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LA "GUERRA COMERCIAL" ES APENAS UNA REFRIEGA FRENTE A LA FEROZ CARRERA ARMAMENTISTA QUE MANTIENEN EE.UU, CHINA Y RUSIA


La feroz carrera armamentista que mantienen EEUU, China y Rusia, respecto de la cual lo comercial y Huawei -por más que inflen su importancia- no es sino un primer ‘round’
Huawei es apenas refriega de lo que se viene
América del Sur está siendo convertida en una inmensa zona gris, con Rusia y China erosionando cuanto pueden la antigua hegemonía de EEUU, con Venezuela en el epicentro.

Augusto Zamora R.

Banderas de China y de EEUU, en Shanghai. REUTERS/Aly Song

La guerra del gobierno Trump contra China (que empezó contra la multinacional Huawei) ha ocupado las portadas de los medios de comunicación en todo el mundo, hecho explicable por implicar a las dos mayores potencias comerciales del mundo y por afectar (como daño colateral) al mayor tótem del siglo XXI, como es la telefonía móvil, sin la cual se multiplicaría el número de desamparados, que encuentran en su teléfono la comprensión y el amor que ya no saben hallar fuera de emoticones y pantallas. Que el conflicto chino-yanqui haga timbrar al mundo no debe hacer olvidar un hecho más importante, que, en estos pagos, recibe nula atención: la feroz carrera armamentista que mantienen EEUU, China y Rusia, respecto de la cual lo comercial y Huawei -por más que inflen su importancia- no es sino un primer ‘round’ de una pelea a muchos rounds.

El común de los mortales vive de espaldas a la historia y a golpe de amarillismo, de manera que rara vez dispone de herramientas básicas para analizar casos como el presente. Uno de ellos se refiere a un hecho que ha ocurrido (y seguirá ocurriendo) en todos los tiempos y civilizaciones: cuando surge una nueva potencia -o resurge una que lo fue- la potencia reclama un sitio en el mundo proporcional a su poder y quiere -también- a sus adversarios fuera de sus áreas estratégicas. Tan viejo como el mundo, como narró Tucídides, hace 2400 años, en su Historia de la guerra del Peloponeso.

Un episodio ilustra esta realidad. Italia y Alemania se constituyeron como Estados unitarios en 1860 y 1871, respectivamente, es decir, tres siglos después del inicio de la era del imperialismo europeo. Llegaron tarde al reparto colonial, pero, como nuevos grandes Estados, reclamaron una parte del botín. En 1885, por iniciativa alemana, se celebró la Conferencia de Berlín para el reparto de África, de la que Alemania obtuvo un relevante número de colonias e Italia su porción, aunque nada comparables con las británicas y francesas. Al final, como es sabido, las contradicciones imperialistas terminaron estallando en la I Gran Guerra Europea moderna (Europa ha vivido en guerra desde los neandertales), mal llamada I Guerra Mundial. Esta guerra recordó otra antigua realidad: ningún imperio cede voluntariamente su poder. Se le arranca por la fuerza. Alejandro lo hizo con Darío. Roma con Cartago. EEUU con España.

Situémonos ahora en 2019. Un antiguo imperio, China, hasta hace ochenta años dominado, expoliado y explotado por potencias extranjeras, ha resurgido como ave fénix y reclama su lugar en el mundo. Otro viejo imperio, Rusia, renacido después del suicidio y desmembramiento de la superpotencia soviética, reclama también un solio macizo en la sociedad internacional. Frente a ellos EEUU, un imperio mundial joven (su poder inicial surgió de la IGM y su poder mundial de la IIGM), pretende que las renacidas nuevas potencias acepten el orden que instituyó sin disparar, prácticamente, un tiro y sin tener que hacer mayores sacrificios. Al contrario, EEUU pudo hacerse imperio merced a que las potencias europeas se mataron entre ellas, dejándole el campo abierto y, además, enriqueciéndolo hasta lo obsceno gracias a las dos guerras (John Kenneth Galbraith afirmó que la IGM había sido una bendición para EEUU).

