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CONSENSO PARA EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

La capacidad del sistema capitalista de reconvertirse y ampliar sus fronteras productivas se renueva ante cada crisis, creando propuestas de acción política de los estados a escala global.
 

La resiliencia económica y social, los acuerdos multilaterales y la revolución verde son algunos de los puntos del Consenso de Cornwall.

Del 11 al 13 de junio de 2021, el Grupo de los 7 (G7) se reunió en la ciudad de Cornwall, Reino Unido, con el objetivo de definir una estrategia común para la recuperación económica global. Luego de la reunión, el organismo publicó un comunicado en el cual se comprometieron a llevar a cabo “una agenda compartida para la acción global”.

La misma se basa en el “compromiso con la cooperación internacional, el multilateralismo y un orden mundial abierto, resiliente y basado en normas” con el objetivo de revitalizar las economías, asegurar la “prosperidad defendiendo un comercio más libre”, “proteger nuestro planeta apoyando una revolución verde”, fortalecer “alianzas con otros en todo el mundo”, entre otras cuestiones.

Del Acuerdo de Bretton Woods al Consenso de Washington

Las transformaciones en la economía capitalista a lo largo del siglo XX oscilaron entre crisis y guerras de carácter mundial poniendo en jaque el sistema en su conjunto. Ello demandó acuerdos o “consensos” para la mediación de los intereses, creándose en paralelo nuevos instrumentos políticos e instituciones de carácter internacional.

El periodo de guerras bélicas transcurrido durante 1914-1945, decantó en la imposición del dólar/oro como referencia monetaria a nivel internacional y la formación en paralelo de una nueva estructura política y diplomática mundial, resumida en el Acuerdo de Bretton Woods. Dicho acuerdo creó organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).

En dicha época, la tendencia expansiva del capitalismo generó resistencias y conflictos que hicieron necesario un marco de planificación conjunta e impulso de políticas uniformes en los territorios más importantes. Así es como surgieron programas específicos de recuperación económica y salvataje, como el Plan Marshall.


Este último bregaba por ayudar “a restablecer la salud económica normal en el mundo, sin la cual no puede haber estabilidad política ni paz asegurada”. Además, en su declaración oficial mencionan que “su propósito debe ser la reactivación de una economía de trabajo en el mundo para permitir el surgimiento de condiciones políticas y sociales en las que puedan existir instituciones libres”.

Las transformaciones siguieron su curso hasta la década del 70’ con la imposición del dólar cómo patrón de referencia mundial con la definición de Richard Nixon, presidente de EEUU, de desvincularlo del oro. En ese marco se fortalecen los instrumentos financieros con la promoción del endeudamiento público-privado, acompañado en muchos casos de gobiernos dictatoriales en América Latina.

En ese contexto se crearon instituciones como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un organismo de cooperación internacional compuesto por 38 Estados; y, luego de la crisis del petróleo, empieza a tomar forma el G7. Ambas sirvieron como parlamento internacional para mediar los intereses de los grupos económicos y la definición de las políticas a escala planetaria.

En 1989, con la caída de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), la operación se repite nuevamente con el surgimiento del Consenso de Washington. Fue Jonh Williamson, economista británico, quien presentó las 10 propuestas destinadas a las economìas latinoamericanas, entre las cuales figuran la disminución del gasto público, el aumento de las tasas de interés, la liberalización de las importaciones, la promoción de la inversión extranjera directa, las privatizaciones de empresas estatales y el fortalecimiento de los derechos de propiedad.

En argentina el Consenso de Washington se aplicó a rajatabla bajo la presidencia de Menem.

Mientras tanto, en el mundo continuaban las crisis directamente ligadas al sistema financiero, como el “efecto tequila” en México y la crisis de los “tigres asiáticos”. Este escenario permitió a una aristocracia financiera (Fondos Comunes de Inversión, calificadoras de riesgo, firmas multinacionales) concentrar cada vez más capitales y aumentar su capacidad de despliegue a escala global, generando en paralelo impactos negativos sobre grandes masas de la población.

Desacuerdos y “alternativas”

Dichos impactos llevaron a que las instituciones y los consensos se cuestionaran en el nuevo escenario internacional. En 2003, Williamson publicó un artículo titulado “No hay consenso”, en el que describe que “ya no hay acuerdo alguno entre la actual administración de Estados Unidos y las instituciones financieras internacionales sobre los grandes lineamientos de la política económica”.

