DOSSIER:
1. Biden cierra una época con Rusia y China y abre una nueva confrontación
Patricia Lee Wynne
Jefa de redacción de Sputnik Mundo para América Latina en Montevideo, Uruguay.
La asunción de Joe Biden, su definición de que el presidente ruso Vladimir Putin es un asesino y la continuidad endurecida de la política de Donald Trump hacia China, marcan el fin de una época.
Desde 1979, EEUU y las multinacionales convirtieron a China en la factoría del mundo y creyeron que podrían cooptarla al sistema occidental gracias a su política de colaboración económica. Fue así como perdonaron la represión en la plaza Tiananmen en 1989 y cerraron los ojos, a cambio de la mano de obra barata que ofrecía China a las grandes transnacionales. Esto les permitió hacer enormes ganancias, reduciendo los salarios de los trabajadores europeos y de EEUU, haciendo desaparecer pueblos enteros, enviando generaciones de trabajadores a la desocupación y convirtiendo fábricas y regiones enteras en chatarra oxidada.
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En el caso de Rusia, fue lo opuesto. A partir de los eventos de 1989 que llevaron a la disolución de la Unión Soviética y a la terminación de la Guerra fría, siempre tuvieron una enorme desconfianza, que fue evolucionando hacia una política agresiva de expansión de la OTAN hacia el este llegando hasta las fronteras mismas de Rusia, a pesar de que su rival militar, el Pacto de Varsovia, se había disuelto en 1991.
Rusia y la OTAN: de socios a "enemigos estratégicos"
La luna de miel con EEUU y la OTAN duró muy pocos años. En 1999 la OTAN bombardeó Belgrado, la capital de Serbia un aliado de Rusia, el primer bombardeo a una ciudad europea desde la Segunda Guerra Mundial y por primera vez actuó por fuera de su territorio con la invasión a Afganistán en 2003 y el ataque a Libia en 2011.
En 1990, para comprar la voluntad de la URSS y su presidente Mijail Gorbachov y garantizar que no se opondría a la unificación de Alemania, los líderes occidentales aseguraron que la OTAN no llevaría sus tropas hacia el este. Pero desde entonces, la alianza militar se extendió en tres oleadas incorporando a los países centrales que antes formaron el Pacto de Varsovia, los Balcanes y los Países Bálticos, adentrándose en los terrenos de la ex URSS.
En 2008, cuando la OTAN se hizo presente en Georgia, Rusia reaccionó. Ya lo había advertido Vladimir Putin, en su célebre discurso de Munich el año anterior: la expansión de la OTAN "es una seria provocación que reduce el nivel de confianza mutua, y tenemos el derecho de preguntar: ¿contra quién se pretende la expansión? ¿Y qué pasó con las garantías de nuestros socios occidentales después de la disolución del pacto de Varsovia?".
En 2014, cuando la Unión Europea quiso forzar el ingreso de Ucrania y avanzar en su accesión a la OTAN, se desató la crisis latente. Cuando el nuevo Gobierno de Kiev inició la guerra contra las regiones de Donetsk y Lugansk en el oriente, Crimea se reincorporó a Rusia y el país recuperó Sebastopol, la base militar y ciudad heroica de la II Guerra Mundial.
En esa ocasión, Putin dijo: "Estamos en contra de que la alianza militar ande como dueña de casa en nuestro patio, cerca de nuestra casa y de nuestros territorios históricos. No me puedo imaginar ir a Sebastopol de invitado de la OTAN... Mejor que ellos vengan de invitados nuestros a Sebastopol".
Esta política agresiva continúa avanzando, al punto que la OTAN está revisando la vieja denominación de Rusia como "socio", incluida en la concepción estratégica aprobada en 2010 en Lisboa, para endilgarle la definición de "enemigo estratégico".
China, de semillero de mano de obra barata al nuevo gran enemigo
Mientras los tanques se dirigían hacia el este, las grandes multinacionales apostaban todo a China.
"Desde el comienzo de las reformas en 1978, nadie, por fuera de los chinos mismos, hizo más para apoyar el desarrollo económico de China que los EEUU. La apertura de los mercados estadounidenses a las exportaciones chinas, enormes inversiones en la industria china y cientos de miles de estudiantes chinos en las universidades norteamericanas, fueron esenciales para el rápido desarrollo y la modernización tecnológica chinas", escribe Thomas J. Christensen en Foreign Affairs.
Durante todo ese tiempo mantuvieron bien guardados los principios. No se habló de democracia, de censura, de soberanía de Taiwán, de soberanía de Hong Kong, porque donde manda el capital no mandan otros derechos.
