DOSSIER:
1. ¿Capital digital? Marx y el futuro digital del capitalismo
2. Entrevista A Karl Marx
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1. ¿Capital digital? Marx y el futuro digital del capitalismo
1. ¿Capital digital? Marx y el futuro digital del capitalismo
2. Entrevista A Karl Marx
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1. ¿Capital digital? Marx y el futuro digital del capitalismo
Michael R. Krätke
¿Qué tiene aun que decirnos Marx sobre el capitalismo actual? La pregunta es pertinente, porque la principal obra económica de Marx, El capital, esto es, el volumen primero de este ladrillo, apareció hace 150 años, en septiembre de 1867. El primer volumen y, en parte, también importantes borradores del segundo y el tercero de esta obra son de 1864 y 1865.
Sin embargo, El capital de Marx no versa sobre el capitalismo del siglo xix, sino sobre la lógica del desarrollo capitalista, quiere descifrar el nexo interno entre todos los fenómenos de una economía capitalista. Quiere ser una “teoría general”, que pueda explicar la dinámica que sigue el capitalismo, sus crisis y coyunturas, transformaciones y revoluciones. Marx no construye ninguna teoría del “capitalismo puro”, sin consideración de su historia. Se interesa por las tendencias a largo plazo del desarrollo capitalista, lo estudia con la mirada puesta en el futuro: ¿qué aspecto tendrá el mundo cuando el capitalismo pueda desarrollarse y extenderse sin bridas ni frenos? Le interesa la Inglaterra de su tiempo, altamente industrializada; después, los EEUU, como país donde la industrialización capitalista de todos los ámbitos —en ese momento, de la agricultura— avanza más rápidamente, porque muestra la imagen del futuro para todo el mundo capitalista.
Los estudios tecnológicos de Marx
Aunque era filósofo y jurista de formación, con 25 años se pasó al estudio de la economía política, al que se dedicó cuarenta años, hasta su muerte, en marzo de 1883. Como autodidacta y coetáneo del cénit de la primera revolución industrial en Inglaterra, estaba entusiasmado por las revoluciones tecnológicas de la época. Al ver desde el principio al capitalismo desarrollado como un modo de producción altamente tecnologizado que transformaba el mundo de forma más fundamental que todas las formas económicas anteriores, consideraba indispensable el estudio de la tecnología y las ciencias experimentales coetáneas, a diferencia de la mayor parte de economistas de su época. En varios intentos, durante 1851-52, 1856-57, 1861-63 y, nuevamente, desde 1868 hasta 1878, realizó extensos estudios sobre ciencias experimentales y tecnología.(1) Marx mostró especial interés por los descubrimientos en las ciencias experimentales de su tiempo, p. ej., en química, física y fisiología, y estaba fascinado por sus aplicaciones tecnológicas, p. ej., en la agricultura. Marx, empero, era todo menos un admirador acrítico de la nueva agricultura industrial y de la gran industria fabril, cuyas consecuencias social y ecológicamente devastadoras vio con exactitud. Conocía los escritos de autores ingleses contemporáneos como Andrew Ure, el propagandista del sistema fabril, o Charles Babbage, el inventor de la primera calculadora y teórico de la organización racional de la empresa. Estudió los escritos del pionero de la agroeconomía Justus von Liebig, y compartió la creencia de este coetáneo suyo en las posibilidades casi ilimitadas para el desarrollo de las fuerzas productivas sociales que se habían abierto con las nuevas tecnologías y el sistema fabril. Pero no consideraba a la técnica, la tecnología ni las ciencias experimentales como las fuerzas motrices. La fuerza motriz del tiempo inesperado en que la productividad de la fuerza de trabajo se había intensificado residía, a su juicio, en la dinámica específica del capitalismo moderno.
Una sentencia del viejo Marx: la tecnología no es economía política
Para comprender la actitud de Marx para con las revoluciones técnicas de su tiempo es útil recordar una de sus frases clave dichas de paso: “Sólo tecnología no es economía política”.(2) No son las tecnologías de la producción, transporte o comunicación las que determinan la marcha del desarrollo capitalista, sino al revés. Es el nuevo funcionamiento del sistema fabril, específicamente capitalista, con el que comienza la “moderna ciencia de la tecnología”, la aplicación sistemática en la producción de los resultados de las ciencias experimentales, la búsqueda constante de innovaciones, la aceleración del progreso técnico, la larga sucesión de nuevas revoluciones tecnoindustriales.
