1776-1976: Dos declaraciones, una larga transformación del orden internacional.
Tiberio Graziani
lafionda.org/4 de julio de 2026
A continuación se reproduce el texto del discurso pronunciado por Tiberio Graziani en la inauguración de la conferencia “La recomposición del orden internacional. Reflexiones libres sobre el policentrismo 250 años después de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América y 50 años después de la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos (Carta de Argel)” , celebrada el 2 de julio de 2026 en el Departamento de Derecho de la Universidad de Roma Trier ( véase el cartel a continuación).
La conferencia, promovida por el Doctorado Internacional en Derecho y Cambio Social del Departamento de Derecho de la Universidad Roma Tre, en colaboración con Vision & Global Trends – Instituto Internacional de Análisis Globales y la Sociedad Italiana de Geopolítica , forma parte de las actividades científicas de la Escuela Doctoral y estuvo dedicada a una reflexión interdisciplinaria sobre la transformación del orden internacional contemporáneo.
Este artículo propone una lectura conjunta de dos documentos de períodos históricos profundamente diferentes, pero que, considerados desde una perspectiva a largo plazo, nos permiten reflexionar sobre la génesis, la evolución y la recomposición progresiva del orden internacional moderno.
Al comparar la Declaración de Independencia de Estados Unidos con la Carta de Argel, el texto reflexiona sobre la crisis del orden internacional liderado por Occidente, el surgimiento progresivo de nuevos actores en la política mundial y la necesidad de distinguir, a nivel teórico, entre multipolaridad y policentrismo . Esto conduce a una propuesta metodológica: comprender las grandes transiciones históricas requiere no solo la observación de los cambios geopolíticos, sino también una revisión crítica de las categorías conceptuales a través de las cuales se interpretan dichos cambios.
El punto de partida de mi discurso es una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué yuxtaponer dos aniversarios tan distantes como el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y el 50 aniversario de la Carta de Argel? La respuesta, creo, no puede ser meramente conmemorativa.
La tesis que pretendo defender es que estos dos documentos adquieren una relevancia particular hoy en día porque atañen a dos momentos decisivos en la larga transformación del orden internacional moderno: nos permiten observar, desde distintas perspectivas, el surgimiento, el apogeo y la recomposición actual de dicho orden. Con esta expresión, me refiero no solo a la distribución del poder entre los Estados, sino también al conjunto de principios de legitimidad, instituciones, jerarquías y configuraciones espaciales mediante las cuales se organiza la comunidad internacional.
La Declaración Americana del 4 de julio de 1776 marca el comienzo de una trayectoria histórica que conducirá progresivamente a Estados Unidos desde su condición de nueva comunidad política atlántica hasta su papel como principal organizador del orden mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, del momento unipolar.
Sin embargo, la Carta de Argel del 4 de julio de 1976 nació en un contexto profundamente diferente: el de la descolonización, el surgimiento de los pueblos de Asia, África y América Latina, el Movimiento de Países No Alineados y la demanda de un orden internacional menos jerárquico que fuera más representativo de la pluralidad histórica del mundo.
Por lo tanto, yuxtaponer estos dos documentos significa observar dos momentos diferentes de la misma larga transformación: por un lado, el auge del orden occidental liderado por Estados Unidos; por otro, el surgimiento de sujetos, pueblos y espacios geopolíticos que han puesto progresivamente en tela de juicio la pretensión de un único centro de ordenamiento.
En este sentido, 2026 no es solo una coincidencia del calendario, sino un punto de vista privilegiado desde el cual cuestionar la fase histórica que estamos viviendo: una fase en la que la hegemonía ve su capacidad de ordenamiento progresivamente erosionada, y en la que el orden internacional parece cada vez menos susceptible a las categorías que acompañaron su construcción en el siglo XX.
Las transiciones históricas también ponen en crisis las categorías interpretativas
Situar ambos documentos desde esta perspectiva nos obliga a centrarnos en un aspecto que considero crucial. Todo orden internacional produce no solo una distribución específica del poder, sino también el conjunto de categorías a través de las cuales se observa, describe e interpreta esa realidad; posee, por así decirlo, su propia epistemología: un léxico, representaciones, un marco conceptual que guía nuestra comprensión del mundo.
Por ello, toda fase de transición requiere también un proceso de reconceptualización: comprender un orden cambiante implica, ante todo, cuestionar críticamente el lenguaje que seguimos utilizando para describirlo. Las grandes transformaciones del orden internacional no solo alteran el equilibrio de poder entre los Estados, sino que también ponen progresivamente en tela de juicio las herramientas conceptuales con las que interpretamos la realidad, ya que las categorías interpretativas desarrolladas en una fase reflejan inevitablemente el equilibrio del orden que las generó y encuentran crecientes dificultades en cuanto ese orden comienza a cambiar.
Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, durante la Guerra Fría. La bipolaridad representaba correctamente la distribución del poder militar y nuclear, y describía eficazmente la confrontación estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética; sin embargo, no era una representación falsa, sino incompleta. Si bien reflejaba con precisión la estructura de la confrontación entre las dos superpotencias, inevitablemente eclipsaba otros procesos históricos que, por periféricos que parecieran en aquel momento, estaban destinados a alterar profundamente la composición de la sociedad internacional.
Si bien la atención de académicos y responsables políticos se centró casi exclusivamente en el enfrentamiento entre los dos bloques, se estaban gestando fenómenos a largo plazo que la lógica bipolar por sí sola no podía explicar: la descolonización, el surgimiento de decenas de nuevos estados, la Conferencia de Bandung, el Movimiento de Países No Alineados, las demandas de un Nuevo Orden Económico Internacional y la afirmación de la autonomía política en los países de Asia, África y América Latina. En resumen, la bipolaridad permitió comprender la distribución del poder, pero resultó menos eficaz para interpretar la transformación del orden: dicha transformación ya estaba en marcha, pero las categorías disponibles aún no permitían comprender plenamente su significado.
La Carta de Argel y el surgimiento de una nueva idea de orden
Es precisamente a la luz de estas consideraciones que, en mi opinión, la Carta de Argel de 1976 adquiere una importancia que trasciende su dimensión jurídica o política. Se la suele recordar como una declaración dedicada a los derechos de los pueblos y, en general, como uno de los principales productos culturales de la era de la descolonización: una interpretación ciertamente correcta, pero que corre el riesgo de captar solo parcialmente su significado, ya que la Carta también representa uno de los primeros intentos de interpretar una transformación del orden internacional que las categorías dominantes de la época aún no eran capaces de describir plenamente.
En 1976, el mundo seguía interpretándose predominantemente a través de la lógica del bipolarismo, pero los fenómenos mencionados habían alcanzado ya una magnitud tal que requerían una codificación política y jurídica independiente. Es precisamente en esta brecha —entre una comprensión aún bipolar del mundo y una sociedad internacional ya profundamente transformada— donde se sitúa la Carta de Argel.
Desde esta perspectiva, la Carta de Argel es más que una declaración de principios: reconoce que el mundo ya no puede interpretarse exclusivamente a través de la relación entre las grandes potencias y, por primera vez, los pueblos se convierten no solo en receptores de derechos, sino también en sujetos de la historia internacional. Esta es probablemente su contribución más original. Ciertamente, aún no posee una teoría sobre la transición del orden internacional, y mucho menos una teoría del policentrismo; pero capta con lucidez un elemento que se hará cada vez más evidente en las décadas siguientes: que el orden internacional ya no puede concebirse como la expresión de un único centro de organización política y cultural.
En lugar de proponer una nueva lista de derechos, la Carta sugiere implícitamente que la creciente universalización de la sociedad internacional también hace inevitable una pluralización progresiva del orden: la pluralidad de pueblos, civilizaciones, culturas y experiencias históricas ya no es una condición periférica del sistema internacional, sino que se convierte en una de las características fundamentales de su nueva configuración.
Por este motivo, la Carta de Argel pertenece no solo a la historia de la descolonización, sino también a la de la transformación progresiva del orden internacional. Si el bipolarismo organizaba la comprensión del mundo en torno a la competencia entre dos superpotencias, la Carta, implícitamente, desplazó el foco del análisis hacia la creciente pluralidad de actores en la vida internacional: no se limitó a cuestionar un equilibrio geopolítico específico, sino que contribuyó a poner en tela de juicio el marco conceptual mismo dentro del cual se interpretaba dicho equilibrio.
De la crisis de la hegemonía a la recomposición del orden
Si esta interpretación es correcta, también nos ayuda a comprender el momento histórico que estamos viviendo. El debate internacional suele abordar el declive relativo de Estados Unidos, el ascenso de China, el resurgimiento de Rusia, la expansión de los BRICS+ y la creciente importancia del llamado Sur Global: son fenómenos reales y bien documentados, destinados a impactar los equilibrios internacionales. En mi opinión, sin embargo, son ante todo las manifestaciones visibles de un proceso más profundo.
