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LA VIDA EN LA MUERTE SEMBRADA POR EL FASCISMO TRUMPIANO

 La desobediencia masiva ha reavivado la promesa de vida en medio de la muerte
«Vemos el derramamiento de sangre [...]. El silencio es el enemigo».

Protestas contra el presidente Donald Trump, el ICE y Fox News por la violencia racista desatada por esta agencia contra la población estadounidense, 10 de febrero de 2026 - Gina M Randazzo / Zuma Press / ContactoPhoto.

La violación de la Constitución estadounidense por parte de Donald Trump y su gobierno es tan monstruosa en estos momentos que únicamente una reacción social de proporciones tan contundentes como la que se vislumbra durante los últimos meses, traducida luego en una enorme dosis de innovación política, puede destruir el bloque de poder que las brutales clases dominantes estadounidenses han construido en torno a este sujeto corrupto, inmoral y dictatorial, que pretende, como Israel, que el mundo se parezca cada vez más a él y a su sistema fascista

JoAnn Wypijewski
diario-red.com/27/02/26 |6:00

«Si no quieres que te disparen, te electrocuten, te rocíen con gas pimienta, te golpeen con una porra o te tiren al suelo, haz lo que yo te diga». Sunil Dutta, agente de la policía de Los Ángeles, The Washington Post, 2014.

«Obedecer o morir» es la frase que se ha utilizado para caracterizar la experiencia de los negros con la policía en Estados Unidos. El agente Dutta intentaba ser útil cuando escribió su artículo de opinión en medio de las protestas nacionales por el asesinato de Michael Brown en Ferguson (Misuri) a manos de la policía hace más de una década. Dutta, policía de Los Ángeles, profesor y amante de la música, no defendía el uso excesivo de la fuerza; simplemente quería que la gente entendiera que la vida depende de la obediencia. Esto era algo que Brown, un adolescente desarmado abatido a tiros en la calle, no había entendido. Tampoco Eric Garner, que pronunció «No puedo respirar» mientras la policía le estrangulaba en una acera de Staten Island unas semanas antes durante su detención por vender cigarrillos sueltos. Tampoco lo entendieron miles de personas antes y después, en su mayoría hombres negros, entre los que destaca el caso de George Floyd, grabado mientras se asfixiaba durante nueve minutos bajo la rodilla del agente Derek Chauvin en el verano de 2020 en Minneapolis, no muy lejos de donde Renée Good, madre rubia, de ojos azules y lesbiana de tres hijos, recibió disparos en el brazo, el pecho y la cara por parte del agente del ICE Jonathan Ross el 7 de enero de este año. Diecisiete días después, Alex Pretti, enfermero de un hospital de veteranos, también blanco, se sumó a la lista de muertos, cuando el agente de la Patrulla Fronteriza Jesús Ochoa y el agente de Aduanas y Protección Fronteriza Raymundo Gutiérrez le dispararon diez veces por la espalda. El régimen de Trump calificó a Pretti y Good de «terroristas».

Metafórica y literalmente, «obedecer o morir» es una etiqueta adecuada para calificar el estilo de gobierno de Donald Trump, encarnado de forma más cruda por sus fuerzas paramilitares. Sea cual fuere la designación oficial de los agentes del cuerpo paramilitar, el Immigration and Customs Enforcement [Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE] se ha convertido en el símbolo integral de este modelo de gobierno. Aunque sus agentes suelan llevar máscaras, no tengan placas a la vista con su nombre ni números de identificación, a veces vistan ropa de calle, conduzcan vehículos sin distintivos y no rindan cuentas a las autoridades locales o estatales, el ICE es el rostro del poder desprovisto de máscara alguna. Contratados para perseguir a los inmigrantes de las naciones de piel más oscura, sus agentes pretenden sembrar el terror: se agrupan en los tribunales de inmigración, ocupan las calles de las ciudades, se centran principalmente, aunque no exclusivamente, en los latinos, graban en vídeo cómo agarran a las personas, las sacan de los coches, rompen sus ventanas, las separan de sus hijos que gritan (cuando no secuestran a niños de 5 años), las someten con llaves de estrangulamiento y se arrodillan sobre el cuello de los manifestantes. En algunos barrios de inmigrantes, la gente se refugia en sus casas, asiste a la escuela en línea, pide comida a domicilio y opta por que un miembro de la familia salga del domicilio solo cuando es absolutamente necesario. En Nochebuena, en Yakima, una ciudad del interior del estado de Washington, el ICE secuestró a un hombre en el aparcamiento de un Walmart y se llevó la compra que había hecho para su familia.

