1. La derrota del progresismo en Ecuador
Por Alfredo Serrano Mancilla y Sergio Pascual*

Imagen: AFP
Luego de una derrota, siempre se suscita un gran interés por la búsqueda de culpables. Sin embargo, más que nombres y apellidos, lo que realmente sirve es entender las múltiples aristas de un proceso político tan complejo como el ecuatoriano. He aquí algunas variables para comprender por qué Andrés Arauz perdió contra Guillermo Lasso (foto) 47,5 vs. 52,5 por ciento.
1. Tal como escribí al terminar la primera vuelta, las movilizaciones de octubre del 2019 (en contra de las medidas FMI del Gobierno de Lenín Moreno) siguen dejando una huella imborrable en el tablero político en Ecuador: lo ha reordenado con evidentes consecuencias electorales. El movimiento indígena se constituye como sujeto, relevante en lo político y competitivo en lo electoral. Más allá de la heterogeneidad al interior del mismo y de las grandes divergencias existentes en la dirigencia, hoy en día es la segunda fuerza en la Asamblea y su candidato presidencial, Yaku Pérez, se quedó a 30 mil votos de pasar a segunda vuelta. Esto también ha tenido su correlato en el ballotage: llamaron al voto blanco/nulo y lo lograron (casi 2 millones de votos blancos/nulos). Todo lo que suceda en el Ecuador a partir de ahora, sí o sí, tendrá que tener en cuenta lo que ocurra en el seno del movimiento indígena y, por supuesto, en lo que pueda suceder en la próxima elección a inicios del mes de mayo a la Presidencia de la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas). No será lo mismo si gana Yaku Pérez que si lo hace Leónidas Iza. Si gana el segundo, entonces, Lasso tendrá una férrea oposición en el sector indígena.
2. La campaña importó. Y el debate presidencial también. El “Andrés, no mientas otra vez”, que Lasso le espetara a Arauz en pleno debate fue efectivo en clave de “meme drop” simpático y pegadizo, que detrás de su aparente frivolidad, escondía una acertada estrategia: cercenar la credibilidad de Arauz. Además de ese eje, Lasso logró mostrarse como lo que no es. Apenas dedicó tiempo a sus propuestas. Evitó cualquier posibilidad de dispersión en sus mensajes (fue repetitivo hasta aburrir). Centró toda su atención en “pescar” a la mayoría del electorado de Xavier Hervas (quien había sacado 16 puntos en primera vuelta) y a parte de lo que habían alcanzado los otros candidatos (13 puntos). Y lo logró. A eso hay que añadir que le agregó una mayor dosis de épica a su campaña, en base a la “remontada”. Esto contrastó con la campaña de Arauz, más plana y confiada, y que tuvo dos defectos: por un lado, creyó que la línea de meta se alcanzaba después de superar todos los obstáculos para llegar a inscribir la candidatura (por todo lo sufrido hasta entonces) en vez de haberla considerada como punto de partida; y, por otro lado, el inesperado resultado de primera vuelta los tuvo más de un mes paralizados. Un tiempo perdido que nunca es fácil de recuperar en una campaña electoral tan competitiva.
3. Un frente es únicamente un frente real cuando está compuesto por diferentes partes; no se puede formar pareja con uno mismo. El correísmo lo intentó, pero en ningún momento lo pudo materializar. Desde primera hora esta idea, la necesidad de ampliar, no fue del todo genuina y sincera. La resaca de la traición de Lenín supuso un freno para la consecución de este objetivo. La desconfianza es siempre adversa al deseo de sumar a nuevos actores. El correísmo acabó siendo el correísmo en su esencia y eso alcanzó para ser primera fuerza en primera vuelta, pero no para ganar en la segunda.
4. El relevo es una partida no saldada. La sucesión no es una cuestión baladí, ni en la vida, ni en la política. Es un asunto que al interior del progresismo latinoamericano en este siglo XXI aún cuenta con poca muestra como para extraer conclusiones robustas. Cada proceso lo hizo a su manera: Cristina con Alberto, Evo con Arce, y en el caso ecuatoriano estábamos en el segundo round, Correa con Arauz. Este es un estadio lleno de complejidades porque no está exento de dialéctica, pseudogramsciano, porque convive un liderazgo consolidado con otro que está en fase de nacer. Si esto tiene lugar en época electoral, entonces, todo se torna aún más difícil. Y no siempre sale bien. Esta vez, a la luz de los votos, no fue lo virtuoso que podría haber sido.
