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GENOCIDIO Y JUVENICIDIO DE CLASE EN COLOMBIA

JUVENICIDIO DE CLASE EN COLOMBIA

Por Renán Vega Cantor 

“Mientras los niños ricos juegan a la guerra con balas de rayos láser, ya las balas de plomo acribillan a los niños en la calle”. Eduardo Galeano

En años recientes se han realizado estudios que resaltan la importancia de los jóvenes como sujetos protagónicos en la historia contemporánea de América Latina y para ello se han acuñados dos nociones teóricas de gran alcance: juventudes, en plural, y juvenicidio.


En cuanto a juventudes se emplea para referirse a un conjunto de sectores etarios, heterogéneos, diversos y multiclasistas, que debe ser analizado en unas condiciones objetivas con sus propios proyectos de vida, condiciones socioeconómicas, posturas políticas, formas culturales y repertorios identitarios. La juventud no es tanto una etapa de la vida, sino un sujeto social, activo, con diferentes intereses que están cruzados por su pertenencia de clase, identidad étnica o racial y género. Estas diferencias permite hablar de juventudes periféricas en el continente latinoamericano, una vasta mayoría, que soporta procesos de opresión, discriminación, explotación, racismo y está atravesada por múltiples formas de violencia, tanto privada como estatal. Esas juventudes periféricas son afectadas negativamente por la consolidación del neoliberalismo y la emergencia del capitalismo gore, esto es, criminal y gansteril.

El carácter heterogéneo de la juventud se evidencia con el impacto diferencial del capitalismo en sus vidas, puesto que un sector minoritario de la juventud, perteneciente a las clases dominantes y a sectores ínfimos de las clases medias, forman parte de los triunfadores del neoliberalismo (porque sus familias lo son), mientras que las grandes mayorías son las perdedoras y sobre ellas recaen las acciones criminales del Estado y del capitalismo. Esas juventudes ganadoras se muestran como la cara amable del capitalismo realmente existente, de sus pretendidos éxitos individuales y las ganancias que produce la competencia depredadora. Dichas juventudes son minoritarias, en medio de un continente empobrecido y violento, como se vive a diario en los barrios pobres de nuestras ciudades.

Juvenicidio, por su parte, es un concepto acuñado para analizar los diversos tipos de violencia que soportan los jóvenes pobres de América Latina y fue propuesto por el mexicano José Manuel Valenzuela Arce, con la finalidad de analizar el carácter sistemático y planificado de lesa violencia, en la que México es un caso emblemático.

En las sociedades capitalistas-neoliberales de nuestro continente se ha reforzado el binomio vulnerabilidad e impunidad, lo cual es evidente con los jóvenes pobres, cuyos cuerpos son considerados como prescindibles, sacrificables y desechables. Junto a este factor interno de las sociedades latinoamericanas también operan los intereses geopolíticos de las “guerra contra las drogas” y “contra el terrorismo”, emprendida por los Estados Unidos como país imperialista y dominante en nuestro continente.

Genocidio y juvenicidio en Colombia

En Colombia soportamos desde hace décadas un genocidio con diversas variantes: étnico, contra los indígenas y la población negra; político, contra todos aquellos que representan un proyecto alternativo a la dominación oligárquica, y se expresa en el exterminio de los militantes de organizaciones políticas (Unión Patriótica, A Luchar, Frente Popular…); social, un resultado de las políticas neoliberales que han privatizado salud, educación y servicios básicos, lo que ha significado la muerte de miles de colombianos pobres; feminicidio de mujeres pobres, trabajadoras y humildes, tanto en el campo como en las ciudades, como manifestación de una violencia de género cuyo fin es mercantilizar, apropiarse y destruir los cuerpos de las mujeres… Y a estas formas de genocidio debe agregarse el juvenicidio.

Por su hubiera dudas al respecto, partamos de lo que acontece hoy en Colombia. En pleno paro nacional han sido asesinados unos 50 jóvenes, heridos miles, desaparecidos centenares, enceguecidos una veintena y violadas dos decenas de mujeres pobres. Algunos podrían considerar que esa situación es excepcional y, por tanto, no permitiría hablar de juvenicidio. Pero no hay tal, estamos hablando de un comportamiento genocida del estado colombiano y de las clases dominantes contra los jóvenes pobres de larga data, que no se originó el 28 de abril de este año, ni mucho menos, y que tiene una evidente connotación de clase, porque mata, encarcela, tortura y desaparece a jóvenes pobres, trabajadores y desempleados, o que malviven en el rebusque diario.


