La neutralidad del mercado es un cuento de hadas útil para quienes ya están en el poder
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José Gagliano
lafionada.org/6 de julio de 2026

Del extractivismo económico a la soberanía selectiva
El discurso de Scott Bessent marca el paso de una globalización presentada como un espacio neutral a una globalización administrada como un campo de batalla. A la luz de la escuela francesa de guerra económica, no nos encontramos ante una simple corrección proteccionista, sino ante la formalización de una doctrina de poder: la economía se convierte en un instrumento de soberanía, presión, influencia y dominación.
Durante décadas, Estados Unidos impulsó un modelo de extractivismo económico global. Promovió la liberalización del mercado, la movilidad del capital, la deslocalización industrial y la subordinación de las economías periféricas o aliadas a cadenas de valor controladas por corporaciones, finanzas y tecnología estadounidenses. El valor se extraía de territorios productivos, trabajadores, recursos naturales, datos, infraestructura digital, patentes y sistemas de pago.
Ahora Washington parece reconocer que esta actividad extractiva, útil para enriquecer a las finanzas y a las grandes empresas, ha debilitado la base material del poder nacional: la industria, las cadenas de suministro, la mano de obra cualificada y la autonomía tecnológica. Aquí radica el punto de inflexión: no en el rechazo de la actividad extractiva, sino en su reorganización a nivel nacional. Estados Unidos no quiere escapar de la globalización; quiere controlar sus elementos clave.
Inteligencia económica: saber de antemano para actuar con mayor eficacia
En la Escuela de Guerra Económica de París, la inteligencia económica no se limita a la recopilación de información. Se trata de la capacidad de identificar vulnerabilidades, dependencias, cadenas de suministro, sectores críticos, centros financieros, tecnologías sensibles, competidores estratégicos y puntos de influencia.
El argumento de Bessent sigue precisamente esta lógica. Al identificar los semiconductores, la inteligencia artificial, la computación cuántica, los minerales críticos y los productos farmacéuticos como sectores prioritarios, no solo está formulando políticas industriales, sino que está trazando un mapa de poder. Está estableciendo qué sectores deben protegerse, qué cadenas de suministro deben controlarse, qué dependencias deben reducirse y qué competidores deben ser neutralizados.
La inteligencia económica sirve para transformar la información en decisiones estratégicas. Saber dónde es frágil una cadena de suministro significa saber dónde intervenir. Saber qué empresas dominan una tecnología significa saber cuáles proteger, financiar o utilizar como palanca geopolítica. Saber qué países dependen del dólar, los sistemas de pago, las patentes o las plataformas estadounidenses significa saber el punto exacto en el que ejercer presión.
Desde esta perspectiva, la Doctrina Bessent no es un discurso económico. Es un documento de inteligencia estratégica divulgado públicamente.
Guerra económica: El mercado como escenario de conflicto
La escuela francesa de guerra económica subraya un punto clave: la competencia económica nunca es puramente comercial. Es un conflicto entre poderes, empresas, estados, normas, sistemas jurídicos, plataformas de información y modelos de soberanía.
La reciprocidad condicional a la que alude Bessent es una herramienta típica de la guerra económica. Estados Unidos les dice a otros países: pueden regular sus mercados, pero nosotros decidiremos cuándo su regulación se vuelve discriminatoria contra nuestras empresas. Es aquí donde la norma se convierte en un arma. La ley, los impuestos, la protección de datos, las normas de competencia, los estándares tecnológicos y las políticas industriales se transforman en instrumentos de presión.
Europa es el objetivo más vulnerable de esta lógica. Posee un gran mercado, pero carece de un poder político equivalente. Genera normas, pero a menudo le faltan las herramientas coercitivas para hacerlas cumplir. Habla de soberanía digital, pero depende de plataformas externas, computación en la nube, sistemas operativos, semiconductores, capital e infraestructura financiera.
Washington lo sabe. Y precisamente porque lo sabe, puede usar el lenguaje de la reciprocidad como herramienta de negociación. Esto no se trata de libre comercio. Se trata de una lucha de poder.
El dólar como arma geoeconómica
El cuarto principio del discurso, el del liderazgo financiero, es el más cercano al núcleo de la guerra económica estadounidense. El dólar no es solo una moneda; es una infraestructura de control. Pagos, reservas, deuda, sanciones, acceso a mercados, seguros, inversiones y transacciones energéticas se realizan a través del dólar.
