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PANDEMIA DE FALSA CONCIENCIA

Estudiar la “falsa conciencia” desde sus raíces, nos aporta una fortaleza ética clave: mejorar nuestra capacidad en la disputa por el sentido, sabiendo que no luchamos contra “un error individual”, sino contra un sistema planificado de distorsión estructural, mafiosamente producido

Por Fernando Buen Abad

Foto: Alma Plus Tv

Vivimos sometidos a la dictadura de la “falsa conciencia” porque en sistema de manipulación que resultó muy útil y muy rentable para ocultar las condiciones inhumanas de explotación del trabajo bajo la apariencia de un intercambio justo entre mercancías. Estudiar los antecedentes, situación actual y perspectivas de la falsa conciencia. Los debates sobre su toxicidad y su desarrollo contradictorio, en la lucha de clases, es central como instrumental científico contra las condiciones materiales de la explotación, desorganización y desmoralización de la clase trabajadora que debe organizar frentes de contraofensiva y guerrilla semiótica para combatir la “falsa conciencia” de que el orden social burgués es natural e inmutable.

Entiéndase aquí por “falsa conciencia” esa categoría central en Marx, desarrollada más explícitamente por Engels, aparecida en una carta a Franz Mehring del 14 de julio de 1893, donde explica cómo las representaciones ideológicas suelen enmascarar las condiciones materiales que las generan: “La ideología es un proceso que el llamado pensador realiza conscientemente, pero con una conciencia falsa. Las verdaderas fuerzas impulsoras que lo mueven le son desconocidas; de otro modo, no sería un proceso ideológico. Por tanto, imagina falsas o aparentes razones.” (Engels, Carta a Mehring, 14 de julio de 1893, en Marx y Engels, Correspondencia completa, volumen 4).

Engels aclara que la ideología es el resultado de un proceso en el que las personas creen estar actuando por razones autónomas, cuando en realidad sus pensamientos están determinados por condiciones materiales que desconocen. Marx, que lo explicó de otra manera, desnuda una forma del engaño estructural premeditado en la que las ideas dominantes operan como emboscada para ocultar la naturaleza salvaje de las relaciones sociales de explotación impuestas por el capitalismo. Este concepto es central en La ideología alemana (1845-1846), donde Marx y Engels afirman: “Las ideas de la clase dominante son, en cada época, las ideas dominantes; es decir, la clase que es la potencia material dominante de la sociedad es, al mismo tiempo, su potencia espiritual dominante.” (La ideología alemana, 1845-1846, en Marx y Engels, Obras escogidas, Moscú, Editorial Progreso, 1974, t. I, p. 37).

Bajo el capitalismo no predominan las “ideas autónomas”, ni reflejan la realidad de manera objetiva, sino que sirven para enmascarar y perpetuar el dominio de una clase sobre otra. La ideología de la clase dominante enmascara la explotación y hace que las clases explotadas acepten su situación como natural, bajo coerción de muy diversa índole y desmoralizaciones hijas de la violencia moral y física. Encima de esto la fabricación del “fetichismo de la mercancía” como engaño en el que las mercancías ocultan la explotación de los trabajadores: “El carácter místico de la mercancía no proviene, pues, de su valor de uso […] sino de la forma misma del valor. […] El producto del trabajo se convierte en una cosa dotada de valor porque la relación social entre productores adopta la forma de una relación social entre productos del trabajo.” (El Capital, tomo I, 1867, en Marx, El Capital, Siglo XXI Editores, 1975, p. 94).

Con la propagación de la “falsa conciencia” nació también un gran negocio que, además de anestesiar las evidencias sobre la explotación, incubó el disfrute por el engaño. Una estética del “síndrome de Estocolmo” reivindicada por un conjunto de espejismos del sacrificio, la meritocracia, la resignación y el dogmatismo por el trabajo despojado de toda conciencia social. Emboscada rentable que distorsiona la percepción de la realidad social. La “falsa conciencia” es, entonces, la manera en que las personas interpretan su mundo a partir de una visión deformada, sin comprender, cabalmente, las causas reales de su situación. “En cada época, las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes, es decir, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es al mismo tiempo su poder espiritual dominante.” (La ideología alemana, 1845-1846, en Marx y Engels, Obras escogidas, Moscú, Editorial Progreso, 1974, t. I, p. 37).

Es la dictadura de una “visión del mundo” como si fuese la única verdadera, natural y universal. No es solamente un conjunto de ideas erróneas, es un sistema, calculado y producido, incluso por talentos adiestrados científicamente en las entrañas intelectuales de las burguesías, para intoxicar todo, estructuralmente, con cualquier palabrerío, más o menos lustroso, que ayude a ocultar las relaciones materiales de explotación. No nos engañan, la infraestructura económica determina, en última instancia, la superestructura ideológica pero no con simplismos lineales ni como reflejo simple de la base material. Tales emboscadas operan de maneras cada vez más rentables, sofisticadas y enredosas: “Según la concepción materialista de la historia, el factor determinante en última instancia es la producción y reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos dicho nunca otra cosa. Si alguien lo distorsiona afirmando que el factor económico es el único determinante, convierte nuestra tesis en una frase vacía, abstracta y absurda. La situación económica es la base, pero las diversas formas de superestructura –formas políticas de lucha de clases, formas jurídicas, reflejos ideológicos como la religión, la filosofía y otros– también influyen en la historia.” (Carta a Bloch, 21 de septiembre de 1890, en Marx y Engels, Correspondencia).

Se trata de envolver al capitalismo con un manto místico protector. Toda la parafernalia inventada por el capitalismo para esconder su putrefacción y hacernos tragarla como si fuese un triunfo de la humanidad, se basa en fabricar apariencias de distracción y anestesia de la razón. “La economía política clásica se mueve dentro de estas apariencias. Descubre la conexión real, pero no la expone. Esto lleva a que las relaciones capitalistas de producción, aparezcan como relaciones eternas, naturales y evidentes.” (Anti-Dühring, 1877, en Obras completas de Marx y Engels, volumen 25).

Se ocultan bajo la “falsa conciencia” los modos, los medios y las relaciones de explotación capitalista para que parezcan eternos e inevitables. Se trata de deformar toda percepción de la realidad para poner a salvo los intereses de la clase dominante. Estudiar la “falsa conciencia” desde sus raíces, nos aporta una fortaleza ética clave: mejorar nuestra capacidad en la disputa por el sentido, sabiendo que no luchamos contra “un error individual”, sino contra un sistema planificado de distorsión estructural, mafiosamente producido. Recuperar nuestro derecho a ser históricos y transformar al mundo contra todo lo que lo presenta como si fuese algo dado, fuera de nuestro control, en lugar de reconocerlo como producto de relaciones humanas modificables dialécticamente. Comenzando por la conciencia de clase y la identidad de clase. Hoy tan distorsionadas.

Fernando Buen Abad

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Fernando Buen Abad. Intelectual y escritor mexicano. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Master en Filosofía Política y Doctor en Filosofía.

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