La teoría del hombre loco no ha fracasado; ha evolucionado, y el escenario en el que opera ya no es el Consejo de Seguridad de la ONU, sino la terminal de Bloomberg en todas las salas de operaciones del mundo
Imagen: unamglobal.unam.mx/
Lorenzo María Pacini
strategic-culture.su/29 de abril de 2026
La teoría del loco
En los últimos años, los operadores de todo el mundo han aprendido a reconocer un patrón: una declaración nocturna del presidente estadounidense, la apertura a la baja de los mercados asiáticos y la inestabilidad de las materias primas energéticas incluso antes del amanecer en Londres. El epicentro es casi siempre el mismo: el estrecho de Ormuz y la constante tensión con la República Islámica de Irán.
No se trata de incidentes aislados ni de reacciones improvisadas ante crisis reales. Son —como analizaremos en este texto— algo estructuralmente más sofisticado: la transformación de la amenaza geopolítica en un instrumento de volatilidad financiera programada. Un arma silenciosa, difícil de probar, imposible de demandar, pero devastadora por sus efectos redistributivos sobre el capital global.
Para comprender este mecanismo, debemos partir de lejos: del nacimiento de una doctrina estratégica desarrollada en los pasillos del Departamento de Estado de Estados Unidos en la década de 1970, la llamada Teoría del Hombre Loco.
La teoría del loco no surgió con Donald Trump. Su origen se remonta a Henry Kissinger y Thomas Schelling, dos de los estrategas más influyentes de la Guerra Fría. La idea subyacente es simple en su brutalidad: convencer al enemigo de que el líder estadounidense está lo suficientemente loco como para tomar medidas irracionales, incluido el uso de armas nucleares, para obtener concesiones diplomáticas o militares.
«El valor de la doctrina del loco reside en su imprevisibilidad. Si el adversario cree que eres capaz de cualquier cosa, será más cauteloso a la hora de provocarte», escribió Thomas Schelling en *La estrategia del conflicto* (1960).
Richard Nixon intentó aplicarla durante la guerra de Vietnam, tratando de convencer a los soviéticos —y a través de ellos, a Vietnam del Norte— de que estaba preparado para una escalada nuclear. La operación, conocida como Operación Duck Hook, fue un rotundo fracaso: nadie la creyó realmente, y quienes sí lo hicieron no tuvieron el suficiente miedo como para cambiar su comportamiento.
El problema estructural de la Teoría del Loco, tal como la aplicó Nixon, era doble. Por un lado, la credibilidad del líder: sus adversarios lo veían como un político pragmático, no como una figura verdaderamente impredecible. Por otro lado, la cadena de mando estadounidense, con sus controles y equilibrios institucionales, dificultaba que alguien creyera en una escalada unilateral. La doctrina se quedó solo en el papel.
Cincuenta años después, algo ha cambiado radicalmente. Y no se trata solo del carácter del presidente.
Locura industrializada
Con Donald Trump —durante su primera presidencia y, aún más evidentemente, en la segunda— la Teoría del Hombre Loco experimenta una transformación cualitativa. Ya no se limita a su aplicación: se industrializa. Deja de ser una táctica empleada ocasionalmente en el gran juego diplomático: se convierte en el sistema operativo de la comunicación presidencial, con sus rutinas, sus ciclos y sus efectos predecibles.
La diferencia con Nixon es sustancial. Trump no solo tiene que convencer a gobiernos extranjeros: debe convencer —y lo logra con un éxito extraordinario— a los mercados financieros globales. Y los mercados, a diferencia de los gobiernos, reaccionan en milisegundos. No tienen tiempo para evaluar la credibilidad de una amenaza: reaccionan a la percepción del riesgo, no a su realidad.
Este es el núcleo de la transformación: Trump se ha dado cuenta —o sus asesores le han hecho comprender— de que el verdadero poder de la Teoría del Loco no reside en la disuasión militar, sino en la capacidad de generar volatilidad financiera a demanda.
