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Lanzamiento del Libro "Stultifera navis" del Maestro Julio Cesar Carrión Castro



Lanzamiento del Libro Stultifera navis

I
Palabras del profesor  José Alejando Gallego Franco, de la Asociación de Egresados de Ciencias Sociales de la Universidad del Tolima -ASESUT-, el viernes 19 de marzo de 2010, en el lanzamiento del libro Stultifera navis de Julio César Carrión Castro

STULTIFERA NAVIS
PRESENTACION

En el trajinar de más de un año por  el mundo del periodismo,   luchando contra la corriente y  defendiéndose de sus enemigos,  “dragones”, camuflados a veces en pequeños nichos de poder y otras veces sin ningún ropaje, como las hordas de la violencia y la represión que asuelan a este país, Julio César  semeja un caballero andante de la edad media y no pocas veces al mismísimo Don Quijote de la Mancha, luchando contra “molinos de viento”, pero que en verdad son la cruda realidad colombiana que muchos no nos atrevemos a enfrentar. Un periódico local acogió por más de un año  sus escritos y un poco más de  medio centenar de ellos fueron publicados sin restricciones, hasta cuando sus denuncias y críticas pisaron callos que eran cercanos a los afectos y el bolsillo de la Editorial. Un rápido paneo de sus escritos nos da un balance de la preferencia del autor: las críticas del sistema educativo, especialmente el de la Educación Superior;  la formación del hombre nuevo;  nuestra “acomodación” al diario vivir con la violencia y su olvido;  las posturas políticas de algunos movimientos de izquierda;  la fallida democracia occidental y su pseudopostura frente al ejercicio pleno de los derechos humanos y la utilización reiterada y acomodada de la palabra “terrorismo”.

Sus elucubraciones, alucinaciones y fantasmas que acompañan sus escritos están íntimamente ligados a una excelente formación filosófica, política y pedagógica que ha bebido en las fuentes de Marx, Foucault, Norberth Lechner, Kafka, Nietzsche, Adorno, García Canclini, García Olivo, Gutiérrez Girardot, Zizek y de escritores colombianos brillantes, como Antonio García, Estanislao Zuleta, Rubén Jaramillo Vélez, Orlando Fals Borda, Martínez Boom y muchos otros que no menciono, porque seguramente no cabrían en estas cuartillas.

La pluma de Julio César no es propia para aquellos que solamente quieren  escuchar lo que les conviene o les agrada, ya que es una  pluma satírica, hiriente y punzante. Arremete contra la injusticia social y  hace eco de  las voces de los oprimidos y marginados de nuestro país señalando unas veces  las lacras de  la enseñanza universitaria y su opípara burocracia, y en otras,  zarandea sin piedad a una pseudoizquierda parapetada en los puestos del gobierno,  despotrica de la violencia ejercida contra las masas por los círculos fascistas que anidan en el Estado, controvierte el pensamiento único y la utilización mediática para adormecer la lucha de los trabajadores y deja en su verdadera dimensión la lucha contra el terrorismo. Leer  su libro: “Stultifera Navis”, o “la nave de los locos”, es navegar en las olas ideológicas de su vasta formación pedagógica y política;  muchas de sus tesis, argumentos y planteamientos es obligatorio retomarlos para enderezar el rumbo de la nave en que viajamos y dar los virajes necesarios al “timón” político y cultural de nuestra propia existencia.
 

Deseo caprichosamente y al azar retomar algunos de sus planteamientos y denuncias para que emerjan a la superficie de lo público y poder reflexionar entonces, sobre las “alertas tempranas” que hace sonar nuestro autor, para que los movimientos telúricos económicos, políticos, sociales y culturales que sacuden al país y a todo el planeta, no nos tomen desprevenidos y sin los instrumentos racionales que nos permitan sobrevivir en las mejores condiciones del naufragio que se avecina.

La primera crítica es a la educación que se imparte desde las aulas de la escuela, llámese ella instituto educativo, colegio o universidad, es un tema muy debatido y con muchas aristas por el cual nuestro autor tiene especial afecto e inclinación, al fin y al cabo no ha dejado de ser maestro en ningún instante de su vida pública, así no se sepa porque albur del destino haya llegado a la dirección del Centro Cultural de la Universidad del Tolima. El primero y más serio planteamiento sobre la educación y la escuela tiene  que ver con su rol y  funciones.  En uno de los apartes del libro,   podemos leer:

