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UN CEREBRO PARA EMANCIPARNOS

“¿Qué hacemos con nuestro cerebro?”. Malabou ve en la plasticidad la posibilidad de una dimensión histórica de nuestro cerebro
Apoyada en nuevas tecnologías de genética, computación y neuroimagen, la neurociencia se presenta a sí misma como clave para entender los procesos que hacen posible lo humano y la humanidad

Tomás de la Rosa Macías


A las preguntas sobre ¿Qué conforma la naturaleza humana? ¿Qué tipo de seres somos? Le han seguido a lo largo de la historia diversas respuestas, las cuales han determinado y determinan nuestro comportamiento individual y colectivo, desde la política económica a como educamos a nuestros hijos. Estas narrativas sobre nuestra naturaleza son los reflejos de las diferentes formas de vida, sus culturas y cosmovisiones. En el caso particular de la forma de vida moderna en sociedad, el lugar privilegiado desde el cual habitualmente se responden estas preguntas es la ciencia moderna. Al interior de esta, disciplinas de las ciencias sociales, humanas y biológicas, pugnan por situar su relato en lo alto de este lugar de privilegio epistémico. En las últimas décadas, aparece un nuevo actor en esta disputa, el cerebro, y la disciplina que lo estudia, la neurociencia.

Apoyada en nuevas tecnologías de genética, computación y neuroimagen, la neurociencia se presenta a sí misma como clave para entender los procesos que hacen posible lo humano y la humanidad. Producto de su interacción con otras disciplinas científicas, la neurociencia presenta varias aproximaciones metodológicas y niveles de análisis, de lo molecular, a lo social y cultural. El cerebro, como objeto de estudio, aparece ahora como horizonte para responder preguntas sobre la naturaleza humana dentro del régimen de verdad de la ciencia moderna.

Cómo la ciencia crea sujetos

Antes de la neurociencia, otros paradigmas y disciplinas científicas dominaron esta narrativa, teniendo un impacto en cómo nos pensábamos como humanos. La manera como el conocimiento científico interviene en nuestra construcción como actores sociales y políticos se compone de fragmentos de estas narrativas y el contexto donde se insertan. En palabras del filósofo de la ciencia Ian Hacking, la ciencia tendría la capacidad para “crear tipos de humanos”, los cuales se explican a sí mismos al interior de dichas narrativas. El conocimiento sobre lo humano determina la subjetividad de este, de la epistemología a la ontología. Lo que un ser humano moderno puede o no puede hacer, depende del conocimiento sobre las potencialidades del ser humano que lo construyen.

El papel subjetivador de la neurociencia

Nos preguntamos entonces ¿Qué papel tiene la neurociencia en la “creación de nuevos humanos”? ¿Cómo afectan las teorías neuroquímicas de los trastornos psiquiátricos a la subjetividad de los pacientes? ¿Qué recepción tiene en el público general los últimos hallazgos por neuroimagen que asocian una región del cerebro con cierta función? La retórica subjetivadora comienza por la idea de que “somos nuestro cerebro”, provocando en quien incorpora simbólicamente este conocimiento el nacimiento de un ‘Yo cerebralizado’.

“La retórica subjetivadora comienza por la idea de que “somos nuestro cerebro”, provocando en quien incorpora simbólicamente este conocimiento el nacimiento de un ‘Yo cerebralizado’”

Por una parte, el sujeto que incorpora la narrativa neurocientífica está atravesado por otras narrativas, científicas o no, que también aspiran a explicar su experiencia como humano. Por otra parte, los conceptos producidos por la neurociencia tienen orígenes y trayectos diversos, contribuyendo de manera diferencial al fenómeno de la “creación de individuos”. Ponemos aquí el foco sobre uno de estos conceptos, el de plasticidad, situándolo dentro del cosmos conceptual de la neurociencia y analizando su papel en la actual retorica subjetivadora, tratando, en última instancia, de reorientarlo hacia un horizonte emancipatorio.

Tenemos-Somos un cerebro plástico

La plasticidad es la capacidad del sistema nervioso para modificarse funcional y estructuralmente en respuesta a algún estímulo. Esta capacidad de adaptación es clave durante el desarrollo, ante una lesión, en el proceso de aprendizaje o para la consolidación de la memoria. Biológicamente, la reorganización de las sinapsis o conexiones entre neuronas, la creación de nuevas neuronas, así como procesos moleculares de potenciación y depresión sináptica serían los mecanismos por detrás de este fenómeno. Este concepto, transversal a toda la neurociencia, es el punto de partida de la filósofa francesa Catherine Malabou en su libro “¿Qué hacemos con nuestro cerebro?”. Malabou ve en la plasticidad la posibilidad de una dimensión histórica de nuestro cerebro. Frente a la idea, ya abandonada, de un cerebro genéticamente determinado y rígido, la plasticidad ofrece la posibilidad de un cerebro con historia.