El fenómeno fundamental, en realidad, no reside en la simple redistribución del poder, sino en la creciente transformación de la estructura del orden internacional: no solo cambian quienes lo detentan, sino también los principios que lo rigen, las formas en que se produce el orden y las maneras de legitimarlo. Esta es probablemente la verdadera novedad de la fase actual.
Durante mucho tiempo, hemos interpretado la historia de las relaciones internacionales como una sucesión de hegemonías, en la que una gran potencia reemplaza a la anterior y establece su orden. Esta representación resulta hoy cada vez menos convincente: lo que presenciamos no parece ser una simple transición de una hegemonía a otra, sino más bien la progresiva dispersión de las capacidades de ordenamiento.
El Estado, por supuesto, sigue siendo el principal actor en la política internacional, pero la estructuración del orden ahora implica una creciente pluralidad de niveles organizativos y centros de iniciativa: organizaciones regionales, grandes complejos geopolíticos, redes de infraestructura, plataformas tecnológicas, sistemas financieros, corredores logísticos y nuevas formas de cooperación internacional participan, de diferentes maneras, en la configuración del orden mundial. Por lo tanto, la reconfiguración del orden internacional no implica simplemente la transferencia de liderazgo de una potencia a otra, sino más bien la redefinición de los principios, las instituciones y las configuraciones espaciales mediante las cuales se produce, se mantiene y se legitima el orden.
Por ello, prefiero hablar de una recomposición en lugar de una sustitución del orden: el término sugiere que la transición en curso no implica la desaparición del orden anterior y su reemplazo por uno nuevo, sino más bien un proceso más complejo, en el que elementos de continuidad y factores de innovación coexisten, interactúan y redefinen gradualmente la estructura de la sociedad internacional. De hecho, cada orden atraviesa una fase en la que el principio que garantizaba su cohesión sigue vigente, pero ya no es capaz de organizar toda la realidad internacional. Es en estos momentos cuando emergen nuevos principios de ordenación, inicialmente dispersos y fragmentados, destinados a redefinir, con el tiempo, la estructura del sistema. En última instancia, el propio principio de ordenación cambia: mientras que en la fase anterior se atribuía a la capacidad de un único centro para organizar la vida internacional, hoy tiende a estructurarse en torno a una pluralidad de centros, niveles de toma de decisiones y configuraciones geopolíticas.
Dos niveles de análisis geopolítico
Las consideraciones que acabo de exponer me llevan a una conclusión teórica: creo que la fase histórica actual exige distinguir entre dos niveles analíticos que a menudo se superponen en el debate contemporáneo. El primero se refiere a la distribución del poder, el segundo a la estructura del orden internacional: dos perspectivas complementarias, pero no superpuestas.
La primera se centra en la ubicación de los recursos materiales del poder —capacidades militares, económicas, tecnológicas, demográficas y financieras—, mientras que la segunda cuestiona las formas en que estos recursos se organizan, coordinan y transforman en un principio de orden. Esta distinción me parece fundamental para comprender el momento histórico que estamos viviendo.
En este punto, surge una consecuencia teórica particularmente significativa. Si la transformación contemporánea afecta tanto la distribución del poder como la estructura del orden internacional, resulta necesario distinguir analíticamente dos niveles que la literatura suele superponer: no todas las transformaciones de poder producen una transformación del orden, del mismo modo que una transformación del orden puede madurar progresivamente antes de que la distribución del poder se redefina por completo.
Es precisamente en este lapso temporal, creo, donde reside la esencia de la distinción aquí propuesta: la distribución del poder y la organización del orden no necesariamente cambian al mismo ritmo. Por lo tanto, puede producirse una multipolarización del poder sin un policentrismo del orden correspondiente, del mismo modo que puede observarse un proceso de policentrización ya en marcha mientras la redistribución del poder aún no se ha consumado por completo.
Multipolarismo y policentrismo
Es precisamente desde esta perspectiva que propongo distinguir entre multipolaridad y policentrismo. La multipolaridad se refiere a la distribución del poder y responde a una pregunta relativamente sencilla:
“¿Cuáles son los principales polos del poder mundial y cómo se distribuyen sus capacidades estratégicas?”
El policentrismo, por otro lado, concierne a la estructura del orden y plantea una pregunta diferente:
“¿Cómo está organizado realmente el orden internacional?”
La diferencia es sustancial: la multipolaridad describe una configuración de poder, mientras que el policentrismo interpreta una configuración de orden.
