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TRUMP Y EL POSTULADO HISTÓRICO IMPERIAL: “DIOS DEPOSITÓ NUESTROS RECURSOS NATURALES EN OTROS PAÍSES”

“A Washington le urge aprovechar al máximo la diversidad y riqueza en recursos naturales con que cuenta América Latina…
Esta lógica se inscribe en un postulado imperial que ha acompañado a Estados Unidos desde el siglo XIX y que puede resumirse en una idea brutal y persistente: “Dios depositó nuestros recursos naturales en otros países”


Por Rafael Méndez*
resumenlatinoamericano.org/24 diciembre, 2025

 “El carbón es un regalo de la Providencia, guardado por el creador de todas las cosas en las entrañas de Japón para el beneficio de la familia humana”.

Las recientes declaraciones del presidente de Donald Trump, en las que afirma que Venezuela “le quitó ilegalmente” a Estados Unidos sus derechos petroleros y que ahora “los quiere de vuelta”, no constituyen una simple provocación diplomática ni un exabrupto verbal. Expresan, con crudeza poco habitual, una visión histórica profundamente arraigada, según la cual los recursos naturales situados fuera del territorio estadounidense son concebidos como derechos propios temporalmente usurpados, no como bienes soberanos de otras naciones.

Esta lógica se inscribe en un postulado imperial que ha acompañado a Estados Unidos desde el siglo XIX y que puede resumirse en una idea brutal y persistente: “Dios depositó nuestros recursos naturales en otros países”. La frase, recuperada por el escritor y ensayista Jorge Majfud en su obra La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, sintetiza una cosmovisión que ha servido para justificar intervenciones, bloqueos, golpes de Estado y apropiación de recursos estratégicos bajo el manto del destino manifiesto.

El presente análisis toma ese postulado como punto de partida para examinar la continuidad histórica de la apropiación de recursos, desde el carbón japonés del siglo XIX hasta el petróleo venezolano y el litio latinoamericano en la actualidad, situando las palabras de Trump no como una anomalía, sino como la expresión contemporánea más descarnada de una tradición imperial que se resiste a desaparecer.

Contextualización histórica

La concepción de que los recursos naturales han sido “depositados” en otros territorios para beneficio de Estados Unidos se remonta a episodios fundacionales de su política exterior. Un ejemplo paradigmático es la advertencia pronunciada el 10 de junio de 1851 por el entonces secretario de Estado Daniel Webster, quien afirmó:

“El carbón es un regalo de la Providencia, guardado por el creador de todas las cosas en las entrañas de Japón para el beneficio de la familia humana… La cantidad de carbón que posee ese país es tan abundante que su gobierno no tiene ningún argumento válido para no proporcionarnos de ese recurso a un precio razonable.”

Esta declaración no solo ilustra la lógica interventora del siglo XIX, sino que establece un precedente retórico que legitima la imposición de la voluntad estadounidense sobre otros pueblos, amparada en un supuesto mandato divino. La idea de que los recursos “están depositados” fuera de sus fronteras ha servido históricamente para justificar la intervención y la extracción, transformando la soberanía ajena en un obstáculo ilegítimo.

Aunque el lenguaje ha evolucionado, el fundamento permanece intacto: la creencia de que Estados Unidos posee una misión histórica de administrar y explotar recursos externos para sostener su hegemonía, una noción que ha atravesado generaciones y doctrinas.

Visión contemporánea

En la era moderna, esta lógica se reactualiza bajo la consigna de la “Agenda América Primero”, que reconfigura la política exterior estadounidense en función de asegurar intereses estratégicos, energéticos y tecnológicos. En ese marco deben leerse las declaraciones de Trump sobre Venezuela, cuando afirma: “Nos quitaron todos nuestros derechos energéticos… Nos quitaron nuestro petróleo… Lo queremos de vuelta.”

Aquí no se habla de contratos, ni de disputas legales, ni de desacuerdos comerciales. Se habla de propiedad. El petróleo venezolano es presentado como un bien estadounidense arrebatado “ilegalmente”, lo que implica una negación explícita de la soberanía venezolana y una reivindicación implícita del derecho a recuperarlo.

Esta visión se ve reforzada por declaraciones de altos mandos militares, como las de la exjefa del Comando Sur, la generala Laura Richardson, quien sostuvo: “A Washington le urge aprovechar al máximo la diversidad y riqueza en recursos naturales con que cuenta América Latina… El 60 % del litio del mundo está en el triángulo de litio: Argentina, Bolivia y Chile.”

El discurso es coherente: los recursos estratégicos de la región son concebidos como reservas disponibles para los intereses estadounidenses, no como bases materiales del desarrollo soberano de los países que los poseen.

Reafirmación de la lógica interventora

La tensión entre soberanía nacional e injerencia imperial constituye el eje central de este debate. De un lado, una doctrina que justifica la intervención bajo la idea de un derecho superior —económico, moral o divino—; del otro, la afirmación contemporánea del derecho de los pueblos a decidir sobre sus recursos y su destino.

Las palabras de Trump reavivan este conflicto en su forma más descarnada, porque eliminan los eufemismos diplomáticos y exponen la lógica desnuda de la apropiación. Cuando se afirma que “nos quitaron nuestro petróleo”, lo que se está diciendo es que ese petróleo nunca dejó de pertenecernos, independientemente de fronteras, Estados o pueblos.

Las declaraciones de Trump sobre Venezuela no inauguran una nueva doctrina, sino que confirman la vigencia de un postulado histórico imperial. Desde Webster en 1851 hasta la “Agenda América Primero”, pasando por el discurso del Comando Sur, se configura un mismo corpus ideológico: los recursos naturales del mundo están ahí para ser utilizados por la potencia que se asume predestinada a liderarlo. En este sentido, Trump no se aparta de la tradición imperial estadounidense; la expone sin ambages. Y al hacerlo, reactualiza un modelo de relaciones internacionales basado en la coerción, la desigualdad y el desconocimiento de la soberanía ajena.

El desafío del presente no es solo contener los efectos de esta lógica, sino desmontar el paradigma que la sostiene, porque mientras se siga creyendo que los recursos de otros pueblos fueron “depositados” para beneficio de una potencia, la intervención seguirá apareciendo como derecho y la resistencia como delito.

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*Desde República Dominicana

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