Emancipación frente a la alienación provocada por el capitalismo en todas las esferas de la vida y la sociedad.
Es necesario tener presente también que la economía y la política siempre han estado ligadas, particularmente en los momentos de crisis económica y social, y hoy debemos añadir ecológica
MANUEL GARÍ
Mural en la oficina de UE en Chicago, Artistas John Pitman Weber y Jose Guerrero. Foto: J Burger.
Las formas concretas que adoptan las relaciones sociales capitalistas se modifican a la misma velocidad y con la misma intensidad que lo hace el propio sistema capitalista en su loca carrera por mantener la tasa de ganancia a toda costa, contra personas y naturaleza, en una economía que el capital ha globalizado y estandarizado a escala planetaria. El movimiento obrero se enfrenta a nuevos y mutantes problemas y, por lo tanto, también el sindicalismo, en tanto que es una de las expresiones más importantes y, en muchos casos, la primera, elemental y directa de la lucha económica y social de las clases trabajadoras en torno a la apropiación del plusvalor. Lucha que abarca temas como el salario (sea inmediato o diferido en la jubilación, directo o indirecto), el empleo, las condiciones de trabajo, los derechos sociales dentro y fuera de la empresa, antes, durante y posteriormente a la vida laboral activa. Y ello en un marco en el que en el seno de las clases subalternas existen opresiones y explotaciones específicas en torno al sexo, género, raza y otras derivadas que históricamente no tuvo en cuenta el grueso del movimiento sindical y que no pueden ser soslayadas para afrontar los conflictos de clase y las formas de dominación tal y como son experimentados por quienes han de protagonizar su emancipación.
Ello se ha hecho aún más evidente tras el triunfo del neoliberalismo y la globalización capitalista (en estado de reorganización y subregionalización tras la pandemia y la ruptura de las cadenas de valor que supuso), que actualmente está experimentando un recrudecimiento de la competencia intercapitalista e interimperialista. La propia guerra de Ucrania tras la invasión de Putin, posible antesala de nuevos episodios bélicos tanto en Europa como en el Pacífico asiático, y el recrudecimiento de las guerras silenciadas en África, está contribuyendo a agravar una situación que venía de antes: encarecimiento de materias primas, alimentos y energía que provoca fenómenos desbocados de inflación y pérdida de poder adquisitivo de las clases trabajadoras en el mundo entero.
Esta nueva fase del capitalismo tardío, cuando el neoliberalismo adopta nuevas y más agresivas formas (“saqueo pantagruélico” en expresión de Brenner o como “proyecto político” según Harvey), está adoptando perfiles crecientemente inhumanos y bárbaros. Más allá de los necesarios debates teóricos sobre la caracterización de las formas de acumulación actuales impulsadas por Durand y otros, podemos convenir con Evgeny Morozov en un punto: los marxistas haríamos bien en reconocer que la desposesión y la expropiación han sido constitutivas de la acumulación a lo largo de la historia. Y de la mano del salvaje capitalismo, asistimos a nuevos (reedición de intentos anteriores) y graves ataques contra los salarios y las condiciones laborales. Tal es el caso español, donde el empresariado ha mostrado coherencia y consistencia en la defensa de sus intereses, sin recato alguno, e intentado que su discurso sobre el mercado, el rol de la empresa capitalista y la defensa de las ganancias empresariales se configure como discurso dominante en la sociedad.
Ello comporta la necesidad de nuevas formas de organización y discursos propios, nuevos métodos y repertorios de lucha, en los que los sindicatos –tal como se planteó a principios del siglo XX por parte de la Internacional Comunista en sus primeros cuatro congresos– deben adoptar una política económica agresiva “para rechazar la ofensiva del capital, fortificar las viejas posiciones y pasar a la ofensiva”, teniendo en cuenta, como en su día planteó León Trotsky, que una carga de caballería no se afronta con notas diplomáticas. Y hacerlo, siguiendo ese hilo rojo del pensamiento emancipador expresado en Balance y perspectivas, teniendo en cuenta que la ley del desarrollo desigual y combinado supone una “amalgama de formas arcaicas y nuevas”, que también se cumple en la globalización capitalista en curso.
