Frantz Fanon:
de la descolonización al pensamiento crítico
en Africa y Asia*
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Frantz Fanon: de la descolonización al pensamiento crítico
de la descolonización al pensamiento crítico
en Africa y Asia*
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Frantz Fanon: de la descolonización al pensamiento crítico
Por Raúl Zibechi
Uno debe ponerse del lado de los oprimidos en cualquier circunstancia, incluso cuando están equivocados, sin perder de vista, no obstante, que están hechos del mismo barro que sus opresores.
Emil Cioran
Frantz Fanon fue un ser extraordinario. Vivió su breve vida entre cuatro países: en su Martinica natal, en Francia y en Argelia-Túnez, donde se comprometió con la lucha por la independencia integrándose como militante al Frente de Liberación Nacional (fln). La coherencia entre su vida y su obra es un faro que nos debe guiar en estos momentos de incertidumbre, cuando afloran riesgos notables que ponen en peligro la existencia misma de la humanidad de abajo.
Intervino en una de las guerras más crueles de la historia moderna. El fln estimó que fueron asesinados un millón 500 mil de argelinos entre el comienzo de la guerra en 1954 y la proclamación de la independencia en 1962, lo que representa el quince por ciento de una población que no llegaba a los 10 millones. Historiadores franceses reducen esa cifra a un tercio, lo que sigue siendo un porcentaje asombroso. Una cantidad similar de argelinos fueron torturados.
Como médico-jefe del hospital psiquiátrico de Blida (nombrado en 1953), Fanon tuvo una experiencia fenomenal: recibió y atendió tanto a franceses torturadores como a argelinos torturados, lo que le permitió acceder a los recovecos más recónditos de la opresión y la humillación coloniales. Uno de los aspectos menos conocidos de su maravillosa vida fue haber convertido el hospicio-prisión en “una nueva comunidad que introdujo el deporte, la música, el trabajo, y donde se tiraba un periódico escrito por enfermos”.
Su profesión como psiquiatra le permitió comprender actitudes de los seres humanos que nunca fueron explicadas adecuadamente por el pensamiento crítico. En esos años se había consolidado el giro hacia el economicismo y el materialismo vulgar, que todo lo apostaban al desarrollo de las fuerzas productivas, camino en el cual las ideas emancipatorias tendieron a mimetizarse con los postulados capitalistas.
La interiorización de la opresión
La generación militante de las décadas de 1960 y 1970 conocimos a Fanon a través de Los condenados de la tierra, su obra póstuma publicada en 1961. Es el libro/manifiesto de un combatiente que afirma la necesidad de la violencia para enfrentar y superar la colonización, porque sabe que “el colonialismo no cede sino con el cuchillo al cuello”.
Los condenados… es un texto luminoso, plagado de ideas que marchan a contrapelo del sentido común revolucionario de la época, como su defensa del campesinado y del lumpen-proletariado como sujetos políticos, ya que observa que en las colonias los proletarios son el sector más “mimado por el régimen colonial”. Critica también la cultura política de las izquierdas, que se dedican a captar a las personas más “avanzadas” –“las élites más conscientes del proletariado de las ciudades”, constata Fanon- sin comprender que en el mundo del colonizado el lugar central, y liberador, lo juegan la comunidad y la familia, no el partido o el sindicato.
Su apasionada defensa de la violencia del oprimido debe ser tamizada. Siempre es necesario recordar, como enfatiza Immanuel Wallerstein, que “sin violencia no podemos lograr nada”. No es un tema menor, porque el grueso de los partidos y movimientos antisistémicos parecen haberlo olvidado en su apuesta por incrustarse en las instituciones estatales.
Pero también es cierto, como reconoce el sociólogo, que la violencia por sí misma no resuelve nada. Fanon va más lejos cuando afirma que “la violencia desintoxica”, porque “libra al colonizado de su complejo de inferioridad”. En esa línea de argumentación, en Los condenados de la tierra concluye: “La violencia eleva al pueblo a la altura del dirigente.” Sabemos que las cosas son más complejas, como lo enseña medio siglo de lucha armada en América Latina.