Presionado para cumplir con las cuotas y envalentonado para inventar la ley sobre la marcha, el ICE ha establecido nuevas reglas para sacar a las personas de sus hogares sin molestarse en obtener una orden judicial, aconsejando a sus agentes que «solo utilicen la fuerza necesaria y razonable para entrar en la residencia del extranjero». La violencia continua, desde las amenazas hasta los arrestos y las detenciones, ha provocado la muerte de treinta y ocho inmigrantes en el último año, seis de ellos en enero. Geraldo Lunas Campos, ciudadano cubano que fue detenido en Rochester, Nueva York, y murió en un campo de concentración en el desierto cerca de El Paso el 3 de enero, fue visto por última vez luchando con los guardias. «No puedo respirar», había dicho repetidamente, según contó un compañero de celda a The Washington Post.

A pesar de todo el horror causado por el régimen, destinado a aturdir a sus oponentes como les sucede a iguanas con el frío, parece que estamos en un periodo de intenso cambio. La desobediencia masiva ha reavivado la promesa de vida en medio de la muerte. Al igual que ocurrió durante la pandemia tras el asesinato de George Floyd, Minnesota ha alterado la temperatura política. Inmediatamente después de la ejecución de Good, muchos comentarios de los medios de comunicación convencionales se centraron, como era de esperar, en la formación de los agentes del ICE o en la falta de ella; ahora, a medida que la resistencia se amplía, esperamos lo impredecible. El pasado 4 de febrero, los cánticos de «Fuck ICE» entonados por los asistentes a un combate de lucha libre en Las Vegas retrasaron el programa televisado a escala nacional. Recordemos que Trump llevó la lucha libre profesional y las artes marciales mixtas a la arena política nacional. El ganador de este combate, Brody King, vende camisetas con el lema «Abolish ICE» y su rostro enmascarado para ayudar a las comunidades latina y somalí de Minnesota. La actuación de Bad Bunny en la Super Bowl el 8 de febrero, una carta de amor a su Puerto Rico natal y a la humanidad latina, batió récords, llegando a 140 millones de espectadores, mientras que Trump, pegado a su teléfono, escupía sobre la cultura de 36 millones de potenciales votantes como «una afrenta a la grandeza de Estados Unidos». En constante cambio, las discontinuidades y continuidades proporcionan una medida del momento.

Durante la primera implementación de «Make America Great», puesta en escena durante la presidencia de Ronald Reagan, Alexander Cockburn señaló que, en ausencia de un programa social, siempre hay un programa de violencia. Bajo el espectáculo de ICE se esconde una subestructura de crueldad

Continuidad. Nadie puede decir honestamente que no lo sabía. Tras la muerte de Good, Trump publicó un comunicado, que se hacía eco de sus proclamas de campaña para las elecciones presidenciales de 2024 y concluía en mayúsculas: «¡No temáis, gran pueblo de Minnesota, el día del juicio y la retribución se acerca!». La deportación masiva era su principal promesa a los votantes, seguida de cerca por el castigo a los enemigos políticos. Dejando de lado la retórica populista, su programa económico consistía en privar drásticamente de fondos a las agencias federales no encargadas de producir resultados letales, en enriquecerse a sí mismo y a sus compinches, y en amenazar con la imposición de aranceles para obtener ingresos, cobrarse venganza y satisfacer su ego. En la medida en que su programa contenía algo similar a un programa social, este tenía como objetivo aumentar el empleo y los ingresos en la economía de la seguridad. La plantilla del ICE se duplicó con creces en su primer año de mandato, pasando de 10.000 a 22.000 empleados, y la Patrulla Fronteriza ha informado de que recibió un número récord de solicitudes, animadas por una bonificación por fichaje prometida superior a la renta personal media de Estados Unidos. En la plantilla federal, solo el personal militar y los empleados dedicados a lo que se denomina «aplicación de la ley» obtuvieron este año un aumento salarial equivalente al coste de la vida. La libertad total es la guinda del pastel. «Tenéis inmunidad para desempeñar vuestras funciones», dijo Stephen Miller, el fascista y nacionalista blanco artífice de la guerra contra los inmigrantes, a los agentes del ICE. «Y nadie, ni ningún funcionario municipal, ni ningún funcionario estatal, ni ningún extranjero ilegal, ni ningún agitador izquierdista o insurrecto nacional, puede impedir que cumpláis con vuestras obligaciones y deberes legales». Podría haber añadido «ningún tribunal», ya que el régimen desacata las decisiones judiciales, que no le gustan y manipula el proceso para obtener las decisiones que le convienen, como demuestra la reciente sentencia, que permite la detención obligatoria. Apellidos como Ochoa y Gutiérrez no suponen ninguna contradicción para Miller. Una fuerza de ataque multicultural hace que el entusiasmo por la violencia contra un enemigo deshumanizado parezca normativo.