¿Cómo se desarrollan las revoluciones técnicas en el capitalismo? ¿Por qué se dan, en realidad? ¿Cómo se llevan a cabo? Marx lo estudió en detalle y tenía la mirada puesta tanto en la primera como en los inicios de la segunda revolución industrial, en los años siguientes a la gran depresión de 1873. La búsqueda permanente de mejoras e innovaciones técnicas en el sistema fabril distingue al capitalismo industrial. Marx las explica con la lógica de la “producción de plusvalía relativa”: los empresarios industriales ganan a la competencia incrementando constantemente la productividad de sus empleados, mediante la introducción y perfeccionamiento de innovaciones técnicas. Como todos hacen la apuesta, la base técnica de muchas industrias (tendencialmente, de todas) se recicla continuamente y la capacidad productiva aumenta constantemente. Así, cobra cada vez más fuerza la tendencia a la sobreproducción y la sobreacumulación, que, periódicamente, lleva a crisis, grandes y pequeñas.
En las crisis del capitalismo moderno se manifiestan las “revoluciones de valores”, que son las consecuencias inevitables de las constantes innovaciones técnicas. Llevan a la destrucción de capital, la obsolescencia de todas las tecnologías, la desaparición de profesiones. Marx estudió minuciosamente varias de las crisis de su tiempo: las de 1847-48, 1857-58 y 1873-79. Las revoluciones técnicas y transformaciones bruscas del régimen industrial exigen crisis. La desvalorización y destrucción de capital abren paso a la aplicación y proliferación de nuevas técnicas. El progreso técnico y la innovación se aceleran, así como la racionalización y reorganización por razones técnicas. Pero las nuevas técnicas, especialmente las tecnologías, sólo dan la posibilidad de transformaciones más o menos radicales de la empresa y la circulación capitalistas. Se imponen cuando cooperan con ellas los actores determinantes del capitalismo moderno: las empresas, los capitalistas, los financieros, los trabajadores asalariados. Y sólo lo hacen cuando encuentran o, mejor, cuando pueden abrir, mercados suficientemente grandes y estables para los posibles productos de las nuevas tecnologías. El capitalismo industrial moderno de alta tecnología penetra en los mercados mundiales o, más bien, crea y expande mercados mundiales (como la industria de comunicaciones de entonces, con las industrias del ferrocarril y los telégrafos, que Marx tenía ante sus ojos).
Marx y la digitalización
La crítica marxiana de la economía política se ha quedado inconclusa, Marx no pudo tratar suficientemente muchos de los problemas centrales de su teoría. Por ello, está justificada la pregunta de si su análisis del capitalismo industrial se adecúa a los fenómenos actuales. El propio análisis marxiano de las mercancías tiene sus límites. No es adecuado sin más con las mercancías ficticias o cuasimercancías, falla con los bienes públicos o comunes. ¿Puede la economía política marxiana, en la forma en que aseveran los marxistas de hoy, tratar el trabajo cognitivo y sus productos? ¿Puede explicarse con el Marx de los marxistas qué valor añadido crea exactamente un trabajador cognitivo que, p. ej., diseña programas? ¿Qué se produce exactamente en y mediante Internet? ¿Qué se compra y se vende? Ningún producto, sino derechos de uso (p. ej., a instalar Windows 10 en un PC). ¿Qué pasa, empero, si el acceso es libre y gratuito (como al abrir una cuenta de Facebook o al emplear software libre)? ¿El “valor” de los productos de software, fabricados y distribuidos por empresas privadas de evidente alta rentabilidad, lo determina la media, o la cantidad marginal, de trabajo necesario para su producción? Como bien sabía y subrayaba Marx, con la mirada puesta en sus conocimientos científicos, no hay relación alguna entre el trabajo necesario para un descubrimiento o invención científico o tecnológico y el trabajo necesario para su reproducción. Es este último, a juicio de Marx, el que determina el valor de cada mercancía. ¿Aun se puede, por tanto, aprehender la economía de la información o de los bienes cognitivos en términos de valor?