Pese a la importancia que tuvo en nuestra generación el último libro de Fanon, considero que el primero, Piel negra, máscaras blancas, de 1952, es el que nos brinda mejores pistas sobre un siglo de fracasos de las revoluciones triunfantes. Aporta una mirada desde la subjetividad del oprimido, algo que los marxistas nunca habíamos conseguido desentrañar de forma tan cristalina. Nos dice que el complejo de inferioridad del colonizado tiene dos raíces: la económica y la interiorización o “epidermización” de la inferioridad. El varón negro desea blanquearse la piel y tener novia rubia. La mujer negra se plancha el pelo y sueña con un varón blanco. Deben abordarse ambos aspectos o la liberación será incompleta.
Fanon pone el dedo en la llaga cuando afirma que “el colonizado es un perseguido que sueña permanentemente en convertirse en perseguidor” (Los condenados de la tierra). En consecuencia, el colonizado no sólo quiere recuperar la hacienda del colono, sino que también desea su lugar, porque ese mundo le suscita envidia. Mira de frente el núcleo duro de los problemas legados por las revoluciones y que no podemos seguir eludiendo, en vista de dramas como los que atraviesa Nicaragua. ¿Por qué los revolucionarios se colocan en el lugar, material y simbólico, de los opresores y los capitalistas, y en ocasiones de los tiranos contra los que lucharon? Nos deja con la pregunta, ofreciendo apenas pistas sobre los caminos posibles para salir de este terrible círculo vicioso que reproduce la opresión y el colonialismo interno en nombre de la revolución. Fanon recorre los vericuetos de la psiquis del oprimido, con el mismo rigor y valor con que cuestiona a los revolucionarios que, cegados por la rabia, cometen abusos en el cuerpo de los colonizadores.
Las similitudes entre oprimidos y opresores sólo pueden desbordarse desde una lógica distinta a la del poder, y sólo pueden desarmarse si somos capaces de reconocerlas. Los dirigentes sandinistas comenzaron ocupando las residencias de Somoza y usando sus coches por razones de “seguridad”, hasta que el clan gobernante terminó actuando como el dictador.
La zona del no-ser
Fanon comprendió en carne propia que existe una zona de nuestras sociedades donde la humanidad es vulnerada sistemáticamente por la violencia del opresor. Se trata de un lugar estructural, que no depende de las cualidades de las personas. Estima que es justamente en esa zona, que denomina “zona del no-ser”, donde puede nacer la revolución por la que está dando su vida, y advierte que el mundo colonial tiene compartimentos cuyas fronteras están señalizadas por cuarteles y estaciones de policía. Esos dos mundos tienen vida propia, reglas particulares y se relacionan jerárquicamente. Sostengo que el período actual de acumulación por despojo/cuarta guerra mundial, implica la actualización de las relaciones coloniales. Es probable que la potente actualidad de Fanon venga de la mano de la creciente polarización entre el uno por ciento más rico y la mitad más pobre y humillada de la humanidad, rasgos propios del período colonial.
En todo su trabajo, el autor se empeñó en mostrar que lo que vale para una zona, no necesariamente puede trasladarse a la otra. Que los modos de hacer política en la metrópoli no pueden ser los mismos que en la colonia. Que las formas de organización legales y abiertas de las zonas donde rigen los derechos humanos de los ciudadanos, no pueden ser copiadas por quienes viven en territorios arrasados como las favelas, los palenques, las comunidades de los pueblos originarios y las barriadas de las periferias urbanas.
Para Fanon, los pueblos oprimidos no deben caminar detrás de los partidos europeos de izquierda, cuestión que en el mismo período denunció su maestro Aimé Césaire en la Carta a Maurice Thorez, donde enuncia el “paternalismo colonialista” del Partido Comunista Francés, que consideraba la lucha de los pueblos contra el racismo como “una parte de un conjunto más importante”, cuyo “todo” es la lucha obrera contra el capitalismo.
