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CONTRA EL MITO DEL PROGRESO, FILOSOFÍA

«Las nociones occidentales de la naturaleza como recurso económico y la historia como desarrollo ocultan una trayectoria de colonización, racismo y machismo que debe ser cuestionada», asegura Azahara Palomeque. Numerosas pensadoras y pensadores ya lo han hecho desde varias disciplinas

Azahara Palomeque


¿En qué momento comenzamos a pensar el ser humano como una especie desvinculada de la naturaleza, ente ajeno sobre el que ejercer control pero al que no pertenecemos? En otras palabras, ¿a partir de cuándo, y por qué, las sociedades occidentales abrazaron una concepción de la naturaleza como surtidor ilimitado de recursos, materias primas, aunque éstos fuesen seres vivos: plantas, animales, e incluso personas categorizadas como “mercancía”, por ejemplo, los esclavos?

Recientemente, la revista Nature publicó un estudio, reseñado en este medio, que señalaba la “crisis de valores” actual al estimar la naturaleza desde criterios económicos. Su investigador principal, Unai Pascual, instigaba a “redefinir conceptos tan manidos como progreso, desarrollo y bienestar”, precisamente para evitar el sesgo instrumentalista que ha caracterizado a la Modernidad. La comunidad científica, parecía alertarnos, ha llegado a la conclusión de que esa distancia entre nosotros y la Tierra debe acortarse, y otro tipo de nociones y valores deben ser abrazados con la finalidad de mitigar la crisis climática.

Sin embargo, estos argumentos que ahora recorren algunas revistas académicas han sido sobradamente analizados desde disciplinas como la historia de las ideas, la filosofía y los estudios postcoloniales. Aunar las reflexiones humanísticas con la investigación cuantitativa contribuye a lograr esa reconfiguración de imaginarios tan apremiante hoy en día.

Las tijeras del dualismo

Una de las voces más autorizadas para despejar dudas sobre este fenómeno es Marta Tafalla. La investigadora y profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona desgrana en su último libro, ‘Filosofía ante la crisis ecológica’ (Plaza y Valdés, 2022), el efecto que tuvieron “las tijeras del dualismo” a la hora de recortar nuestro vínculo con otros seres vivos. El cristianismo, heredero de la filosofía griega, se encargó de estipular que, por una parte, existía el espíritu o alma, y por otra la naturaleza, asociada al cuerpo y la animalidad.

Si en la Edad Media todavía se mantenía cierta sintonía entre los humanos, los espíritus y el mundo natural, a partir de la colonización esos lazos fueron rompiéndose impulsados por un capitalismo que requería mano de obra barata –o gratis– e infinidad de recursos. Pero, ¡ojo!, en la naturaleza, alertó hace décadas el activista Ramón Fernández Durán, “no hay ‘recursos’ ni ‘residuos’, todo funciona como un sistema interrelacionado”; a pesar de que las tijeras nos hayan impedido percibir estos matices, que quedaron definitivamente obliterados a partir de la obra del filósofo francés René Descartes. Lo que se conoce como dualismo cartesiano parte de su famoso axioma “pienso, luego existo”, contenido en el Discurso del método (1637), desde el cual la concepción del hombre como ser racional y la relegación del cuerpo y la naturaleza a un segundo plano hilvanaron los cimientos de la Ilustración.

Aunque hubo pensadores que se opusieron a esta dicotomía, como el filósofo norteameriano Henry David Thoreau en el siglo XIX, se puede afirmar, con Tafalla, que: “Las tijeras del dualismo fueron cortando uno tras otro todos los lazos que ataban lo material con lo espiritual, lo corporal con lo mental, la naturaleza con lo sagrado, los otros animales con el ser humano”.

Dicho argumentario fue puesto al servicio de un sistema económico que, en ocasiones junto a la religión, consideraba imperativo reprimir las pasiones de la carne, el ocio y el juego con el objetivo de integrar a los individuos en los mandatos del orden productivo, explica el investigador Jason Hickel en su último trabajo.

Mientras tanto, millones de seres humanos a quienes se juzgó como “más próximos” a la naturaleza, como las mujeres o las múltiples razas en que el sujeto colonial blanco procedió a categorizar la diversidad humana –incluyendo la suya, pues la blanquitud como la entendemos hoy sólo se teoriza a partir de la colonización–, fueron víctimas de la explotación y el abuso que demandaba su aparente condición de seres “menos” racionales. La historia de la Modernidad, podría afirmarse de la mano de innumerables teóricos y filósofos contemporáneos, hunde sus raíces en el machismo y el racismo estructurales, el espolio de poblaciones enteras y sus hábitats naturales.

Decolonizar la historia

El pensador peruano Aníbal Quijano, en su ya clásico Colonialidad de poder, eurocentrismo y América Latina (2000), se remonta a la conquista y colonización del ‘Nuevo Mundo’ para datar una globalización capitalista que se valió de la idea de raza para la clasificación del trabajo –entre esclavos, siervos, o asalariados– al mismo tiempo que ejercía la borradura de toda heterogeneidad cultural amparándose en el dualismo ya descrito.

Los saberes indígenas quedaron así subsumidos en un orden mundial que también imponía marcos cognitivos eurocéntricos e inauguraba la actual noción de la historia. Europa, nos dice Quijano, fue concebida como la culminación de una evolución desde una suerte de estado de naturaleza salvaje hacia la cúspide civilizatoria, y a todos los grupos que no cabían en la ecuación por ser considerados “primitivos” se les condenó a ocupar un lugar simbólico equiparado con el pasado.

Esta visión teleológica de la historia, con la que coincide el profesor bengalí Dipesh Chakrabarty, es la que hace que, en los imaginarios colectivos occidentales, se considere a ciertos pueblos “atrasados” o “subdesarrollados”, a la espera de una oportunidad para avanzar en ese camino que se ha denominado progreso y que Marx sintetizó en la siguiente frase: “El país que es más desarrollado industrialmente le muestra al menos desarrollado la imagen de su futuro”.

Sin embargo, según Chakrabarty, “ningún país… es un modelo para otro país”; al menos, no debería serlo. En el mandato del crecimiento económico que se desató en los primeros albores de la Modernidad y se aceleró a partir de la Segunda Guerra Mundial, resultado de esa cosmovisión eurocéntrica y antropocéntrica, radican muchos de los males que nos acechan ahora. Incluyendo la imposibilidad de pensarnos como seres interdependientes y ecodependientes, como clama a menudo la intelectual ecofeminista Yayo Herrero, fruto y parte de esa red finita que es la naturaleza, necesitada urgentemente de otros paradigmas y valores.

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