El “Fragmento sobre las máquinas”
Los profetas del poscapitalismo dicen poder descubrir en los primeros manuscritos de Marx un vaticinio genial de los desarrollos contemporáneos que señalan derechamente a una superación del capitalismo. Se trata del denominado Fragmento sobre las máquinas, un pasaje de los manuscritos económicos de 1857-58.(3) Ahí Marx se permite un experimento intelectual: supóngase que el sistema fabril, según la lógica capitalista, es crecientemente empujado hacia la “fábrica automática”. Entonces, lo que él denomina trabajo inmediato será cada vez más irrelevante respecto a la masa de capital empleado, y el carácter del trabajo se transformará. El trabajo de cada individuo se convertirá, directamente, en trabajo social, lo que se pague ya no será el trabajo inmediato de cada individuo, sino el conjunto del proceso industrial encarnado en la fábrica automática, en el sistema maquinal. Éste, empero, no dependerá del conocimiento y experiencia de grupos de trabajadores singulares, sino del conocimiento socialmente disponible, desarrollado durante generaciones. Marx habla de “fuerza productiva general” o “intelecto general”, de las “potencias generales del cerebro humano” que, en el futuro, existirán en cada trabajador individual como “individuo social”.(4) En el intento marxiano de pensar el desarrollo del capitalismo hasta su fin lógico, una fábrica automática y vacía, vigilada y controlada por escasos trabajadores cognitivos de alta competencia, los filósofos marxistas leen todo tipo de afirmaciones exorbitantes.(5) Ni el conocimiento sustituirá al trabajo ni “la ciencia” ni el “intelecto general” se convertirán en el principal agente del proceso productivo. El conocimiento, el alto conocimiento, la ciencia, no son nunca “fuerza productiva inmediata”, como escribe Marx en algún lugar, sino la precondición para una productividad creciente del trabajo. El conocimiento, el saber general y especializado, debe obtenerse mediante trabajo social, desarrollarse y, sobre todo, transmitirse. El simple mantenimiento de un buen nivel educativo cuesta considerables cantidades de trabajo social. Marx se imagina una fábrica del futuro en que la masa de trabajadores fabriles de su tiempo habrá desaparecido, ya que su “trabajo simple” habrá devenido superfluo, el trabajo fabril que quede será trabajo de especialistas de alta cualificación. No afirma que el trabajo manual vaya a desaparecer completamente; aun menos que el trabajo intelectual (que se basa en y aporta conocimiento) y el manual puedan, algún dia, separarse totalmente. El simple manejo o la vigilancia y comunicación mediante sistemas autómatas que utilizan robots no se puede equiparar a pura tarea intelectual ni a trabajo de investigación.
Marx y los mitos de la economía digital
Una parte considerable de la obra de Marx consiste en críticas, de los economistas del período clásico, pero también de “falsas críticas de la economía política”, expuestas por otros socialistas. En las lecturas filosóficas actualmente de moda se oculta el tipo de crítica que es especialmente importante para Marx. La crítica de la confusión, la irreflexión, el dogmatismo de los economistas que, a la sazón como hoy, descansaban sobre una montaña de problemas irresueltos. Marx pretendía haber refutado sus dogmas y errores, deshecho sus antinomias y planteado un tratamiento racional de sus problemas irresueltos ―y, señaladamente, desde el “punto de vista puramente económico”, que siempre adoptó. De ahí se sigue que difícilmente habría aceptado los mitos sobre una economía o, mejor, un capitalismo digital, actualmente compartidos y difundidos por tantos. Antes bien, como economista crítico, habría visto como tarea suya criticar concienzudamente los exaltados sinsentidos y afirmaciones insostenibles, precisamente cuando provienen de la “izquierda”. Para Marx, lo mismo que para los economistas políticos que todavía consideran fértil su teoría, esto es, relevante para la investigación, la “digitalización” ofrece más bien un melón por abrir que soluciones fijas y acabadas.
El mundo del capitalismo digital es muy distinto, pero, como antes, ningún software funciona sin hardware, como antes, es necesaria una infraestructura de cables, antenas de telecomunicaciones, servidores, etc. Hay que poder guardar y transmitir los datos, es necesario generar, mantener, reemplazar, es decir, organizar y reorganizar, soportes de datos (libro, disco duro, Cloud, etc.) y redes de comunicación. Ningún “bien digital” o “informativo” puede convertirse en mercancía (y, con ello, interesar a los capitalistas) sin derechos de propiedad privada, sin derechos de autor. Se trata de bienes “no rivales” (el uso por uno no merma el uso por otro), pero cada consumidor potencial puede y debe poder ser efectivamente excluido de su uso.(6) “Bienes libres” como conocimientos puramente científicos, compartidos ilimitadamente en una academic community, son, para los capitalistas privados, de interés limitado; los pueden utilizar, pero no pueden hacer negocio con ellos.
Las “técnicas” como tales, puras tecnologías, producen sólo precondiciones para transformaciones sociales, no crean ni fuerzan nada. Ninguna tecnología ni ningún tipo de mercancías hacen, “por sí mismos”, imposible la propiedad privada, el mercado o el capital. Históricamente, los actores del capitalismo han demostrado siempre ser bastante hábiles. Hasta ahora, la digitalización de la economía parece haberse llevado bien con el capitalismo. Con la transformación de la señal analógica en digital, los datos o informaciones tampoco estarán ilimitadamente accesibles, aunque su copia y difusión sean más fáciles y rápidas que nunca. A pesar de que actualmente sea fácil técnicamente copiar bienes digitales, descubrir y desarrollar productos semejantes es tan difícil e igualmente costoso en trabajo (por su incertidumbre) como antes. Esta particularidad de la producción cognitiva no ha desaparecido con la digitalización. Como antes, la digitalización tiene también muchos límites materiales y sociales, por ejemplo, el limitado número de desarrolladores de software o de especialistas en ITC, cuyo tiempo de trabajo también es limitado.