Descontinuidad (posiblemente provisoria). «A los estadounidenses no les gusta lo que están viendo ahora mismo», declaró Kevin Stitt, gobernador republicano del estado de Oklahoma y presidente de la National Governors Association (Asociación Nacional de Gobernadores), a la CNN tras la muerte de Pretti, mientras las masas se manifestaban en las calles en un fin de semana de frío y nieve feroces en gran parte del país, a pesar de los gases lacrimógenos y las balas de goma. Los gobernadores del país, veintiséis de ellos republicanos, acababan de instar al gobierno a «considerar un reset». Los directores ejecutivos de sesenta de las mayores empresas con sede en Minnesota –3M, Target, General Mills, Cargill, etcétera– pidieron una «desescalada». Las figuras del deporte profesional alzaron la voz. Bruce Springsteen compuso una canción. El podcaster y principal partidario de Trump, Joe Rogan, jugueteó comparando el ICE con la Gestapo. Algunos representantes republicanos electos pidieron una investigación independiente. No lo habían hecho después de que Ross matara a Good y exclamara «Puta zorra», mientras su vehículo se alejaba sin rumbo fijo hasta chocar finalmente contra un coche aparcado y un poste eléctrico. El Department of Home Security (Departamento de Seguridad Nacional, DHS) exoneró perentoriamente a Ross de toda responsabilidad, mientras los agentes federales optaron por investigar a la viuda de Good, Becca. Los senadores demócratas se comprometieron a paralizar parte del gobierno antes que aprobar un presupuesto de 64,4 millardos de dólares para el DHS, iniciativa para la que consiguieron el apoyo de siete senadores republicanos. Incluso los Obama se apartaron de sus actividades en Netflix para emitir un comunicado, el primero desde que Trump comenzara con su versión de «obedecer o morir». Esta «desgarradora tragedia» es también «una llamada de atención», escribieron, recordando a los ciudadanos que llevan un año disintiendo que la disidencia importa. Mientras el régimen justificaba el asesinato de Pretti, mintiendo al decir que había «blandido» un arma que no debería haber llevado, los defensores del derecho a portar armas clamaron indignados.

Esto no le ha sentado bien a Trump, un hombre para quien lo que está en juego, es decir, si domina las noticias y de qué manera lo hace, es su principal preocupación. El presidente intentó primero distraer la atención, publicando en Truth Social que el DHS debe mostrar los «miles de animales salvajes [que ha capturado] en Minnesota», para que «la gente empiece a apoyar a los patriotas de ICE». Luego probó con la extorsión mediante el envío de una carta por la fiscal general Pam Bondi, quien, horas después del asesinato de Pretti, informó al gobernador de Minnesota, Tim Walz, de que podía «poner fin al caos» entregando los censos electorales para que los agentes federales pudieran buscar a los inmigrantes indocumentados en su calidad de votantes «sin derecho a voto». El secretario de Estado de Minnesota, Steve Simon, comparó esto con una «nota de rescate» enviada por el secuestrador. Trump encontró un chivo expiatorio, el comandante de la Patrulla Fronteriza Greg Bovino, un matón que se había comportado exactamente como se esperaba de él y que ahora está exiliado. Trump intentó también pacificar la situación, hablando con Walz y con el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, a quienes anteriormente solo había amenazado y vilipendiado. Llegó a un acuerdo con los senadores demócratas, que siguen sin mostrar firmeza. Mientras sus lugartenientes en la Casa Blanca luchaban entre sí para reescribir la historia, Trump culpó a las malas relaciones públicas del tumulto existente en su partido, típicamente sumiso, y en el país. La postura predeterminada del régimen de «¿A quién vas a creer, a mí o a tus mentirosos ojos?» puede haber llegado a su límite.

