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BRASIL Y LA DEPENDENCIA FINANCIERA


Un modelo amenazado por la dependencia financiera

Por: Renaud Lambert

Foto: www.genciencia.co m

Le Monde “El dipló” Diplomatique .Edición Nro.: 79

En octubre de 2008, el presidente Lula da Silva tranquilizó a los brasileños: la crisis financiera internacional no sería más que una “pequeña olita” para el gigante sudamericano, que vivía un “momento mágico”, disfrutando de su independecia del centro capitalista mundial. Pero la ‘olita’ se hizo pesadilla y expuso las falencias estructurales de la economía brasileña. A pesar de algunas medidas sociales importantes, Lula ha dejado intactas las reformas neoliberales de Fernando Henrique Cardoso, que atan el crecimiento del país a la especulación internacional.

Mayo de 2008. La economía estadounidense inicia su descenso a los infiernos. ¿Y en Brasil? Todo bien, gracias. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva estima que su país “vive un momento mágico” (1). Tras un alza del Producto Bruto Interno (PBI) del 5,67% en 2007, el gobierno mantiene la moral en alto. Qué más da lo que pasa en otras partes: el crecimiento continuará “al ritmo actual durante los próximos quince o veinte años” (2).

Octubre de 2008. El sistema financiero internacional se derrumba. ¿Y en Brasil? Nada de qué preocuparse. “Allá (en Estados Unidos) la crisis es un verdadero tsunami. Aquí, si llegara, sólo sería una olita, demasiado pequeña incluso para surfear”, tranquiliza en un discurso del 4 de octubre un Presidente con humor hawaiano. “El desacople ya se produjo” (3), reafirma algunos meses más tarde Luciano Coutinho, director del Banco Nacional de Desarrollo (BNDES), validando una teoría según la cual el crecimiento de los países de la “periferia” del sistema capitalista mundial se habría independizado de las turbulencias del “centro”.

Marzo de 2009.
La “olita” llegó... y con ella la tempestad. Las previsiones de crecimiento del PBI para 2009 del banco Bradesco se hunden: de más del 4% en junio de 2008, la previsión pasó al 2,5% en diciembre, antes de precipitarse al -0,3% en abril de 2009. La agencia de notación Morgan Stanley anticipa incluso una caída de la economía brasileña del 1,5%, lo que equivaldría a su mayor retroceso desde 1948 (4).


Baja del 19% de la producción industrial en el último trimestre de 2008.
Despido de 800.000 asalariados entre los meses de octubre y enero (cerca del 1% de la población activa), sin contar las pérdidas en el sector informal, que reagrupa a alrededor del 40% de los activos del país. Regreso a la pobreza (incluso a la extrema pobreza) de medio millón de brasileños. Finalmente, el presidente Lula cambió la tabla de surf y los anteojos de sol por el rosario y el misal. El “momento mágico” se transformó en una pesadilla de la que sólo se saldrá –previno el 6 de abril– “rogando a Dios que la crisis desaparezca de Europa, de Estados Unidos, de Japón”. Más sobrio, The Financial Times del 11 de marzo concluye que los resultados económicos de Brasil ponen “un término al debate sobre su eventual inmunidad frente al contagio global”. El mito del desacople pasó a mejor vida.

Un “esquema Ponzi”

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Es cierto que desde hace quince años se había hecho todo lo posible por aumentar la dependencia externa del país. Todo, particulamente la acelerada financiarización de la economía, cuya principal característica es haber sido aplicada por un sociólogo, Fernando Henrique Cardoso, cuyos trabajos habían apuntado a “construir la vía hacia el socialismo” (5), y por el ex sindicalista Lula.


A fines de los años 60, Cardoso –que asistió a la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS, por su sigla en francés) de París– rechazaba la idea de que un país periférico pudiera desarrollarse mediante una alianza con el capital extranjero sin aumentar su dependencia: “El sistema de dominación reaparece como una fuerza ‘interna’ a través de las prácticas sociales de grupos y clases locales que intentan promover intereses foráneos” (6). Veinte años más tarde, devenido ministro de Hacienda (1993 a 1994) y luego Presidente (1995 a 2002), descubría que “el mundo cambió”. También según su propio análisis: “Tenemos algo que Marx nunca había imaginado (…): el capital se internacionalizó muy rápido y hoy pasó a ser abundante. Algunos países pueden beneficiarse de esta situación. Y Brasil es uno de ellos” (7).