El viejo Marx no se habría tragado algunos de los mitos de la digitalización actualmente en boga, p. ej., el de la economía de costes marginales cero. Una reproductibilidad técnica de bienes alta o (casi) a voluntad lleva a costes marginales (los costes de cada unidad adicional producida) decrecientes y, con ello, a costes fijos decrecientes, en total. En principio, sí. Pero los costos marginales determinan sólo una parte de los costes totales, precisamente cuando caen rápidamente. La técnica digital (especialmente, el software) necesita vigilancia y mantenimiento, esto es, trabajo constante, que aumenta cuando el software debe ampliarse, renovarse y adaptarse a menudo, que es siempre el caso en una economía competitiva capitalista. Ni siquiera gigantes del software como Microsoft escapan a eso. Más allá de la esperanza de vida de los equipos (físicos y sociales), los costes aumentan repentinamente y, por ello, muchas empresas se aferran hasta hoy a equipos y software obsoletos; capital fijo, para ellos.(7)
En el capitalismo, la digitalización no es gratis, ni es un regalo de la naturaleza ni de la sociedad. Los bienes digitales, los datos y las necesidades necesitan, igual que antes, representación física. Su generación, tratamiento, almacenamiento y difusión requieren energía. De modo que la entropía aumenta. Los medios de comunicación electrodigitales, tal y como los conocemos y utilizamos actualmente, necesitan y generan una masa gigantesca de basura electrónica, y que crece rápidamente, cuyo transporte, almacenamiento y tratamiento posterior tiene enormes consecuencias para la economía mundial. Necesitan materias primas, de modo que alimentan a la activa industria minera mundial. Así que una economía capitalista digital tampoco es ingrávida y también choca con límites materiales.
A Marx, la denominada paradoja de la productividad no le habría dejado frío. Como economista, era un friki fanático y, evidentemente, habría tomado nota de que los países capitalistas de vanguardia, durante las últimas décadas, no han logrado ningún salto realmente impresionante en productividad ni crecimiento. Le habría llamado la atención que, a pesar del uso de tecnologías avanzadas de la información y la comunicación en casi todos los campos, de incrementos exponenciales de la potencia de les ordenadores, de innovaciones constantes, no aumente rápidamente de modo correspondiente la productividad y, con ello, la rentabilidad. No obstante, para Marx la ausencia de fuertes aumentos de la productividad del trabajo con toda la digitalización habría sido un problema, porque, de una innovación técnica, esperaba que se extendiera sobre muchas ramas de la industria, generara una ola de “revoluciones de valor”, de destrucción y renovación de capital, con el ascenso de nuevas ramas industriales y el declive de viejas industrias, esto es, una gran transformación real del capitalismo. Hasta ahora ésta tan sólo se ha suplicado elocuentemente, pero, en las estadísticas relevantes sobre producción y productividad, no aparece.
Por ello, Marx se habría preguntado cómo emplean su capital las empresas de alta tecnología actualmente líderes que dependen totalmente de tecnología digital. ¿Qué producen, qué venden los “cuatro grandes de Silicon Valley”? ¿Cómo y con qué obtienen dinero y ganancias? En primer lugar, bloqueando el acceso general a Internet o a plataformas especiales, abiertas a cambio de una cuota para usuarios de pago, un negocio que tiene poco que ver con técnica digital, y mucho con poder político y acceso de facto a bienes semipúblicos (en parte, también comunes), esto es, con una privatización de la infraestructura digital políticamente autorizada y buscada. En segundo lugar, recopilando datos y revendiéndolos y haciendo propaganda de ellos (un producto informativo híbrido, que combina servicio con representaciones físicas). Entonces pueden, como Facebook y Google, renunciar al cobro de tarifas para el acceso a sus plataformas. Sus clientes, habitualmente otras empresas capitalistas de todas las ramas posibles, compran un sitio en la plataforma y pagan por él una parte (anticipada) del beneficio extra que obtienen gracias a su acción publicitaria. El valor añadido real es sólo marginal, en algunas agencias de publicidad, que, efectivamente, prestan un servicio o bien crean un producto.
