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IRÁN HA DISEÑADO UNA GUERRA QUE ESTADOS UNIDOS NO PUEDE GANAR

La defensa mosaico distribuye la autoridad operativa en múltiples nodos, permitiendo al sistema mantener su continuidad

Ciudadanos iraníes asisten al funeral de comandantes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica fallecidos durante los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán - Iranian Supreme Leader'S Office / Zuma Press / ContactoPhoto

Xavier Villar
diario-red.com/25/03/26 |6:00

La mayoría de los análisis sobre la estrategia defensiva iraní, particularmente en torno al concepto de defensa mosaico, tienden a centrarse casi exclusivamente en la dimensión óntica del conflicto: inventario de misiles, capacidades de drones o profundidad geográfica Este enfoque produce lecturas incompletas que dejan fuera los elementos que permiten comprender la coherencia del sistema iraní. La estrategia aparece entonces como una suma de capacidades, desvinculada del marco político que le otorga sentido.

Este sesgo analítico parte de una premisa implícita: que toda racionalidad estratégica puede traducirse en términos de eficiencia operativa. Sin embargo, en este caso, la defensa no puede separarse del principio que organiza su existencia. La seguridad no se define únicamente por la protección del territorio, sino por la continuidad de un orden político-teológico que articula legitimidad e identidad.

Para comprender la estrategia de Irán es indispensable partir de esta premisa: la seguridad se configura como una práctica destinada a garantizar la continuidad del sistema. Desde esta óptica, la acción estratégica no se orienta únicamente a neutralizar amenazas externas; se define por su capacidad de sostener y reproducir ese orden a lo largo del tiempo.

La Guardia Revolucionaria Islámica actúa como una estructura que articula múltiples niveles de poder en un mismo sistema operativo. No se trata de un “centro” que emite órdenes hacia una periferia pasiva, sino de una red en la que el poder circula entre nodos interdependientes. La autoridad no se concentra en un único punto vulnerable, sino que se distribuye a lo largo de múltiples capas que interactúan entre sí.

Este punto es crucial. La guerra moderna, tal como la concibe Occidente, sigue obsesionada con los centros de gravedad: líderes, infraestructuras, nodos de comunicación. La idea es simple: si el centro cae, el sistema colapsa. Irán ha diseñado su arquitectura precisamente para desactivar esa lógica. No hay un único centro que, al ser destruido, produzca el derrumbe del conjunto. Hay múltiples centros funcionales que pueden absorber daño y redistribuir capacidades.

Los primeros ataques buscaron precisamente lo que Occidente entiende como decisivo: eliminar mandos, destruir radares, neutralizar infraestructuras críticas

La fuerza Basij extiende esta lógica al plano social. Su presencia permite que la defensa no se limite al ámbito militar, sino que se integre en la sociedad. Esto transforma cualquier agresión en un fenómeno que no es únicamente militar, sino también social y político. La separación entre frente y retaguardia pierde nitidez.

La guerra iniciada el 28 de febrero ilustra esta estructura. Los primeros ataques buscaron precisamente lo que Occidente entiende como decisivo: eliminar mandos, destruir radares, neutralizar infraestructuras críticas. La expectativa era clara: sin centros, el sistema colapsa. Sin embargo, la respuesta fue distinta. En lugar de una parálisis, se produjo una redistribución. Las funciones se reasignaron, los mandos fueron reemplazados y la operatividad se mantuvo. El sistema no se desmoronó; se reorganizó.

Difusión, desgaste y guerra sin centro

Aquí aparece el concepto clave: nodos en lugar de centros. En una arquitectura de este tipo, el poder no reside en un punto único, sino en la relación entre múltiples puntos. Cada nodo puede funcionar de manera autónoma dentro de un marco compartido, pero también puede reconectarse con otros nodos cuando es necesario. La destrucción de un nodo no compromete el sistema; simplemente reconfigura su equilibrio interno.

Este diseño no es accidental. Es el resultado de una comprensión precisa de cómo operan los adversarios. Las fuerzas occidentales privilegian ataques de precisión dirigidos a nodos estratégicos: líderes, centros de mando, infraestructuras críticas. Pero si el sistema está diseñado para resistir la eliminación de esos nodos, la eficacia de ese tipo de guerra disminuye de forma radical. La destrucción deja de ser sinónimo de victoria.

