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"EL CAPITALISMO NO SE VA A CAER SOLO, SE ESTÁ REORGANIZANDO PARA SOBREVIVIR"

Una entrevista con Manuel Medina y Cristóbal García Vera, autores de "El Gran Reajuste"


CARLOS SERNA
canarias-semanal.org/24/06/2026

Según los autores de El Gran Reajuste, el fulgurante ascenso económico de China está obligando a las élites occidentales a reorganizar el capitalismo y a desmontar los pactos sociales surgidos tras la Segunda Guerra Mundial. Estos cambios no buscan únicamente reforzar la competitividad frente a Asia, sino también contener mediante una mayor coerción las crecientes tensiones sociales. Sin embargo, frente a esta realidad, una parte de la izquierda y del sindicalismo ha confundido el declive relativo de Occidente y el auge de China con una suerte de "avance emancipador", cuando, según sostienen los autores, ambos procesos forman parte de una misma lucha por la hegemonía mundial.

El Gran Reajuste, el libro de Manuel Medina y Cristóbal 

García Vera de reciente publicación, irrumpe en un momento especialmente convulso para el capitalismo global.

El deterioro de las condiciones de vida, la crisis de legitimidad de las llamadas «democracias liberales», el auge de la extrema derecha, las tensiones geopolíticas o la creciente sensación de incertidumbre forman parte de un paisaje inquietante y, a menudo, desolador.




En este contexto, el libro propone una visión de conjunto de esta realidad: la idea de que el capitalismo está entrando en una nueva fase histórica marcada por una profunda reconfiguración económica, política, geopolítica y cultural.


Con una mirada abiertamente historicista y apoyándose tanto en la economía política como en el análisis cultural e ideológico, Medina y García Vera cuestionan algunos de los lugares comunes más asentados del debate contemporáneo, también en el seno de la izquierda. El resultado es un ensayo muy inquietante, polémico y deliberadamente provocador, que obliga a cuestionar muchas certezas. Hablamos con ambos autores sobre algunos de los aspectos de su libro y sobre las razones que les llevaron a escribir una obra que, más que ofrecer respuestas tranquilizadoras, busca abrir nuevas preguntas.

ENTREVISTA:

 P. ¿Por qué escribir El Gran Reajuste? ¿Qué necesidad política o intelectual había detrás del libro?

Manuel Medina: El libro surge, sobre todo, de una sensación de creciente desconexión entre la magnitud de los cambios que se están produciendo en el mundo y la manera en que esos cambios estaban siendo interpretados políticamente. A partir de nuestro trabajo cotidiano de análisis, fuimos llegando a la conclusión de que el capitalismo global estaba entrando en una fase de reconfiguración muy profunda, con implicaciones potencialmente dramáticas para las próximas décadas.

Hay demasiados fenómenos acumulándose al mismo tiempo —crisis económicas persistentes, crisis medioambiental, deterioro social, tensiones geopolíticas, auge de nuevas potencias, transformaciones culturales e ideológicas— como para seguir analizándolos de forma aislada o puramente coyuntural.

Al mismo tiempo, detectábamos algo que nos preocupa mucho: una enorme confusión a la hora de caracterizar la naturaleza de esos cambios. Y esa confusión no se da solo en los discursos dominantes, sino también dentro de buena parte de las fuerzas que se reclaman pertenecientes a la izquierda.

Tras la caída de la Unión Soviética se produjo una desorientación ideológica muy profunda que estamos aun lejos de superar. Eso lleva a que muchas veces se sustituya el análisis materialista por lecturas mucho más emocionales, «geopolíticas» o incluso puramente propagandísticas. Así es como han comenzado a ganar terreno expectativas emancipadoras depositadas en actores o procesos que siguen funcionando plenamente dentro de la lógica capitalista global.

Nos parecía importante discutir esta cuestión, porque interpretar mal el momento histórico que vivimos implica igualmente construir mal las estrategias políticas.

El capitalismo está atravesando una crisis muy seria, en efecto, pero no existe ninguna garantía de que esa crisis vaya a desembocar en algo mejor. Puede derivar perfectamente en formas más agresivas de dominación, explotación y barbarie y, de hecho, eso es lo que sucederá si no se logran articular alternativas políticas y organizativas sólidas desde abajo, fundadas en un diagnóstico racional y realista de lo que hay.

Precisamente por eso, porque no encontrábamos esta explicación de conjunto en ningún lugar, nos animamos a escribir este libro, que pretende ser muy riguroso, pero también —y por encima de todo— didáctico y accesible para cualquier persona, sin necesidad de que cuente con conocimientos especializados.

P. Debemos entender entonces , que lo que ustedes llaman en su libro "El Gran Reajuste" está siendo, por el momento, una reconfiguración negativa del sistema.