Finalmente, Marx se habría interesado por las consecuencias de la digitalización en la propia producción de viejos bienes materiales. Ya vio las consecuencias para los trabajadores industriales de los primeros comienzos del sistema fabril, vio la racionalización y perfeccionamiento de los procesos productivos, acompañados de vigilancia y controles intensivos. Vio la compresión del trabajo, el alargamiento de la jornada, el aumento de su intensidad, la presión creciente y la ascendente inseguridad para los trabajadores industriales. En el volumen primero de El capital, Marx fue uno de los primeros economistas del siglo xix que vio la posibilidad, incluso la inevitabilidad, del paro tecnológico masivo. Argumentó largo y tendido contra los defensores de la denominada teoría de la compensación, esto es, la temprana tesis de que por cada trabajo que desapareciera gracias a los avances tecnológicos, surgiría otro, o más, en otra industria, quizás totalmente nueva y, al final, todo se equilibraría maravillosamente. Marx tenía otra visión. Consideraba posible e inevitable el paro tecnológico masivo, la desaparición de profesiones y categorías laborales enteras en el capitalismo de alta tecnología y, por ello, habría comprendido totalmente nuestras preocupaciones actuales.
Notas:
(1) Estos estudios están documentados en incontables libretas y cuadernos de trabajo que Marx dejó tras de sí. Hasta ahora tan sólo se ha publicado una parte de dichos libros y anotaciones, en la medida en que se han conservado, en los volúmenes de la sección cuarta de la segunda MEGA (obras completas de Marx y Engels).
(2) En la “Introducción”, rápidamente desechada, del verano de 1857 a sus manuscritos económicos de 1857-1858 (en Karl Marx, Friedrich Engels, “Ökonomische Manuskripte 1857/1868”, Werke, Berlín, vol. 42, 1983, p. 21).
(3) Este fragmento, de menos de quince páginas impresas, es importante, p. ej., para el periodista británico Paul Mason, que, por lo demás, no necesita mucho al Marx viejo (véase Paul Mason, Postkapitalismus. Grundrisse einer kommenden Ökonomie, Fráncfort, 2016).
(4) Véase Karl Marx, “Ökonomische Manuskripte 1857/1858”, en Karl Marx, Friedrich Engels, Werke, vol. 42, Berlín, 1983, pp. 601, 602. Por cierto, el desarrollo del sistema fabril hasta la fábrica automática también se encuentra en el volumen primero de El capital.
(5) Tras ello se encuentra el deseo de demostrar teóricamente, con citas de Marx, el inevitable final del capitalismo. Lo que Marx describe en el fragmento, como experimento intelectual, es un futuro altamente tecnologizado del capitalismo, que no se puede aprehender, tan ligeramente, con los conceptos facilones de valor. Ciertamente no, si se soslayan los problemas irresueltos de la teoría marxiana, como es mala costumbre entre filósofos y adeptos a las más nuevas lecturas de Marx.
(6) Para poder convertir la información en mercancía, hay que trabajarla. Quien tenga que comprar una información, debe saber qué valor tiene, pero el vendedor no le puede revelar su contenido, es decir, su valor de uso, antes de haberla vendido y de que ésta haya sido totalmente pagada. De ahí que se den originales formas intermedias de venta, esto es, de abandono parcial de los derechos de uso con el tiempo.
(7) Sobre esto, véase Rainer Fischbach, Die schöne Utopie. Paul Mason, der Postkapitalismus und der Traum vom grenzenlosen Überfluss, Colonia, 2017.
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Miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, profesor de economía política en la Universidad de Lancaster, es uno de los grandes conocedores vivos de la obra de Marx. Acaba de publicar el libro "Kritik der politischen Ökonomie heute. Zeitgenosse Marx" [Crítica de la economía política hoy. Marx contemporáneo] (VSA Verlag 2017).
Fuente:
Spw. Zeitschrift für sozialistische Politik und Wirtschaft, 224, 2018Traducción:Daniel Escribano
Temática: Capitalismo contemporáneo, Marxismo
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2. “La emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos”. Entrevista
Karl Marx nació el 5 de mayo de 1818 en Tréveris, entonces parte de la Prusia renana. El autor de El Capital, publicado en 1867, nos legó una obra diversa, compleja e inacabada que ha permitido a la izquierda y al movimiento obrero no solo pensar el capitalismo sino dar consistencia programática a sus luchas por un mundo más justo, sin opresión ni explotación. Para celebrar su 200 cumpleaños el periodista económico francés Romaric Godin le entrevista en profundidad.
¿Considera usted que los mecanismos esenciales del capitalismo, son los mismos después de dos siglos?
Karl Marx: La riqueza de las sociedades en las que reina el modo de producción capitalista aparece como una inmensa acumulación de mercancías. Una mercancía a primera vista parece algo trivial y de comprensión inmediata. Nuestro análisis mostró en cambio, que es una cosa muy compleja.
El capitalismo financiero actual está dominado, más que nunca, por el rendimiento, por el deseo de dinero. ¿Le sorprende?