Cualquier recuento elemental lo atestigua, solo para recordar hechos de nuestra historia reciente. Los mal llamados “falsos positivos” (asesinatos de Estado, realizados por las Fuerzas Armadas) son un juvenicidio en sentido estricto. Los asesinados son jóvenes, pobres y humildes, jamás se les coló algún joven de rancio apellido o de noble cuna. Y estamos hablando, de por lo menos, diez mil jóvenes colombianos asesinados en forma cobarde por el Estado colombiano.

Las masacrados de septiembre de 2020 en Bogotá y Soacha fueron jóvenes, cuando el día 5 dentro de un CAI se calcinaron a ocho jóvenes en un CAI de Soacha y los días 9 y 10 fueron asesinados otros 14 por la Policía Nacional, luego de que estos se amotinaran tras el asesinato del estudiante de derecho Javier Ordoñez.

En los reiterados, criminales y cobardes bombardeos que realiza cotidianamente el Ejército colombiano, son asesinados jóvenes e incluso niños, porque el infanticidio es otro comportamiento criminal del bloque de poder contrainsurgente que domina a Colombia.

Agreguemos que en las fosas comunes que se encuentran a lo largo y ancho de Colombia, entre las cuales sobresale la infame Escombrera en Medellín, yacen los restos de miles de colombianos, la mayor parte de ellos jóvenes, masacrados por el Estado y sus ejércitos, institucionales y paramilitares. Las numerosas masacres que se suceden a diario en Colombia tiene como blancos principales a los jóvenes (Samaniego, Cali, Buenaventura, Tumaco…)

El juvenicidio en Colombia incluye a los miles de adolescentes y jóvenes colombianos, hombres y mujeres pobres, que mueren y sufren por enfermedades curables, que no acceden a la educación, que soportan el desempleo, que ni trabajan ni estudian, que tienen que prostituirse para sobrevivir, que soportan la opresión y la discriminación y que no tienen futuro. A ellos, el Estado y las clases dominantes de Colombia solo les ofrecen una alternativa: la cárcel o la tumba y, finalmente, impera esta última.

En estas condiciones, no sorprende que la fuerza motriz que le ha dado vida y continuidad al paro nacional sean los jóvenes, que con su alegría y creatividad han decidido resistir y enfrentar la dura realidad que soportan en carne propia ante la perdida de cualquier atisbo de futuro. Ellos se enfrentan al dilema resaltado por Bertolt Brecht: “Considerando que de esta suerte con fusiles y cañones nos amenazáis// hemos decidido temer a partir de ahora más que la muerte// la mala vida que nos preparáis”. Da lo mismo morir en las barricadas de la primera línea, abaleado por los sicarios con uniforme de la Policía Nacional y el Esmad, o por sus paramilitares de “niños ricos de bien”, que morir de hambre y enfermedad en el futuro inmediato. Son los nadie, los ninguneados, los que nunca aparecen en los diarios, ni en los noticieros, salvo para registrar sus acciones, en una línea al margen de la crónica judicial.


El juvenicidio y los sicarios con y sin uniforme

Cuando en Colombia se habla de los responsables del juvenicidio, así como de quienes lo perpetran, hay que señalar a dos tipos de sicarios: unos son los que disparan y torturan y otros los que preparan y justifican los crímenes. Entre los primeros se encuentran los que visten uniformes oficiales, en estos días perfectamente visibles por sus acciones criminales propias de Terrorismo de Estado a la colombiana y los sicarios de civil que matan y desaparecen en forma impune. Pero hay otro tipo de sicarios que justifican el juvenicidio de clase como practica criminal. Esos sicarios morales e intelectuales han salido a relucir por estos días, y merecen ser considerados como ejemplo de la bajeza moral a que se puede llegar, y además son un barómetro que mide el estado mental de una parte de la población colombiana (la de mentalidad traqueta y paraca), dispuesta a patrocinar y justificar todo tipo de crímenes, en defensa del “orden, la patria y la propiedad”.

