“SANTOS: URIBE CON UNA ‘MEJOR’ ORTOGRAFÍA”.
por José Francisco Puello-Socarrás
marzo 13, 2011 por colombiadesdeafuera
Guardando las proporciones, la actualidad de la presidencia de Juan Manuel Santos en Colombia previene sobre la misma situación que ha planteado Samir Amin sobre la coyuntura política vivida en los Estados Unidos con la actual administración usamericana: “Obama es Bush con otro lenguaje”.
En el país pasaría exactamente lo mismo que en los Estados Unidos, si en las últimas elecciones se hubiera presentado el triunfo de Antanas Mockus, candidato del emergente Partido Verde, para la Presidencia de la República. No sucedió así. Entre el proyecto de Mockus (o cualquier candidato que hubiera resultado de la consulta interna de ‘Los Verdes’) y el que construyó Uribe, las diferencias se cuentan con los dedos de la mano y sobran la mitad. Pero, entre el de Santos y el de Uribe – quien lo secundó para el cargo – el contraste es aún más explícito, políticamente hablando, y los cambios que se vociferan en los medios de comunicación de siempre y que, por lo visto, tienen algún efecto en buena parte de la opinión pública colombiana: la mentada ruptura frente al mandato anterior, hay que considerarlos extremadamente superficiales, o mejor: transparentemente frívolos.
Estrictamente, Santos no es Uribe con otro lenguaje. Sí, Uribe con mejor ortografía. Las mejoras que impone el período santista significan solamente el perfeccionamiento de las perversas lógicas del poder y del poderío que se han venido gestando en la historia más reciente del país, sobre todo, con los últimos gobiernos de Álvaro Uribe Vélez. Siguiendo con la metáfora, Santos habría llegado a corregir los horrores de ortografía de Uribe pues le ayudan a mejorar la letra y la tonada de un mismo discurso (neoliberal y con los atisbos para/militares que implica[1]) funcional a la hegemonía actual, sin que ello signifique cambiar nada importante o central. La sustancia del proyecto continúa intacta y profundizándose. Lo repetimos: Santos es igual que Uribe pero con mejor ortografía, sin cambiar una coma de la gramática.
El actual presidente de Colombia es consciente, y ciertamente ha sido muy audaz para deslindarse de su predecesor en temas neurálgicos, en particular, aquellos que trascienden su agenda y que lo involucrarían directa y sensiblemente con circunstancias non sanctas. Por ello, Santos ha estado atento a recomponer algunos de los asuntos maltratados anteriormente y en una forma inconcebible por Uribe – por qué no decirlo, ampulosamente – llegando a extralimitar la legalidad establecida. Todos ellos, temas que en su mayoría han estado bajo la comando político y administrativo de Santos: las relaciones del Ejecutivo con las Cortes de la Justicia colombiana; los asuntos diplomáticos – con las dimensiones comerciales que implican y en los cuales se juegan poderosos intereses cercanos a Santos – con los países vecinos, Ecuador y Venezuela, sobre todo; los del terrorismo de Estado (como en el caso de los ‘falsos positivos‘) y los vínculos cada vez más evidentes del Gobierno Uribe in extenso – del cual Santos hizo parte como Ministro de Defensa, no hay que dejarlo de subrayar – y la coalición de políticos por él liderada, con los Grupos Paramilitares en los procesos de la mal-llamada parapolítica, sólo enlistando algunas de las situaciones más apremiantes y polémicas.
Santos sabe que el estilo de llevar las cosas á la Uribe fue, para ciertos propósitos, útil en el pasado pero que en adelante traerían más bien complicaciones para los intereses que él personifica.
Insistir entonces en la misma tónica representaría un desgaste innecesario que eventualmente se podría tornar insostenible hacia el futuro. Es más, podría poner en peligro el proyecto de clase que él viene a personificar en esta coyuntura en el país y en los asuntos geoestratégicos en la región latinoamericana que interesan a los Estados Unidos, y en los cuales el país se ha convertido en una plataforma clave.
Quedan entonces sin sostén aquellas tesis que insisten en el inicio de una nueva época en Colombia distinta a la encarnada por Uribe: una especie de aurora novedosa propiciada por el Santismo. Lamentablemente para sus auspiciadores, las continuidades frente a lo que representó Uribe, por más que se pretendan ocultar, son más que evidentes y aunque no hay que negar los matices – los cuales, si bien existen, pero son políticamente vacuos y demasiado coyunturales –, resultan analíticamente irrelevantes frente a la gravedad de las situaciones concretas que conoció el país a lo largo de dos cuatrienios consecutivos de Uribe Vélez.
Ideas como Post-uribismo, Post-neoliberalismo, Post-conflicto entre otros, ampliamente difundidos últimamente, son inaceptables y deben rechazarse por abúlicas, irreflexivas y, sobre todo, teniendo en cuenta lo que desean enmascarar y el contexto en que aparecen, por abiertamente reaccionarias. Representan una astucia ante el degradante statu quo y reniegan la supuesta entidad que se ha querido endilgar a la moda de los post, cuando la realidad misma verifica la continuidad inapelable de un régimen de dominación y de un sistema de explotación que se afinca en su dirección.
[1] Cfr. Puello-Socarrás, José Francisco, “Camino hacia la podredumbre.Neoliberal(para)militarismo en Colombia. Una hipótesis” en:http://colombiadesdeafuera.files.wordpress.com/2010/04/puello-socarras-2010-camino-de-podredumbre.pdf. Sobre los denominados ‘falsos positivos’, cfr. Gómez Cárdenas, Carlos Wladimir, “El Terrorismo de Estado en Colombia. El caso de los falsos positivos“, en: http://colombiadesdeafuera.files.wordpress.com/2010/04/gomez-cardenas-terrorismo-de-estado-en-colombia1.pdf.