Esta lógica altera también la teoría de la disuasión. El principio clásico sostiene que el miedo a la escalada impide el conflicto. Sin embargo, en este caso, la escalada puede ser racional desde el punto de vista iraní. Si el sistema está diseñado para resistir, no escalar puede ser más costoso que hacerlo. La supervivencia no depende de evitar el conflicto, sino de sostenerlo bajo condiciones controladas.

El transporte de petróleo a través del Estrecho de Ormuz es un punto de vulnerabilidad sistémica para la economía global

En ese sentido, la estrategia iraní se acerca más a una forma de guerra prolongada que a un enfrentamiento convencional. No busca una victoria inmediata, sino erosionar la capacidad del adversario para sostener el esfuerzo. La pregunta no es quién gana, sino quién resiste más tiempo. Y en ese terreno, las democracias occidentales parten con desventaja estructural.

El Golfo introduce una dimensión adicional. Las potencias regionales tienen capacidad militar, pero no determinan el equilibrio estratégico. Su implicación puede ampliar el conflicto, pero no resolverlo. De hecho, puede intensificarlo. La escalada regional incrementa el coste global y desplaza el conflicto hacia una lógica de presión económica.

Aquí entra en juego el componente energético. El transporte de petróleo a través del Estrecho de Ormuz es un punto de vulnerabilidad sistémica para la economía global. Interrumpir o condicionar ese flujo no implica ganar la guerra, pero sí modificar el entorno en el que se desarrolla. Es una forma de presión indirecta, coherente con la lógica de guerra distribuida. El uso de medios relativamente baratos —drones, minas marinas, misiles de corto alcance— obliga al adversario a sostener dispositivos defensivos costosos. La guerra se desplaza así hacia una dinámica en la que el tiempo y los recursos adquieren un peso central.

Decapitación estratégica y la transformación del conflicto

En Washington, sin embargo, persiste la idea de que una victoria decisiva es posible. La eliminación de capacidades militares, el debilitamiento de infraestructuras o la presión externa se interpretan como pasos hacia un colapso interno. Pero esta expectativa descansa en una premisa discutible: que el sistema es frágil. La evidencia sugiere lo contrario.

La cuestión central no es si el sistema iraní puede ser debilitado, sino si puede ser desactivado. Y todo indica que está diseñado precisamente para evitar ese escenario. No depende de un único punto de fallo. No se basa en una jerarquía rígida. No necesita un centro para funcionar.

Las grandes campañas decisivas del siglo XX han dado paso a conflictos más prolongados, menos concluyentes y más difusos

La guerra, en este contexto, deja de ser un enfrentamiento entre centros y se convierte en una interacción entre redes. Los centros siguen existiendo, pero su función se reduce. Lo decisivo es la capacidad de los nodos para sostener la coherencia del sistema bajo presión.

Esto redefine la noción misma de victoria. Si un sistema puede seguir funcionando después de perder partes clave, entonces la destrucción deja de ser un criterio suficiente. La victoria no puede medirse únicamente en términos de daño infligido. Debe evaluarse en términos de transformación política. Y en ese terreno, el resultado es mucho más incierto.

EE.UU. e Israel conservan una capacidad significativa de destrucción. Pero destruir no es lo mismo que ganar. Irán, por su parte, ha sido configurado para resistir sin necesidad de imponerse en términos convencionales. En ese equilibrio asimétrico, la ausencia de victoria del adversario se convierte en una forma de ventaja.

En última instancia, este conflicto confirma un cambio más amplio en la naturaleza de la guerra. Las grandes campañas decisivas del siglo XX han dado paso a conflictos más prolongados, menos concluyentes y más difusos. La doctrina mosaico no es una anomalía. Es una adaptación a ese nuevo entorno.

La guerra ya no gira en torno a centros que colapsan. Gira en torno a redes que persisten. Y en ese escenario, la capacidad de resistir puede ser más decisiva que la capacidad de destruir. Porque en este tipo de conflicto, la victoria no se define por ganar. Se define por no desaparecer.

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