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En América Latina existen varios movimientos que muestran cómo los oprimidos y las oprimidas van resolviendo a su manera los dos asuntos que he abordado. Los textos “Economía Política i y ii” del subcomandante insurgente Moisés del ezln, las memorias del dirigente nasa-misak del Cauca colombiano, Lorenzo Muelas, así como las reflexiones y análisis de autoridades mapuche, entre muchas otras que no puedo citar, son buenos ejemplos de pensamiento critico en la zona del no-ser.
En el mismo sentido, las voces de las mujeres de abajo pueblan el grueso volumen recopilado por Francesca Gargallo, Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en nuestra América. A esa multiplicidad de voces habría que sumar otras formas no occidentales de expresar cosmovisiones, desde el tejido y la danza hasta el cuidado de los animales, las plantas y la salud.
En segundo lugar, descubren que para despojarse de la imagen del opresor no alcanza con recuperar los medios de producción. Es un paso necesario sobre el que debe crearse algo nuevo, pero sobre todo diferente al mundo viejo, tejido de relaciones sociales no jerárquicas ni opresivas. La historia de las revoluciones nos enseña que este es el aspecto más complejo y la piedra con la que hemos tropezado una y otra vez.
Fanon advirtió los riesgos de que la acción rebelde termine reproduciendo la lógica colonial, en una luminosa y premonitoria referencia a Nietzsche: al final de Piel negra, máscaras blancas advierte que siempre hay resentimiento en la reacción. Sólo la creación de lo nuevo nos permite superar las opresiones, ya que la inercia reactiva tiende a invertirlas.
Medio siglo después podemos celebrar que muchos movimientos están empeñados, aquí y ahora, en vivir con dignidad en la zona del no-ser, esquivando las jerarquías estadocéntricas y patriarcales. Imaginemos que en esas creaciones late el corazón generoso de Fanon, desbordante de compromiso y creatividad.
Fuente: http://semanal.jornada.com.mx/2018/08/12/frantz-fanon-de-la-descolonizacion-al-pensamiento-critico-6809.html
Por Samir Amin
Frantz Fanon en Africa y Asia*
Mucho agradece la redacción de este suplemento la generosidad de la Editorial Akal (España) la autorización concedida para reproducir aquí la introducción de Samir Amin a Piel negra, máscaras blancas, del gran psiquiatra y pensador político Frantz Fanon.
Frantz Fanon es una figura respetada y querida en toda África y Asia. Fanon era un individuo de envergadura, de gran calidad, tanto por la sutileza de sus juicios como por su valentía a la hora de decir la verdad. Era psiquiatra y no podía sino ser un buen psiquiatra. Piel negra, máscaras blancas y sus otros escritos sobre las enfermedades mentales que aquejaban a los colonizados argelinos a los que él trataba, son el mejor testimonio al respecto. Pero, yendo más allá, él ha sido un auténtico revolucionario. Su libro Los condenados de la tierra explícita su visión de la necesaria revolución que librará a la humanidad de la barbarie capitalista. Y como revolucionario conquistó el respeto de todos los africanos y asiáticos. Helmy Shaarawi, en un hermoso texto publicado en árabe, Fanon en Afrique, ha dibujado un cuadro perfecto de su pensamiento en los movimientos de liberación del continente.