5. El doble filo del lawfare. Lo hubo. El correísmo lo sufrió hasta el extremo. Correa no pudo presentarse como candidato y le han abierto muchas causas judiciales con y sin sentencia, pero todas ellas sin base alguna. Además, buena parte de sus líderes están exiliados, casi todos ellos perseguidos judicialmente. Todo eso ocurrió, aunque no todo puede ser explicado en base a ese proceso. Si un asunto (en este caso, el lawfare) funge como argumento monopólico, entonces se corre el riesgo de sobredimensionarlo, creyendo que todo, absoluto todo, puede ser interpretado desde esa óptica. El lawfare, insisto, existe, sí, es un asunto de gran transcendencia, pero considerado en modo monotema, puede llegar a atrofiar la capacidad para advertir lo poliédrico de un fenómeno. (Y, por cierto, un detalle: la ciudadanía, en general, no desayuna lawfare.)
6. El efecto Lenin. Por muy paradójico que parezca, un notable porcentaje de la ciudadanía aún le achaca a Correa la responsabilidad del nefasto gobierno de Moreno. Es paradójico porque el Presidente Moreno cogobernó con Lasso y persiguió sin cesar al correísmo. Sin embargo, hubo una mayoría de electores que asumió que Lenín es, en parte, la “continuidad” del correísmo.
7. ¿Conocemos a la clase empobrecida? El término clase media puede ser útil en un enclave geográfico y momento histórico. Pero no siempre sirve. Si se usa en exceso, es muy probable que se cometa un gran error: no sintonizar con la lógica aspiracional de las mayorías, con sus sentidos comunes, con su lenguaje y sus códigos dominantes. Es probable que algo de esto haya sucedido en Ecuador: Arauz estaba preocupado por esa población pero, en cambio, no logró una conexión con ellos como para permitirle ganar la elección.
Son muchas más variables las que se necesitan para entender por qué la ciudadanía ecuatoriana optó por elegir como presidente a un banquero (medios de comunicación, asimetría en el gasto en pauta publicitaria, etc.). Todas serán determinantes en lo que venga a partir de ahora. Lasso ganó la elección en esta segunda vuelta, pero su futuro estará en gran medida condicionado por si acaba padeciendo “la enfermedad de Macri”, esto es, creerse que su fuerza política es proporcional a los votos obtenidos en segunda vuelta. Confundir votos propios con votos prestados conlleva a una sobreestimación de si mismo, que hace que se quiera gobernar como si tuviera mayoría. Y no. Lasso es la quinta fuerza en número de escaños en la Asamblea Legislativa, y casi 9 de cada 10 no le votó en primera vuelta (obtuvo sólo el 15 por ciento de votos totales) seguramente porque no quiere un plan de gobierno neoliberal al uso.
*CELAG
Fuente:
https://www.pagina12.com.ar/335676-la-derrota-del-progresismo-en-ecuador
2. La izquierda, mayoritaria en el país, terminó perdiendo las elecciones. Y la derecha, claramente minoritaria en primera vuelta, por la división de la izquierda, terminó imponiendo a su candidato.
Por Emir Sader
Imagen: EFE
La izquierda ecuatoriana acudió profundamente dividida a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Sus tres candidatos (antineoliberales los tres) obtuvieron 66 por ciento en la suma de los votos: Andrés Arauz 32, Yaku Pérez 19, Xavier Hervas 15. En la segunda vuelta, Arauz subió solamente 17 puntos, llegando a 47. Los otros dos candidatos no dieron apoyo formal a ninguno, pero concentraron sus críticas en Arauz, a quien consideraban el enemigo principal.
Mientras, Guillermo Lasso obtuvo 19 por ciento en primera vuelta, pero subió 33 puntos en la segunda - casi la misma cantidad de votos de Yaku y Xavier Hervas sumados (34 por ciento). Lo cierto es que esta trasferencia de votos hizo que la izquierda, teniendo mayoría en primera vuelta, perdiera en la segunda. El análisis de las regiones de concentración de votos de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) apunta hacia donde Lasso terminó conquistando más votos en la segunda vuelta.