Para ello, recuperando el hilo de pensamiento marxista revolucionario, es necesario tener presente también que la economía y la política siempre han estado ligadas, particularmente en los momentos de crisis económica y social, y hoy debemos añadir ecológica y de esa vieja institución histórica tenazmente resiliente, el patriarcado, que no solo impregna la sociedad en su conjunto, sino que envenena las filas de las gentes oprimidas y las clases subalternas. En tiempos en los que avanza la extrema derecha y en los que no cabe argüir –como vienen haciéndolo habitualmente los políticos liberales o socialdemócratas– que es a causa de la radicalidad del movimiento obrero, lo que puede parar el ascenso del autoritarismo y el neofascismo es un movimiento obrero y popular decidido a plantar cara, a movilizarse por sus intereses económicos y a ser un activo agente político en la solución del conflicto. No sería la primera vez que el movimiento obrero, de forma inteligente, ha sabido convertir en acicate para la lucha los avances contrarrevolucionarios de las clases dominantes.
Justo lo contrario que se nos propone desde posiciones de la izquierda gobernista y desde los nuevos cantos de sirena sobre la necesidad de un pacto de rentas. No es algo nuevo, ya lo conocimos con los Pactos de la Moncloa de 1977, uno de los pilares de la consolidación del régimen del 78 que supusieron un duro golpe a las expectativas de las clases subalternas. Recientemente he vuelto a repasar el texto de la Iª Conferencia Sindical de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), debatido y aprobado por miles de sindicalistas en diciembre del 77. Resulta sumamente ilustrativo que ya en ese momento se planteaban tareas sindicales como el papel de las mujeres en sus organizaciones y la necesidad de adoptar perspectivas y propuestas que acabaran con la discriminación y la desigualdad; asimismo, ante el ataque patronal y la inflación galopante, se reivindicaba la combinación de la escala móvil de salarios, aumentos lineales y reducción de la jornada, o la equiparación de la pensión mínima al Salario Mínimo Interprofesional. Cuestiones que hoy siguen pendientes y debemos resolver.
Y nos toca hacerlo en tiempos en los que, frente a quienes contra toda evidencia numérica afirman el próximo fin del trabajo asalariado o la desaparición del empleo debido a las nuevas tecnologías, hay que constatar que siguen los procesos de ampliación de la clase trabajadora y que aumenta su peso en el conjunto de la población, pero también frente a quienes reducen el trabajo al productivo, olvidando el reproductivo y de cuidados, e identifican lo laboral con el empleo. Y, lo que es peor, en tiempos de profundo retroceso de la conciencia de clase y de destrucción de viejos lazos comunitarios y culturales que configuraban un soporte para la identidad como clase con códigos propios.
Reconozcámoslo, el movimiento obrero y sindical y la izquierda política no atraviesan a escala internacional, europea y en la mayor parte de países, incluido el Estado español, su mejor momento. Pese a las esperanzadoras movilizaciones y huelgas en diversos países o, en nuestro caso, en algunas luchas ejemplares, el conjunto de la clase trabajadora se encuentra desmovilizada y su peso político ha disminuido en la escena mundial y en la mayor parte de países. Y esta situación es producto de las decisiones y orientaciones que se han ido adoptando frente a los envites del capital y de los Estados a su servicio. Ello, junto con la aparición de nuevos problemas, temas y discursos en el campo popular, nos exige repensar y reformular las formas de organización, las propuestas y los repertorios de lucha; en definitiva, nos obliga a construir nuevos proyectos. Y ello es una tarea de titanes tras, ya que se alude a la mitología, tantos intentos sisíficos en la lucha por la emancipación de la humanidad.
Porque de emancipación se trata. Emancipación frente a la alienación provocada por el capitalismo en todas las esferas de la vida y la sociedad. No solo de la emancipación en la esfera superestructural de lo cultural, político e ideológico, sino desde la visión más proteica y poco desarrollada en los debates en curso en la izquierda social y política de la alienación/desalienación desarrollada por Marx en Elementos fundamentales para crítica de la economía política (los Gründrisse). En este precedente de El Capital, se plantea que la alienación deviene de la separación de los instrumentos y medios de producción de quien los produce, lo que le obliga a vender su fuerza de trabajo a través de la forma/institución trabajo asalariado; ese proceso se completa con la enajenación del producto del trabajo y la anulación de la capacidad creativa en el proceso de trabajo, y por extensión se produce la alienación general de las relaciones sociales, incluyendo –como ya había vislumbrado anteriormente Marx– la alienación de la persona como ciudadana.
