El plan esta anunciado: convertir a todos nuestro países en protectorados de EE.UU.
¿Qué nos sigue moviendo en las izquierdas? ¿Cuál es el sentido de seguir peleando contra lo que parece un derrota inevitable?
No hay más arma que la organización, la memoria y la certeza de que otro mundo es posible
Editorial
diario-red.com/24/06/26 |22:48
El tablero político en América Latina está cambiando de rumbo de forma acelerada. La agenda de guerra y muerte que pretende imponer Estados Unidos avanza por todos los frentes y con mecanismos de dominación cada vez más sofisticados y diversos. La injerencia, ya no como sospecha, sino como certeza, se respira a pleno pulmón.
Trump y su "Escudo de América" con los mandatarios alineados a Washington Foto @WhiteHouse
Los votos no son suficientes ante las amenazas y el uso de tecnologías de Inteligencia Artificial para inducir el odio y dispersar el caos con mentiras abiertas y desinformación. Las movilizaciones no son suficientes frente a los niveles de cinismo e inmoralidad con los que actúa esta nueva élite política que se presenta como outsider de la desgastada política pero que representa los intereses de las oligarquías más rancias, y que promueven una extraña mezcla de esclavismo conservador neoliberal.
¿Qué nos sigue moviendo en las izquierdas? ¿Cuál es el sentido de seguir peleando contra lo que parece un derrota inevitable?
Llevamos tiempo analizando cada uno de los pasos de Donald Trump y de cada uno de los movimientos de sus peones en la región. Armamos rompecabezas que nos permiten entender que no, a diferencia de lo que muchos puedan creer, el avance de estas propuestas no es solo culpa de los gobiernos de izquierda, socialistas o progresistas, o de los movimientos populares con sus errores, contradicciones y límites. La autocrítica es necesaria, por supuesto. Pero a la luz de los resultados electorales de Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, Honduras, Costa Rica, Perú y ahora Colombia, no puede entenderse lo que está pasando solo a partir de que no se hizo lo suficiente en el gobierno o que no se tuvo la mejor campaña.
No, cuando los gobiernos de izquierda han dado resultados excepcionales para mejorar las condiciones de vida de la población. No, cuando los candidatos han conseguido las mayores votaciones de la historia para la izquierda, como ahora ocurrió con los 12.7 millones de votos en Colombia para la fórmula de Iván Cepeda y Aída Quilcué.
La autocrítica es necesaria, por supuesto. Pero a la luz de los resultados electorales de Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, Honduras, Costa Rica, Perú y ahora Colombia, no puede entenderse lo que está pasando solo a partir de que no se hizo lo suficiente en el gobierno o que no se tuvo la mejor campaña.
Estamos ante un entramado que ya no alberga únicamente a gobiernos y élites locales empeñadas en mantener sus vetustos feudos. Hoy, la batalla política contra el imperio es contra Estados Unidos pero es también contra los grandes capitales, contra los milmillonarios y ahora billonarios del mundo, contra las empresas de inteligencia artificial que moldean conciencias, contra la precariedad laboral que nos vuelve desechables, contra el individualismo que rompe tejidos comunitarios, contra el discurso del miedo y del terror, y contra ese vecino incómodo que no nos deja vivir en paz.
La injerencia no es un rumor. Es un método. Y tiene nombre y apellido. En Colombia, Donald Trump intervino abiertamente en el proceso electoral. Abelardo de la Espriella no solo representa al uribismo criminal de la derecha colombiana. Es la nueva pieza del Escudo de la Américas de Donald Trump y así va a funcionar.
La compra masiva de votos en las elecciones de Colombia, la manipulación en Perú, las amenazas a México, las bases militares en Honduras, la represión en Bolivia y Chile, la precariedad en Argentina, el secuestro en Venezuela y la política criminal del bloqueo en Cuba, son reflejos ante un mismo espejo: la injerencia de Estados Unidos, que quiere borrar de nuestra memoria que hemos sido pueblos soberanos, que pudimos elegir, que pudimos dejar de tener miedo, que pudimos pensar en un futuro común.
Si ya lo sabemos, la pregunta es ¿qué vamos a hacer? Si algo consiguieron los liderazgos tan temidos y criminalizados por las derechas -el chavismo, el kirshnerismo, el evismo, el correísmo, el obradorismo- es cambiar las conciencias de millones de personas.
La compra masiva de votos en las elecciones de Colombia, la manipulación en Perú, las amenazas a México, las bases militares en Honduras, la represión en Bolivia y Chile, la precariedad en Argentina, el secuestro en Venezuela y la política criminal del bloqueo en Cuba, son reflejos ante un mismo espejo: la injerencia de Estados Unidos
Pero ya no es suficiente la conciencia. Porque como nos dice Epigmenio Ibarra, la peste de la vileza reconoce América Latina. Y avanza rápido. El plan esta anunciado: convertir a todos nuestro países en protectorados de EE.UU.
Y frente a ese método, el método Trump al que apela nuestra compañera Laura Arroyo, no hay más arma que la organización, la memoria y la certeza de que otro mundo es posible.
Si algo nos deja la lucha de Bolívar es que la derrota solo es posible cuando los pueblos se convencen de que están derrotados. La victoria de los oprimidos, en cambio, solo llega con la convicción de los necios.
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