las tecnológicas, que aunque tradicionalmente parecían cercanas al partido demócrata, han asumido la aparente propuesta de "consenso" que significaba este segundo mandato del magnate estadounidense. Y más allá de las grietas de esta alianza oligárquica, también nos encontramos con un país devastado por la desigualdad, el racismo o la epidemia de opioides. Una fractura interna que obviamente no se soluciona asesinando pescadores pobres en el mar Caribe.

Como los viejos corsarios que, envejecidos, seguían surcando los océanos por miedo a volver a tierra, EE.UU. parece navegar en busca de una hegemonía que ya no existe. Trump, como sus predecesores, amenaza el Caribe, el mar de China, cree poder decidir el destino del mar Negro o del Levante mediterráneo. Librando con ello la misma batalla: el control de los corredores marítimos, de los recursos energéticos o de las rutas del comercio. Los imperios siempre han necesitado mares, pero los mares también han sido cementerios de imperios.

Mientras el Caribe sigue ahí: como herida y como promesa. Sus aguas han visto pasar galeones y fragatas, invasores y libertadores, e incluso submarinos nazis que querían torpedear el flujo de petróleo venezolano que fue una contribución fundamental para el triunfo del bando aliado en la Segunda Guerra Mundial.

Hoy sus aguas reflejan también un nuevo horizonte, el de un mundo que se reorganiza, que busca un equilibrio multipolar, que ya no tolera los monopolios del poder. Los viejos piratas, con sus banderas remendadas, aún navegan, pero el viento ha cambiado de dirección y sus velas roídas por el tiempo terminarán por ceder. Aunque sepamos que morirán matando.

Ese mismo viento —el que sopla desde los pueblos del sur, desde la resistencia de Cuba, la dignidad de Venezuela, la contundencia de Gustavo Petro denunciando esta agresión en sus costas compartidas, el rechazo de Sheinbaum a participar en la cumbre de las Américas, pero también las protestas masivas internacionales de apoyo a la causa palestina— será el que anuncie, una vez más, el principio del fin de otro imperio. Como en aquel Relato de un náufrago con el que García Márquez desnudó la corrupción de una dictadura que fingía tormentas para ocultar su propio contrabando, también hoy los imperios inventan tempestades para esconder sus naufragios.

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