 “La jaula de hierro, también opera en la escuela. Una concepción y una burocracia tecnofascista administran el sistema escolar. Sólo se piensa en las competencias básicas fijadas por las transnacionales; en los estándares de calidad empresariales y en formar los trabajadores flexibles y polivalentes que reclama el sistema. Desaparecieron de las escuelas y las universidades la reflexión crítica, los intereses emancipatorios, la preocupación por la democracia, por la ética y por la dimensión estética, suplantados por la eficacia, la eficiencia y la rentabilidad capitalista.”  (pág.28)
Esta preocupación pedagógica y política, vuelve a interrogarnos angustiosamente por nuestra responsabilidad ya no como simples maestros, sino también como ciudadanos y   que no puede reducirse a ser los administradores de un currículo, cada vez más planificado y detallado, sobre  qué enseñar, cómo enseñar y cuando se debe hacer, haciendo énfasis en unos  resultados esperados para que nuestros estudiantes, respondan a las habilidades, aptitudes y actitudes que necesita un mercado capitalista ávido de productores, consumidores y vendedores que hayan aprendido bien la “receta” de las competencias, la eficiencia y la productividad. Es tal vez por esta concepción tecnofascista de la educación que cada día tiene mayor validez, la  máxima pedagógica Kantiana de llegar a la “mayoría de edad”, que consiste en que cada ser humano debe pensar por sí mismo, hacer uso público del propio entendimiento y liberarse de la tutela de administradores de currículo, gobernantes, pseudopolíticos, medios de comunicación masivos, falsos pontífices de la verdad, curas, y maestros subalternos. Es inevitable escucharlos y leerlos, pero si abrimos nuestro entendimiento y sometemos a un proceso de crítica y discernimiento sus discursos lograremos develar sus ocultas intenciones. Si no lo hacemos así,  terminaremos convertidos en los mediocres “hombres masa”, sin autonomía, sin opinión, borregos del consumismo, obedientes y sumisos a los mandatos de las transnacionales, de los medios  y del imperio.

Ligado a este tema, pero con un espectro político más amplio, difícil de digerir y más aún de aceptar, Julio César no se cansa de enviar señales de alerta sobre la docilidad, el conformismo y la apatía de las masas oprimidas frente a su misma opresión y alienación. En el artículo Internet y democracia, podemos leer:
“…Vivimos el disciplinamiento generalizado de las masas. La marcha triunfal del “progreso” consumista ha generado el total acomodamiento de los seres humanos a los intereses del poder. El imperio tecnocrático que nos apabulla ha logrado suplantar los viejos ideales ilustrados de la democracia, por su virtualidad. El apartamiento ciudadano de los quehaceres políticos y del activismo participativo, ha sido sustituido por la navegación ciberespacial...” (Pág. 106)

Dos elementos subyacen en este planteamiento, el uno hace referencia a la “domesticación” y acomodamiento que hacemos de nuestras conducta a los “llamados de sirenas”  que mandan  los dueños del poder a nivel mundial, a través de las multinacionales, los medios económicos,  los medios masivos de comunicación y la red del internet; el otro elemento es sobre la desnaturalización de una cosmovisión democrática del vivir y obrar en comunidad. Un paradigma, un modelo ha sido vendido…el progreso y la democracia supuestamente tienen  que identificarse con una manera de vivir occidental…debe ser por una lado, una vida pletórica en el usufructo  de cachivaches, mercancías y electrodomésticos que se nos ofrecen diariamente en las grandes pantallas del cine, la televisión o  las páginas de revistas y periódicos, que la mayoría de las veces son innecesarias, inútiles o estrafalarias,  pero que son una seria amenaza para el equilibrio ecológico del planeta. Para ellos la concepción de la  democracia  no está   ligada al cuidado del planeta, a la salud plena de la gente, a su convivencia armónica con los demás y sobre todo al respeto por los derechos  humanos.

La democracia política que nos ofrece el Estado, se reduce a la participación electoral, a una información distorsionada de  las ejecutorias del gobierno y al reclamo de nuestros derechos, que las más de las veces se quedan en el papel y hoy en día a opinar, criticar y lamentarnos a través de las redes del ciberespacio. Estos derechos se ven limitados o escamoteados por el Estado, los políticos corruptos y líderes comunales que convierten la jornada electoral en una verdadero mercado de venta y compra de votos y la navegación en las redes del internet es desaprovechada muchas veces por las personas,  que no la usufructúan  como un medio eficaz de información cultural y de presión  y organización política contra los delincuentes de toda laya, sino como instrumento de distracción y recreación. Nos encontramos pues, frente a un hombre masa, que por carencia de ilustración  o por miedo, acepta como propia las políticas de la “seguridad democrática”, que defienden la patria y se horrorizan con las supuestas amenazas del “Chavismo”, que acepta pasivamente la conversión de todos los ciudadanos en policías, “soplones” o “sapos” recompensados por el gobierno para dar cuenta de las actividades de los terroristas, sin  darse cuenta que como dice Julio César: “la defensa de la patria es, ni más ni menos que la defensa de esa oligarquía bipartidista, que desde el comienzo del régimen republicano detenta el poder, afirmando que representa el “interés general”, y que constituye la “autoridad moral de la nación”.  (Pág. 169)