Influenciado por lo que consideraba el “éxito” de las estrategias neoliberales de estabilización aplicadas en México y Argentina, de ahí en más Cardoso centró su estrategia en la apertura a los capitales extranjeros: ya no se trataba de promover un “desarrollo autónomo” por medio de la “sustitución” de importaciones, sino, al contrario, de facilitar estas últimas para revigorizar la competencia y espolear la productividad. Cardoso se dedicó entonces a adaptar Brasil al gusto de los inversores. Se podaron las barreras tarifarias, se castraron los controles de cambio, se revisó la Constitución para posibilitar un ambicioso programa de privatizaciones (por un total de unos 90.000 millones de dólares en sus dos mandatos).


Entre el primer y el segundo semestre de 1994 las importaciones pegaron un salto del 52,7%. De paso, obligaron a muchísimas empresas brasileñas a cerrar o a aliarse con las sociedades extranjeras que participaron en 70% de las 1.233 operaciones de fusión/adquisición que se realizaron entre 1995 y 1999. Algo desconcertada por la audacia de semejante proceso de desnacionalización, la revista Veja –paradójicamente, de un granítico militantismo liberal– constataba: “Pocas veces la historia del capitalismo asistió a una transferencia de control tan intensa en un período tan corto” (8).

En 2000, Rubens Ricupero, secretario general de la muy seria Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (CNUCyD) estableció el balance de las políticas de apertura al capital extranjero. Su conclusión tomó una forma atenuada: “Los objetivos comerciales de las multinacionales y los objetivos de las economías anfitrionas no coinciden necesariamente” (9). En efecto, no necesariamente.


Bajo Cardoso, el país se desindustrializa, el índice de desempleo oficial casi se duplica hasta alcanzar el 9%, mientras que el crecimiento del PBI per cápita no supera el 1%. La (gran) apertura de fronteras y la liberalización del control de cambios tuvieron su costo. Y la factura no tardó en llegar: la balanza comercial (10) descendió de 10.500 millones de dólares en 1994 a -3.500 millones justo un año después. Desde 1980 había sido positiva. Seguiría siendo negativa hasta el año 2000.

Así, el país se hizo dependiente. Porque, como constataría el propio Cardoso, “para colmar los déficits, necesitábamos un constante flujo de capitales extranjeros” (11). Se redoblaron, pues, los esfuerzos para atraerlos, a pesar de su impacto más que dudoso sobre la economía.

Pero no por ello se lograron controlar los déficits. En efecto, ni en Brasil ni en ningún otro país los inversores tienen como objetivo demostrar su altruismo. Al contrario, esperan ganancias –consecuentes de preferencia– que a su vez puedan generar salidas de divisas. Y si las inversiones extranjeras no subsanan la fuga de capitales, hay que recurrir a la deuda externa, que entre 1994 y 2002 pasó de 150.000 millones a 250.000 millones de dólares.

Un poco a la manera del financista estadounidense Bernard Madoff, de quien se supo recientemente que había hecho fortuna volviendo a aplicar la buena y vieja fórmula del fraude piramidal (12), Brasil instauró un “esquema Ponzi” según el cual las deudas de hoy pagan las de ayer… y preparan las de mañana. Excepto que Madoff sólo había estafado a “ricos”. El gobierno brasileño no tuvo esa delicadeza: la factura la pagaría la población, en especial a través de tasas de interés estratosféricas y la política de austeridad presupuestaria que éstas imponen.