El dinero en cuanto medio y poder universal (exterior, no derivado del hombre en cuanto hombre ni de la sociedad humana en cuanto sociedad) para hacer de la representación realidad y de la realidad una pura representación, transforma igualmente las reales fuerzas esenciales humanas y naturales en puras representaciones abstractas y por ello en imperfecciones, en dolorosas quimeras, así como, por otra parte, transforma las imperfecciones y quimeras reales, las fuerzas esenciales realmente impotentes, que sólo existen en la imaginación del individuo, en fuerzas esenciales reales y poder real. Según esta determinación, es el dinero la inversión universal de las individualidades, que transforma en su contrario, y a cuyas propiedades agrega propiedades contradictorias.
El dinero aparece, pues, como poder desintegrador para el individuo y los vínculos sociales que se dicen esenciales. Transforma la fidelidad en infidelidad, el amor en odio, el odio en amor, la virtud en vicio, el vicio en virtud, el siervo en señor, el señor en siervo, la estupidez en entendimiento, el entendimiento en estupidez.
Como el dinero, en cuanto concepto existente y activo del valor, confunde y cambia todas las cosas, es la confusión y el trueque universal de todo, es decir, el mundo invertido, la confusión y el cambio de todas las cualidades naturales y humanas. Aunque sea cobarde, es valiente quien puede comprar la valentía. Como el dinero no se cambia por una cualidad determinada, ni por una cosa o una fuerza esencial humana determinadas, sino por la totalidad del mundo objetivo natural y humano, desde el punto de vista de su poseedor puede cambiar cualquier propiedad por cualquier otra propiedad y cualquier otro objeto, incluso los contradictorios. Es la fraternización de las imposibilidades; obliga a besarse a aquello que se contradice.
Desde el colapso de los regímenes del bloque del Este, el marxismo ha sido juzgado, sin embargo, muy negativamente por el mundo intelectual. ¿Qué opina?
Todo lo que sé es que yo no soy marxista.
Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de ajustarse a la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de las premisas actualmente existentes.
Uno de los grandes debates del momento tiene que ver con el libre comercio. Muchos economistas creen que la globalización ha tenido en gran medida efectos positivos y los principales dirigentes europeos se oponen al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en este punto. Emmanuel Macron, el presidente francés, se lo ha recordado recientemente se lo ha recordado a su homólogo de Estados Unidos, a pesar de su cordial visita a Washington. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?
No se deje engañar por la palabra abstracta ‘libertad’. ¿Libertad de quién? No es la libertad de cada individuo con relación a otro individuo. Es la libertad del capital para machacar al trabajador.
¿Cómo puede ser?
Toda esta argumentación se reduce a lo siguiente: El libre cambio aumenta las fuerzas productivas. Si la industria crece, si la riqueza, si la capacidad productiva, en una palabra, si el capital productivo aumenta la demanda de trabajo, aumenta igualmente el precio del trabajo y, por consiguiente, el salario. La mejor condición para el obrero es el crecimiento del capital. Hay que convenir en ello. Si el capital permanece estacionario, la industria no sólo permanecerá estacionaria, sino que declinará, y el obrero será en ese caso la primera víctima. El obrero sucumbirá antes que el capitalista. Y en el caso en que el capital vaya creciendo, en ese estado de cosas que hemos calificado como el mejor para el obrero, ¿cuál será su suerte? Sucumbirá igualmente. El crecimiento del capital productivo implica la acumulación y la conservación de capitales. La centralización de capitales conduce a una mayor división del trabajo y a un mayor empleo de las máquinas. Una mayor división del trabajo reduce a la nada la especialidad del trabajador y, colocando en lugar de esta especialidad un trabajo que todo el mundo puede hacer, aumenta la competencia entre los obreros.
¿Sería entonces usted favorable al proteccionismo que vuelve a estar de moda?
No crea que al criticar la libertad comercial tengamos el propósito de defender el sistema proteccionista. Se puede ser enemigo del régimen constitucional sin ser partidario del viejo régimen. Por lo demás, el sistema proteccionista no es sino un medio de establecer en un país la gran industria, es decir, de hacerle depender del mercado mundial; pero desde el momento en que depende del mercado mundial, depende ya más o menos del libre cambio. Además, el sistema proteccionista contribuye a desarrollar la libre concurrencia en el interior de un país.
Pero entonces, ¿qué opina sobre la actual globalización del comercio?
Al igual que la clase burguesa de un país fraterniza y se une contra los proletarios de su país, a pesar de la competencia y la rivalidad entre los miembros individuales de la burguesía, así, los burgueses de todos los países fraternizan y se unen contra los proletarios de todos los países, a pesar de sus conflictos mutuos y su competencia en el mercado mundial.