El panorama actual, para Washington, es un tablero de ajedrez. A diferencia del mundo bipolar, donde cada superpotencia tenía definidas sus áreas de dominación estratégicas, el mundo hoy es multipolar y complejo y, por vez primera en la historia, auténticamente global. No hay colonias obedientes (salvo la UE, paradojas de la historia) y EEUU enfrenta, no sólo a dos potencias equivalentes, sino -esto es lo peor- aliadas, y de una magnitud abrumadora en territorio, población y recursos. La suma de China y Rusia-Rusia y China hace un poder que supera con creces al estadounidense, por más que se afane Washington en hacer creer lo contrario. El territorio de la alianza euro-asiática se extiende del mar de Barents al Mar de la China Meridional; del Báltico al Golfo Pérsico; del mar Mediterráneo y el Negro al Índico. Es decir, abarca la casi totalidad de Eurasia, con diferencia el continente más importante del mundo. Son, además, aliados contiguos, de forma que su interacción es fácil, intensa y… barata. Como recordó hace poco el periodista Michael Hudson, “Los Neocons nombrados por Trump están logrando lo que parecía impensable no hace mucho tiempo: juntar a China y Rusia -la gran pesadilla de Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski” (corrección: la alianza antecede Trump, aunque Donald ha hecho méritos notables para robustecerla).

EEUU, por el contrario, es un país aislado. Un Estado-isla en un continente-isla, separado del resto del mundo por los dos mayores océanos. Sus aliados están lejos y, más grave aún, están dispersos y solos. Japón es otro Estado-isla, separado del continente y sin aliados próximos (excluyo a Corea del Sur, primer candidato a abandonar el barco estadounidense, Taiwán duraría un suspiro). Europa es una península sin acceso directo a la mole euroasiática y sin recursos energéticos suficientes. Arabia Saudita es una península medieval rodeada de pocos amigos y con un ejército archi-armado pero incompetente (en Yemen acumulan sólo crímenes atroces). Mantener unidos todos esos fragmentos obliga, a EEUU, a gastos astronómicos, lo que deja, como daño colateral, un déficit público galáctico y ruinoso.

Esta realidad ha provocado, en EEUU, una proliferación de estudios y análisis sobre cómo enfrentar la alianza sino-rusa, como no se veía desde los años duros de la guerra fría. El último documento apareció en diciembre de 2018 (National Security / Long-Range Emerging Threats Facing the United States As Identified by Federal Agencies, Seguridad Nacional / Amenazas emergentes de largo alcance que enfrenta Estados Unidos según lo identificado por las agencias federales). Este informe expresa: “Estados Unidos enfrenta una compleja serie de amenazas a nuestra seguridad nacional, incluidos nuestro sistema político, económico, militar y social. Estas amenazas continuarán evolucionando a medida que se desarrollen los adversarios políticos y militares, a medida que avanzan los sistemas de armas y la tecnología, y con los cambios demográficos y ambientales”. Esta afirmación se ha convertido en estribillo en esa clase de informes, que repiten que EEUU afronta la mayor amenaza a su hegemonía, algo cierto, pues nunca EEUU había encontrado rivales de tal magnitud. La retirada de EEUU de los acuerdos de control de armas no es una ‘trumpada’, sino respuesta al miedo creciente a China, país no firmante de esos tratados, y su alianza con Rusia. Por ese mismo motivo, EEUU aumentará sus presiones sobre Europa y Latinoamérica, buscando crear un frente euro-americano frente a las potencias euro-asiáticas (otra cosa será que lo consiga o a qué nivel pueda conseguirlo).