Así, la izquierda, mayoritaria en el país, terminó perdiendo las elecciones. Y la derecha, claramente minoritaria en primera vuelta, por la división de la izquierda, terminó imponiendo a su candidato.
¿Por qué pasó esto? En primer lugar, está claro, por la falta de sentido de unidad por parte de dos candidatos de la izquierda – Pérez y Hervas. Porque éstos han privilegiado contradicciones secundarias con el gobierno de Rafael Correa – conflictos con el movimiento indígena, cuestiones de preservación del medio ambiente - frente a la contradicción fundamental de nuestro período histórico, aquella entre neoliberalismo y posneoliberalismo. La CONAIE propuso un esdrújulo “voto nulo ideológico”. Ese caudal de votos nulos– 1.600.00, mientras que en la segunda vuelta del 2017 hubo 980 mil – tuvo un peso determinante en el resultado final, porque Lasso terminó ganando por la diferencia de cerca de 400 mil votos.
La izquierda mayoritaria no fue capaz de restablecer la unidad de su campo en la segunda vuelta y fue derrotada. Tiene que ver también con la forma en que el gobierno de Correa – el más importante de la historia de Ecuador – trató los temas de divergencias dentro del campo popular.
La oposición , tanto la de derecha como la de izquierda, explotó de forma central el anticorreismo. La derecha lo hizo de forma consciente. Sectores de la izquierda lo hicieron de forma irresponsable. A veces confesaban que preferían a Lasso – el más grande banquero del país, ortodoxamente neoliberal -, a veces, de mala fe, lo favorecían, erigiendo el retorno del correísmo en su enemigo fundamental.
El problema de la falta de unidad de la izquierda y del ascenso de Lasso viene ya de la elección presidencial anterior, en 2017. Escogido por elecciones internas de Alianza País como el candidato de continuidad de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa, Lenín Moreno le ganó por solamente poco más de dos puntos a Lasso, después de 10 años del gobierno que más trasformaciones produjo en la historia ecuatoriana. Algo andaba mal. Pero no se han hecho los análisis debidos. En general la izquierda aprende más de las derrotas que de las victorias.
Decisivo para la división del campo correísta fue la traición de Moreno, que desde el mismo partido de la revolución ciudadana – Alianza País – debilitó a ese espacio, por el desconcierto que produjo, pero también por la represión directa hacia dirigentes del correísmo y al propio Rafael Correa, que se encuentra residiendo en Bélgica desde el 2017, mediante un proceso de judicialización típico de la derecha latinoamericana contemporánea.
Mientras tanto, sectores del movimiento indígena se consolidaban como espacio político propio - la CONAIE y Pachakutik -, con fuerte oposición al correísmo. Otros sectores de la izquierda – como la candidatura de Hervas, también asumieron esa postura.
Vale una comparación con Bolivia. Allí, a pesar de algunos conflictos con el movimiento indígena, el gobierno de Evo Morales siguió contando con el apoyo masivo de ese movimiento, que terminó siendo decisivo en la gran victoria del Movimiento alSocialismo (MAS) en primera vuelta en las últimas elecciones. El MAS reunificó el conjunto del campo popular y se reafirmó como la fuerza hegemónica, manteniendo en su interior las diferencias y conflictos dentro del campo de la izquierda.
En cambio Alianza Pais y el gobierno de Rafael Correa no pudieron superar sus conflictos con el movimiento indígena, que se autonomizó y pasó a oponerse, en su gran mayoría, al gobierno.
El conjunto de esos fenómenos, que desembocó en la incapacidad del correísmo de restablecer la unidad de la izquierda y afirmarse como fuerza hegemónica en el campo popular, llevó a que una izquierda mayoritaria en Ecuador fuera derrotada por una derecha minoritaria, que pasará a gobernar el país durante los próximos cuatro años, restableciendo su modelo neoliberal, empezando con la privatización del Banco Central ecuatoriano.
La izquierda ecuatoriana y toda la izquierda latinoamericana tienen que aprender de esta dolorosa derrota, valorizando todavía más la unidad interna y la centralidad del enfrentamiento con el neoliberalismo.
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