En Francia, un país que conoce bien y sobre el que ha escrito extensamente, el presidente de la República Emmanuel Macron tiene la intención de llevar a cabo una política de liberalización económica en el nombre del "sentido común". Más competencia, ¿es esa la razón?
Decir que algunas ramas de la producción no se han desarrollado aún hasta llegar a la competencia, y que otras no han alcanzado todavía el nivel de la producción burguesa, es pura palabrería que no prueba en lo más mínimo la inevitabilidad de la competencia.
Se trata más bien de presentar la producción como regida por leyes eternas de la naturaleza, independientes de la historia, ocasión esta que sirve para introducir subrepticiamente las relaciones burguesas como leyes naturales inmutables de la sociedad concebida en abstracto. Esta es la finalidad más o menos consciente de todo este procedimiento.
Con el proyecto de ley PACTE, el gobierno francés tiene la intención de promover la participación de los empleados en los beneficios de las empresas para aliviar las tensiones sociales. Esto nos lleva a la idea, ya defendida en la reforma del mercado laboral, de que el diálogo social es mejor a nivel de empresa y que es necesario despolitizar, de alguna manera, este diálogo. ¿Qué le parece esta visión?
La condición de la emancipación de la clase obrera es la abolición de todas las clases, del mismo modo que la condición de la emancipación del tercer estado, del orden burgués, fue la abolición de todos los estados y de todos los órdenes.
En el transcurso de su desarrollo, la clase obrera sustituirá la antigua sociedad civil por una asociación que excluya a las clases y su antagonismo; y no existirá ya un poder político propiamente dicho, pues el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo de clase dentro de la sociedad civil.
Mientras tanto, el antagonismo entre el proletariado y la burguesía es la lucha de una clase contra otra clase, lucha que, llevada a su más alta expresión, implica una revolución total. Por cierto, ¿puede causar extrañeza que una sociedad basada en la oposición de las clases llegue, como ultimo desenlace, a la contradicción brutal, a un choque cuerpo a cuerpo?
No diga que el movimiento social excluye el movimiento político. No hay jamás movimiento político que, al mismo tiempo, no sea social. Sólo en un orden de cosas en el que ya no existan clases y antagonismo de clases, las evoluciones sociales dejaran de ser revoluciones políticas.
Sin embargo, el gobierno quiere que el "trabajo pague" y "poner a Francia a trabajar". ¿No son buenos objetivos?
El trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo.
Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a si mismo, sino a otro. Así como en la religión la actividad propia de la fantasía humana, de la mente y del corazón humanos, actúa sobre el individuo independientemente de él, es decir, como una actividad extraña, divina o diabólica, así también la actividad del trabajador no es su propia actividad. Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo.
Francia ha suprimido el impuesto sobre el patrimonio y reducido la tributación de los rendimientos de capital. El objetivo del gobierno es apoyar la producción. ¿Es usted de la misma opinión?
Se olvida que despilfarro y ahorro, lujo y abstinencia, riqueza y pobreza son iguales la voluntad del capitalista consiste en embolsarse lo más que pueda. Y lo que hay que hacer no es discurrir acerca de lo que quiere, sino investigar su poder, los límites de este poder y el carácter de estos límites.
Así, pues, a medida que crece el capital productivo, la competencia entre los obreros aumenta en una proporción mucho mayor. La remuneración del trabajo disminuye para todos, y el peso del trabajo aumenta para algunos.
Con la masa de objetos crece, pues, el reino de los seres ajenos a los que el hombre está sometido y cada nuevo producto es una nueva potencia del reciproco engaño y la reciproca explotación. El hombre, en cuanto hombre, se hace más pobre, necesita más del dinero para adueñarse del ser enemigo, y el poder de su dinero disminuye en relación inversa a la masa de la producción, es decir; su menesterosidad crece cuando el poder del dinero aumenta. La necesidad de dinero es así la verdadera necesidad producida por la Economía Política y la única necesidad que ella produce. La cantidad de dinero es cada vez más su única propiedad importante. Así como él reduce todo ser a su abstracción, así se reduce él en su propio movimiento a ser cuantitativo. La desmesura y el exceso es su verdadera medida.
¿Usted no cree entonces en ninguna "goteo" o en el efecto beneficioso de las "reformas"?
La tendencia general de la producción capitalista no es a elevar el salario normal promedio, sino a bajarlo.
Eso explicaría la evolución actual de aumento de la desigualdad ... ¿Deberían centrarse en este tema las políticas de la oposición?
Como dice mi camarada Engels, la concepción de la sociedad socialista como el reino de igualdad, es una idea unilateral francesa, apoyada en el viejo lema de «libertad, igualdad, fraternidad»; una concepción que tuvo su razón de ser como fase de desarrollo en su tiempo y en su lugar, pero que hoy debe ser superada, al igual que todo lo que hay de unilateral en las escuelas socialistas anteriores, ya que sólo origina confusiones, y porque además se han descubierto fórmulas más precisas para presentar el problema.
