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A 153 AÑOS DE LA COMUNA DE PARÍS SU SUEÑO ES AÚN MÁS POSIBLE

Para el actual caso colombiano, la Comuna nos enseñó que, a través de la Asamblea Revolucionaria del Pueblo, el proletariado y sus aliados pueden ejercer y administrar el poder y construir su propio Estado
La Comuna fue derrotada, pero su verdadero triunfo consistió en mostrar al proletariado mundial cómo construir un nuevo Estado capaz de llevar a cabo la expropiación de los expropiadores

Revolución Obrera
mayo 28, 2024


La Comuna de París, aunque surgió espontáneamente y sin una preparación consciente y sistemática, se erige como un hito de inmensa importancia para el proletariado revolucionario: en el París de 1871, por primera vez en la historia, el proletariado emergió como una auténtica clase revolucionaria, instaurando la primera forma de poder obrero. La Comuna fue el momento en que el proletariado no solo soñó, sino que ejerció real y efectivamente su propio poder político, erigiéndose como clase dominante y marcando un antes y un después en la lucha por la emancipación social.

Y es que a pesar de las limitaciones históricas que la rodearon: el insuficiente desarrollo ideológico y organizativo; el poco bagaje teórico-práctico del movimiento obrero revolucionario de la época y el escaso desarrollo de las fuerzas productivas… la Comuna representa un magno ejemplo del movimiento proletario del siglo XIX, pues introdujo el método de la guerra civil, la guerra popular como forma de lucha propia en la guerra de clases.

La guerra fraco-prusiana y sus privaciones: el desempleo y la ruina de la pequeña burguesía; la indignación contra los capitalistas y la composición reaccionaria de su Estado; el descontento de la clase obrera ante su situación y el ansia de un nuevo régimen social… impulsaron a la clase obrera y a la pequeña burguesía parisina a la revolución del 18 de marzo de 1871. Estas mismas razones pesan actualmente y obligan al proletariado mundial a lanzarse por la conquista del principal objetivo de la Comuna: tomar el cielo por asalto.

En el París de 1871, mal armados y con pocos conocimientos militares, miles de hombres y mujeres parisinos tomaron la iniciativa y con firmeza, heroísmo y determinación asumieron la tarea de construir una nueva forma de poder y de organización social: el Estado tipo Comuna. Y todo ello fue un acontecimiento histórico sin precedentes, pues hasta entonces, el poder había estado en manos de terratenientes y capitalistas.

Pero el 18 de marzo de 1871, el poder pasó, por primera vez, a manos del proletariado —en su mayoría artesanos de París—. Mientras que el gobierno de Adolphe Thiers, temiendo al pueblo en armas, huía de la ciudad con sus tropas, policía y funcionarios a Versalles; la bandera roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeó sobre el Hôtel de Ville, ayuntamiento de París.

Así, el proletariado conquistó el poder en París, y llevó a cabo la democratización del régimen social, suprimió la burocracia estatal y estableció la elección de los funcionarios por el pueblo, todo ello sin una complicada legislación; por ello, la Comuna fue un brillante ejemplo de cómo el proletariado sabe cumplir unánimemente las tareas democráticas que la burguesía solo sabe proclamar.

Dado su carácter de gobierno popular y obrero, la Comuna abordó especialmente dos problemas acuciantes para las masas asalariadas de París: el trabajo y la vivienda. De allí que cronológicamente hubiera:
  • El 30 de marzo, decretado la condonación de las deudas de los alquileres desde octubre de 1870 hasta abril de 1871.
  • El 1 de abril, fijó en 6000 francos el sueldo máximo para funcionarios y miembros de la Comuna.
  • El 2 de abril, decretó la separación entre la Iglesia y el Estado, eliminando las partidas presupuestarias religiosas y declarando como propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia.
  • El 5 de abril, decretó la detención de rehenes en respuesta a la represión ejercida por Versalles, aunque erróneamente esta orden no se aplicó.
  • El 6 de abril, el 137º Batallón de la Guardia Nacional quemó públicamente la guillotina de la prisión de París, símbolo de la revolución y el orden burgués.
  • El 8 de abril, eliminó la religión de las escuelas.
  • El 12 de abril, aprobó la demolición de la Columna Triunfal de la plaza Vendôme, símbolo de las Guerras Napoleónicas y del chovinismo francés (la orden se efectuó el 16 de mayo).
  • El 16 de abril, ordenó crear un registro de fábricas cerradas para reanudar la producción mediante cooperativas de trabajadores.
  • El 20 de abril, abolió las oficinas de colocación del Segundo Imperio y el trabajo nocturno de los panaderos.
  • El 30 de abril, cerró las casas de empeños, consideradas una forma de explotación obrera.
  • El 5 de mayo, aprobó la demolición de la Capilla Expiatoria de Luis XVI (esta orden no se ejecutó).
La Comuna de París implementó medidas revolucionarias sin precedentes: abolió el ejército regular y armó al pueblo, eliminando el servicio militar obligatorio y declarando a la Guardia Nacional como la única fuerza armada en la que debían enrolarse todos los ciudadanos capaces. Proclamó la separación de la Iglesia y el Estado, suprimió las subvenciones al culto y estableció un carácter laico para la instrucción pública. Además, redujo la remuneración de los funcionarios administrativos al salario normal de un obrero y garantizó la elegibilidad y removibilidad de todos los funcionarios en cualquier momento. Al suprimir las mayores partidas de gastos, el ejército y la burocracia, la Comuna hizo realidad la falaz consigna de todas las revoluciones burguesas: un gobierno barato.