Creían que podían lograr, por la vía de la integración económica, una China dócil que se aviniera a los designios occidentales. Pero en su lugar surgió un gigante económico que está por ser la primera economía mundial, con un poderoso ejército y un dominio cada vez mayor de la tecnología y las comunicaciones, que disputa un espacio global y no se somete a los dictados de Washington.
Biden se ha dado cuenta del gigante que crearon en estos 40 años y está operando un giro drástico. En parte, es una continuidad de la política de Donald Trump, pero ahora es más estratégica: repudia la visión de las últimas décadas de que la interdependencia económica entre los dos países podría moderar los conflictos, que fue el mantra de las administraciones demócratas, desde Bill Clinton hasta Barack Obama, quien hablaba de manejar "el pacífico ascenso" de China.
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El nuevo enfoque está centrado en ganar aliados para contrarrestar a Pekín e impedir que gane una ventaja crítica en tecnologías de punta. A diferencia de la Guerra Fría, que fue esencialmente una competencia militar, esta vez el eje es la tecnología: 5G, inteligencia artificial, computación cuántica, robótica y ciencias humanas.
Según The New York Times, el enfoque es "ir más rápido que China", a través de inversiones en tecnologías como semiconductores, inteligencia artificial y energía, rediseñar las cadenas de valor para tener control de procesos industriales claves. Por eso Intel ha anunciado que invertirá 2000 millones de dólares en dos fábricas en Arizona para no seguir dependiendo de la producción de semiconductores en Taiwán.
Es el final de una construcción post guerra fría que asumió que los intereses de ambas potencias estaban entrelazados.
"Esta es la política en la que mayor nivel de acuerdo bipartidista se puede llegar", dijo Douglas Holtz-Eakin, exdirector de la Oficina de Presupuesto del Congreso. "Odiar a China es un gran sentimiento bipartidista".
La hipocresía de los "derechos humanos" y la "soberanía"
Todo esto se envuelve tras la piel de oveja de los derechos humanos y de la civilizadora cultura occidental que viene a rescatar a China.
De ahí el énfasis en la ciudad de Hong Kong, un viejo enclave colonial inglés que revirtió a China en 1999 pero que se mantuvo como una región administrativa especial bajo el lema de "Un país, dos sistemas", con una amplia autonomía.
La reversión pacífica de la ciudad a China fue un reflejo tardío de la Guerra de las Malvinas del Reino Unido contra Argentina en 1982, pues si bien el viejo imperio ganó en la confrontación contra un país pobre, esta fue su mayor conflicto militar de posguerra y le dejó el mayor número de víctimas desde 1945.
Pero Hong Kong era distinto. En pleno furor de la expansión económica china, con las multinacionales bailando de contentas por las pingües ganancias que salían de las factorías asiáticas, Londres prefirió ceder antes que tener una confrontación militar, ya no con Argentina, sino con la potencia asiática en ascenso.
No existe ninguna razón por la cual Atlanta, Manchester, Marsella o Munich, escapen a la legislación de su país, convirtiéndose en enclaves independientes, aunque esto se haga a nombre de los derechos humanos o de la protección de las aves.
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Lo mismo en el caso de Taiwán, a 180 km del continente (menos que la distancia entre Nueva York y Washington), a donde huyó el gobierno nacionalista del Kuomintang tras el triunfo de la revolución en 1949. Desde 1971 la isla no es miembro de las Naciones Unidas y apenas un puñado de países la reconocen. La reunificación es apenas un asunto pendiente que sucederá tarde o temprano.
Afilando la puntería
Como la OTAN ya decidió que su ámbito de acción no es solo la defensa de sus miembros ante un ataque militar a uno de ellos, el concepto elástico de "defensa" abarca cualquier cosa y cualquier lugar.
Por eso, el secretario de la OTAN, Jeans Stoltenberg, advirtió: "China se nos acerca, invierte en nuestra infraestructura crítica", y es necesario "encarar las consecuencias de seguridad del ascenso de China y del cambio en la balanza global del poder”, porque "China no comparte nuestros valores", como se puede ver en Hong Kong, y "en la forma en que minan las reglas del orden mundial".
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El secretario de Estado de EEUU Anthony Blinken agregó en la reunión de cancilleres de la OTAN en Bruselas este 24 de marzo: "el comportamiento coercitivo de Pekín amenaza nuestra seguridad colectiva y prosperidad y está trabajando activamente en minar las reglas del sistema internacional y de los valores que nosotros y nuestros aliados compartimos".