Colonialismo externo y colonialismo interno
El contraste centros/periferias es pues inherente a la expansión mundial del capitalismo realmente existente en todas las etapas de su despliegue desde sus orígenes. El imperialismo que es propio del capitalismo ha revestido diversas y sucesivas formas en relación estrecha con las características específicas de las sucesivas fases de la acumulación capitalista: el mercantilismo (de 1500 a 1800), el capitalismo industrial clásico (de 1800 a 1945), la fase posterior a la Segunda Guerra Mundial (de 1945 a 1990) y la globalización en camino de construirse. En este marco de análisis, el colonialismo es una forma particular de expansión de determinadas formaciones centrales (calificadas por este hecho de potencias imperialistas) fundada sobre la sumisión de los países conquistados (las colonias) al poder político de las metrópolis. La colonización es entonces “exterior”, en el sentido de que las metrópolis por un lado y las colonias por otro, constituyen entidades distintas, aunque las segundas estén integradas en un espacio político dominado por las primeras. El imperialismo en cuestión es capitalista y no debe ser confundido con otras formas anteriores de dominación eventual ejercida por un poder sobre distintos pueblos. La amalgama que trata el imperialismo del capitalismo moderno en términos análogos a como se analiza el imperialismo romano no tiene mucho sentido. Los Estados multinacionales (los imperios austrohúngaro, otomano, ruso y la urss) constituyen igualmente fenómenos históricos distintos (en la urss, por ejemplo, las transferencias financieras iban del centro ruso a las periferias asiáticas, de manera inversa a lo que ocurre en los sistemas coloniales). La primera colonización capitalista fue la de las Américas, conquistadas por los españoles, los portugueses, los ingleses y los franceses. En sus colonias americanas, las clases dirigentes de las metrópolis conquistadoras instauraban sistemas económicos y sociales particulares, concebidos al servicio de la acumulación en los centros dominantes de la época. La asimetría Europa atlántica/América colonial no es ni espontánea ni natural, sino perfectamente construida. El sometimiento de las sociedades indias conquistadas entra en esta construcción sistémica. El injerto de la trata negrera en este sistema se destina igualmente a ajustar su eficacia en tanto sistema periférico, sometido a las exigencias de la acumulación en los centros de la época. El Africa negra, de donde proceden los esclavos, es de hecho la periferia de la periferia americana. La colonización se despliega rápidamente más allá de las Américas, entre otras cosas por la conquista de la India inglesa y de las Indias holandesas en el siglo xviii y después, a partir de finales del siglo xix, de África y el Sudeste Asiático. Los países que no fueron abiertamente conquistados (China, Irán, el Imperio Otomano) fueron sometidos a tratados desiguales que hacen que su calificación de semicolonias tenga pleno sentido. La colonización es “exterior” vista desde la metrópoli, esto es, desde las naciones más industrializadas y, sobre todo, las más avanzadas en su modernización social gracias al empuje de sus movimientos obreros y socialistas y de las conquistas democráticas. Pero aquellos avances nunca beneficiaron a los pueblos de las colonias. La esclavitud en la etapa anterior a este despliegue, los trabajos forzados y otras formas de sobreexplotación de las clases populares, la brutalidad administrativa y las masacres coloniales jalonan esta historia del capitalismo realmente existente. En este lugar deberíamos hablar del verdadero “libro negro” del capitalismo, en el que se cuentan las víctimas por decenas de millones. Estas prácticas, por supuesto, ejercieron una influencia devastadora en las propias metrópolis; proporcionaron la peana para la deriva racista de las culturas de las élites dirigentes e incluso de las clases populares, que se convirtieron en medio de legitimación del contraste democracia en la metrópoli/autocracia salvaje en las colonias.
La explotación de las colonias beneficia al capital del centro en su conjunto, y las metrópolis sacan una ganancia suplementaria que determina su posición en la jerarquía mundial (Gran Bretaña obtiene su hegemonía gracias a la importancia de su imperio; Alemania, que llegó tarde, aspira a apropiárselo). Los fenómenos de colonialismo interno se producen por las combinaciones particulares de la colonización de población, por una parte, y la lógica de la expansión imperialista, por otra. La acumulación primitiva en los centros asume la forma de una expropiación sistemática de las capas pobres del campesinado y crea en consecuencia un excedente de población que la industrialización local no es siempre capaz de absorber íntegramente, dando así lugar a poderosas corrientes migratorias. Más tarde, la revolución demográfica asociada a la modernización social se expresa en el descenso de la mortalidad que precede al de la natalidad, reforzando, por lo tanto, la emigración. Inglaterra proporciona el ejemplo precoz de esta evolución, debido a la generalización de los “cercamientos” a partir del siglo xvii. La formación de Nueva Inglaterra es el producto de esta coyuntura que rinde cuentas de la naturaleza de los movimientos políticos/ideológicos que acompañan esta inmigración. Los “pobres” (víctimas del desarrollo capitalista en la metrópoli) reaccionan