Cuando nuestro nobel Gabriel García Márquez nos habla en “Cien Años de Soledad” de un país llamado Macondo, muchos de sus lectores a nivel mundial comenzaron a hablar de una realidad macondiana para referirse a ese cuadro surrealista en que se ha convertido la realidad sociocultural de nuestro país: una violencia indescriptible a niveles urbanos y rurales donde, por ejemplo, un par de adolescentes recientemente le abren el vientre a otra joven para sacarle su hijo y ofrecerlo por uno cuantos pesos en el mercado de tráfico de niños al exterior; unos paramilitares visitan una población y acusándola de colaborar con la guerrilla se entregan a una orgía de sangre con los inocentes campesinos, jóvenes, viejos, niñas y juegan con sus cabezas como pelotas de fútbol; una noche decembrina un par de desalmados, reparten tamales envenenados entre los habitantes de la calle; soldados de nuestro ejército nacional engañan a jóvenes con promesas de contratos de trabajo y después los liquidan para hacerlos pasar como guerrilleros. Desde lo ético, un jefe de Estado declara que es lícito pagar una recompensa a un mercenario de la guerrilla por haber entregado una mano de su antiguo comandante; valida la entrada de mafiosos y paramilitares a la casa de Gobierno, porque van a dar valiosa información sobre las actividades de la Suprema Corte de Justicia; son válidos los votos de partidos dirigidos desde la clandestinidad por mafiosos y son legales las “chuzadas” a los teléfonos de dirigentes políticos y miembros de la Corte, que se realizan desde el DAS. A no dudarlo, Julio, los cuerdos de este país se están acabando, Colombia es una “Nave de Locos” y ya no estoy seguro de mi cordura y la suya por tener todavía esperanzas de que nuestro país pueda cambiar.   

No podemos dejar que Auschwitz  se repita en Colombia,  porque el aniquilamiento de más de seis millones de Judíos en los campos de concentración nazi, no fue como dice Pedro García Olivo, “…un resbalón de la Civilización, un paso en falso de Occidente, un extravío incomprensible de la Razón moderna, una enfermedad por fin superada del Capitalismo, lacra de unos hombres y de uno años felizmente borrados de la Historia”; Auschwitz se repetirá una y otra vez en nuestra sociedad, si permitimos la pretensión de unos cuantos gobernantes de   borrar la discrepancia,  la diferencia y la oposición. La desaparición y posterior asesinato de dirigentes indígenas, sindicales y campesinos; el  silenciamiento de periódicos y  revistas,  la  salida del país de periodistas  por la amenaza de muerte sobre ellos y sus familias, son todas manifestaciones de un fascismo creciente al que hay que detener con posiciones valientes desde la protesta callejera hasta nuestra manifestación y participación activa en los medios de comunicación, las redes de internet y por supuesto desde las aulas. Los docentes deben declararse abiertos defensores del pluralismo, la diferencia y la tolerancia; superar el autoritarismo, permitiendo el desarrollo multidimensional de las personas y la razón crítica de sus educandos. Que la historia nos sirva para no repetir los errores del pasado y para que la amnesia no sea la compañera permanente de nuestras enseñanzas y por el contrario contribuya  al tránsito de la humanidad desde el reino de la necesidad al reino de la libertad.


JOSE ALEJANDRO GALLEGO FRANCO


II
Palabras del autor:

La nave de los locos y la defensa de la palabra

Un hombre que oculta lo que piensa o no se atreve
A decir lo que piensa no es un hombre honrado
José Martí


En Basilea, Suiza, en el año de 1494, cuando por Europa aún deambulaban los clericis vagantes y los juglares,  Sebastian Brant  publicó una de  las obras más famosas de su tiempo: Stultifera Navis  “La nave de los locos”, se trata de una sátira popular contra los vicios humanos en la cual, imitando El Decamerón de Giovanni Bocaccio, relata el viaje a Locagonia -el país de la locura- de 111 personajes de diferente extracción social. Cada uno representa un vicio humano.