Colador de divisas

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Es lógico:
cuando se organiza la economía en torno al interés de los especuladores, se favorece su comportamiento. Los particulares adinerados –numerosos en Brasil– comprendieron rápidamente que con esas tasas los títulos de la deuda interna se volvían tentadores. No fueron pocas las empresas que lentamente abandonaron la inversión productiva. Favorecido por tanto sentido común, el desarrollo “a lo Cardoso” se tornó sobre todo en sinónimo de desarrollo… financiero. Bajo su presidencia la deuda interna se elevó en un 900%, al tiempo que la inversión se estancó y comenzó a depender cada vez más del extranjero, particularmente en materia de tecnología.

Cardoso no fue el primero en querer “modernizar” Brasil. Pero fue el más eficaz. A partir de 1998, el semanario The Economist se consideró más que satisfecho: “En algo menos de cuatro años hizo prácticamente todo lo que la británica Margaret Thatcher –que no se andaba con chiquitas– había logrado en doce”. El principal opositor del país, Lula da Silva, era menos admirativo. Para él, Cardoso fue nada menos que “el verdugo de la economía brasileña”.

Es de imaginar la inquietud que causó en 2002 la elección del ex sindicalista “rojo” como Presidente. “Los inversores extranjeros siempre se habían preguntado cómo se comportaría Brasil con un presidente con perfil izquierdista”, recuerda Emílio Odebrecht, heredero del imperio industrial del mismo nombre. Durante la campaña presidencial de 1998 –que había perdido–, Lula da Silva afirmaba: “Entre pagar intereses y llenar el estómago del pueblo, estoy del lado del pueblo” (13). En definitiva, asegura el oligarca, su elección “fue lo mejor que podía sucederle a nuestro país” (14). Para sorpresa de algunos militantes de su partido, Lula se convirtió pronto en el preferido de los inversores y de los mercados financieros. Es cierto que estos últimos hicieron de todo para incitarlo…


En ese momento la economía brasileña dependía de un nuevo préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI). Ahora bien, explicaba The Wall Street Journal el 14 de agosto de 2002, “el préstamo del FMI se estructura de tal manera que los candidatos de izquierda favoritos según las encuestas, Luiz Inácio Lula da Silva y Ciro Gomes, deberán continuar las políticas económicas conservadoras del Presidente saliente (…)”.

¿El presidente Lula ya estaba convencido de que “no es posible gobernar sin el apoyo de los oligarcas” (15)? Quizás. El caso es que aceptó gobernar para ellos sin mayor resistencia. Economista de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Javier Santiso quedó encantado: “La transferencia de poder entre Cardoso y Lula fue, en tanto tal, una lección de elegancia política” (16). Los electores que esperaban una ruptura serían menos sensibles a su refinamiento.

Ciertamente, en sus discursos el jefe de Estado siguió defendiendo la idea de soberanía económica. Qué importa pues si es “gracias” a su dependencia que el país aprovecha al máximo una coyuntura económica internacional favorable. ¿Afluyen los capitales? Quiere decir entonces que “¡Brasil se convirtió en su propio patrón!” (17).

Pero no se cambia un modelo contentándose con aprovecharlo. Por cierto, entre 2003 y 2006 las exportaciones brasileñas crecieron a un ritmo promedio del 20% anual, resolviendo por un tiempo los problemas de balanza comercial del país. Pero esas exportaciones se vieron estimuladas por una nueva oleada de Inversiones Extranjeras Directas (IED) que pasaron de 10.000 millones de dólares en 2003 (alrededor del 2% del PBI) al nivel histórico de 45.000 millones de dólares en 2008 (alrededor del 3,5% del PBI), de modo que el desarrollo de las exportaciones brasileñas implicó un fortalecimiento de la penetración del capital extranjero (18).

Hay que “gobernar para todos”, no sólo “para los pobres” aconsejaba el Presidente brasileño a su homólogo boliviano Evo Morales el pasado 16 de enero. Una recomendación que él mismo puso en práctica con evidente celo. En efecto, si la bocanada de prosperidad que beneficiaba al país procuró un respiro a las clases populares –gracias a programas sociales reales pero principalmente basados en el asistencialismo–, para los especuladores se transformó en un verdadero torbellino de opulencia.