sumándose a sectas oscurantistas antiilustradas que organizan su partida y su asentamiento en Nueva Inglaterra. Este origen impregnará poderosamente la ideología americana y le dará un carácter marcadamente reaccionario. Pero lo esencial, para las clases dirigentes de la Inglaterra capitalista/imperialista de la época, no era esta emigración sino la constitución de colonias normales c En Sudáfrica, la primera colonización de población (la de los bóers) se inscribía más bien en la perspectiva de constitución de un Estado “blanco puro”, que implicaba la expulsión (o el exterminio) de los africanos, más que su sometimiento. La conquista británica, por el contrario, se marcó de entrada el objetivo de someter a los africanos a las exigencias de la expansión imperialista de la metrópoli (la explotación de las minas en primer lugar). Ni los antiguos colonos (los bóers), ni los nuevos (los británicos) fueron autorizados a erigirse en centro autónomo. El Estado bóer del apartheid intentó hacerlo tras la Segunda Guerra Mundial, asentando su poder sobre su colonia interna (negra en lo esencial). Pero no logró sus fines debido a una relación numérica desfavorable (una gran mayoría negra) y a la resistencia in crescendo de los pueblos sometidos, que finalmente venció. Los poderes establecidos tras el final del apartheid han heredado esa cuestión de la colonización interna, sin que hasta el presente hayan aportado una solución radical. Pero ése es un nuevo capítulo de la historia. El caso de Sudáfrica es especialmente interesante desde el punto de vista de los efectos del colonialismo sobre la cultura política. No es sólo que el colonialismo interno se haga aquí visible hasta para un ciego, ni siquiera que haya producido la cultura política del apartheid sino que pone en evidencia también que los comunistas de ese país han sabido extraer un análisis lúcido de lo que es el capitalismo realmente existente. El Partido Comunista de Sudáfrica fue, durante la década de 1920, el promotor de la teoría del colonialismo internó (una teoría que adoptó en los años treinta un líder negro del Partido Comunista de Estados Unidos, Hayword, pero que sus camaradas “blancos” no siguieron). Había deducido las consecuencias: que los ingresos elevados de la minoría “blanca” y los increíblemente bajos percibidos por la mayoría “negra” constituían el derecho y el envés de la misma cuestión. Yendo incluso más lejos, ese pc se había atrevido a hacer la analogía con el contraste que oponía (en el Imperio británico) los salarios ingleses y los ingresos del trabajo en la India. Para él, como para la iii Internacional de la época, estos dos aspectos de la misma cuestión (la del capitalismo real) eran indisociables. La teoría comunista sudafricana del colonialismo interno conducía a la conclusión de que, a escala del sistema capitalista mundial, el colonialismo, en apariencia externo para las grandes potencias imperialistas, es evidentemente interno. El pc de Sudáfrica y la iii Internacional de la época habían inculcado esta conclusión en la cultura política de la izquierda (comunista). Y en esto rompieron radicalmente con la izquierda socialista de la ii Internacional socialcolonialista, cuya cultura política negaba esta asociación inherente a la realidad mundial. He escrito que Sudáfrica es un microcosmos del sistema capitalista mundial. Reúne en su territorio los tres componentes de este sistema: una minoría que se beneficia de la renta de situación de los centros imperialistas, dos componentes mayoritarios, casi igualmente repartidos entre un “tercer mundo” industrializado (los países emergentes de hoy) y un “cuarto mundo” excluido (los ex bantustanes), análogo a las regiones no industrializadas del Africa contemporánea. Las proporciones entre las cifras de las poblaciones de estos tres componentes y las que describen la jerarquía de sus ingresos per capita son más o menos las mismas que caracterizan el sistema mundial actual. Este hecho contribuyó sin duda a la lucidez que tuvieron los comunistas sudafricanos de la época. Esa cultura política hoy se ha perdido. No solamente en Sudáfrica, con el alineamiento (tardío) del pc a las tesis banalizadas del “racismo” (que da estatuto de causa a lo que no es sino un efecto), sino también a escala mundial con el alineamiento socialdemócrata de la mayoría de los comunistas. La colonización de Palestina por Israel ilustra ante nuestros ojos contemporáneos la permanencia de la acumulación por desposesión. ¿Evoluciona el sistema mundial contemporáneo en la dirección de una nueva generalización de las formas del colonialismo interno? La profundización de la crisis social en sus periferias, que acogen a la mitad campesina de la humanidad, producida por la ofensiva generalizada del capital (la estrategia de “cercamiento a escala mundial”) engendra una presión migratoria gigantesca, que vendría a compensar el estancamiento demográfico relativo de los centros de la Tríada. La hipótesis de un colonialismo interno generalizado, que caracterizaría la fase por venir del capitalismo mundial, sigue siendo discutible debido a las verdaderas resistencias políticas e ideológicas que suscitaría en Europa la adopción de un modelo de este tipo, que implica la institucionalización del “racismo”. Por el contrario, el modelo “comunitarista” inspirado por la práctica de Estados Unidos parece constituir aquí el peligro absolutamente real de la “americanización de Europa”.