En vez de la vaga frase redundante: "la supresión de toda desigualdad social y política", lo que debiera decirse es que con la abolición de las diferencias de clase, desaparecen por si mismas las desigualdades sociales y políticas que de ellas emanan.
¿Cuál es su opinión sobre la socialdemocracia, ahora en profunda crisis en todas partes?
El carácter peculiar de la socialdemocracia consiste en exigir instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antítesis y convertirla en armonía. Por mucho que difieran las medidas propuestas para alcanzar este fin, por mucho que se adorne con concepciones más o menos revolucionarias,
el contenido es siempre el mismo. Este contenido es la transformación de la sociedad por vía democrática, pero una transformación dentro del marco de la pequeña burguesía. No vaya nadie a formarse la idea limitada de que la pequeña burguesía quiere imponer, por principio, un interés egoísta de clase. Ella cree, por el contrario, que las condiciones especiales de su emancipación son las condiciones generales fuera de las cuales no puede ser salvada la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases.
¿Es necesario, por tanto, propiciar una “convergencia de las luchas” o esperar que los distintos descontentos sociales se encuentren?
La emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos. Todos los esfuerzos dirigidos a este gran fin han fracasado hasta ahora por falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes ramas del trabajo en cada país y de una unión fraternal entre las clases obreras de los diversos países.
Los sindicatos actúan útilmente como centros de resistencia contra las usurpaciones del capital. Fracasan, en algunos casos, por usar poco inteligentemente su fuerza. Pero, en general, fracasan por limitarse a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en vez de esforzarse, al mismo tiempo, por cambiarlo, en vez de emplear sus fuerzas organizadas como palanca para la emancipación final de la clase obrera; es decir, para la abolición definitiva del sistema del trabajo asalariado.
El presidente Emmanuel Macron, en una entrevista reciente, ha afirmado ser "la emanación del gusto de los franceses por lo novelesco" y "el instrumento de algo que va más allá de si mismo". ¿Usted lo ve así?
En la vida corriente cualquier tendero sabe distinguir muy bien entre lo que alguien pretende ser y lo que de veras es. Pero nuestros historiadores no han alcanzado aún ese trivial conocimiento. En cada época creen a pies juntillas lo que esta dice de si misma y lo que se imagina ser.
¿Es decir?
Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación.
Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión, y, por tanto, entre otras cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean; por ello mismo, las ideas dominantes de la época.
Si los que están en las cimas del Estado tocan el violín, ¿qué cosa más natural sino que los que están abajo bailen?
¿No le ha convencido el primer año de mandato del presidente francés?
Quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar nada a una sin quitárselo a la otra. Quisiera robar Francia entera para regalársela a Francia. Empujado por las exigencias contradictorias de su situación, obligado como un prestidigitador a sacar un conejo tras otro de su chistera para mantener fijos los ojos del público, pone toda la economía burguesa al revés, crea la anarquía en nombre del orden.
Su opinión sobre Francia hoy es por lo tanto crítica…
Si alguna vez un período histórico fue gris, es este: el genio colectivo oficial de Francia ultrajado por la estupidez ladina de un solo individuo; la voluntad colectiva de la nación, cuantas veces habla en el sufragio universal, busca su expresión adecuada en los enemigos empedernidos de los intereses de las masas, hasta que, por último, la encuentra en la voluntad obstinada de un filibustero.
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Karl Marx
(1818-1883), filósofo, economista y dirigente de la Asociación Internacional de Trabajadores. Esta entrevista ficticia consiste en extractos de las obras de Karl Marx, a veces ligeramente redactados para facilitar la lectura. Las citas son de traducciones al castellano de La ideología alemana, La filosofía de la miseria, los Manuscritos de 1844, Discurso sobre el Partido Cartista, Alemania y Polonia, Discurso sobre el libre comercio, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Crítica de la economía política, Precio, salarios y ganancias, El Capital, las Glosas sobre el programa de Gotha y Erfurt, los Estatutos de la Internacional y la Correspondencia. La cita "Todo lo que sé es que yo no soy marxista" es de Engels, en carta a Bebel, recordando una conversación con Karl Marx.
Romaric Godin, reconocido periodista económico, colaborador de Mediapart. Edición castellana de Enrique García para SP.
Fuente:
https://www.mediapart.fr/tools/print/745520
Fuente final: http://www.sinpermiso.info/textos/capital-digital-marx-y-el-futuro-digital-del-capitalismo
http://www.sinpermiso.info/textos/la-emancipacion-de-la-clase-obrera-debe-ser-obra-de-los-obreros-mismos-entrevista