En 2007, por ejemplo, el ingreso de divisas ligadas al “boom” de las exportaciones infló el valor del real en un 20% en relación al dólar, mientras que los títulos de la deuda interna se beneficiaban con una tasa de interés anual del 13%. Los inversores extranjeros (o los brasileños que tomaron dólares en el exterior a tasas relativamente bajas) se beneficiaron pues, a fin de año, con un retorno sobre la inversión de más del 30%. ¿Hay por lo tanto que asombrarse si la deuda interna alcanzaba 1,6 billones de reales en enero de 2009, es decir, más de 680.000 millones de dólares, o tres veces las reservas de divisas del país, que el presidente Lula pone de relieve hoy para ponderar… la independencia económica de Brasil?

En este ámbito, el único logro verdadero habrá sido el de reforzar el peso relativo de las 20.000 familias brasileñas que poseen el 80% de los títulos de la deuda, cuyo pago acapara un 30% del presupuesto federal. Un presupuesto del cual menos del 5% se destina a Salud y un 2,5% a Educación.


Al aceptar el modelo existente, el presidente Lula aceptaba su vulnerabilidad. Que el mismo Cardoso había constatado antes de concluir, con sobriedad: “Si miles de millones de dólares (pueden) entrar a Brasil, también (pueden) salir” (19). En efecto, en época de crisis la periferia pasa de una situación de dependencia respecto a las exigencias de ganancia del “centro” a una total esclavitud frente a sus necesidades de liquidez. Ahora bien, si las entradas de divisas no mantienen “necesariamente” sus promesas en términos de desarrollo, las salidas masivas se traducen de seguro en el debilitamiento de la economía del país. Es un poco la paradoja de la dependencia: se pierde cuando entran los dólares, se pierde más aún cuando salen…

En algunos meses, el derrumbe del sistema financiero internacional transformó la balanza de pagos brasileña en un verdadero colador de divisas. Comenzando por la balanza comercial. En baja desde 2006 –ya que, valorización del real obliga, las importaciones crecieron más rápido que las exportaciones–, ésta exhibió en enero de 2009 su primer déficit en 93 meses sin una verdadera señal de recuperación a la vista, dado que el FMI prevé una caída del 11% del comercio mundial en 2009. En estas condiciones se hace más difícil para Brasil importar los bienes de equipamiento de los que depende su propia producción.

La repatriación al extranjero de ganancias y dividendos se elevó a casi 34.000 millones de dólares en 2008 –alrededor del 3% del PBI–, un alza del 50% en relación con 2007, ¡y del 500% en relación con 2003! Así, en 2008 la balanza de cuenta corriente exhibió su déficit más importante de los últimos diez años (28.300 millones de dólares, o sea, el 2,5% del PBI).

En la actualidad, Brasilia exhibe reservas internacionales cercanas a los 200.000 millones de dólares para tranquilizar a los inversores frente a un eventual riesgo de crisis de la balanza de pagos (20). Por el momento, Brasil estima que dispone de un margen de maniobra consecuente –en marzo de 2009 su tasa directora rondaba el 11%–. Sin embargo, según el economista Paulo Henrique Costa Mattos el pasivo a corto plazo alcanzaría 600.000 millones de dólares (21). Cuando la mayoría de los países del mundo busca endeudarse en masa, la competencia causa estragos en el mercado de empréstitos de Estado: las tasas terminarán por subir y el peso de las deudas contraídas hasta entonces no dejará de pesar, a su vez, sobre la balanza de pagos y, por lo tanto, sobre los hombros de los brasileños.


Cambios en la izquierda

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El fenómeno de “dependencia” no tiene nada de nuevo. Ya en 1969 el ministro chileno de Relaciones Exteriores Gabriel Valdés interpelaba al presidente estadounidense Richard Nixon: “Para América Latina la inversión privada siempre ha significado, y significa todavía, que las sumas que salen de nuestros países son varias veces superiores a las que se han invertido aquí. (…) En una palabra, sabemos que América Latina da más de lo que recibe” (22).