El capitalismo: un paréntesis en la historia
La trayectoria del capitalismo realmente existente se compone de un largo periodo de maduración que se extiende varios siglos, y que conduce a un corto momento de apogeo (el siglo xix) seguido de un probablemente largo declive, que empieza en el siglo xx, y que podría convertirse en una larga transición al socialismo globalizado. El capitalismo no es el producto de una aparición brutal, casi mágica, que hubiera elegido para conformarse el triángulo Londres/Amsterdam/París en el corto período de la Reforma y el Renacimiento del siglo xvi. Tres siglos antes había encontrado una primera formulación en las ciudades italianas. Fórmulas primerizas, brillantes, pero limitadas en el espacio, asfixiadas por el ambiente “feudal” del mundo europeo y sufriendo así derrotas sucesivas que condujeron al aborto de esas primeras experiencias. Se pueden incluso discutir antecedentes diversos en las ciudades mercantiles de las “rutas de la seda”, desde China e India al Oriente Próximo islámico, árabe y persa. Más tarde, en 1492, con la conquista de las Américas por los españoles y los portugueses, se inicia la creación del sistema mercantilista/esclavista/capitalista. Pero las monarquías de Madrid y Lisboa, por diversas razones que no nos atañen aquí, no supieron dar una forma definitiva al mercantilismo, que inventarán en su lugar los ingleses, los holandeses y los franceses. Las transformaciones sociales, económicas, políticas y culturales de esta ola, que producirá la transición al capitalismo en la forma histórica que conocemos (“el antiguo régimen”) son impensables en las dos olas que la precedieron. ¿Por qué no iba a ser también el socialismo un proceso de aprendizaje largo, plurisecular, hacia la invención de un estadio más avanzado de la civilización humana? El momento de apogeo del sistema es breve: apenas un siglo separa las revoluciones industrial y francesa de la de 1917. Es a la vez el siglo del cumplimiento de esas dos revoluciones que se apropian de Europa y de su hijo norteamericano, del cuestionamiento de ambas (desde la Comuna de 1871 a la Revolución de 1917) y de la culminación de la conquista del mundo, que parece aceptar su suerte. ¿Puede ese capitalismo histórico continuar su despliegue permitiendo a las periferias de su sistema “recuperar su retraso” para convertirse en sociedades capitalistas totalmente “desarrolladas” a imagen de sus centros dominantes? Si esto fuera posible, si las leyes del sistema lo permitieran, entonces la “recuperación” por y en el capitalismo se impondría como una fuerza objetiva imprescindible, un preámbulo necesario para el posterior socialismo. Pero, mira por donde, esta visión, por banal y dominante que sea, es sencillamente falsa. El capitalismo histórico es (y seguirá siendo) polarizador por naturaleza y hace imposible la “recuperación”.