¿Cuándo China atacó a algún país, amenazando la seguridad colectiva y la prosperidad de la OTAN, y menos que menos en territorio de la Alianza? ¿Cuándo "minó" las reglas del sistema internacional? Después de 40 años de estrecha colaboración económica, ahora los gerentes de las grandes multinacionales y sus representantes políticos descubren que no comparten los mismos valores.
Un hueso duro de roer
No va a ser fácil para EEUU girar 180 grados en su relación con China, porque ya no es más el empobrecido país de Mao Tse Tung y no se va a dejar imponer la voluntad imperial.
El acercamiento entre Rusia y China: ¿una amenaza para la OTAN?
Por eso en febrero, el presidente Xi Jing Ping dijo: "EEUU es la mayor amenaza para el desarrollo de nuestro país y de nuestra seguridad" y en la primera reunión sostenida por altos funcionarios de la nueva administración de Biden con funcionarios chinos en Alaska el 18 de marzo, el representante del país asiático, Yang Jiechi, contestó a los funcionarios de EEUU: "No creo que la mayoría de países del mundo reconozcan los valores universales promovidos por EEUU, o que las opiniones de EEUU representen a la opinión pública mundial. Y esos países no reconocerán que las reglas hechas por un pequeño número de personas sean la base del orden internacional".
Si antes la dupla EEUU-China parecía el centro de la economía mundial, ahora la tendencia es hacia un difícil, y no se sabe qué tan posible desacople, acompañado de amenazas, sanciones, agresiones, todas envueltas en el dulce ropaje de los derechos humanos.
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Fuente:
2. De la Tierra a la luna: la política de Biden hacia China, condenada desde el principio
por Ramzy Baroud
Desde el “giro a Asia” de Washington, es decir, la reversión de la política exterior estadounidense que implicaba poner mayor énfasis en Oriente Medio, hay poca evidencia de que las políticas de enfrentamiento de Washington hayan debilitado la presencia, el comercio o la diplomacia de Beijing en el continente.
El tan esperado cambio en la política exterior estadounidense bajo el Gobierno de Biden sobre cómo contrarrestar el crecimiento económico y las ambiciones políticas sin obstáculos de China llegaron en forma de una cumbre virtual el 12 de marzo, conectando, aparte de a Estados Unidos, a India, Australia y Japón.
Aunque el llamado ‘Quad’ no reveló nada nuevo en su declaración conjunta, los líderes de estos cuatro países hablaron sobre la “histórica” reunión, descrita por la web de The Diplomat como “un importante hito en la evolución de la agrupación”.
En realidad, la declaración conjunta tiene poca sustancia y ciertamente nada nuevo respecto a un plan sobre cómo revertir –o siquiera ralentizar– los éxitos geopolíticos de Beijing, su creciente confianza militar y presencia en o alrededor de lugares globales estratégicos.
Durante años, el Quad ha estado ocupado formulando una estrategia unificada sobre China pero no ha conseguido elaborar nada con importancia práctica. Aparte de reuniones ‘históricas’, China es la única gran economía mundial de la que se predice que crezca de forma relevante este año y de forma inminente. Las proyecciones del Fondo Monetario Internacional muestran que se espera que la economía china se expanda un 8,1% en 2021 mientras que, por otro lado, según los datos de la Oficina de EEUU de Análisis Económico, el Producto Interior Bruto ha disminuido alrededor de un 3,5% en 2020.
El Quad –que significa Diálogo de Seguridad Cuadrilateral– comenzó en 2007, y revivió en 2017, con la obvia intención de rechazar el avance chino en todos los terrenos. Como la mayoría de las alianzas estadounidenses, el Quad es la manifestación de una alianza militar, concretamente los Ejercicios Navales Malabar. Estos últimos empezaron en 1992 y pronto se expandieron para incluir a los cuatro países.
Desde el “giro a Asia” de Washington, es decir, la reversión de la política exterior estadounidense que implicaba poner mayor énfasis en Oriente Medio, hay poca evidencia de que las políticas de enfrentamiento de Washington hayan debilitado la presencia, el comercio o la diplomacia de Beijing en el continente. Aparte de los encuentros entre las armadas estadounidenses y chinas en el mar del Sur de China, hay poco más de lo que informar.
Aunque mucha cobertura mediática se ha centrado en el giro estadounidense hacia Asia, poco se ha dicho sobre el giro chino hacia Oriente Medio, que ha sido mucho más éxito como proyecto económico y político que el giro geoestratégico estadounidense.
