La glándula de los escrúpulos
Daniel Samper Pizano
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Analicé con un grupo de amigos los resultados electorales, y acabamos divididos en dos bandos: optimistas y pesimistas. Los optimistas sostenían que eran lamentables. Los pesimistas afirmaban que eran catastróficos. Yo pienso que ambos están equivocados. No pueden ser catastróficas unas votaciones que reeligen a varios congresistas ejemplares, reconocen más de medio millón de votos al Partido Verde, bajan del bus a un buen número de bobos o corrompidos y permiten aspirar a una segunda vuelta en las presidenciales. Sin embargo, no es simplemente lamentable, sino mucho peor, un ejercicio electoral donde las maquinarias ofrecieron aterradora muestra de eficacia, el Partido Conservador demostró que es buen negocio arruncharse en el poder y repartir puestos y una veintena de parientes o compinches de congresistas procesados heredaron, intactas, las votaciones de los reos.
Todo ello sin contar la abstención, el despelote de la Registraduría, la impune intervención política del Presidente, la decepción en torno al movimiento de Sergio Fajardo y la quema de candidatos valiosos que lograron menos sufragios que el hijo de la 'Gata' o que la hermana de un cacique condenado por asesinato.
Pero lo más lamentable, incluso lo más catastrófico, es la indiferencia ante los pecados de ciertos políticos. Reconozco con espíritu democrático que -descontadas maquinarias y clientelismo- las listas que respaldan la política de Uribe atrajeron el apoyo espontáneo y libre de cientos de miles de colombianos. Ganaron. Hay que levantarles el brazo. Y eso es lo preocupante. Hubo pocos gestos morales para sancionar a quienes abusaron del poder. Las urnas no se indignaron. Ni las denuncias contra Uribito por los préstamos agrícolas a amigos ricos, ni famosas atrocidades ocurridas durante el Ministerio de Defensa de Juan Manuel Santos, ni el temor de que las listas vinculadas a paramilitares obtuvieran un millón de votos fueron capaces de sacudir a los votantes apáticos o apartar a una masa indignada de la coalición de gobierno.
Algo peor: los castigados ya no son los que obran mal, sino quienes los denuncian. Al periodista Daniel Coronell le fabrica informes adversos la codueña de El Colombiano (beneficiaria de préstamos uribíticos); al magistrado que quiso defenderse de una calumnia del Presidente lo vigila el DAS (ver 'Esquirlas'), y un bloguero que escribió contra el PIN recibe mensajes inquietantes de una jefa del partido.
¿Qué provoca semejante desinterés por castigar las conductas repudiables y premiar a los que nos atraigan, sin reparar en su comportamiento? Mi aterrada conclusión es que la filosofía moral de nuestra política -alcanzar el fin propuesto sin que importen los medios para lograrlo- ha contaminado a una parte de los colombianos. La meta era apoyar al uribismo y sus socios, aunque sus listas alojaran a personajes impresentables. Y lo consiguieron.
En suma: los resultados electorales revelan que, en una operación de alta cirugía política, a buena parte de la opinión pública le extirparon los escrúpulos, aquella glándula moral que segrega la indignación.
ESQUIRLAS. El bochinche electoral apabulló un escándalo mayúsculo del DAS, cada vez más parecido a la Stasi de la Alemania comunista. Me refiero a la operación que destinó ingentes recursos humanos y tecnológicos (pagados por nuestros impuestos) a averiguar la vida y los bienes del magistrado César Julio Valencia y su apoderado, Ramiro Bejarano, cuando el Presidente de la República denunció al primero por calumnia en el 2008. Semana publicó los correos entre altos funcionarios del DAS donde consta el esfuerzo por descubrir debilidades en la vida privada de los dos juristas o quizás atemorizarlos físicamente. Que no las hayan encontrado habla bien de la integridad de ambos. Pero quedamos advertidos de que el Ejecutivo uribista no vacila en utilizar la inteligencia del Estado para hacer favores personales a sus jefes. Una vergüenza. Y nadie se mosquea, porque nos extirparon cierta glándula.
Desde hace varios años, el autor del texto recibe comentarios a su columna encambalache@mail.ddnet.es.
Daniel Samper Pizano