La sociedad del país agredido dio a sus verdugos y al mundo una admirable, conmovedora e histórica lección de integridad y valor:
millones se ofrecieron para defender a su país y cientos de miles formaron cadenas humanas para resguardar las plantas de energía, puentes, centrales eléctricas, desalinizadoras y otras infraestructuras civiles críticas marcadas como blancos de los bombardeos con los que había amenazado Trump
lajornada.com.mx
editorial/08/04/2026
El presidente estadunidense, Donald Trump, anunció ayer, minutos antes de que venciera su enésimo ultimátum con la amenaza de una “aniquilación total” de Irán y “la muerte de una civilización entera en una noche”, un alto el fuego con esa nación de Asia central, condicionado a que Teherán abra el estrecho de Ormuz en forma “completa, inmediata y segura”, aunque calificó de “una base de negociación viable” las 10 condiciones establecidas por el gobierno iraní para poner fin al conflicto al que fue arrastrado por Washington y Tel Aviv. Paradójicamente, entre esas condiciones se estipula el reconocimiento del control iraní sobre el paso marítimo mencionado y el establecimiento “de un protocolo de tránsito seguro y negociado”.
Lo que Trump admitió como “una base de negociación viable” y Araghchi denominó “la aceptación por parte del presidente estadunidense de los 10 puntos (propuestos por Teherán) como un marco general como base para negociaciones” habría resultado del todo inaceptable para el ocupante de la Casa Blanca si no se hubiera encontrado en una situación límite –por decirlo suavemente– en el escenario del conflicto: tales puntos incluyen el inmediato cese de las agresiones bélicas de Tel Aviv y Washington en contra de los aliados de Irán en Líbano, Irak y Yemen, el retiro de las fuerzas militares estadunidenses de la región del golfo Pérsico, el fin de las sanciones internacionales a las que ha estado sometida la república islámica, el pago por los daños que le causaron los bombardeos israelo-estadunidenses, la liberación de los fondos y activos iraníes en el extranjero confiscados por naciones occidentales, especialmente Estados Unidos, y el reconocimiento de la legalidad del programa de desarrollo nuclear con fines pacíficos que ha realizado Teherán, y que incluye cierto grado de enriquecimiento de uranio. De todos esos puntos, sólo el último puede ser presentado por Trump como una muy relativa victoria, dado que la república islámica ha manifestado desde siempre su negativa a fabricar armas atómicas. El resto constituye una derrota en toda la línea, por más que el magnate se esfuerce en presentar el alto el fuego como resultado de una exitosa negociación de paz.
Este desenlace –provisional e incierto, como todo lo que tenga que ver con Trump– pone en evidencia el contraste entre la determinación defensiva con la que Irán ha construido su estrategia militar durante décadas y lo que para Washington fue una aventura bélica descabellada, inescrupulosa e improvisada, sin más propósito visible que acatar los designios expansionistas, belicistas y genocidas del régimen de Tel Aviv. Pero marca también la diferencia entre el muy menguante respaldo social del presidente republicano y la admirable cohesión nacional del pueblo iraní.
En efecto, la sociedad del país agredido dio a sus verdugos y al mundo una admirable, conmovedora e histórica lección de integridad y valor: millones se ofrecieron para defender a su país y cientos de miles formaron cadenas humanas para resguardar las plantas de energía, puentes, centrales eléctricas, desalinizadoras y otras infraestructuras civiles críticas marcadas como blancos de los bombardeos con los que había amenazado Trump.
Este reconocimiento es independiente del juicio que se tenga sobre su sistema de gobierno y de cualquier evaluación que pueda hacerse del régimen de los ayatollahs; apunta, en cambio, a la voluntad de resistencia y el protagonismo evidente de las mayorías, una realidad que desmonta la demonización occidental levantada contra Irán desde que este país decidió ser independiente.
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