Cristóbal García Vera: El Gran Reajuste hace referencia a la forma en que los actores que se benefician de este sistema están tratando de reorganizar sus estructuras económicas, políticas e ideológicas para adaptarse a un nuevo escenario global marcado por una competencia arrolladora y por el ascenso de nuevas potencias capitalistas que disputan, cada vez más intensidad, la hegemonía de los países que hasta ahora habían dominado el tablero mundial. Especialmente, Estados Unidos, que emergió como la principal potencia imperialista tras la Segunda Guerra Mundial.

"La amenaza de poder ser sustituido por una máquina se ha convertido en un poderoso mecanismo de disciplinamiento social"

El equilibrio sobre el que se sostuvo el capitalismo durante las últimas décadas se está transformando profundamente. Desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos y las potencias occidentales habían mantenido una hegemonía prácticamente incontestable en los ámbitos económico, político y militar. Pero esa situación ha cambiado. Estamos entrando en un escenario mucho más competitivo, más inestable y con varios centros de poder disputándose espacios estratégicos. Y eso obliga al sistema en su conjunto a reorganizarse.

Dentro de ese cambio, el factor decisivo es el ascenso de China. Ese ascenso altera completamente el tablero global y obliga tanto a Occidente como a la propia China a reajustar sus estrategias para tratar de sobrevivir en una competencia cada vez más feroz. En este terreno, creemos que se están reproduciendo una nebulosa de ilusiones que pueden resultar catastróficas. Por ejemplo, la creencia —muchas veces implícita, no expresada de forma abierta— de que el capitalismo podría «transicionar» hacia un sistema superior, más «vivible», de manera casi automática y pacífica gracias, por ejemplo, al desarrollo de un llamado mundo multipolar.

P. ¿Y cómo deberíamos entender, en este marco, la confrontación entre Estados Unidos y China que parece estar destinada a marcar este momento histórico?

Manuel Medina: Pues como lo que realmente es: como una competencia intercapitalista por la hegemonía mundial. Ese es un aspecto central para entender dónde estamos y hacia dónde podemos transitar. No estamos ante un choque entre dos sistemas opuestos, como ocurríó durante la Guerra Fría entre el bloque capitalista y la Unión Soviética, sino ante una disputa dentro del propio sistema capitalista mundial.

China es una superpotencia capitalista emergente que está compitiendo con fuerza por posiciones de liderazgo económico, tecnológico, comercial y geopolítico. Y eso es precisamente lo que vuelve el momento actual tan complejo e inestable. Estados Unidos trata de reajustarse para frenar su pérdida relativa de hegemonía, mientras que China se reajusta para consolidar su ascenso. El resultado esta siendo un sistema capitalista mucho más agresivo, con tensiones crecientes en todos los terrenos.

"Nos estamos acercando a una transformación histórica del sistema económico que potencialmente puede tener consecuencias dramáticas para los asalariados."

Ver a China como una "alternativa emancipadora", o aceptar sin más el relato oficial de un supuesto «socialismo con características chinas», ignorando olímpicamente el análisis concreto de su estructura económica y de las relaciones sociales que dominan su modelo, constituye uno de los errores políticos más graves que se están cometiendo hoy en amplios sectores de la izquierda. Cuando uno observa cómo funciona realmente la economía china, lo que encuentra es una lógica plenamente capitalista: propiedad privada, explotación de la fuerza de trabajo, acumulación, competencia y expansión de capitales hacia la periferia para asegurar recursos, mercados e influencia.

Quienes, desde la izquierda, se dejan deslumbrar por el gran desarrollo económico y tecnológico del gigante asiático olvidan también que China, sin recurrir a las cañoneras como históricamente han hecho los Estados Unidos, porque su superioridad económica no lo requiere, está estableciendo relaciones desiguales muy similares a las que las grandes potencias capitalistas han desarrollado tradicionalmente con muchos países periféricos: extracción de materias primas, dependencia financiera, subordinación tecnológica y reproducción de relaciones centro-periferia que perpetúan dinámicas de subdesarrollo.

P. ¿En qué se traduce exactamente el Gran Reajuste para las clases trabajadoras, para la mayoría de la sociedad?

Cristóbal García Vera: El "Gran Reajuste" se concreta, en primer lugar, en una fuerte ofensiva generalizada contra las condiciones de vida de las mayorías sociales. Lo estamos viendo en la creciente precarización del empleo, en el debilitamiento de derechos laborales conquistados tras décadas de luchas sociales y en el deterioro progresivo de las protecciones sociales que sobrevivieron a la etapa neoliberal.