El análisis de las principales crisis con Irán desde 2018 hasta la actualidad revela un patrón recurrente con una sorprendente coherencia:
FASE 1 — Desencadenante: Una publicación en Truth Social o X (antes Twitter) durante la noche en Estados Unidos, a menudo con un tono apocalíptico. Las palabras clave varían —«graves consecuencias», «máxima presión», «aniquilación total»—, pero la estructura retórica es idéntica.
FASE 2 — Escalada declarativa: En los días siguientes, declaraciones de funcionarios del gobierno que intensifican el mensaje. Movimientos navales estadounidenses en el Golfo Pérsico. Anunciamiento o amenaza de sanciones.
FASE 3 — Crisis energética: Los precios del petróleo suben. El Brent y el WTI experimentan aumentos significativos. Los mercados de seguros para las rutas que atraviesan el Estrecho de Ormuz incrementan las primas.
FASE 4 — Pánico en los mercados: Los futuros reaccionan. Los mercados bursátiles muestran volatilidad. El capital se desplaza hacia activos refugio: el dólar, el oro, los bonos del Tesoro estadounidense.
FASE 5 — Cambio repentino: Sin motivo aparente, las tensiones disminuyen. Trump tuitea sobre “grandes avances”, un funcionario iraní emite una declaración ambigua, o simplemente el silencio presidencial surte efecto. Los mercados se recuperan.
Esto no es caos; es un patrón muy claro, y los patrones en los mercados financieros valen miles de millones.
Para comprender por qué Irán es el escenario perfecto para esta estrategia, es fundamental entender la importancia geopolítica del estrecho de Ormuz. Este tramo de agua, de tan solo 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto, situado entre la península arábiga y territorio iraní, constituye el principal cuello de botella energético del planeta. Una enorme parte de la producción mundial de petróleo pasa por él. Cualquier interrupción, ya sea real o simplemente percibida como posible, tiene efectos inmediatos y globales en los precios de la energía. No es necesario que los petroleros sean atacados directamente: basta con que los mercados de seguros aumenten las primas o que un portaaviones estadounidense cambie de rumbo para desencadenar una reacción en cadena.
El estrecho de Ormuz es el interruptor que controla la economía global
La cadena causal es directa y brutalmente simple: tensión percibida en el estrecho → aumento de los precios del petróleo → aumento de los costos energéticos para la industria y los consumidores → presión inflacionaria → reacción de los bancos centrales → impacto en los mercados de acciones y bonos. Un solo mecanismo, accionado en el momento preciso, genera repercusiones en todo el sistema económico mundial.
Y esa palanca tiene un nombre: la retórica presidencial estadounidense sobre Irán.
La volatilidad como herramienta para la redistribución de la riqueza
Llegamos al punto más incómodo, porque la volatilidad no es neutral; al contrario, redistribuye la riqueza de forma masiva, rápida y, si se sabe cuándo va a ocurrir, extremadamente rentable. Cuando los precios del petróleo experimentan aumentos repentinos debido a tensiones geopolíticas percibidas, ciertas categorías de inversores se benefician desproporcionadamente: los titulares de contratos de futuros de petróleo a largo plazo, los fondos con posiciones en empresas energéticas, quienes compraron opciones de venta sobre índices bursátiles antes del impacto y quienes mantienen oro y bonos del Tesoro como cobertura. Por el contrario, los consumidores y las empresas que dependen de la energía importada, las economías emergentes con déficits comerciales energéticos, los fondos de pensiones expuestos a los mercados bursátiles y los inversores minoristas sin acceso a instrumentos de cobertura salen perjudicados.
No estamos afirmando —y es importante ser precisos— que Trump o su entorno coordinaran operaciones bursátiles basándose en sus declaraciones públicas; este es un tema que no abordaremos ahora, ya que constituiría uso de información privilegiada y requiere una atención específica. En cambio, señalamos algo más sutil y quizás aún más preocupante: que el sistema está estructurado de tal manera que quienes pueden interpretar el patrón —y el patrón, como hemos visto, es repetible y reconocible— pueden beneficiarse legalmente de él.
Esto plantea una cuestión sobre la arquitectura del poder financiero que va mucho más allá de las políticas individuales de Trump.