El mundo de la guerra fría era un mundo de fronteras definidas, con conflictos en áreas periféricas -Vietnam, Angola, etc.- que no afectaban el equilibrio estratégico esencial entre las superpotencias. En el mundo actual hay pocas fronteras claras y demasiadas en disputa. Disputas geopolíticas, económicas, comerciales, científico-técnicas. Con cada vez más abundantes zonas grises y algunas absolutamente calientes. América del Sur está siendo convertida en una inmensa zona gris, con Rusia y China erosionando cuanto pueden la antigua hegemonía de EEUU, con Venezuela en el epicentro. Ucrania es -tómenlo en serio los europeos- un limes al que Rusia no renunciará (pregunten si EEUU aceptarían misiles rusos y chinos en México o Canadá). Irán, país milenario, quiere su propio espacio y es aliado esencial para China y Rusia (de ahí la obsesión de EEUU por derrocar a la república islámica). Siria, país referencia del de retorno de Rusia a Oriente Próximo, es territorio cardinal para la proyección del poder ruso en el Mediterráneo. India quiere ser potencia regional y, en alianza con Rusia, mantener el equilibrio en el Índico, establecer un status quo con China y, con China, desenredar el laberinto paquistaní. EEUU lleva una década queriendo enredar a India contra China e India le responde que los cipayos son historia y que ellos tienen sus propias aspiraciones. Por si alguna tenía dudas, a inicios de septiembre de este 2019, India firmó contratos por 14.500 millones de dólares para adquirir armamentos rusos, entre ellos sistemas S-400.

Recordemos, ahora, el primer juego de tronos, llamado en el siglo XIX “el gran juego”. Fue la disputa a cara de perro entre los imperios ruso y británico por el dominio de Asia Central. Gran Bretaña, la mayor potencia marítima de entonces, quería forjar un muro en torno a la India -su “joya de la corona”- y Rusia, la mayor potencia terrestre, expandir sus dominios sobre la vastedad centroasiática. “El gran juego” inspiraría a Halford Mackinder, el más importante geopolítico británico, a elaborar su teoría sobre la rivalidad entre la potencia marítima (Gran Bretaña) y la potencia terrestre (Rusia), que, desde hace casi un siglo, inspira a EEUU, potencia marítima heredera de la británica.

Porque EEUU es eso: una potencia marítima, separada del resto de continentes por el Atlántico y el Pacífico. Ser un Estado-isla de un continente-isla permitió a EEUU ser superpotencia y dominar casi todos los mares y océanos, teniendo como modelo a su antecesora británica. No obstante, el poder naval británico pudo ser lo que fue porque no había armas que contrarrestaran el poder de su flota. Sus naos podían aparecer de repente en cualquier sitio, sin dar tiempo a organizar la defensa, de forma que, en días o semanas, la flota británica podía tomar Shanghái, Mallorca o Bengala. Hoy, eso, es, simplemente, imposible. Satélites espías monitorean minuto a minuto cada buque de guerra, cada portaaviones, haciendo un disparate pensar en bloqueos y, menos aún, en ataques sorpresa desde el mar (o desde tierra). El acelerado e imparable desarrollo de misiles -como los hipersónicos rusos, que alcanzan velocidades superiores hasta doce veces la del sonido- convierten a los buques en armatostes fáciles de hundir

Un think tank británico fue el primero en advertir esta realidad, luego confirmada en un informe estadounidense, que reconoce que EEUU carece de medios contra los misiles hipersónicos rusos. China desarrolló, hace años, un sistema para hundir portaaviones por saturación, es decir, si una flota con portaaviones tiene, digamos, 800 misiles, el sistema chino dispararía mil o 1.500 misiles. Se perderían 800, pero el resto haría blanco. Las guerras comerciales, o el Huawei 5G no es el punto G de la economía mundial. Estamos, apenas, ante refriegas de lo que se viene. Y lo que se viene es grueso, muy grueso. Algo así como un nuevo tiempo, una nueva era, dominada por potencias asiáticas. Pudo ser de otra manera, si la UE/OTAN, en vez de pretender destruir Rusia, la hubiera hecho aliada, Ahora es demasiado tarde. La alianza ruso-china -como antes Alejandro, Napoleón o los británicos- marcará las pautas y se hará más fuerte. India está estableciendo su área e Irán la suya. ¿Y la UE? Bien, gracias, alineadita con EEUU, esperando las ostias del cielo, que no serán de pan ácimo ni harina de trigo.

__________________________
Augusto Zamora R. es autor de ‘Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos’ (2016, 3ª edición 2018) y de’ Réquiem polifónico por Occidente’ (2018), Akal.

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