"La extrema derecha está emergiendo como la "gran herramienta" del nuevo orden económico"

Esta dinámica se expresa también en fenómenos relativamente nuevos, como la expansión del trabajo en plataformas digitales. Bajo la apariencia de innovación tecnológica se están normalizando relaciones laborales marcadas por la ausencia de derechos, la vigilancia constante mediante algoritmos y la transferencia de todos los riesgos hacia trabajadores formalmente autónomos, pero completamente subordinados a grandes corporaciones tecnológicas. La llamada «uberización» del trabajo representa, en muchos sentidos, una de las expresiones más visibles de esta nueva fase del capitalismo.

Otro elemento central es el papel que están desempeñando la automatización y la Inteligencia Artificial. Estas tecnologías podrían utilizarse para reducir la jornada laboral y mejorar la calidad de vida de las personas. Sin embargo, bajo las actuales relaciones de producción, están siendo empleadas principalmente para incrementar la rentabilidad empresarial, reducir costes laborales y debilitar la capacidad negociadora de la clase trabajadora. La amenaza permanente de ser sustituido por una máquina actúa, además, como un poderoso mecanismo de disciplinamiento social.

"El ascenso de China como potencia económica y tecnológica está acelerando una profunda reorganización del capitalismo mundial, empujando a las élites a romper los pactos sociales surgidos tras la Segunda Guerra Mundial"

También estamos comprobando que el Estado no desaparece ni se retira, como durante años sostuvo la retórica neoliberal. Muy al contrario, reorganiza activamente sus funciones para sostener al capital en crisis. Su intervención no se orienta a proteger a las mayorías sociales, sino a reforzar la posición de aquellos sectores económicos considerados fundamentales en esta nueva etapa de competencia global.

Todo ello tiene consecuencias políticas inevitables: el deterioro de las condiciones materiales de vida, la pérdida de expectativas de futuro y una creciente inseguridad. En ese contexto comienzan a abrirse paso respuestas autoritarias que prometen orden y protección frente a un mundo percibido, lógicamente, como cada vez más incierto.

P. Hablemos entonces de esas alternativas autoritarias, de esa nueva derecha de la que ustedes hablan en su libro. ¿Cuál es su papel en todo este Gran Reajuste?

Manuel Medina: Lo primero que debemos entender es que la nueva derecha no surge por casualidad ni puede explicarse simplemente por el carisma de determinados líderes o por el éxito de ciertos discursos provocadores. Creemos que cumple una función muy concreta dentro del actual proceso de Gran Reajuste capitalista.

Cuando un sistema entra en una fase de creciente inestabilidad, deterioro de las condiciones de vida y pérdida de legitimidad, las élites económicas necesitan evitar que el malestar social se traduzca en un cuestionamiento de las causas reales de esa situación. Y es ahí donde la nueva derecha desempeña un papel fundamental: canaliza la frustración y la rabia popular hacia chivos expiatorios y conflictos culturales, desviando la atención de las dinámicas económicas que están detrás de la precarización y la desigualdad.

Por eso insistimos en que, pese a su retórica antisistema, la nueva derecha nunca cuestiona los fundamentos del orden económico existente. Cumple, además, una función preventiva muy importante. Ocupa el espacio del descontento antes de que este pueda articularse en una dirección verdaderamente transformadora. Ofrece respuestas simples a problemas complejos y lo hace apelando a las emociones, al miedo y a la búsqueda de supuestos "culpables" fácilmente identificables. En este sentido, creemos que la nueva derecha se está convirtiendo en una herramienta funcional para gestionar las tensiones derivadas del Gran Reajuste. Por eso, más que una anomalía, pensamos que constituye uno de los síntomas más importantes del momento histórico que estamos atravesando.

"La fascinación de una parte de la izquierda por China le impide ver que no estamos ante una alternativa al capitalismo, sino ante una nueva potencia que disputa el liderazgo dentro del mismo sistema"

P. Si la extrema derecha está ocupando espacios crecientes de representación del malestar social, ¿qué está ocurriendo con la izquierda? ¿Por qué parece tan incapaz de ofrecer una alternativa convincente en este nuevo escenario?

Cristóbal García Vera: Efectivamente, para entender el auge de la nueva derecha no basta con analizar qué está haciendo ella. También debemos preguntarnos qué ha ocurrido con aquellas fuerzas políticas que históricamente representaron las aspiraciones de transformación social de las clases trabajadoras.

Una parte importante de lo que hoy se presenta como izquierda ha ido abandonando progresivamente cualquier horizonte de ruptura con el sistema existente. En muchos casos, ha pasado de cuestionar las dinámicas del capitalismo a gestionar sus consecuencias más visibles. La institucionalización, la adaptación a los márgenes marcados por el propio sistema y la renuncia a construir una organización popular sólida han terminado alejándola de las preocupaciones materiales de amplios sectores sociales.