En este contexto, los Estados siguen siendo, naturalmente, los actores clave en la política internacional, pero operan cada vez más dentro de configuraciones espaciales, económicas, tecnológicas e institucionales más amplias: organizaciones regionales, grandes espacios geopolíticos, redes de infraestructura, sistemas financieros, plataformas tecnológicas, corredores logísticos y nuevas arquitecturas de cooperación participan, junto con los Estados, en la construcción del orden. Por ello, considero que el policentrismo no es simplemente un nuevo sinónimo de multipolaridad, sino una perspectiva teórica diferente para interpretar la transformación del orden internacional.
En otras palabras, la multipolaridad y el policentrismo no se sitúan en el mismo plano conceptual: la primera pertenece principalmente a la teoría del poder, el segundo a la teoría del orden. Confundir ambos niveles implica atribuir a la mera distribución de recursos materiales una capacidad explicativa que no posee: la distribución del poder es, sin duda, una condición necesaria del orden internacional, pero no basta para explicar su forma, estabilidad y principios de legitimidad.
Repensar el orden internacional
Es precisamente por esta razón que creo significativo reunir, en esta conferencia, la Declaración de Independencia de Estados Unidos y la Carta de Argel: no porque ambos documentos pertenezcan a la misma tradición política o cultural, ni porque persigan los mismos objetivos, sino porque marcan dos momentos fundamentales en la larga historia del orden internacional moderno.
La Declaración de 1776 inauguró una trayectoria histórica destinada a conducir, mediante la afirmación del poder estadounidense y el orden occidental, a la configuración internacional que caracterizó gran parte del siglo XX. Sin embargo, la Carta de Argel representa uno de los primeros documentos que revelaron la conciencia de que dicha configuración ya no era suficiente para representar la creciente pluralidad de la comunidad internacional.
Aún no anunciaba el policentrismo, pero implícitamente planteaba una cuestión que estaba destinada a acompañar toda la evolución posterior del orden internacional:
“¿Cómo podemos construir un orden capaz de reconocer la pluralidad de pueblos, civilizaciones y diferentes experiencias históricas?”
Cincuenta años después, esa pregunta, en mi opinión, sigue siendo igual de relevante hoy en día. La cuestión no radica simplemente en el surgimiento de nuevas potencias, sino, sobre todo, en la posibilidad de construir un orden internacional capaz de reflejar la creciente pluralidad de centros de toma de decisiones, identidades políticas, configuraciones geopolíticas y formas de organización del poder que caracterizan el siglo XXI.
La tarea de la geopolítica
Aquí es donde entra en juego la investigación geopolítica, que no puede limitarse a describir los equilibrios internacionales, sino que debe cuestionar críticamente las categorías mediante las cuales se interpretan dichos equilibrios: el léxico y el marco conceptual que mencioné anteriormente, los cuales también están destinados a revelar sus límites en cuanto cambie el orden que los produjo. Comprender una transición, por lo tanto, significa no solo observar la realidad cambiante, sino también verificar si las herramientas conceptuales de las que disponemos siguen siendo adecuadas para describirla.
Es precisamente en estos momentos cuando se hace necesario desarrollar nuevas categorías interpretativas: no para reemplazar mecánicamente las anteriores, sino para comprender fenómenos que ya no pueden explicar satisfactoriamente.
La distinción entre multipolaridad y policentrismo no es, por tanto, una simple aclaración terminológica, sino que refleja la necesidad de separar los dos niveles de análisis internacional que mencioné: la distribución del poder y la organización del orden. Confundirlos conlleva el riesgo de interpretar el siglo XXI utilizando las categorías desarrolladas para comprender el siglo XX.
Si el siglo XX nos legó el marco conceptual con el que interpretamos el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial, el nuevo siglo nos plantea una tarea diferente: no solo comprender una transformación ya en marcha, sino también contribuir al desarrollo de las herramientas conceptuales necesarias para interpretarla. Por estas razones, el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos y el 50 aniversario de la Carta de Argel adquieren hoy una relevancia que trasciende su mera periodicidad histórica.
No se trata simplemente de dos aniversarios: son dos puntos de vista privilegiados desde los que reflexionar sobre la larga transformación del orden internacional y la necesidad de repensar las herramientas interpretativas con las que lo interpretamos. Todo orden internacional surge, al fin y al cabo, de una recomposición de la pluralidad histórica. Comprender nuestra época, entonces, significa comprender no solo que un orden está llegando a su fin, sino, sobre todo, el principio de recomposición que emerge lentamente.
Comprender la reconfiguración del orden internacional implica, por tanto, reconocer que toda transición histórica importante también requiere una transición conceptual. Cuando el orden mundial cambia, las categorías con las que pretendemos interpretarlo cambian necesariamente también. Esta es, quizás, la tarea principal de la reflexión geopolítica en el siglo XXI.

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