Discontinuidades dentro de la continuidad. La mayoría de los estadounidenses blancos no experimentan el poder sin la máscara puesta. Los blancos llevan mucho tiempo siendo asesinados por las fuerzas policiales en Estados Unidos, en mayor número, aunque en menor porcentaje per cápita, que otros grupos, según los registros recopilados desde aproximadamente 2014. Simplemente no hemos sabido sus nombres en el contexto de la agitación. Ahora conocemos dos. Renée Good, de 37 años, que sonrió al decirle a un agente del ICE: «Tío, no estoy enfadada contigo» instantes antes de que las balas atravesaran su cuerpo, no había aprendido el mensaje de que, con las fuerzas del orden, siempre puedes encontrarte en una posición mucho peor de la que te encuentras. La mataron por interponerse en su camino. Le ordenaron que se quedara en el coche y que saliera del mismo y obviamente no podía haber cumplido ambas órdenes, aunque hubiera querido. Alex Pretti se interpuso entre los agentes de la Patrulla Fronteriza y una mujer a la que habían arrojado a la nieve. No era su primera pelea, mientras portaba un arma provista de la correspondiente licencia, escondida a la espalda en un estado donde se permite el porte oculto. Probablemente no imaginó que tener el arma e informar de ello a las fuerzas del orden, después de ser rociado con gas pimienta, desarmado e inmovilizado en el suelo, provocaría su ejecución. Pretti, también de 37 años, no habría conocido una época en Estados Unidos en la que llevar un arma no se promoviera como la máxima protección o, como dijo el congresista republicano Thomas Massie después del tiroteo, «un derecho otorgado por Dios».

A menos, quizá, que uno sea negro. Es difícil ver a un civil asesinado en las calles de Estados Unidos por quienes actúan bajo el amparo de la ley y no pensar en la estela de muertes de personas negras, en el canto «Say their names» que ha resonado durante más de dos décadas, en Philando Castile, el hombre de las Ciudades Gemelas (Minéapolis y Saint Paul) asesinado tras revelar educadamente que tenía un arma en su coche, en el niño Tamir Rice, que sostenía una pistola de juguete y fue abatido a tiros dos segundos después de que la policía llegara a un parque infantil de Cleveland; es difícil no recordar que, durante el primer mandato de Trump, nuestras ciudades estallaron en demandas de un nuevo pacto social tras un asesinato policial en Minneapolis. El ICE no es lo mismo que la policía local. La diferencia es notable en Minneapolis, donde los policías ahora están en inferioridad numérica de tres a uno (incluso con la reciente retirada de setecientos agentes federales) y donde el departamento de policía se vio obligado a acometer las debidas reformas después de que en 2020 los manifestantes incendiaran su sede. Una investigación federal efectuada en 2023 descubrió un patrón de discriminación racial, comportamiento abusivo contra los manifestantes, uso de fuerza letal contra personas que no representaban una amenaza, así como de otras prácticas ilegales. Trump retiró a los agentes federales en virtud del acuerdo ordenado por el Tribunal pertinente para supervisar la reforma del departamento, sin duda en su frenesí por erradicar las huellas del bidenismo, pero la población se ha mantenido alerta. En general, la policía no sale todos los días a cazar, ni los afroamericanos ni otras personas acosadas de forma desproporcionada por ella se esconden en sus casas, pero la experiencia de la actuación policial es lo suficientemente amenazante y brutal históricamente como para que no sea irracional que la gente sienta una legítima inquietud. Cuando la gente habla de «policía fascista», como ahora, cuando algunos llaman al ICE una banda de secuestradores, un escuadrón de la muerte, quien habla es el conocimiento del terror estatal sedimentado durante décadas. Los blancos no enseñan a sus hijos que una parada de tráfico puede ser mortal. ¿Podrían ahora advertirles de que una protesta también puede serlo? El mensaje que emana de la Casa Blanca, reiterado hasta el absurdo, como en el ya casi olvidado ultimátum sobre la adquisición de Groenlandia –«Si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas»– es que el régimen puede atacar a cualquiera.