El capitalismo realmente existente es polarizador por naturaleza
Traducido en términos de estrategia política y social, ese principio general significa que la larga transición constituye un pasaje obligatorio, imprescindible, para la construcción de una sociedad nacional popular, asociada a la construcción de una economía nacional autocentrada. Esta construcción es contradictoria en todos sus aspectos: asocia criterios, instituciones y modus operandi de naturaleza capitalista, con aspiraciones y reformas sociales en conflicto con la lógica del capitalismo mundial. Asocia cierta apertura exterior (lo más controlada posible) y la protección de las exigencias de las transformaciones sociales progresistas, en conflicto con los intereses capitalistas dominantes. Las clases dirigentes, por su naturaleza histórica, inscriben sus visiones y aspiraciones en la perspectiva del capitalismo mundial realmente existente y, de mejor o peor grado, someten sus estrategias a las obligaciones de la expansión mundial del capitalismo. Por eso no pueden concebir verdaderamente la desconexión. Por el contrario, ésta se impone a las clases populares en cuanto tratan de emplear el poder político para transformar sus condiciones y liberarse de las consecuencias inhumanas a las que les somete la expansión mundial polarizadora del capitalismo. La opción de un desarrollo autocentrado es imprescindible El desarrollo autocentrado ha constituido históricamente el carácter específico del proceso de acumulación del capital en los centros capitalistas y ha determinado las modalidades del desarrollo económico resultado de éstas, es decir, que está dirigido principalmente por la dinámica de las relaciones sociales internas, reforzado por las relaciones exteriores puestas a su servicio. En las periferias, por el contrario, el proceso de acumulación del capital deriva principalmente de la evolución de los centros, aferrada a ellos, “dependiente”, en cierto modo. La dinámica del modelo de desarrollo autocentrado se funda sobre una articulación principal, la que establece una relación de estrecha interdependencia entre el aumento de la producción de bienes de producción y el aumento de la producción de bienes de consumo de masas. Las economías autocentradas no se cierran sobre sí mismas: por el contrario, se abren agresivamente y, mediante su potencial de intervención política y económica en la escena internacional, moldean el sistema mundial en su globalidad. A esta articulación se corresponde una relación social cuyos términos principales lo constituyen los dos bloques fundamentales del sistema: la burguesía nacional y el mundo del trabajo. La dinámica del capitalismo periférico (la antinomia del capitalismo central que se halla autocentrado por definición) se funda, por el contrario, sobre otra articulación principal que relaciona la capacidad de exportación, por una parte, y el consumo (importado o producido localmente en sustitución de la importación) de una minoría, por otra. Ese modelo define la naturaleza “compradora” (por oposición a nacional) de las burguesías de la periferia.
Fuente: http://semanal.jornada.com.mx/2018/08/12/frantz-fanon-en-africa-y-asia-3469.html
El capitalismo: un paréntesis en la historia
La trayectoria del capitalismo realmente existente se compone de un largo periodo de maduración que se extiende varios siglos, y que conduce a un corto momento de apogeo (el siglo xix) seguido de un probablemente largo declive, que empieza en el siglo xx, y que podría convertirse en una larga transición al socialismo globalizado. El capitalismo no es el producto de una aparición brutal, casi mágica, que hubiera elegido para conformarse el triángulo Londres/Amsterdam/París en el corto período de la Reforma y el Renacimiento del siglo xvi. Tres siglos antes había encontrado una primera formulación en las ciudades italianas. Fórmulas primerizas, brillantes, pero limitadas en el espacio, asfixiadas por el ambiente “feudal” del mundo europeo y sufriendo así derrotas sucesivas que condujeron al aborto de esas primeras experiencias. Se pueden incluso discutir antecedentes diversos en las ciudades mercantiles de las “rutas de la seda”, desde China e India al Oriente Próximo islámico, árabe y persa. Más tarde, en 1492, con la conquista de las Américas por los españoles y los portugueses, se inicia la creación del sistema mercantilista/esclavista/capitalista. Pero las monarquías de Madrid y Lisboa, por diversas razones que no nos atañen aquí, no supieron dar una forma definitiva al mercantilismo, que inventarán en su lugar los ingleses, los holandeses y los franceses. Las