En el fondo de esta historia reside una paradoja: los medios de comunicación que se oponen con mayor vehemencia a Trump —aquellos que lo tildan de "impredecible", "fuera de control" y "peligroso"— son precisamente los que amplifican su estrategia con mayor eficacia.
Cada titular que grita «Trump podría atacar a Irán» o «El impredecible Trump asusta a los mercados» contribuye a reforzar la percepción de riesgo, y esa percepción de riesgo es precisamente lo que necesita la estrategia para funcionar. La mayoría de los llamados «medios alternativos» forman parte de este sistema narrativo, a menudo sin darse cuenta.
Esto no significa que los medios deban guardar silencio sobre las acciones presidenciales —obviamente no—, pero sí es un síntoma de que el sistema global de información está atrapado en una trampa estructural: informar sobre las amenazas de Trump aumenta la volatilidad; ignorarlas es inaceptable desde el punto de vista periodístico y democrático. No hay una solución sencilla.
La solución, si es que existe, reside en un cambio de enfoque: no en decir «Trump amenaza a Irán», sino en analizar el patrón documentado de cómo las declaraciones presidenciales influyen en los mercados. Toda estrategia de manipulación financiera tiene un límite intrínseco, que es la capacidad de resistencia del mercado, y cuando este aprende, el mecanismo pierde su eficacia. Esto es lo que está ocurriendo, al menos en parte, con la estrategia de Trump respecto a Irán.
Entre los operadores y analistas financieros, ha surgido un acrónimo que resume el creciente escepticismo del mercado: TACO, que significa «Trump siempre se acobarda». Trump siempre da marcha atrás. Tras repetirse el patrón varias veces —amenaza, escalada, retirada silenciosa—, los mercados comenzaron a anticipar la retirada, lo que redujo la magnitud de los picos y aceleró el retorno a la normalidad.
Este fenómeno tiene importantes implicaciones. Estratégicamente, significa que la amenaza debe evolucionar continuamente para mantener su credibilidad: volviéndose más extrema o acompañándose de acciones concretas que la hagan más real. Financieramente, significa que los ciclos de volatilidad se acortan y se desvanecen con el tiempo.
Pero existe otra implicación, quizás la más peligrosa: si el mercado ha aprendido a apostar por la retirada de Trump, ¿qué ocurrirá el día en que Trump, por cualquier motivo de política interna o exterior, decida no retirarse? El mercado se encontraría con que ha valorado erróneamente un acontecimiento geopolítico catastrófico, con consecuencias potencialmente sistémicas.
¿Guerra sin conquista territorial?
Nos enfrentamos a una profunda transformación en la lógica de los conflictos internacionales. Durante siglos, la guerra ha sido el instrumento para conquistar territorio, recursos o poder político; durante gran parte del siglo XX, también se convirtió en un instrumento de disuasión, donde la amenaza de conflicto servía como alternativa a su materialización. Con la financiarización de la economía global, ha surgido una tercera función, por la cual la guerra (o la amenaza de ella) sirve como instrumento para gestionar activamente la volatilidad financiera.
Por supuesto, este fenómeno no es exclusivo de Trump, pero él es su exponente más explícito y el menos limitado por la diplomacia tradicional. En él, la mezcla de intereses financieros personales, la comunicación sin filtros en las redes sociales y el acceso a herramientas de política exterior produce una combinación sin precedentes en la historia de Estados Unidos.
En este contexto, el conflicto con Irán se convierte simultáneamente en una palanca energética —capaz de influir en los precios del petróleo—, una palanca inflacionaria —con efectos sobre las expectativas de política monetaria— y una palanca financiera —capaz de alterar los flujos de capital globales—.
¿Qué significa todo esto para los gestores de activos, los bancos centrales, los fondos de pensiones y los inversores individuales?