En el pasado, ciertos gobiernos, no por fuerza de izquierda, defendieron programas de desarrollo más autónomo, basados en una sustitución de las importaciones. Tales proyectos recibieron las críticas de los que consideraban que, dirigidos por “burguesías nacionales”, estaban condenados al fracaso. Para ellos había una sola vía: la revolución social. El sociólogo Cardoso era uno de ellos. El sindicalista Lula da Silva también.

Si una vez en el poder Lula hubiera deseado realmente “desacoplar” la economía brasileña, quizás debería haber elegido otra opción que la de abrazar el programa económico de su antecesor. Al renunciar a ello, encarnaría el cambio de una parte de la izquierda latinoamericana, cambio que el economista de la OCDE Javier Santiso, entusiasta, describe en estos términos: “Expresiones tales como ‘lucha de clases’, ‘planificación económica’ y ‘estrategias de sustitución de las importaciones’ fueron reemplazadas por otras expresiones como ‘consenso democrático’, ‘consolidación institucional’, ‘desregulación económica’ y ‘apertura al libre comercio’”.

Así, con semejante caja de herramientas, Lula da Silva enfrenta hoy las dificultades económicas de Brasil. A Estados Unidos le pide más comercio; a los brasileños, apretarse el cinturón. A Dios, se ha visto, una “recuperación” de las economías centrales. ¿A los inversores extranjeros y a los tenedores de títulos de la deuda? Nada, o tan poco.

Recientemente interrogado acerca de la cuestión de las responsabilidades ante la crisis actual, el Presidente brasileño afirmaba: “No creamos el problema, pero somos parte de la solución” (23). ¿De verdad?

Notas

1 “Brasil: Lula celebra el ‘investment grade’ de Brasil”, Infolatam, Brasilia, 1-5-08.
2 “The delights of dullness”, The Economist, Londres,
17-4-08.
3 Jonathan Wheatley, “New economic figures rattle Brazilians”, The Financial Times, Londres, 7-2-09.
4 Andre Solani y Fabiola Moura, “Latin America may contract 4%, Morgan Stanley says”, Bloomberg,

16-3-09.
5 Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Dependencia y desarrollo en América Latina, Siglo XXI, México, 1969.
6 Ibid.
7 Entrevista con Vinicius Torres Freire, Mais!, San Pablo, 13-10-96.
8 Citado por Geisa Maria Rocha, “Neo-dependency in Brazil”, New Left Review, nº 16, Londres, julio-agosto de 2002. Salvo indicación en contrario, las cifras que conciernen al período “Cardoso” se extrajeron de su estudio, al que debo este análisis.
9 Citado por Geisa Maria Rocha, ibid.
10 La suma de las exportaciones menos la de las importaciones (en valor).
11 Fernando Henrique Cardoso (con Brian Winter), The accidental president of Brazil, Public Affairs, Nueva York, 2006.
12 Acusado de una gigantesca estafa que comportaba unos 50.000 millones de dólares, se encuentra actualmente en la cárcel.
13 Christian Dutilleux, Lula, Flammarion, París, 2005.
14 Folha de São Paulo, 27-1-08.
15 “Lula ataca oligarquias, mas poupa Sarney”, O Estado de São Paulo, 6-2-09.
16 Javier Santiso, Latin America’s political economy of the possible, MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 2006.
17 Anuncio hecho en ocasión de un reembolso anticipado del FMI, 13-12-05.
18 Salvo mención en contrario, las cifras provienen del Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada (IPEA), San Pablo.
19 Cardoso y Winter, op. cit.
20 Negativa el último trimestre de 2008 por primera vez desde fines de 2005, pero con un déficit siete veces más importante, en 21.000 millones de dólares, es decir, el 1,85% del PBI anual.
21 “A crise econômica e suas consequências para os trabalhadores”, Socialismo e liberdade, San Pablo,

16-4-09.
22 Citado por Andre Gunder Frank, Lumpen-bourgeoisie and lumpen-development, Monthly Review Press, Nueva York, 1972.
23 “Latinoamérica elogiada por reacción a crisis global”, Latinforme, Buenos Aires, 16-4-09.

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