Lastimosamente, la Comuna tuvo sus errores: no expropió completamente a los expropiadores, pues no se apoderó de los bancos; tampoco exterminó a sus enemigos al dejar marchar al ejército enemigo a Versalles y no aplastarlo allí después, despreciando la importancia de las acciones militares en la guerra civil. Sin embargo, no podía ser de otra forma, dado que se trataba del primer intento del proletariado en el poder; además, para triunfar la revolución social del proletariado necesita un buen desarrollo de las fuerzas productivas y de un proletariado preparado, adiestrado y con una organización revolucionaria fuerte, cosas que no tenía el proletariado francés en 1871.

Sin embargo, esos errores no impidieron que el proletariado extrajera valiosas enseñanzas de tan magna experiencia, entre ellas que, aunque no se deben despreciar los medios pacíficos de lucha, en determinadas condiciones la lucha de clases adopta formas armadas y de guerra civil, exigiendo el exterminio implacable de los enemigos en combates abiertos.

El hecho de haber permitido que el ejército enemigo se retirara a Versalles les costó caro a los comuneros: del 21 al 28 de mayo de 1871 tuvo lugar la Semana Sangrienta. Los generales bonapartistas, cobardes con los alemanes, fueron «valientes» ante sus compatriotas, ahogando en sangre la sublevación proletaria en París. El 27 de mayo, se rindió la última fuerza organizada de la Comuna, con unos 2000 combatientes. Cerca de 30.000 obreros fueron masacrados, 45.000 detenidos y muchos ejecutados o desterrados. París perdió cerca de 100.000 de sus mejores proletarios.

La represión de Versalles quedó sintetizada por el reaccionario cronista Edmond de Goncourt: «El derramamiento de sangre fue una sangría limpia; semejante purga, al destruir al sector combativo de la población, posterga la próxima revolución una generación entera. La vieja sociedad tiene veinte años de tranquilidad por delante, siempre que los poderes que existan se atrevan a llegar tan lejos como lo han hecho ahora».

A pesar de las reaccionarias palabras de sus detractores y aunque la Comuna solo duró setenta y dos días, su legado y enseñanzas han perdurado en el movimiento obrero hasta la actualidad. En su mera existencia como poder demostró que otra forma social sin opresores ni oprimidos, sin obreros ni patronos, era y es alcanzable. La Comuna representó el primer poder proletario de la historia, el primer gobierno verdaderamente del pueblo y para el pueblo. Por esta razón, la Comuna ganó simpatías en todos los lugares donde el proletariado sufría y luchaba, elevando la moral de millones de obreros y alimentando sus esperanzas hacia el socialismo y el comunismo.

Marx consideró ese movimiento revolucionario de las masas parisinas como una experiencia histórica de inmensa importancia, ya que representaba un avance —más significativo que cientos de programas y teorías— hacia la Revolución Proletaria Mundial. Marx afirmó que la Comuna era un gobierno de la clase obrera, surgido de la lucha entre la clase productora y la clase apropiadora, y la forma política finalmente descubierta para la emancipación económica del trabajo. Un primer gobierno obrero que confirmó la idea de que la clase obrera no puede utilizar la vieja máquina estatal burguesa para sus fines sino que debe destruirla, demolerla hasta sus cimientos; a la vez demostró que la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios de clase, sino por la abolición de todo privilegio y dominio de clase.

El 28 de mayo de 1871, la Comuna fue derrotada, evidenciando que para el éxito de esta revolución social se requiere un alto desarrollo de las fuerzas productivas. Hoy en día, ese desarrollo existe, pero no puede progresar bajo el sanguinario sistema capitalista imperialista. La derrota del proletariado francés en 1871 nos enseña que, para alcanzar el triunfo que la Comuna anhelaba, es fundamental construir una organización revolucionaria fuerte: un partido internacional con secciones nacionales que preparen y adiestren al proletariado para la victoria definitiva. Esta tarea subraya la urgente necesidad de construir el partido comunista revolucionario en Colombia como parte de la nueva Internacional.

La Comuna fue derrotada, pero su verdadero triunfo consistió en mostrar al proletariado mundial cómo construir un nuevo Estado capaz de llevar a cabo la expropiación de los expropiadores. Aunque la Comuna fue vencida, allanó el camino para las revoluciones que permitieron al proletariado avanzar a la conquista del poder, como se evidenció en Rusia y China.

Para el actual caso colombiano, la Comuna nos enseñó que, a través de la Asamblea Revolucionaria del Pueblo, el proletariado y sus aliados pueden ejercer y administrar el poder y construir su propio Estado. Estas asambleas revolucionarias deben reemplazar las instituciones burocráticas y parlamentarias del Estado burgués. Además, la experiencia de la Comuna demuestra que, para enfrentar a las clases reaccionarias de su propio país, el proletariado y sus aliados deben, sin despreciar los medios pacíficos, prepararse para la guerra civil, la guerra popular contra las clases explotadoras y opresoras.

Hoy, a 153 años de la Comuna llamamos al proletariado y a todo el pueblo colombiano a conmemorarla preparando y organizando las Asambleas revolucionarias, germen del nuevo poder y de la victoria de los oprimidos sobre los opresores. Hoy llamamos a levantar la bandera roja y gritar nuevamente como lo hiciera Marx una vez derrotados los obreros parisinos: ¡La Comuna ha muerto, viva la Comuna!

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