No podemos ir de ingenuos validando marcos ultraderechistas sobre ideas de libertad sin límites ni compromisos cívicos
Ni defender esa idea de unas redes sociales sin controles donde se pueda decir de todo y quepa todo. Si hacemos eso estamos creando condiciones para que destruyan el marco democrático que permite al propio progresismo existir
Una perspectiva de La Estatua de la Libertad en NYC, EEUU. Foto: Creative Commons Zero - CC0
Elvin Calcaño*
diario-red.com/ 05/07/2026
El debate sobre la libertad de expresión como lo plantean las ultraderechas de todo el mundo es una trampa en la que no debemos caer. Puesto que lo que están haciendo es ampararse en principios democráticos para socavar la propia democracia. Lo mismo que hizo el fascismo hace un siglo. Veamos:
¿Por qué es una trampa? Por dos razones fundamentales. La primera tiene que ver con una estrategia vieja que aprenden a través de personajes como Steve Banon y conocidos propagandistas de extrema derecha hoy famosos en las plataformas digitales. Quienes conocen perfectamente el manual fascista del siglo pasado porque simplemente son fascistas.
Aquí la trampa consiste en que utilizan el marco democrático, en cuanto a lo que tiene de deber-ser respecto al ideal de la libertad, para desde ahí debilitar la misma democracia en la parte que tiene esta de compromiso ético con la convivencia plural en su sentido republicano.
Es decir, aprovechan un ideal como el de la libertad –que en sí mismo es irrealizable por entero– para plantear una libertad sin límites: sin compromisos éticos. Así, configuran un escenario de discusión donde toda limitación a sus discursos “atenta contra la libertad”.
¿Y de qué tipo de discursos hablamos? Son discursos desprendidos de cualquier compromiso republicano ya que van contra la pluralidad, toda vez que apuntan a exacerbar emociones primarias en la gente para que penetre el odio a un otro que antes era el judío y el no blanco. En tanto que ahora se trata de todos los que asuman identidades diferentes a las que consideran legítimas.
La libertad tiene una parte que atañe a decisiones individuales que son privadas; pero tiene otra que refiere a las consecuencias de esas decisiones las cuales tienen siempre una repercusión pública
Así como las poblaciones migrantes provenientes de países empobrecidos del sur global. Y, cómo no, contra el “comunismo”. Los nazis destruyeron la república de Weimar en Alemania bajo esa lógica. Trump hoy intenta hacer lo propio con la institucional democrática formal de Estados Unidos.
Amparado en el apoyo explícito que tiene de los dueños de las grandes tecnológicas (los tecnoligarcas o señores tecno feudales de Varoufakis) quienes han reorientado sus plataformas de forma tal que el algoritmo beneficie los discursos y expresiones de tipo trumpista. Al tiempo que han limitado grandemente los controles sobre mensajes racistas, machistas, homófonos, etc.
Lo segundo tiene que ver con una estrategia de efectos de verdad aprovechando el paradigma comunicativo de las redes sociales. Porque si imponen el marco mental de que el poder los “censuran” eso los ubica en una afuera del sistema. Al tiempo que coloca a quienes desde la izquierda y/o progresismo los criticamos como parte del poder.
Lo cual da una justificación moral y una épica movilizadora a lo que representan. De ese modo, movilizan porque a nivel subjetivo lo que dicen se asume como antisistema. Colocan la discusión en términos de ellos contra el poder. En tiempos actuales de miedo e incertidumbre eso genera mucha efectividad porque sitúa sus luchas en el ámbito de lo trascendental.
¿Qué hacer? No validarles el marco. Primero, porque no defienden ninguna libertad sino su ideología. Gente que cree que todo lo “progre” o “zurdo” es malo porque sí y que, por tanto, hay que destruirlo –como explícitamente dicen–, ¿qué libertad defienden realmente? Son fascistas y el fascismo es lo radicalmente contrario de cualquier forma de libertad.
Segundo, porque la democracia no se defiende sino es con ciertos principios que la protejan de sus enemigos. Y hoy hay que defenderla del odio y las mentiras. De modo que sí hay que aplicar mecanismos que expulsen el odio y los bulos de los espacios de discusión ciudadana. Especialmente de las redes sociales porque estas son el principal espacio de conversación ciudadana actualmente; donde la mayoría de la gente define sus sentidos comunes.
La libertad tiene una parte que atañe a decisiones individuales que son privadas; pero tiene otra que refiere a las consecuencias de esas decisiones las cuales tienen siempre una repercusión pública. El límite a mi libertad es la convivencia con el otro.
Los demócratas debemos hablar de fortalecer aquello que protege la democracia de sus verdaderos enemigos que son siempre los fascistas
De suerte que, amparado en mi “libertad”, no puedo utilizar un espacio de discusión pública como las redes sociales para atacar a ese otro con descalificaciones gratuitas y difamaciones que lastimen su buen nombre o dignidad. He ahí la clave del asunto. Los demócratas debemos hablar de fortalecer aquello que protege la democracia de sus verdaderos enemigos que son siempre los fascistas.
No podemos ir de ingenuos validando marcos ultraderechistas sobre ideas de libertad sin límites ni compromisos cívicos. Ni defender esa idea de unas redes sociales sin controles donde se pueda decir de todo y quepa todo. Si hacemos eso estamos creando condiciones para que destruyan el marco democrático que permite al propio progresismo existir.
Otra cuestión fundamental son las condiciones de posibilidad para la circulación de los discursos ultras; que remite a la correlación de fuerzas al interior de cada sociedad y a escala internacional. Sin medios privados que normalizan y suavizan el discurso de odio ultra (presentándolo, por ejemplo, como cosas de sentido común o a sus figuras como gente preocupada por el país) el fascismo de hoy no existiría.
Porque no podría hacer circular sus narrativas. Para cambiar esto hay que hacer política y ganar elecciones. Y así entrar en las instituciones y desde ahí fomentar la creación de ecosistemas mediáticos plurales y realmente democráticos que sirvan como contrapeso a los grandes medios privados controlados por los ricos. Para que la gente pueda conocer otros marcos de interpretación y circulen esas verdades ocultas que los grandes capitales no quieren ver.
En esas condiciones, con un nuevo equilibrio de fuerzas políticas y mediáticas, se le podría poner freno a la normalización de los discursos fascistas que son hoy la principal amenaza a la democracia y sana convivencia colectiva. Es decir, a la trampa de las ultraderechas.
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Politólogo dominicano latinoamericanista. Máster en Teoría Política por la Universidad Complutense de Madrid. Formación en Ciencias Políticas en Puerto Rico y México. Investigador, docente universitario y consultor electoral con experiencia de estudios y trabajo en cinco países de América Latina. https://www.youtube.com/@ElvinCalcañoTV
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