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PENSIONES A LA BAJA, GUERRA AL ALZA: INFLACIÓN, PODER Y DESPROTECCIÓN SOCIAL EN EUROPA

PENSIONES A LA BAJA


Eduardo Luque
elviejotopo.com/22 abril, 2026 

El discurso oficial insiste en que las pensiones en España están protegidas mediante su revalorización anual. El gobierno hace gala, año tras año, de las subidas que introduce. Obvia, interesadamente, el peso que tuvo el movimiento pensionista en la caída de Rajoy cuando impuso la mísera subida del 0.25%. Fue una lección aprendida en carne ajena.

A pesar de toda su propaganda las contradicciones se abren paso, la realidad no se sostiene tras un análisis riguroso. Todo este discurso es, en el mejor de los casos, un ejercicio retórico más que una realidad material. En 2026, las pensiones han aumentado un 2,7%, mientras que la inflación ya alcanza en marzo el 3,4%, el nivel más elevado desde mediados de 2024. Esta divergencia de 7 décimas porcentuales, aparentemente modesta, tiene profundas consecuencias sociales: los pensionistas pierden poder adquisitivo. No en abstracto, sino en la experiencia cotidiana de una cesta de la compra que no deja de encarecerse, en unas facturas energéticas que presionan al alza y en unos costes de la vida que avanzan con mayor rapidez que los ingresos.

El problema no se limita a una simple diferencia entre indicadores. El propio IPC general resulta inadecuado para captar la inflación que realmente soportan los hogares de mayor edad. Su estructura de consumo está dominada por bienes esenciales —alimentos frescos, energía, servicios básicos— cuyos precios han crecido muy por encima de la media. De este modo, una inflación oficial del 3,4% se transforma, en la práctica, en una presión cercana o incluso superior al 5%. La revalorización, lejos de garantizar el mantenimiento del poder adquisitivo, actúa como una suerte de ficción estadística que oculta una pérdida real.

Esta dinámica adquiere un carácter particularmente regresivo cuando se observa la composición de los aumentos de precios. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) los productos que más se encarecen no son bienes prescindibles, sino aquellos que sostienen la vida cotidiana. Huevos (+21.2%), legumbres verdes (+19.6%), hortalizas verdes (+13.2%), pescado (+6.7%) o carne (+5.35) registran incrementos significativos, al tiempo que la energía —con subidas abruptas en combustibles como el gasóleo o la gasolina— actúa como vector de transmisión inflacionaria hacia el conjunto de la economía. No estamos ante una inflación neutral, ni siquiera puntual, sino ante una inflación de subsistencia que golpea con mayor intensidad a quienes destinan la mayor parte de sus ingresos a cubrir necesidades básicas. En este contexto, una parte muy relevante de los pensionistas, muchos de los cuales perciben en torno a mil euros mensuales o menos, se ve atrapada en una dinámica de empobrecimiento progresivo.

A esta presión se añade un desfase estructural que rara vez se menciona. Las pensiones se actualizan con carácter anual, mientras que los precios evolucionan de forma continua. Este desajuste temporal implica que la compensación nunca llega a tiempo y, cuando lo hace, resulta incompleta. El efecto acumulativo de varios años de inflación sostenida termina generando una erosión persistente del poder adquisitivo que no puede ser corregida mediante ajustes puntuales. Se configura así un deterioro silencioso, pero constante, de las condiciones de vida.

Las consecuencias sociales de este proceso son cada vez más visibles. El incremento de la llamada “pobreza energética”, es un dato central para comprender el empobrecimiento acelerado de los hogares pensionistas. Es uno de los indicadores más claros de este deterioro. En apenas seis años, el porcentaje de población incapaz de mantener su vivienda a una temperatura adecuada en invierno se ha duplicado. Según la Red Europea de Lucha contra la Pobreza (EAPN España) si en 2019 el porcentaje de los hogares que no tenían una temperatura adecuada en la vivienda era del 7.6% en 2025 ascendió al 15.9% lo que equivale a 7,8 millones de personas y un aumento del 110% en apenas seis años. Es más, entre los hogares con menores ingresos, el 41% necesita mejoras de eficiencia energética, frente al 25,3% de los más acomodados. El acceso a la energía, lejos de ser un factor neutral, se convierte en un vector de desigualdad.

Sin embargo, este escenario de restricción y pérdida contrasta con la notable fluidez con la que se movilizan recursos públicos hacia otros ámbitos. En el marco de la estrategia europea y atlántica, España ha comprometido recientemente mil millones de euros adicionales al gobierno de Volodímir Zelenski para sostener la guerra en Ucrania. La coexistencia de ambos fenómenos resulta difícil de obviar: mientras se argumenta la necesidad de contención o prudencia cuando se trata de garantizar el poder adquisitivo de las pensiones, no parece existir una restricción equivalente cuando el destino del gasto es el esfuerzo bélico. La escasez, en este sentido, aparece menos como una realidad objetiva que como una construcción selectiva.

Esta asimetría en las prioridades se refleja también en el funcionamiento de las instituciones y en la distribución efectiva del poder. El episodio del gran apagón energético del año pasado constituye un ejemplo especialmente revelador. Tras un evento que afectó de manera significativa a toda la población española, la conclusión oficial ha sido tan contundente como inquietante: no hay responsables. Las grandes compañías energéticas, actores centrales en aquel episodio, han optado por no facilitar la información solicitada sobre su actuación, y esa negativa no ha tenido consecuencias relevantes. No ha habido sanciones proporcionales, ni exigencias efectivas de rendición de cuentas, ni mecanismos capaces de imponer transparencia. La secuencia resulta elocuente: se produce un fallo sistémico, los actores privados retienen información y el sistema institucional acepta, en la práctica, esa opacidad.

Lo que emerge de este tipo de situaciones no es una anomalía, sino la expresión de un modelo en el que los grandes actores económicos operan con un margen de impunidad significativo, mientras las consecuencias de sus decisiones recaen sobre el conjunto de la sociedad. En este marco, la inflación no puede interpretarse únicamente como un fenómeno económico, sino como parte de una estructura más amplia de poder en la que determinados sectores logran preservar o incluso ampliar sus márgenes, mientras los costes se trasladan hacia los hogares. La combinación de tensiones geopolíticas, encarecimiento energético y debilidad regulatoria configura un escenario en el que la inflación actúa como mecanismo de transferencia de renta.

Todo ello apunta a una transformación más profunda del papel del Estado. La progresiva pérdida de centralidad de la protección social, el incremento del gasto militar y la limitada capacidad para regular a grandes corporaciones sugieren un desplazamiento hacia un modelo en el que las prioridades públicas se reordenan en función de imperativos geoestratégicos y equilibrios de poder. En este contexto, la erosión del poder adquisitivo de las pensiones no aparece como un fallo puntual, sino como el síntoma de una reconfiguración más amplia.

Al final, la cuestión de fondo no reside en la disponibilidad de recursos, sino en su asignación. La coexistencia de pensiones que pierden valor real, empresas que operan sin plena rendición de cuentas y un esfuerzo creciente en materia militar revela una jerarquía de prioridades que no puede explicarse únicamente en términos técnicos. Es, ante todo, el resultado de decisiones políticas que determinan quién asume los costes y quién queda protegido. Y en ese reparto, millones de pensionistas ocupan una posición cada vez más vulnerable.

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