La emancipación/desalienación, como planteaba Rosa Luxemburg, requiere de la actividad consciente colectiva en el gobierno de sus propios destinos –de “la vida política activa, enérgica, sin trabas de la gran mayoría de las masas populares”, decía– que hoy, a la vista la diversidad interna en el campo de las gentes explotadas y oprimidas a nivel mundial y en cada sociedad, podríamos afirmar que la emancipación solo podrá ser obra de la acción consciente colectiva de agentes creadores plurales que integran un amplio campo de las y los de abajo.
Son muchos los problemas ligados al tema que nos proponemos abordar quienes hemos organizado este Plural, Daniel Albarracín, Mikel de la Fuente y yo mismo. Por ello hemos tenido que elegir una parte, solo una parte, de los mismos, tanto en el diagnóstico de la situación como de las propuestas. Por ejemplo, no abordamos la cuestión de la clase obrera y la ecología o analizado de nuevo a fondo el fenómeno de la uberización (al que se refieren en este número algunas de las que escriben), cosa que en diversos artículos aparecidos en viento sur –tanto en la revista como en la web– se ha abordado anteriormente y que deberemos seguir haciéndolo, pues es vital profundizar en los mismos. Y hemos centrado la mirada especialmente en el sindicalismo alternativo y el nuevo sindicalismo feminista (o feminismo sindicalista), la cuestión de los autónomos (falsos o no), los ataques a las pensiones o las alternativas a los cantos de sirena de los pactos de rentas.
¿Cómo hemos abordado este intento? Dando voz (páginas escritas) a personas vinculadas al movimiento de las y los trabajadores en ámbitos y desde perspectivas distintas, sean expertas desde un punto de vista convencional en las materias o sean gentes que luchan en sus empresas y que, como propuso y realizó Marx en La lucha de clases en Francia, relacionan conceptos con la realidad de forma práctica, adoptando una perspectiva explicativa de los acontecimientos y problemas, en definitiva de nuestra historia, similar a la propuesta por Georges Lefebvre primero y luego por marxistas como Eric Hobsbawm y E.P. Thompson: la historia de los pueblos hilada desde abajo y, podríamos añadir, desde dentro.
Para ello hemos contado con la contribución de Daniel Albarracín, que ha analizado las estrategias empresariales en el capitalismo global y las debilidades del movimiento sindical, el aumento de la precariedad y las nuevas formas de empleo, los problemas asociados a la tímida reforma laboral del actual gobierno frente a los desmanes de las anteriores y su propuesta para mejorar la correlación de fuerzas del sindicalismo ante el capital.
Hemos recabado la opinión de sindicalistas en activo sobre varias cuestiones cruciales, a las que han respondido Mari Cruz Vicente, de Comisiones Obreras (CC OO); Mikel Noval, de Eusko Langileen Alkartasuna (ELA); Oihana Lopetegi, de Langile Abertzaleen Batzordeak (LAB); Raúl Navas, de la Confederación General de Trabajadores (CGT), y Carmen Máximo, de la Unión Sindical de Trabajadores y Trabajadoras de Andalucía (USTEA).
Las feministas Julia Tabernero, Justa Montero y Eva Muñoz nos ofrecen una nueva visión de los conflictos sindicales por un trabajo con derechos y por vidas dignas, más allá del trabajo desde una perspectiva de género y feminista desde la diversidad de las explotadas y oprimidas, con estudios de caso sumamente interesantes.
Por su parte, Elsa Collonges reflexiona sobre los retos del sindicalismo feminista apoyándose en experiencias de luchas en Francia. Subraya las características específicas del empleo femenino, propone repensar algunas reivindicaciones, como igual salario por igual trabajo, y pone el acento en la centralidad que debería tener la lucha por la reducción global de la jornada laboral.
Víctor de la Fuente aborda, quizás como uno de los primeros intentos en el caso español, el análisis desde el punto de vista marxista del fenómeno de las y los trabajadores autónomos, definiendo las figuras existentes, proponiendo vías de intervención en su seno en defensa de sus legítimos intereses, tanto en el caso de los autónomos reales como de los falsos autónomos, y diseñando tareas al respecto para las fuerzas de izquierda.
Mikel de la Fuente nos ofrece un sistemático y riguroso análisis de la espada de Damocles que pende sobre el futuro de las pensiones públicas en el Estado español a la luz de las presiones institucionales desde los organismos que configuran el alto estado mayor del capital europeo e internacional a favor del debilitamiento (y, si es posible, destrucción del sistema público) y su sustitución por las privatizaciones. Artículo imprescindible para dotar de respuestas al resistente movimiento de pensionistas y al conjunto del movimiento sindical.
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