Continuidad y cambio. El 23 de enero de 2026, en las Ciudades Gemelas, los estudiantes abandonaron las clases, decenas de miles de personas se manifestaron y se reunieron, cien clérigos fueron detenidos en el aeropuerto por protestar contra los vuelos de deportación y en torno a seiscientas empresas locales cerraron sus puertas en solidaridad con el llamamiento a no trabajar, a no ir al colegio y a no comprar. Pretti fue asesinado a la mañana siguiente. A escala nacional, el grupo Indivisible ha convocado una tercera protesta «No Kings» para el 28 de marzo, centrada en «una fuerza policial secreta, que aterroriza a las comunidades estadounidenses». Este tipo de acciones son habituales para la izquierda. Lo que ha estado sucediendo en Minnesota trasciende lo familiar. La historia obrera del estado, el compromiso de sus activistas y del gobierno con la vida de los inmigrantes y, especialmente desde el asesinato de George Floyd, un método de organización de grupos de barrio, redes de ayuda mutua, comunicación de respuesta rápida, así como alianzas selladas entre trabajadores y comunidades de todos los colores, han creado las condiciones para una respuesta hiperlocal, solidaria y espontánea.

Miembros de la comunidad celebran una manifestación en Minneapolis, Minnesota, el 8 de diciembre de 2025, en respuesta a la reciente retórica federal y las medidas políticas que afectan a los residentes somalíes y afganos - Christian Zander/NurPhoto vía AP Photos.

Dicho con las palabras de un veterano de las trincheras de la izquierda: «Resulta que a la gente no le gusta el dolor estructural y cotidiano, que se inflige a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo, a los feligreses de sus mismas iglesias y a la gente del bloque de al lado, hasta tal punto que se precipitan hacia el peligro, el peligro mortal, para tratar de proteger quienes el régimen convierte en su objetivo. De acuerdo con nuestras estimaciones, cada día aproximadamente 700 personas por barrio, en ocho barrios de Minneapolis, salen a la calle: 5600 personas, cada día. Puedo dar fe de que unas 800 personas acuden a una iglesia todos los martes por la noche en una zona más tranquila de St. Paul. Las personas que hacen todo esto en ambas ciudades ahora se conocen entre sí, mientras desarrollan recursos, se preocupan por la seguridad, aprenden a confiar, se organizan, experimentan éxitos y fracasos, sienten dolor y esperanza. Juntos, en redes clandestinas pero formalizadas».

Si, como parece probable, Minnesota fue elegida para lanzar el ataque federal como demostración de castigo por su progresismo, su formidable comunidad somalí representada por Ilhan Omar en el Congreso y su historia rebelde, también simboliza una corriente de oposición que, aunque menos avanzada desde el punto de vista organizativo, ha ido creciendo en todo el país. Esto se refleja en las congregaciones eclesiásticas, que forman a sus miembros en el testimonio público y la intervención no violenta, celebrando vigilias y acompañando o ayudando de otras formas a los inmigrantes. Se refleja también en la existencia de observadores judiciales o de personas, que visitan pequeñas empresas, compartiendo tácticas para tratar de mantener a los trabajadores a salvo. Se refleja también en protestas espontáneas convocadas para gritar «ICE Out» contra los centros de detención propuestos en los distritos en los que ganó Trump. Se refleja en tantos esfuerzos silenciosos para prepararse a la resistencia civil masiva. Se refleja en los equipos para vigilar al ICE, que han surgido en ciudades, pueblos y zonas rurales, y cuyos participantes, que a veces trabajan en turnos asignados, pueden ser profesores o jóvenes anarquistas o mujeres de la iglesia o trabajadores de la construcción o activistas pro Palestina o jubilados del sector financiero, esto es, un grupo heterogéneo difícil de encasillar y por esa misma razón dotado de potencia. Esta oposición es en su mayor parte invisible a escala nacional. Sus armas son silbatos, cámaras, Signal y tarjetas de «Know your rights». Su ventaja está en el número y la convicción. Era inevitable que alguien muriera.