La autora nos invita a tomar consciencia de esta historicidad, para instrumentalizarla apoyándose en su semántica. En primer lugar, nuestro cerebro es plástico porque recibe forma (como una bolsa de plástico), aunque también tiene la capacidad de dar forma (como en las artes o cirugía plásticas). Por último, la plasticidad también tendría la capacidad de aniquilar cualquier tipo de forma (explosivos, plásticos). Tenemos entonces un cerebro que no solo crea y recibe, sino que también desafía y aniquila potencialmente toda forma o modelo. Malabou argumenta cómo en el capitalismo, este potencial que la plasticidad provee a nuestros cerebros es substituido, en la práctica, por una flexibilidad. Mientras que la plasticidad nos permitiría una adaptación y adecuación al medio, simultánea a la transformación de este medio, lo que experimentamos en el capitalismo es una flexibilidad, por la cual nos adaptamos a un medio inmutable y previamente dado.

Una plasticidad contrahegemónica

Si la idea de plasticidad está secuestrada por el capitalismo en su faceta más radical, el neoliberalismo, debemos entonces reapropiarnos de esa categoría y exteriorizarla para que nuestro cerebro plástico dé forma a una realidad digna, en lugar de ser una realidad miserable la que de forma a nuestro cerebro flexible. Malabou nos demuestra que, si es posible tomar una categoría de la neurociencia y re-orientarla estratégicamente ¿No podríamos hacer esto con las otras categorías neurocientíficas? ¿No podríamos reapropiarnos de toda la neurociencia, clave en la actual comprensión de quienes somos los humanos, para un fin emancipatorio? Podríamos imaginar otras maneras de entender nuestro cerebro y nuestra humanidad a partir de cualidades de cooperación, interdependencia y solidaridad. ¿No es nuestro cerebro plástico capaz de esto?

La modernidad capitalista, además de relaciones de poder, también genera el tipo de ser humano que tiene y cree como naturales estas relaciones de poder. La conformación de este ser humano está vehiculada por el conocimiento que este tiene sobre sí mismo. Para revertir esto, será necesario revisar de manera crítica el conocimiento sobre lo humano que guía nuestro ser y estar en el mundo. La búsqueda por el conocimiento universal y objetivo genera un modelo de humano muy concreto e idealizado, más allá de este modelo se generan ausencias e injusticias, pues lo que no se piensa no existe. La neurociencia y la idea de que ‘somos nuestro cerebro’ acusa estos límites, y en su incapacidad de abarcar bajo su teoría todas las formas de vida del planeta, las oculta.

Necesitamos desvelar la dimensión social y política al interior del marco conceptual de las ciencias naturales, algo fundamental para estructurar la lucha contra las injusticias cognitivas. En pos de una descolonización epistémica y cognitiva, debemos descolonizar el conocimiento sobre el cerebro que define nuestra humanidad, dando paso a otras formas de conocer y otras formas de humanidad más allá del modelo moderno eurocéntrico.

Un cerebro para emanciparnos

¿Qué es entonces lo que debemos hacer con nuestros cerebros? ¿Cómo podríamos crear una nueva forma de entender el cerebro que sea libertadora? Necesitamos, no solo, una idea del cerebro que nos haga posible superar las opresiones capitalistas, coloniales y patriarcales, sino también una epistemología que nos permita construir esta nueva idea del cerebro. La justicia cognitiva pasa por hacer una crítica de cómo se articula la relación entre cognición y cerebro. El conocimiento que articula esta relación, al ser moderno y capitalista, orienta nuestros cerebros a aceptar de forma flexible las relaciones de poder que nos subyugan.

Necesitamos una neurociencia en diálogo con otros saberes y alejada de las jerarquías epistémicas de la ciencia moderna y su régimen de verdad. Constituyendo una crítica y diálogo desde posiciones externas a la ciencia moderna. En este proceso, podemos apropiarnos estratégicamente de conceptos de la neurociencia para reorientarlos y darles un nuevo sentido contrahegemónico, con cuidado de no quedar atrapado dentro de su marco categorial. La propuesta de Malabou con el concepto de plasticidad podría ser una entre las muchas reapropiaciones contrahegemónicas posibles que nos ayuden a generar una neurociencia, que a su vez genere una idea de cerebro emancipatoria.

Por Tomás de la Rosa Macías, neurocientífico

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