En ese sentido, Mariana Mazzucatto, representante de Italia en la comisión de Resiliencia Económica del G7, comentó en un reciente artículo que “los líderes mundiales tienen una opción simple: seguir apoyando a un sistema económico fracasado, o deshacerse del Consenso de Washington y reemplazarlo con un nuevo contrato social internacional”.

La intelectual sostiene que “la alternativa es el «Consenso de Cornwall», recientemente propuesto. Mientras que el Consenso de Washington minimizó el papel del Estado en la economía y presionó a favor de una agresiva agenda de libre mercado, desregulación, privatización y liberalización comercial; el Consenso de Cornwall invertiría esos mandatos”.
Mariana Mazzucatto es referencia para la elaboración de políticas de resiliencia económica en todo el mundo. El Plan Argentina Produce 2030 la menciona

“Con la revitalización del papel económico del Estado, nos permitiría dedicarnos a implementar metas sociales, crear solidaridad a escala internacional y reformar la gobernanza mundial”, añadió.

Así, los magros resultados para aminorar los efectos de las crisis sobre la población de todo el mundo cuestionan el orden establecido y se reitera la necesidad de un nuevo consenso. Sin embargo, el creciente deterioro de las condiciones de vida, pobreza y sobreexplotación del trabajo con la implementación de los acuerdos anteriores no trae buenos augurios.

Nuevo consenso, las mismas caras

El nuevo consenso mundial intenta acompañar políticamente un proceso ya puesto en marcha desde hace años. Los distintos organismos como el G7 y la OCDE promueven marcos regulatorios que dirigen la política no sólo de sus Estados miembros sino también los de todo el planeta.

Una muestra de ello fue el Acuerdo de París, que proporciona financiamiento para mitigar los efectos del cambio climático a los países que lo “necesitan” a través de las inversiones y desarrollo tecnológico.

A partir de 2021 se comienza a delinear distintos puntos programáticos para mitigar los efectos de la pandemia en el crecimiento económico y el desarrollo humano.


El panel del G7 sobre Resiliencia Económica, una de las comisiones internas del organismo, recomendó al grupo a través de un informe “un nuevo consenso que priorice el papel de los gobiernos en la configuración de las economías y las asociaciones público-privadas que pongan el objetivo de economías resilientes, sostenibles e inclusivas al frente y al centro”.

“Los supuestos centrados en el mercado del Consenso de Washington han restringido la política económica, socavando el potencial de los gobiernos para trabajar en asociación con el sector privado para dar forma a economías que apoyen nuestros valores democráticos colectivos y el bien común”, comentan desde el panel.

En él recomiendan políticas estratégicas a implementar, basadas en la creación de “asociaciones simbióticas público-privadas que compartan tanto los riesgos como las recompensas” en el área de la salud, el financiamiento de las “tecnologías verdes emergentes como el hidrógeno verde y la fusión nuclear”; y “la cooperación internacional en seguridad cibernética para abordar las principales amenazas a las cadenas de suministro y la infraestructura”.

También bregan por “impulsar la inversión tanto pública como privada hacia áreas de producción y desarrollo de capacidades que puedan impulsar la innovación y la productividad” y el cumplimiento de un “impuesto mínimo global sobre las empresas multinacionales y las empresas digitales”.

Y concluyen: “El Consenso de Cornwall ve un papel fundamental para los gobiernos en la configuración de economías que sean más resilientes, sostenibles e igualitarias, en asociación con actores del sector privado y en colaboración entre sí”.

Con estos antecedentes, el G7 reunido en junio de 2021 se compromete “con el multilateralismo y con trabajar con el G20, la ONU y un sistema multilateral más amplio para lograr una recuperación fuerte, sostenible, resiliente e inclusiva”, afirmó en un comunicado.

Su objetivo es “asegurar nuestra futura prosperidad defendiendo un comercio más libre y justo dentro de un sistema de comercio reformado, una economía global más resiliente y un sistema fiscal global más justo”. También se comprometieron a apoyar la “revolución verde” y a fortalecer las “alianzas con otros en todo el mundo”.

Así, la capacidad del sistema capitalista de reconvertirse y ampliar sus fronteras productivas se renueva ante cada crisis, creando propuestas de acción política de los estados a escala global. A través de sus organismos e instituciones, bajo argumentos de recuperación económica, resiliencia social y cuidado del medio ambiente, despliegan su política de injerencia y dominación territorial. La historia nuevamente se repite.
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