transformaciones sociales, económicas, políticas y culturales de esta ola, que producirá la transición al capitalismo en la forma histórica que conocemos (“el antiguo régimen”) son impensables en las dos olas que la precedieron. ¿Por qué no iba a ser también el socialismo un proceso de aprendizaje largo, plurisecular, hacia la invención de un estadio más avanzado de la civilización humana? El momento de apogeo del sistema es breve: apenas un siglo separa las revoluciones industrial y francesa de la de 1917. Es a la vez el siglo del cumplimiento de esas dos revoluciones que se apropian de Europa y de su hijo norteamericano, del cuestionamiento de ambas (desde la Comuna de 1871 a la Revolución de 1917) y de la culminación de la conquista del mundo, que parece aceptar su suerte. ¿Puede ese capitalismo histórico continuar su despliegue permitiendo a las periferias de su sistema “recuperar su retraso” para convertirse en sociedades capitalistas totalmente “desarrolladas” a imagen de sus centros dominantes? Si esto fuera posible, si las leyes del sistema lo permitieran, entonces la “recuperación” por y en el capitalismo se impondría como una fuerza objetiva imprescindible, un preámbulo necesario para el posterior socialismo. Pero, mira por donde, esta visión, por banal y dominante que sea, es sencillamente falsa. El capitalismo histórico es (y seguirá siendo) polarizador por naturaleza y hace imposible la “recuperación”.
El capitalismo realmente existente es polarizador por naturaleza
Traducido en términos de estrategia política y social, ese principio general significa que la larga transición constituye un pasaje obligatorio, imprescindible, para la construcción de una sociedad nacional popular, asociada a la construcción de una economía nacional autocentrada. Esta construcción es contradictoria en todos sus aspectos: asocia criterios, instituciones y modus operandi de naturaleza capitalista, con aspiraciones y reformas sociales en conflicto con la lógica del capitalismo mundial. Asocia cierta apertura exterior (lo más controlada posible) y la protección de las exigencias de las transformaciones sociales progresistas, en conflicto con los intereses capitalistas dominantes. Las clases dirigentes, por su naturaleza histórica, inscriben sus visiones y aspiraciones en la perspectiva del capitalismo mundial realmente existente y, de mejor o peor grado, someten sus estrategias a las obligaciones de la expansión mundial del capitalismo. Por eso no pueden concebir verdaderamente la desconexión. Por el contrario, ésta se impone a las clases populares en cuanto tratan de emplear el poder político para transformar sus condiciones y liberarse de las consecuencias inhumanas a las que les somete la expansión mundial polarizadora del capitalismo. La opción de un desarrollo autocentrado es imprescindible El desarrollo autocentrado ha constituido históricamente el carácter específico del proceso de acumulación del capital en los centros capitalistas y ha determinado las modalidades del desarrollo económico resultado de éstas, es decir, que está dirigido principalmente por la dinámica de las relaciones sociales internas, reforzado por las relaciones exteriores puestas a su servicio. En las periferias, por el contrario, el proceso de acumulación del capital deriva principalmente de la evolución de los centros, aferrada a ellos, “dependiente”, en cierto modo. La dinámica del modelo de desarrollo autocentrado se funda sobre una articulación principal, la que establece una relación de estrecha interdependencia entre el aumento de la producción de bienes de producción y el aumento de la producción de bienes de consumo de masas. Las economías autocentradas no se cierran sobre sí mismas: por el contrario, se abren agresivamente y, mediante su potencial de intervención política y económica en la escena internacional, moldean el sistema mundial en su globalidad. A esta articulación se corresponde una relación social cuyos términos principales lo constituyen los dos bloques fundamentales del sistema: la burguesía nacional y el mundo del trabajo. La dinámica del capitalismo periférico (la antinomia del capitalismo central que se halla autocentrado por definición) se funda, por el contrario, sobre otra articulación principal que relaciona la capacidad de exportación, por una parte, y el consumo (importado o producido localmente en sustitución de la importación) de una minoría, por otra. Ese modelo define la naturaleza “compradora” (por oposición a nacional) de las burguesías de la periferia.
Fuente: http://semanal.jornada.com.mx/2018/08/12/frantz-fanon-en-africa-y-asia-3469.html