Continuidad (¿durante cuánto tiempo?). Durante la primera implementación de «Make America Great», puesta en escena durante la presidencia de Ronald Reagan, Alexander Cockburn señaló que, en ausencia de un programa social, siempre hay un programa de violencia. Bajo el espectáculo de ICE se esconde una subestructura de crueldad. Trump encarna esto y como se nutre de instigar el caos –como disfruta del sufrimiento ajeno, se anota una victoria, por fugaz o destructiva que sea, siempre que todas las miradas se centran en él–, es fácil fingir que él lo ha creado. «Bring Back Sahme» [Devolved la vergüenza] apareció escrito en pancartas vistas en algunas manifestaciones nacionales el año pasado, como si los miembros del Ku Klux Klan fueran más nobles por esconderse bajo una sábana.

Bill Clinton no se escandalizaría, porque las prisiones se construyeran sobre las ruinas de las economías locales, o porque se normalizara la tortura del aislamiento, o porque la primera prisión de máxima seguridad de Estados Unidos, la «Alcatraz de las Rocosas», se diseñara para provocar la privación sensorial y social extrema. Barack Obama obtuvo el Premio Nobel de la Paz para después planificar cada martes desde el Despacho Oval los objetivos de los asesinatos selectivos que debían cumplirse en el Tercer Mundo y ganarse el título de «deportador en jefe»

Reagan designó el kétchup como verdura para los escolares, recompensó la codicia y miró para otro lado mientras decenas de miles de hombres homosexuales morían de sida; sus guerras libradas por delegación devastaron Centroamérica e inundaron las ciudades estadounidenses de cocaína, pero la prensa liberal lo recuerda con nostalgia. Trump ha prosperado en la misma cultura de la nueva guerra que creó a Reagan y que este fortaleció con una ética de simplicidad despiadada: los valores marciales por encima de los valores humanos. Esto no era algo del todo nuevo –Richard Nixon inventó la guerra contra las drogas para aplastar los movimientos de izquierda, los movimientos negros y la cultura liberacionista–, pero Reagan lo hizo con una sonrisa lerda. Los sucesivos presidentes bombardearían países con indiferencia, mientras las redadas policiales contra los hombres negros y morenos se basaban en los cimientos que Reagan y las asambleas legislativas inclementes contra el crimen sentaron para construir el complejo carcelario estadounidense. Trump siguió durante esos años, mientras todo eso sucedía, estafando a sus pequeños contratistas, reduciendo sus obligaciones fiscales y puliendo su propia estrella, aprendiendo entretanto la lección de que siempre hay alguien a quien engañar, algún grupo al que etiquetar como animales o cucarachas, como hizo George Bush al construir como monstruos a los iraquíes en la Guerra del Golfo, como hicieron los policías de Los Ángeles eludiendo toda responsabilidad tras golpear al Rodney King, ciudadano inerme e indefenso, a pesar de las pruebas grabadas en vídeo de su canallada.

Librarse de la pena impuesta era la lección cultural fundamental, aunque Los Ángeles ardiera. Bill Clinton no se escandalizaría, porque las prisiones se construyeran sobre las ruinas de las economías locales, o porque se normalizara la tortura del aislamiento, o porque la primera prisión de máxima seguridad de Estados Unidos, la «Alcatraz de las Rocosas», se diseñara para provocar la privación sensorial y social extrema. George W. Bush y la clase política de Washington DC no sufrirían, porque la Patriot Act ampliara enormemente la vigilancia estatal en 2001 y se centrara en los musulmanes y los árabes estadounidenses, junto con las personas que los defendían y las que podían ser confundidas con ellos. Bush junior está en su rancho, pintando cuadros mientras disfruta de una tranquila jubilación, a pesar de los centros clandestinos de la CIA y de sus continuas mentiras, del incontable número de muertos y mutilados producto de sus guerras, de las atrocidades de Guantánamo y Abu Ghraib, y de la militarización de la policía incluso en las ciudades pequeñas. Barack Obama obtuvo el Premio Nobel de la Paz para después planificar cada martes desde el Despacho Oval los objetivos de los asesinatos selectivos que debían cumplirse en el Tercer Mundo y ganarse el título de «deportador en jefe». Cada uno de estos regímenes hizo sufrir a los haitianos. Cada uno de estos regímenes financió el despojo y el lento genocidio de los palestinos; Joe Biden y Kamala Harris pagaron por la matanza descarada de Gaza doblemente. Nadie fue juzgado por crímenes de lesa la humanidad. La criminalidad, considerada indiscutiblemente descalificante para los inmigrantes («Todo el mundo está de acuerdo en que las personas que han cometido delitos deben ser deportadas»), es la descripción tácita del trabajo de toda presidencia estadounidense.