El autor muestra una nave   a punto de zozobrar, cargada de necios y de pecadores. Se trata de la crítica a una sociedad, que comenzaba a salir de la Edad Media y no encontraba puerto seguro, porque parecía abandonar las orientaciones de la Iglesia, bajo el influjo del pensamiento antropocéntrico. Brant  fustiga tanto a los príncipes como a los plebeyos, a hombres y mujeres, por estar sumidos en un mundo de pecado y descomposición moral.

En esta obra habla la Locura, que decide hacer su propia apología y defensa, de un modo brillante e ingenioso, señalando las costumbres y los vicios de la época, como mostrando un espejo en donde cada uno pudiera ver sus vicios y defectos.

Hieronymus Bosch, en español conocido como El Bosco, quien seguramente conoció el poema de Brant, en los últimos años de ese mismo siglo, compuso un cuadro con el mismo nombre. La nave de El Bosco está llena de monjas y frailes que cantan acompañados de un laúd alrededor de una mesa con comida; de las cuerdas y amarras de la embarcación penden alimentos y un pollo asado se encuentra atado al árbol-mástil, algunos personajes  cantan y beben, mientras otros no soportan los estragos del licor; la nave no tiene proa ni popa, lo que indica que no tiene dirección. A la vez cómica y satírica, esta nave de locos tiene como protagonistas doce personajes delirantes, diez se agitan dentro del barco, mientras dos hombres desnudos nadan a su alrededor y piden bebida. El mástil es un árbol, del que flota un pendón con la media luna de los turcos -considerados entonces los principales “locos”, enemigos de la cristiandad-; entre el follaje se ve una calavera, símbolo quizá de la muerte que cautelosamente acecha. (Según otros se trata de una lechuza, la emblemática ave que representa razón, que vergonzosa se oculta entre las ramas).


Tanto la nave de los locos de Brant como la del Bosco, son embarcaciones que navegan rumbo a ninguna parte, sin dirección ni timonel, sólo les acompaña el azar y lo imprevisto; los pasajeros son inconscientes de los peligros que pueden aguardarles en tan insensato viaje.

 


Michel  Foucault asevera que  de todos los navíos fantásticos que inventó la Edad Media y el Renacimiento, el único que tuvo una existencia verdadera fue la nave de los locos, “ya que -dice- sí existieron estos barcos que transportaban de una ciudad a otra sus cargamentos insensatos”.

En su libro Historia de la locura en la época clásica, en el primer capítulo que precisamente llamó Stultifera navis (Nave de los necios, nave de los locos), nos cuenta que en la baja Edad Media, desaparecida la lepra como encarnación del mal, se colocó a la locura en la categoría de los vicios que predecían el triunfo del reino de Satán y el fin de los mundos.
Los locos, entonces, eran expulsados de las ciudades de Europa como una medida preventiva y profiláctica, pues se buscaba evitar una peligrosa contaminación. Además se creía que el agua poseía una especie de propiedad de purificación, milagrosa y ritual.

La “Stultífera navis”, la Nave de los locos, es un objeto nuevo que aparece en el mundo del Renacimiento: un barco que navega por los ríos de Renania y los canales flamencos. Los locos vagan en él a la deriva, expulsados de las ciudades. Son distribuidos en el espacio azaroso pero purificador del agua

La figura del loco es importante en el siglo XV: es amenazador y ridículo, muestra la sinrazón del mundo y la pequeñez humana, recuerda el tema de la muerte, indica a los humanos una alegoría de su final seguro. La demencia es una señal de que el final del mundo está cerca. En esta época, tanto el loco como el epiléptico, fueron vinculados con temor, a presuntos saberes esotéricos y oscuros.

Los pasajeros de la incontrolable nave eran, según se decía, “aquellos que se entregaban a la orgía y el desorden e interpretaban mal las Escrituras” y que, por ello mismo, no cumplían o cumplían de manera equivocada, desacertada o deshonestamente su misión.

Esta embarcación es una poderosa metáfora de múltiples significados, entre ellos el del viaje de expulsión que emprenden los insensatos, dementes y lunáticos relacionados con el poder político, académico o cultural, que muchas veces conforman sus tripulaciones-manicomio carentes de valores, anónimas, inconsistentes, torpes, pero a la vez sinuosas, taimadas y expertas en las artes del engaño, de la triquiñuela y de la trampa, que les lleva a asumir como propia la cordura y a señalar como “locos” a sus opositores.
Estas estructuras de la microfísica del poder -que también Erasmo de Rotterdam en su ensayo El elogio de la locura de 1509, quiso conjurar- cuando se les descubre, pueden llegar a ser brutales y agresivas.
El comportamiento descrito, históricamente ha motivado decenas de ensayos y de libros que buscan establecer ese siniestro nexo existente entre la locura y el poder, partiendo, precisamente, del mito iniciado con la Stultifera navis.