Cuando Estados Unidos sanciona a un país, no solo recurre a la ley, sino que también utiliza la posición central de su sistema financiero. Quien controla la moneda de referencia mundial también controla parte de la libertad de acción de los demás.
Aquí, la guerra económica se torna casi militar. Las sanciones no destruyen puentes, pero pueden paralizar bancos. No bombardean industrias, pero pueden obstaculizar su financiación. No ocupan territorios, pero pueden obligar a gobiernos y empresas a cambiar su comportamiento.
El límite de esta estrategia es evidente: cuanto más militarizado esté el dólar, más buscarán alternativas los demás actores. China, Rusia, India, los países del Golfo y algunas partes del Sur Global no pueden reemplazar rápidamente el dólar, pero sí pueden reducir gradualmente su exposición. Se trata de una lenta guerra de desgaste contra el privilegio monetario estadounidense.
La batalla de los estándares y el conocimiento
La sección sobre tecnologías emergentes, herramientas digitales y tokenización ilustra otro concepto central de la Escuela de París: la guerra económica es también una guerra normativa y cognitiva.
Quienes elaboran los estándares controlan el mercado futuro. Quienes establecen las reglas para la inteligencia artificial, las monedas digitales, la ciberseguridad, los datos sanitarios, la certificación industrial y la infraestructura digital no solo regulan un sector: deciden quién puede entrar, quién se queda fuera, quién paga el coste de la adaptación y quién disfruta de una ventaja inicial.
Estados Unidos pretende dictar las reglas de la economía del futuro desde una posición de fortaleza. Europa, en cambio, corre el riesgo de limitarse a regular tecnologías producidas en otros lugares. Esta es la diferencia entre el poder normativo y el poder real. El primero establece principios; el segundo controla la infraestructura, el capital, las plataformas, las patentes, las redes y la capacidad coercitiva.
El nuevo proteccionismo imperial
La Doctrina Bessent no es aislacionismo. Es proteccionismo imperial. Estados Unidos protege su núcleo, pero sigue exigiendo apertura a los demás. Exige resiliencia nacional, pero quiere mantener su primacía global. Habla de los trabajadores estadounidenses, pero también defiende el dominio de las grandes corporaciones tecnológicas y financieras estadounidenses.
Este es el punto crucial: la soberanía económica estadounidense no coincide con la de otros países. Washington reclama el derecho a utilizar la industria, la moneda, la tecnología, las regulaciones y las sanciones como instrumentos de poder. Pero cuando otros países intentan hacer lo mismo, se les acusa de proteccionismo, hostilidad o competencia desleal.
A la luz de la Escuela de Guerra Económica de París, el discurso de Bessent revela una verdad crucial: Estados Unidos no está abandonando el orden económico mundial, sino que busca restablecerlo sobre una base más explícitamente jerárquica.
La lección para Europa y para Italia
Para Europa e Italia, el mensaje es contundente. La competencia económica ya no es una cuestión de eficiencia, sino de supervivencia estratégica. Depender de otros para obtener energía, tecnología, datos, pagos, materias primas, medicamentos y plataformas implica ceder fragmentos de soberanía.
Italia, en particular, aún posee industria, capacidad manufacturera, experiencia y capacidad exportadora. Pero sin una verdadera inteligencia económica nacional, corre el riesgo de no reconocer a tiempo las amenazas: adquisiciones extranjeras en sectores estratégicos, dependencia tecnológica, vulnerabilidad de la cadena de suministro, pérdida de patentes, subordinación financiera, fuga de talento y colonización digital.
La escuela de la guerra económica enseña que producir no es suficiente. Debemos proteger, anticiparnos, influir, desinformar menos y estar mejor informados, construir redes y defender los intereses nacionales sin ingenuidad. La neutralidad del mercado es un cuento de hadas útil para quienes ya están en el poder.
El discurso de Bessent tiene, al menos, el mérito de desenmascarar la realidad: la economía se ha convertido, una vez más, en uno de los principales instrumentos de poder. Estados Unidos lo proclama. China lo practica. Rusia lo tolera y lo utiliza. Europa a menudo sigue debatiéndolo como si fuera un seminario universitario. Pero en la guerra económica, quienes llegan tarde no solo pierden cuota de mercado, sino también soberanía.
Giuseppe Gagliano
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