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LAS RAÍCES ANGLOSAJONAS DEL PROYECTO EUROPEO

Orígenes de la UE
El verdadero arquitecto es Jean Monnet, y Monnet es una figura radicalmente distinta de como suele ser presentada
La Europa realmente existente es hija del pragmatismo anglosajón, del utilitarismo benthamiano y, en última instancia, de una visión del mundo que tiene raíces teológicas protestantes mucho más profundas de lo que sus propios artífices han reconocido 


Por Antonio Martone
elviejotopo.com/5 abril, 2026

Existe una narrativa oficial sobre el origen de la Unión Europea que resiste tenazmente a cualquier desmentido: la de los tres grandes católicos —De Gasperi, Schuman, Adenauer— que, a partir de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, habrían concebido un proyecto de reconciliación inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia, en la subsidiariedad y en la dignidad de la persona arraigada en comunidades orgánicas. Es una narrativa bella, edificante y, en gran medida, falsa. O mejor dicho: verdadera lo suficiente como para ocultar lo que realmente importa, es decir, que la arquitectura profunda de la Unión Europea —su ADN institucional, su antropología implícita, su filosofía del poder— no proviene de Roma ni de Viena, sino de Londres y de Washington. La Europa realmente existente es hija del pragmatismo anglosajón, del utilitarismo benthamiano y, en última instancia, de una visión del mundo que tiene raíces teológicas protestantes mucho más profundas de lo que sus propios artífices han reconocido jamás.

Comprender esto significa entender por qué la Unión se ha convertido en lo que es: no una traición al proyecto original, sino su cumplimiento coherente.

El verdadero padre de la integración europea no es De Gasperi, que siempre fue un político nacional con una mirada europea, ni Schuman, que ante todo era un hombre de frontera en busca de una paz posible. El verdadero arquitecto es Jean Monnet, y Monnet es una figura radicalmente distinta de como suele ser presentada.

No era un intelectual, ni un filósofo político, ni tampoco un teórico de la comunidad. Era un mediador y un ingeniero institucional. Había pasado varios años en Estados Unidos y en Gran Bretaña, trabajando para la Sociedad de Naciones. Además, participó en la planificación económica aliada durante la guerra. Su método era empírico en el sentido más preciso del término: la construcción de estructuras concretas que produjeran efectos concretos, dejando que la política siguiera como consecuencia. Integrar primero el carbón y el acero —las materias primas de la guerra— y luego ver qué sucedía. Era Locke, no Tomás de Aquino. Era Bentham, no Maritain.

Este método funcionalista —integrar los mercados y esperar que la solidaridad política surgiera por sí sola, casi por inercia institucional— presupone una antropología precisa: el individuo que maximiza su propio interés dentro de reglas compartidas tenderá espontáneamente a la cooperación. Es exactamente la premisa del liberalismo anglosajón clásico. Es el homo oeconomicus de Mill, no la persona del pensamiento social católico.

Las diferencias entre catolicismo y protestantismo no son solo teológicas: son antropológicas y políticas. El catolicismo concibe la comunidad como un cuerpo orgánico —la metáfora paulina del cuerpo de Cristo, con sus miembros diferentes pero interdependientes, es también una metáfora política—. La comunidad precede al individuo, lo constituye, le da forma. El bien común es algo cualitativamente distinto que los trasciende y los orienta. La subsidiariedad —principio central de la doctrina social católica— significa que las decisiones deben tomarse en el nivel más bajo y cercano a la vida concreta de las personas, y que las estructuras superiores existen para apoyar, no para sustituir, a las inferiores.

Nada de esto ha sobrevivido en la arquitectura real de la Unión. Lo que ha prevalecido es, en cambio, la lógica del contrato —que es una categoría protestante y anglosajona—. En el contrato, individuos ya constituidos, ya autónomos, ya portadores de intereses propios, se ponen de acuerdo libremente para perseguir ventajas recíprocas. La comunidad es el resultado de su acuerdo. Y el acuerdo dura mientras convenga —mientras la utilidad marginal de la unión permanezca positiva para todas las partes.

Calvino habría reconocido la estructura del razonamiento fundacional de la Unión: el pacto como fundamento, la norma como árbitro y el interés como motor. Weber había mostrado cómo la ética protestante había generado el espíritu del capitalismo; podría decirse, con análoga precisión, que la ética procedimental protestante ha generado el espíritu de la gobernanza europea.

La paradoja es que los tres católicos —De Gasperi, Schuman, Adenauer— habrían tenido las herramientas conceptuales para construir algo radicalmente distinto. La Doctrina Social de la Iglesia, desde Rerum Novarum en adelante, ofrecía un pensamiento político articulado sobre la comunidad orgánica, los cuerpos intermedios, la dignidad del trabajo y la prioridad de la cohesión social frente a la eficiencia económica. Era un pensamiento antiutilitarista en su estructura profunda: afirmaba que el ser humano no es un maximizador de utilidad, que la comunidad no es un contrato y que, por tanto, el mercado no es el árbitro último de los valores.