Como lo expresamos en el prólogo, este libro es un compendio de artículos publicados durante los dos últimos años en diversos medios impresos “artículos no confrontados conceptualmente, pero sí censurados y vetados, tanto por los burócratas de la educación, como por los gerentes, directores y editores de una prensa subrogada a los intereses mercantilistas y comprometida exclusivamente con la defensa de los contratos establecidos con esas mismas instituciones educativas que orientan los insensatos”.

En lo fundamental se trata de un ejercicio de crítica a la cotidianidad  pedagógica  y educativa  de nuestro medio regional. Impugnamos esos estrechos intereses, tanto de los medios de comunicación y sus agentes, como los de los administradores de las distintas empresas educativas y el simulacro que se ha apoderado del mundo académico y universitario.

Paradójicamente, como lo asevera Fernando Savater, “nuestra modernidad nace bajo el signo de un héroe delirante y ridiculizado: Don Quijote”. Loco genial que logra cuestionar la razón existente y la supuesta cordura que gobierna y tergiversa al mundo.

Las “locas” aventuras de Don Quijote, y de su escudero Sancho Panza, nos enseñan que se puede estar preso no sólo en las mazmorras del poder, también en el entrampamiento y el bloqueo fijado por las reglas de juego de las estructuras de un sistema social. Como el nuestro, el del capitalismo tardío que nos ha correspondido soportar, que cada vez es más parecido a un campo de concentración y de exterminio, y que ha llegado a imponernos, por ejemplo, el velo mediático, que consiste en una forzada interpretación de la realidad mediante el uso acomodaticio de las palabras, lo que cotidianamente logra gracias al manicomio periodístico vigente, que apela al veto, a la censura y a la autocensura, para silenciar no sólo la diferencia y el disentimiento, sino hasta la propia conciencia, y obtener así el llamado “pensamiento único” ya globalizado, así como ventajas y prebendas por la venta de la dignidad y los supuestos valores de una democracia que ya no es más que una sangrienta mascarada.

Eduardo Galeano lo denuncia:


Creo que una función primordial de la literatura latinoamericana actual consiste en rescatar la palabra, usada y abusada con impunidad y frecuencia para impedir o traicionar la comunicación. "Libertad" es, en mi país, el nombre de una cárcel para presos políticos y "Democracia" se llaman varios regímenes de terror; la palabra "amor" define la relación del hombre con su automóvil y por "revolución" se entiende lo que un nuevo detergente puede hacer en su cocina; la "gloria" es algo que produce un jabón suave de determinada marca y la "felicidad" una sensación que da comer salchichas. "País en paz" significa, en muchos lugares de América Latina, "cementerio en orden", y donde dice "hombre sano" habría que leer a veces "hombre impotente".
Se han conocido muchas formas de censura, ejercidas por los más diversos sistemas políticos, económicos, religiosos… que van desde la vigilancia, el control, la reprobación, la difamación y muchas otras penas y castigos sobre la palabra pronunciada o escrita: desde la quema de libros y de hombres que practicara el aún vigente Tribunal de la Santa Inquisición; la prohibición de obras incómodas o peligrosas para los detentadores del poder -de cualquier poder-, hasta el destino de silenciamiento, proscripción, cárcel o pena de muerte para algunos escritores y periodistas. Hoy se aplica una censura indirecta que actúa de un modo casi que invisible o subterráneo, que resulta más eficiente por sutil, pero que no por menos brutal la podamos considerar menos real.   
A favor de la libertad de expresión seguiremos empleando, a todo riesgo, la palabra, como exclusivo recurso y única arma de resistencia en ésta desigual confrontación, defendiendo las recomendaciones y los fervientes ideales éticos fijados de Don Quijote de la Mancha, ese “loco” genial que inaugurara la modernidad: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.

Bueno, a fin de cuentas,

 “¿De qué sirve escribir si no es para desafiar el bloqueo que el sistema impone al mensaje disidente?”

Julio César Carrión Castro
Marzo 19 de 2010


El texto Defensa de la Palabra de Eduardo Galeano en que nos hemos sustentado, se encuentra publicado en su libro Nosotros decimos No

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