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LA NUEVA ARITMÉTICA DE LA GUERRA

La intersección de los costos de la guerra y el tiempo crea un dilema imposible para EE. UU 
¿Y la solución militar? ¿Dónde está el plan B, la opción de tierra, la estrategia que rompa el empate?

Imagen con IA/lens.usercontent.google.com/banana

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.worpress.com/marzo 11, 2026

Hay análisis geopolíticos que se leen con interés y rápidamente se olvidan. Luego hay análisis que deberían imprimirse y colgarse en las paredes del Pentágono, de la Casa Blanca y de todas las redacciones del mundo. El artículo que publicó Policy Tensor, un blog especializado en estrategia, bajo el título Why the US is facing strategic defeat (¿Por qué Estados Unidos se enfrenta a una derrota estratégica?) pertenece a esta segunda categoría. No porque sus conclusiones sean agradables —no lo son en absoluto—, sino porque su método es implacable: aplica las matemáticas a la guerra y extrae de ellas una verdad incómoda que los comunicados oficiales y los análisis superficiales se empeñan en ocultar.

La tesis de Policy Tensor es sencilla en su formulación y preocupante en sus consecuencias. Estados Unidos se enfrenta a una derrota estratégica en el Golfo. No una derrota en el sentido tradicional de ejércitos derrotados o capitales conquistadas, sino algo más sutil y quizás más profundo: la incapacidad de lograr sus objetivos militares antes de que los costes acumulados —económicos, políticos y globales— se vuelvan insoportables. O, dicho en los términos que utiliza el autor: si Irán puede mantener sus ataques contra las monarquías petroleras, las bases estadounidenses, Israel y, sobre todo, mantener cerrado el estrecho de Ormuz el tiempo suficiente para que sea Estados Unidos quien ofrezca un alto el fuego, entonces Irán habrá ganado. Y Estados Unidos, por mucho que sus portavoces hablen de «misión cumplida», habrá perdido.

Para entender por qué esto es así, hay que adentrarse en lo que el artículo denomina «la mecánica de la guerra de drones«. Y aquí es donde las matemáticas se vuelven más elocuentes que cualquier discurso político.

Imaginemos, como hace el análisis, que la capacidad de guerra iraní es un depósito que se llena y se vacía al mismo tiempo. El agua que entra son los drones y misiles que Irán fabrica. El agua que sale son los drones y misiles que Irán lanza contra sus objetivos. Los grifos que llenan el depósito son las fábricas y talleres de producción. Los bombardeos estadounidenses intentan romper esos grifos, reducir su número. Pero aquí viene la primera variable crucial: la tasa a la que Irán puede reparar los grifos rotos o reconstruir las fábricas destruidas. Los autores del modelo llaman a esto la «tasa de reconstitución«. Y la relación entre lo que Estados Unidos destruye y lo que Irán reconstruye determina todo lo demás.

El análisis matemático, incluso bajo supuestos conservadores favorables a Estados Unidos, muestra lo difícil que es para la superpotencia degradar las capacidades iraníes con la suficiente rapidez. En el escenario más optimista para Washington —aquel en el que Irán no puede reconstituir ninguna instalación y Estados Unidos destruye el noventa por ciento de su capacidad productiva cada mes—, Irán aún podría mantener un ritmo de ataque elevado durante cuatro meses. Cuatro meses. Eso es mucho tiempo en una guerra moderna. Es tiempo suficiente para que los costes se acumulen de manera irreversible.

Y luego está el segundo factor, el que convierte el problema en una pesadilla operativa. Los informes que empiezan a filtrarse, y que Policy Tensor recoge y analiza, indican que Irán no solo está resistiendo los bombardeos, sino que ha conseguido golpear con una eficacia sorprendente la infraestructura militar estadounidense en la región. Todos los sistemas THAAD —los escudos antimisiles más avanzados del mundo, diseñados para ser prácticamente invulnerables— han sido alcanzados y probablemente neutralizados. Las bases aéreas desde las que Estados Unidos lanza sus ataques han sufrido ataques sostenidos que han degradado gravemente su capacidad de generar salidas y sus radares no son los ojos que se necesitan. Según las estimaciones que maneja el análisis, la tasa de salidas —es decir, el número de misiones que pueden lanzarse cada día— se ha reducido entre un treinta y cinco y un cincuenta por ciento.

Esto significa que la curva no se dobla hacia abajo, como querría cualquier comandante militar, sino hacia arriba. La campaña de privación diseñada para degradar las capacidades iraníes ha sufrido un revés masivo justo cuando más se necesitaba. Y la respuesta de emergencia —enviar un tercer portaaviones a la región— es en sí misma una confesión de debilidad: un portaaviones puede generar docenas de salidas diarias, pero una base terrestre puede generar cientos. La aviación naval no puede sustituir a la aviación basada en tierra cuando lo que se necesita es una capacidad de bombardeo sostenida e intensiva.

Llegados a este punto, cualquier persona con un mínimo de formación militar se hará la misma pregunta: ¿y la solución militar? ¿Dónde está el plan B, la opción de tierra, la estrategia que rompa el empate?

No hay solución militar. Esa es la conclusión incómoda pero ineludible. Y si no hay solución militar, la guerra se convierte en una prueba de resistencia, en una competición para ver quién soporta más tiempo los costes acumulados.