A ello se suma que muchas de las experiencias políticas que despertaron enormes expectativas tras la crisis de 2008 demostraron que, como algunos ya habíamos advertido desde su aparición, no eran más que una reproducción de viejas propuestas reformistas, con un rostro renovado, destinadas al fracaso. Sin una organización social arraigada, sin una voluntad real de confrontar con los grandes poderes económicos y confiando exclusivamente en la vía institucional, terminaron generando frustración y desencanto entre quienes habían depositado en ellas esperanzas de un cambio profundo. Y cuando millones de personas perciben que quienes prometían transformar la realidad acaban gestionando lo existente, la desafección, el escepticismo y la desmovilización se extienden rápidamente.

Este terrible vacío es precisamente el que ha aprovechado la nueva derecha para presentarse, de forma engañosa, como una alternativa "antisistema". Mientras una parte de la izquierda parecía desconectarse de las necesidades cotidianas de las mayorías sociales, la extrema derecha supo apropiarse del lenguaje del malestar, aunque ofreciendo respuestas profundamente reaccionarias que no cuestionan las causas reales de la desigualdad y la precariedad.

"Bajo la apariencia de innovación tecnológica se están normalizando relaciones laborales sin ningún tipo de derechos y sometidas a una vigilancia permanente"

Por eso creemos que el gran reto de nuestro tiempo sigue siendo, hoy más que nunca, la reconstrucción de una izquierda verdaderamente revolucionaria. Una izquierda capaz de volver a conectar con las necesidades materiales de la mayoría social; de recuperar el trabajo de base en los centros de trabajo, en los barrios y en los espacios de organización popular; de reconstruir la solidaridad de clase y de ofrecer una alternativa que no se limite a gestionar mejor el capitalismo, sino que aspire a superarlo.

Esa tarea exige también una profunda autocrítica. No basta con denunciar las limitaciones de la socialdemocracia o señalar las contradicciones de determinadas experiencias políticas recientes. Es necesario preguntarnos por qué las fuerzas revolucionarias siguen siendo incapaces de convertirse en una referencia de masas y qué debemos hacer para revertir esa situación.

P. ¿Qué otros aspectos o temas aborda el libro?

Manuel Medina: Aunque la tesis central de la obra gira en torno a la profunda reconfiguración que está experimentando el capitalismo contemporáneo, es imposible comprender el presente sin entender cómo hemos llegado hasta aquí. Por eso comenzamos analizando el fascismo clásico y el papel que desempeñó como respuesta de las élites ante la crisis del capitalismo de entreguerras, tratando también de identificar qué elementos comparte y en qué se diferencia de las nuevas derechas que están emergiendo con fuerza en todo el mundo.

A partir de ahí, examinamos cuestiones como la verdadera naturaleza del llamado Estado del Bienestar, que interpretamos no como una concesión altruista del capital, sino como el resultado de una correlación de fuerzas marcada por la existencia del bloque socialista y la presión ejercida por el movimiento obrero organizado. También analizamos el posterior triunfo del neoliberalismo, los efectos de la deslocalización productiva, la financiarización de la economía o los procesos de integración de buena parte de la socialdemocracia y de los antiguos partidos comunistas, que renunciaron a su esencia revolucionaria, en la gestión del propio sistema.

Otro aspecto importante del libro es el análisis de cómo el capitalismo no solo necesita reproducirse en el ámbito económico, sino también conquistar lo que denominamos, resignificando una expresión del enemigo, "los corazones y las mentes". Estudiamos el papel desempeñado por la sociedad de consumo, los medios de comunicación de masas, la industria cultural o la falsa lógica “meritocrática” en la construcción de formas de pensar el mundo y de sentir que naturalizan el orden existente y presentan como puras quimeras, o algo peor, los proyectos que aspiran a superarlo.

En relación con ello, analizamos también lo que denominamos la “batalla por el lenguaje”, cómo determinadas palabras y conceptos son progresivamente vaciados de contenido o resignificados, para condicionar nuestra manera de interpretar la realidad social y política.

"El Estado, lejos de retirarse, se está reorganizando para apuntalar a un sistema en crisis"

Además, dedicamos una parte importante del libro a analizar la creciente remilitarización del escenario internacional. Exploramos la relación histórica entre guerra y capitalismo, el papel de la industria armamentística y las razones por las que la competencia entre grandes potencias parece estar devolviendo la cuestión militar a un lugar cada vez más central en la configuración del orden mundial.

Abordando estos y otros temas hemos tratado de ofrecer una explicación de conjunto que permita conectar fenómenos que a menudo se presentan como procesos independientes, pero que, en nuestra opinión, forman parte de una misma transformación histórica. En definitiva, más que ofrecer certezas tranquilizadoras, hemos intentado proporcionar herramientas para pensar críticamente un momento histórico extraordinariamente complejo. Porque comprender el mundo sigue siendo el primer paso necesario para poder transformarlo.

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