Trump en el poder y las fuerzas que lo encuentran útil han moldeado el viejo patrón de deshumanización en las guerras internas y externas con la grandilocuencia que les caracteriza. Así, matones anónimos atormentan a los débiles, aviones estadounidenses atacan barcos en el Caribe y disparan a los supervivientes, y un presidente extranjero es secuestrado y su pueblo asesinado. En una situación de precariedad constante entre las masas, Trump declara que las cosas nunca han ido mejor, mientras que en un campo de concentración oficialmente denominado Alligator Alcatraz, ubicado en los Florida Everglades, los inmigrantes detenidos son obligados a vivir en jaulas de dos por dos metros expuestas a la intemperie, «como jaulas para perros», dijo un antiguo recluso, «un poco más grandes que un ataúd».

Aunque lo que está sucediendo en la resistente Minnesota no presagia una nueva sociedad, su prominencia ha abierto al menos una ventana a la imaginación, cuando el régimen ha estado diciendo que la imaginación es inútil. Las calles y las comunidades son terrenos para la acción. La cultura es vital, como demostró ACT-UP, al igual que otros movimientos que se opusieron a los diversos horrores ahora mismo mencionados. Lo que ha faltado, si somos sinceros, es un espíritu de «todos para uno» en favor de los valores humanos, de la vida contra la deshumanización y el castigo. La abrumadora y entusiasta respuesta al espectáculo de Bad Bunny en este momento (y la Super Bowl es el evento de cultura pop más grande y amplio del país) sugiere algo más que el aprecio por los ritmos y los decorados emocionantes. Cantada casi en su totalidad en español, celebrando a los trabajadores, a los amantes, a la gente común en casa, en una colonia estadounidense (con una referencia ingeniosa e inconfundible a las debilidades del estatus colonial), en un hemisferio americano en el que Estados Unidos no es más que un país más, parece haber aprovechado los anhelos de paz, amor y comprensión, como dice la vieja canción, de libertad y placer: palabras asociadas a la época que los seguidores de Trump pretenden borrar sin concesiones.

Quizá los espectadores simplemente agradecían un alegre respiro del torrente diario de sufrimiento. Aunque así fuera, no es prudente descartar impulsos de solidaridad. Tras el asesinato de George Floyd, su imagen como hombre vivo se convirtió en el centro de un memorial callejero en Minneapolis y apareció en muros de todo el mundo, incluido en el muro del apartheid de los Territorios Ocupados palestinos. Su alcance evocó una pregunta implícita en «Black Lives Matter», pero que quedó oscurecida cuando el eslogan fue rápidamente absorbido por el capitalismo, la virtud performativa y la moda de pasarela. ¿Qué vidas son prescindibles? La canción de Janelle Monae de 2015 «Hell You Talmbout», que conmemora con fiereza a los negros asesinados por la policía, evoca la consecuencia lógica. ¿Cuál es el deber de los vivos para con la humanidad? «Vemos el derramamiento de sangre [...]. El silencio es el enemigo». Sí, y el programa interconectado de violencia, el patrón, es el enemigo que la mayoría de los estadounidenses no ven. Ahora se vislumbra, de nuevo. Las cosas se han vuelto más ruidosas. No es momento para el dolor. Es momento de prepararse. ¿Qué vendrá después?

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Recomendamos leer JoAnn Wypijewski, «Trump, crueldad y estafa: sujetos desechables en la dictadura trumpiana», Diario Red; «¿Estado de Derecho? Trump y los tribunales», «¡Y qué pasa con…!», «América otra vez» y «Mike Davis, in memoriam», todos ellos publicados en El Salto; «La política de la inseguridad», NLR 103, «Solo en casa», NLR 93, y «Blues de los parados», NLR 42. Dylan Riley, «Intereses materiales y lucha de clases», «Lenin en Estados Unidos» y «Después de la cultura de masas», todos ellos publicados en Diario Red, y «Líneas de fractura: Lógicas políticas del sistema de partidos en Estados Unidos», NLR 126. Dylan Riley y Robert Brenner, «Siete tesis sobre la políticas estadounidense», NLR 138-139, y «The Long Downturn and Its Political Results», NLR 155.

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Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista publicada en Madrid por el Instituto República & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños.

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Fuente:

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