El cambio sísmico de EEUU en sus prioridades de política exterior proviene de su fracaso para traducir la guerra e invasión de Iraq de 2003 en un éxito geoeconómico descifrable como resultado de hacerse con la riqueza petrolera iraquí –las segundas mayores reservas de petróleo del mundo. La estrategia de EEUU demostró ser un completo error.
En un artículo publicado en el Financial Times en septiembre de 2020, Jamil Anderlini plantea una cuestión fascinante. “Si el petróleo y la influencia fueran los premios, entonces parece que China, no Estados Unidos, ha ganado en última instancia la guerra de Iraq y sus secuelas –sin siquiera pegar un tiro”, escribió.
No sólo es ahora China el mayor socio comercial de Iraq, sino que la enorme influencia económica y política de Beijing en Oriente Medio es un triunfo. China es ahora, según el Financial Times, el mayor inversor extranjero en Oriente Medio y un socio estratégico de todos los Estados del Golfo –salvo Bahrein. Comparemos esto con la confusa agenda de política exterior de Washington en la región, su indecisión sin precedentes, ausencia de una doctrina política definible y la sistemática ruptura de sus alianzas regionales.
Este paradigma se vuelve más claro y convincente cuando se entiende a escala global. Para finales de 2019, China se convirtió en el líder mundial en términos de diplomacia, al presumir entonces de 276 representaciones diplomáticas, muchos de los cuales son consulados. A diferencia de las embajadas, los consulados juegan un papel más importante en términos de intercambios comerciales y económicos. Según las cifras de 2019 que se publicaron en la revista Foreign Affairs, China tiene 96 consulados en comparación con los 88 de EEUU. Hasta 2012, China se quedaba atrás de la representación diplomática de Washington, concretamente por 23 representaciones.
Donde sea que China esté presente diplomáticamente, lo que sigue es el desarrollo económico. A diferencia de la inconexa estrategia global de EE UU, las ambiciones globales de China se articulan mediante una enorme red, conocida como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que se estima en billones de dólares. Cuando se complete, se prevé que la Iniciativa unifique a más de 60 países alrededor de estrategias económicas y rutas comerciales lideradas por los chinos. Para que esto se materialice, China se movió rápido para establecer una mayor proximidad física a las rutas marítimas más estratégicas del mundo, invirtiendo fuertemente en algunas y, como en el caso del Estrecho de Al-Mandab, estableciendo su primera base militar de ultramar en Yibuti, situada en el Cuerno de África.
En un momento en que la economía estadounidense se está contrayendo y sus aliados europeos están políticamente fracturados, es difícil imaginar que algún plan estadounidense contrarrestando la influencia de China, ya sea en Oriente Medio, Asia u otro sitio, tenga mucho éxito.
El mayor obstáculo para la estrategia china de Washington es que nunca puede darse un resultado en el que EE UU consiga una victoria clara y precisa. Económicamente, ahora China está liderando el crecimiento global, equilibrando así la crisis estadounidense e internacional como resultado de la pandemia de covid-19. Dañar económicamente a China también debilitaría a EE UU, así como a los mercados globales.
Lo mismo ocurre política y estratégicamente. En el caso de Oriente Medio, el giro hacia Asia ha resultado contraproducente en múltiples frentes. Por un lado, no registró ningún éxito palpable en Asia mientras que, por otro lado, creó un enorme vacío para que China reenfocara su propia estrategia en Oriente Medio.
Algunos argumentan equivocadamente que toda la estrategia política de China se basa en su deseo de simplemente “hacer negocio”. Aunque el dominio económico es históricamente el principal motor de toda superpotencia, la búsqueda de la supremacía global de Beijing apenas se reduce a las finanzas. En muchos frentes, o China ya ha tomado la delantera o se está acercando a hacerlo. Por ejemplo, el 9 de marzo China y Rusia firmaron un acuerdo para construir la Estación de Investigación Lunar Internacional (ILRS, por sus siglas en inglés). Teniendo en consideración el largo legado ruso en la exploración del espacio y los recientes logros de China en el campo –incluyendo el primer aterrizaje de la historia de una nave en el área lunar del Polo Sur-Cuenca Aitken–, se prevé que ambos países tomen la delantera en la resurrecta carrera espacial.
Ciertamente, la cumbre del Quad liderado por EEUU ni fue histórica ni fue un punto de inflexión, ya que todos los indicadores muestran que el liderazgo global chino seguirá sin obstáculos, un acontecimiento relevante que ya está reordenando los paradigmas geopolíticos mundiales que han estado en funcionamiento durante más de un siglo.
Por Ramzy Baroud
Traducido por Eduardo Pérez
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