Este pensamiento quedó en gran medida sin utilizar. ¿Por qué? Por al menos dos razones. La primera es contingente: el proyecto europeo nació en plena Guerra Fría, bajo el paraguas estadounidense, y Washington no tenía ningún interés en financiar y sostener una Europa que se organizara según principios comunitarios católicos potencialmente críticos del mercado. Europa debía ser liberal, abierta y, sobre todo, atlántica. La segunda razón es más profunda: el catolicismo político de De Gasperi y Schuman era esencialmente defensivo —quería usar la integración como un dique frente al comunismo y como instrumento de pacificación—. No tenía la fuerza propulsora de un proyecto de civilización alternativo. Cuando llegó el momento de elegir entre el método funcionalista de Monnet y una visión más sustantiva de la comunidad política europea, prevaleció Monnet. Prevalecieron la técnica y el pragmatismo.

Desde ese momento, la Doctrina Social de la Iglesia quedó relegada al preámbulo retórico de Europa —en los discursos, en las citas oficiales, en el panteón de los padres fundadores—, mientras que la arquitectura real se construía según principios opuestos.

El sujeto implícito de la Unión Europea es un individuo ya móvil, ya descontextualizado, ya capaz de moverse entre culturas, mercados y sistemas jurídicos distintos sin perder orientación. Es el profesional cosmopolita, el directivo multilingüe, el investigador que se desplaza de una universidad a otra. Es, en definitiva, el self-made man protestante proyectado a escala continental: un individuo que se constituye a través de sus propias decisiones y contratos, no a través de la pertenencia a una comunidad dada.

Este sujeto es hijo de una tradición cultural específica —la anglosajona, protestante, individualista— que, sin embargo, se presenta como universal, como la forma natural del ser humano libre. Lo que no encaja en este esquema —el campesino calabrés, el minero del Ruhr, el pescador griego, todos aquellos que construyen su identidad a través del arraigo en un lugar, en una memoria, en un oficio transmitido— es tratado como un residuo del pasado, como algo que hay que modernizar, movilizar, liberar de sus cadenas identitarias.

Esta es la violencia simbólica fundamental de la Unión. Presenta su modelo como el único racional, como el destino natural de todo proceso de emancipación. Quien se resiste es atrasado, tribal, cuando no abiertamente soberanista. Quien se adhiere es libre, moderno, ágil —en definitiva, europeo—. La dicotomía es falsa, pero ha sido interiorizada hoy de forma tan profunda que parece evidente para todos.

Reconocer las raíces anglosajonas y protestantes de la arquitectura europea es necesario para entender por qué el proyecto europeo ha producido exactamente lo que ha producido: un mercado sin comunidad. No se trata de una traición a las intenciones originales. Es el cumplimiento coherente de premisas que ya estaban ahí, en la primacía de la gobernanza sobre la política y en la antropología implícita del individuo contractualista. El catolicismo político de los padres fundadores era el rostro presentable de un proyecto que tenía un alma distinta —más procedimental y anglosajona—. La Doctrina Social de la Iglesia proporcionó el vocabulario de legitimación; el pragmatismo empirista anglosajón proporcionó la lógica de funcionamiento. Cuando ambos entraron en conflicto —y lo hicieron cada vez que hubo que elegir entre cohesión social y eficiencia de mercado, entre arraigo y movilidad, entre comunidad y contrato—, siempre prevaleció el segundo.

La distancia entre estos dos términos —comunidad y contrato— es precisamente la distancia que separa a un pueblo de un mercado. Un pueblo comparte una memoria, un duelo, un destino. Un mercado comparte un conjunto de reglas que hacen posible el intercambio. El primero existe incluso cuando deja de ser ventajoso; el segundo deja de existir en el momento en que deja de convenir. La Unión Europea fue construida sobre la segunda lógica fingiendo encarnar la primera. Ese es su equívoco fundamental —y la razón por la cual, cada vez que la crisis ha hecho que la pertenencia sea costosa en lugar de beneficiosa, el proyecto ha mostrado su fragilidad estructural.

Si Europa quiere algún día recuperar algo que se parezca a una verdadera comunidad política, deberá enfrentarse a esta genealogía oculta. Es decir, deberá reconocer que su déficit democrático no es un accidente, ni algo que pueda resolverse con un nuevo tratado. Es el resultado de una filosofía política que nunca creyó realmente en la comunidad como forma de vida, sino solo en el contrato como forma de convivencia tolerable.

Y que la diferencia entre ambas no es técnica, sino sustancial, humana, ontológica.

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Fuente: L’interferenza

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