En primer lugar, implica que el análisis de riesgos geopolíticos —una herramienta fundamental para los analistas financieros— debe integrarse con un nivel de análisis comunicativo y conductual que, hasta hace pocos años, habría parecido excesivo. Comprender los patrones de comunicación presidencial se ha convertido en un componente esencial de la gestión de riesgos y en un reto diario para los analistas. En segundo lugar, supone un desafío sistémico para los bancos centrales. Si las crisis energéticas son en parte artificiales —generadas por la dinámica de la comunicación en lugar de por una escasez real—, ¿cómo deberían reaccionar? Aumentar los tipos de interés en respuesta a la inflación energética provocada por un tuit presidencial conlleva el riesgo de causar daños reales a la economía real ante una perturbación virtual. En tercer lugar, surge la cuestión de la equidad sistémica. Quienes tienen acceso a modelos analíticos avanzados, información en tiempo real y sofisticadas herramientas de cobertura pueden sortear estos ciclos de volatilidad e incluso beneficiarse de ellos. Quienes carecen de dicho acceso —ciudadanos comunes, pequeñas empresas, economías emergentes— sufren sus efectos sin poder contrarrestarlos. La volatilidad, en este sentido, funciona como un impuesto regresivo sobre el capital.
Hacer la pregunta correcta
La pregunta que surge al final de este análisis es la más difícil: ¿existe una respuesta institucional al problema? ¿Cómo pueden las democracias, las instituciones financieras internacionales y los propios mercados defenderse de esta forma de manipulación —suponiendo que se trate de manipulación— que es legal, difícil de probar y estructuralmente vinculada al ejercicio del poder soberano?
Ya existen algunas respuestas parciales. Los reguladores del mercado —desde la SEC estadounidense hasta la Consob italiana y la ESMA europea— tienen facultades de investigación sobre movimientos anómalos del mercado que preceden a declaraciones políticas de gran impacto. En teoría, si surgieran pruebas de operaciones coordinadas basadas en información privilegiada vinculada a las comunicaciones presidenciales, existirían los instrumentos legales para intervenir. En la práctica, la distancia entre el poder ejecutivo y los mercados es tan grande que estas investigaciones resultan extraordinariamente complejas, e incluso imposibles.
Otra posible respuesta es estructural: reducir la dependencia global del estrecho de Ormuz mediante la diversificación energética. La transición a las energías renovables —acelerada por la crisis climática, pero también por la inestabilidad geopolítica en Oriente Medio— tiene el efecto positivo de disminuir la influencia de este recurso. Un mundo que dependa menos del petróleo del Golfo es un mundo donde la retórica sobre Irán tenga menos peso en los mercados energéticos.
Pero estas son soluciones estructurales a largo plazo. A corto plazo, la respuesta más eficaz sigue siendo la concienciación: comprender el mecanismo, documentarlo y analizarlo públicamente. Hacerlo visible —como intentamos hacer en este texto— es el primer paso para limitar sus efectos.
Durante años, la pregunta que ha dominado la agenda mediática y diplomática ha sido: "¿De verdad atacará Trump a Irán?". Esa es la pregunta equivocada. O mejor dicho: es la pregunta que el sistema quiere que nos hagamos, porque es la que amplifica el riesgo percibido y desencadena la volatilidad.
La pregunta correcta es otra: ¿cuánto valdrán su cartera de inversiones, su fondo de pensiones, su hipoteca de tasa variable y la factura de energía de su empresa la próxima vez que un presidente estadounidense publique un mensaje de tres líneas en las redes sociales a las tres de la mañana? Y la respuesta, si hemos entendido bien el mecanismo, es: valen exactamente lo que alguien más, al otro lado del mercado, está ganando en ese preciso instante.
Este no es un análisis ideológico de la presidencia de Trump, sino un análisis estructural de cómo el poder comunicativo del liderazgo político estadounidense —independientemente de quién lo ejerza y con qué estilo— se ha entrelazado de manera definitiva con la estructura de los mercados financieros globales. Trump ha hecho que este entrelazamiento sea más visible, más directo y menos mediado por la diplomacia tradicional. Pero el problema sistémico es más antiguo y profundo que cualquier presidente en particular.
La teoría del hombre loco no ha fracasado; ha evolucionado, y el escenario en el que opera ya no es el Consejo de Seguridad de la ONU, sino la terminal de Bloomberg en todas las salas de operaciones del mundo.
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