A raíz del asesinato del joven Santiago Murillo por las balas asesinas de un policía, en Ibagué el primero de mayo, un estudiante de la Universidad de los Andes difundió este “humanitario” comentario por Twitter: “El día que una persona de música valga más que una de medicina aceptare perder clases por la muerte de un ñero sin relevancia alguna en nuestra sociedad”; y un segundo estudiante de esa misma universidad agregó: “Otro ñero muerto, una mancha en la sociedad menos”. Así, los jóvenes de “bien” en la encopetada universidad de las clases dominantes de Colombia desprecian a los jóvenes pobres, a los que conciben como ñeros que está bien matar. Y esos van a ser los futuros dirigentes, ministros y presidentes de este país, de tal manera que no nos extrañe que hoy sean los impulsores del juvenicidio desde la universidad empresarial.

Cuando fue abaleado mortalmente en Pereira el estudiante universitario Lucas Villa, la modelo y empresaria (de la muerte y el odio) Elizabeth Loaiza dio a conocer un video en el se afirma con toda la impunidad del caso: «Cuando no dejaste pasar leche a los niños, te convertiste en genocida y tu seguías bailando y burlándote. Cuándo no permitiste pasar medicamentos para ancianos y enfermos. Ahí disparaste Lucas. Mientras orgullosamente alimentabas tu ego con un microfóno, enceguecido por un poder que te tomaste sin autorización… No eras un héroe en esta historia. Eras un bandido. Un terrorista... atentamente: la sociedad herida, pero no vencida». Esta modelo de cara bonita y llena de silicona es una sicaria con micrófono que justifica y pretende legitimar el juvenicidio de clase, porque ella también es joven, pero no identificada con ninguna causa noble. Su causa es la del desprecio y el clasismo homicida. Y para completar, ignorante, porque luego agregó esta perla de máxima estupidez, propia de cualquier politólogo liberal, de esos que son legión en Colombia “Mi derecho termina donde comienza el de los demás. Esa frase funciona como reguladora, quiere decir que utilices tus derechos sin limitar los derechos de otros. Tu libertad termina donde empieza la mía”. Esto que llaman derecho es una vulgar apología del crimen y del terrorismo de Estado y sus paramilitares asesinos. ¡Muy liberal esta modelo y su mentalidad de sicaria de quinta categoría!

La modelo de “bien” que escupe vileza sobre un humilde colombiano asesinado

Y eso lo refrendo una médica en Cali, quien con motivo la aparición de la Minga indígena en esa ciudad sacó a relucir el paraco asesino que lleva por dentro, cuando dijo: “aquí más de uno de puede delicar… pero dan ganas de que vengan las autodefensas y acaben literalmente con unos 1.000 indios, así poquitos nada más para que entiendan .. ay yo supiera dónde tengo que dar plata para que esto pase, allo (sic) voy volando, si alguien sabe me avisa”. Aparte de esta abierta apología del crimen, y su horrorosa ortografía y redacción (¿Dónde le regalaron o le vendieron el título profesional?) la tal médica es muy cobarde porque quería que no se supiera su nombre y mantenerse en el anonimato de la gavilla virtual. Igualita a todos los que financian a los paramilitares y uribeños, “colombianos de bien” y grandes patriotas, que mientras contratan a los asesinos, en la vida pública se muestran como prósperos empresarios que no se atreven a matar ni una mosca. Pobre Hipócrates, porque personajes como la mencionada “doctora” ensucian su legado. Por eso, el nuevo Juramento de Los Hipócritas, hecho para este tipo de médico-sicarial Made in Colombia (que preparan algunas universidades) debería decir que los médicos harán todo lo posible para que los jóvenes pobres, y más si son indígenas, mueran rápidamente y propiciarán su desaparición (para que no afeen barrios como el de Ciudad Jardín, ahora bautizado Ciudad Bacrin, en Cali) con mano propia o financiado a sicarios de todos los pelambres. ¡Que así sea, por obra y gracia de su santo patrón del ubérrimo!

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La médica de bien que llama a los paramilitares a matar indígenas en Cal.
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