Aquí es donde el análisis económico se vuelve tan importante como el militar. Porque los costes de esta guerra no son simétricos. Un dron Shahed-136 cuesta aproximadamente veinte mil dólares. Un misil Patriot, la principal arma estadounidense para interceptarlo, cuesta cuatro millones. Y no basta con uno, los protocolos de defensa suelen exigir lanzar dos o tres para garantizar la intercepción. La cuenta es sencilla: por el precio de un solo misil, Irán puede fabricar doscientos drones. Por el precio de una batería completa, puede saturar las defensas de cualquier base durante semanas. Y mientras los inventarios de interceptores estadounidenses se agotan, los drones iraníes siguen llegando.

Pero los costes no se miden solo en misiles. Se miden en petroleros que no cruzan el estrecho de Ormuz, en primas de seguro que se disparan, en precios del petróleo que empiezan a escalar lentamente al principio y luego a saltos cada vez más pronunciados. Se miden en la inflación global que ya comienza a asomar, en los bancos centrales que se preparan para nuevas subidas de tipos, en la crisis alimentaria que amenaza con reducir a la mitad la próxima cosecha por el encarecimiento de los fertilizantes. Se miden, en definitiva, en una recesión global que, según el análisis, sería inevitable si el conflicto se prolonga.

Y luego está el factor que los analistas llaman «geopolítico» y que en realidad es la madre de todos los factores: la percepción. Porque cuando los países del Golfo —esos que durante décadas han financiado la presencia militar estadounidense, que han pagado de su bolsillo la construcción de bases, que han comprado armamento americano por valor de cientos de miles de millones— vean que Estados Unidos no puede protegerlos, empezarán a hacer cuentas. Y las cuentas les dirán que tal vez sea hora de diversificar alianzas, de buscar otros socios, de negociar con quien pueda ofrecer seguridad real. China está ahí, con sus chequeras llenas y sus promesas de no injerencia. Rusia también, vendiendo armas y ofreciendo cobertura diplomática. El viejo pacto del petrodólar —petróleo por seguridad, dólares por protección— se desmorona ante nuestros ojos.

Hay una ironía profunda en todo esto, una ironía que los estrategas iraníes probablemente aprecian. Estados Unidos e Israel justificaron sus ataques con la necesidad de impedir que Irán se hiciera con el arma nuclear. Pero la lección que el liderazgo iraní está extrayendo de esta guerra es exactamente la contraria: Estados Unidos no invadió Corea del Norte porque Corea del Norte ya tenía la bomba. Estados Unidos invadió Irak porque Irak no la tenía. Ergo, si quieres que no te invadan, consigue el arma nuclear cuanto antes. Lo más probable es que, cuando esta guerra termine —si es que termina de alguna manera clara—, Irán acelere su programa nuclear hasta donde sea necesario. Y entonces comenzará el efecto dominó: Arabia Saudita querrá la suya, Turquía también, Egipto probablemente, y Emiratos Árabes no se quedará atrás. La no proliferación, ese sueño de los años setenta, habrá muerto definitivamente en las arenas del Golfo.

Y mientras tanto, Europa observa desde la distancia con esa mezcla de impotencia y arrogancia que la caracteriza. Los líderes europeos, esos mismos que pasaron los últimos años culpando a Putin de todos sus males energéticos, se enfrentan ahora a un escenario que les deja sin chivo expiatorio. Esta vez no podrán echarle la culpa al ruso. El shock energético viene del Golfo, de un aliado de Estados Unidos, de un conflicto en el que no tienen capacidad de influir, pero cuyas consecuencias pagarán. Porque Europa sigue siendo, a pesar de todos sus esfuerzos por diversificarse, una gigantesca chimenea dependiente de la energía que llega de fuera. Y cuando el estrecho de Ormuz se cierra, cuando los petroleros no navegan, cuando los precios del gas se disparan, la industria europea se paraliza, la inflación se acelera y los bancos centrales no tienen más remedio que subir los tipos, hundiendo aún más una economía que ya cojea.

El análisis de Policy Tensor termina con una advertencia que debería hacernos reflexionar a todos: si Rusia y, detrás de ella, China deciden rearmar y reabastecer a Irán —algo que ya es visible—, esto se convertirá en una «Ucrania al revés». Una guerra de desgaste prolongada en la que Estados Unidos y sus aliados tendrán que sostener un esfuerzo bélico sin fecha de fin, mientras sus adversarios observan cómo la superpotencia se desangra lentamente en un rincón del mundo que ya no controla.

La conclusión es incómoda, pero los datos la sostienen. Estados Unidos no tiene una solución militar para este conflicto. No puede destruir las fábricas de drones lo bastante rápido. No puede proteger sus bases de los ataques enemigos. No puede mantener indefinidamente un esfuerzo bélico cuyos costes económicos y políticos crecen cada día. Lo único que le queda es la diplomacia. Hablar con los omaníes, buscar una salida negociada, aceptar que la época en que podía imponer su voluntad por la fuerza en cualquier rincón del mundo ha llegado a su fin.

La pregunta que queda en el aire, la que ningún general ni político quiere responder, es hasta dónde estarán dispuestos a llegar todos los implicados antes de aceptar que la aritmética de la guerra ha cambiado para siempre. Y si la respuesta es demasiado lejos, entonces la recesión global, el colapso energético y la proliferación nuclear dejarán de ser amenazas abstractas para convertirse en la cruda realidad de nuestro tiempo.

El sueño americano del petrodólar, aquel que empezó en 1974 con un apretón de manos entre saudíes y estadounidenses, se está desvaneciendo en el horizonte del desierto. Y lo que viene después, visto lo visto, no promete ser un despertar agradable.

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