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SECUESTROS SEMÁNTICOS

El secuestro semántico de la 'paz' por élites convierte el concepto en herramienta de dominación, justificando represión y ocultando desigualdades bajo un falso orden neoliberal


Por Fernando Buen Abad
ALMA Plus TV

Se disputa el “sentido” echando mano, también del “secuestro semántico” para manipular significados y para perpetuar la hegemonía económica e ideológica burguesa. Ellos secuestran conceptos claves, para subordinar su significado mientras mantienen su forma lingüística (significante), aprovechando su carga simbólica para servir a intereses particulares.

El concepto de “paz” es un ejemplo paradigmático. Su secuestro semántico ocurre hoy agravado cuando un grupo poderoso redefine su sentido para vaciarlo de base social e histórica y transformarlo en herramienta de dominación. Al controlar medios, instituciones y discursos públicos, imponen narrativas que naturalizan su poder. Mantienen poder no solo por coerción armada o la extorsión económica, sino mediante la imposición de valores y significados que legitiman el statu quo.

Ahora la paz les sirve para enmascarar la estabilidad económica que conviene a sus negocios o para fingir ausencia de todo género de conflicto que ellos mismos, por definición, generan. Promueve una “pax burguesa” que prioriza el orden sobre la justicia, criminalizando protestas sociales como “amenazas a la paz”. Esa paz como orden neoliberal se vincula a la estabilidad de mercados y la tranquilidad de su propiedad privada, para camuflar las desigualdades sistémicas. Su relato por la paz justifica represión estatal o militarización bajo el pretexto de “garantizar el orden” No se inhiben de financiar campañas de “responsabilidad social” mientras explotan recursos o trabajadores. No se privan de manipular noticias que presentan huelgas como “rupturas de la paz social”, ignorando demandas laborales.

Con sus doctrinas de “seguridad nacional”, restringen libertades civiles en nombre de la “paz”. Su “paz” burguesa anula su dimensión transformadora, reduciéndola a mera coexistencia en condiciones injustas. Su “paz” es criminalización de la resistencia para arrogarse el derecho a tachar de “violentos”, a todos los que sufren la violencia de su paz “fake”. Su victoria “cultural” aspira a naturalización de la opresión y asociar “paz” con inacción que legitime estructuras represivas como si fuesen un logro civilizatorio. Es indispensable reclamar la paz politizada y democratizada contra el secuestro semántico, porque deben ser las luchas sociales quienes redefinan la paz desde abajo con distribución justa de las riquezas, defensa de los derechos humanos y desmantelamiento de estructuras opresivas y crear nuevos significantes. El secuestro de la noción de “paz” por la burguesía revela cómo el lenguaje es un campo de batalla económico e ideológico. Y hay que desenmascarar estas operaciones semióticas porque es crucial para construir una paz auténtica, radicalmente democrática y emancipadora.

No hay lenguaje “neutral”, todo refleja los medios, los modos y las relaciones de producción dominantes. Cuando se secuestra y mercantiliza el concepto de paz despojándolos de su contexto histórico y presentándolo como universale y atemporal, el lenguaje se usa como un arma que en manos de los académicos y publicistas burgueses actúan como munición ideológica del orden. La “paz” se enseña como sumisión al Estado y al mercado, no como justicia social. Como una paz despolitizada. La burguesía impone un “sentido residual” (pasivo) sobre el “sentido emergente” (crítico) ligado a movimientos sociales. Secuestran el concepto y la palabra Paz como sinónimo de estabilidad del mercado que es la garantía de que el capital fluya sin obstáculos El secuestro de la paz vacía la política de su potencial emancipatorio.

Esa “paz burguesa” secuestrada, es la despolitización de la desigualdad para normalizar la explotación como parte del “orden natural”. La paz como dispositivo de dominación que monopoliza la violencia define qué es. Así su paz es principalmente, ausencia de conflicto visible, pero mantenimiento de violencia estructural con ejércitos, espías, grupos de choque o policías para “proteger la paz” en zonas empobrecidas y, principalmente asegurar la paz para el fetichismo del consumo así fuese necesario convertir la paz en un espectáculo financiado por Coca Cola o por el “Día Internacional de la Paz” patrocinado por empresas bélicas (Lockheed Martin). La paz también convertida en mercancía que vende la idea de que la armonía social gracias que todos son felices con el consumo que oculta la explotación laboral y ecológica.

Secuestran la paz, también, para esconder el racismo y la sumisión al colonialismo, mientras reprimen a los pueblos con todo tipo de torturas físicas y psicológicas. En EE.UU. acusan a Black Lives Matter de “alterar la paz” al denunciar el racismo sistémico. Y en uno de sus altares ideológicos, más celosamente vigilados, asegurar la “paz doméstica” con la opresión de género. Nada como la “paz familiar” que naturaliza el trabajo no remunerado de las mujeres y silencia la violencia machista. La “paz del vencedor”, que consagra la opresión a quien atente contra el excedente. Y contra todo esto nada se resuelve con las fórmulas ilusionistas de paz mesiánica, ni la verborragia redentora de los oprimidos.

No hay paz sin intervención de las victimas de las guerras, de los excluidos, de los explotados, de los campesinos y de los pueblos originarios. Y de muy poco sirve rescatar las definiciones abstractas sobre la paz hay que redefinir la “paz” como “dignidad rebelde”, capaz de subvertir la narrativa burguesa en su fase imperial que invoca la “paz global” para justificar invasiones e inversiones del mayor vendedor de armas del mundo. Ni la “paz verde” de las multinacionales como Shell o BP con discursos ecológicos, mientras expanden proyectos extractivistas. No hay Paz sin reformas agrarias sin justicas para la clase trabajadora.

Si la burguesía secuestra la “paz” para convertirla en un significante perverso, su significado solo puede re-semantizarse mediante la lucha de clases. La verdadera paz es la abolición de las condiciones que generan violencia (explotación, racismo, patriarcado). esto implica una revolución cultural semiótica: descolonizar el lenguaje y construir una nueva semiósis desde los comunes. Hace falta una cronología rigurosa y crítica, no neutral, que refleje la tensión entre la paz como orden hegemónico y como emancipación de las luchas humanas y sus doctrinas, organizada en ejes temáticos y cronológicos, con fuentes primarias, controversias y análisis de sus limitaciones. Una historiografía académica revolucionaria en la teoría y en la práctica política, sin anacronismos y simplificaciones, para ver con toda exactitud cuántas veces y de qué maneras la lucha por la Paz ha sido traicionada por los poderes de turno siempre con violencia alevosa, premeditada y ventajosa. Es decir, con todas las agravantes. Como advirtió Walter Benjamin, “no hay documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie”. La paz, en cada época, ha sido un campo de batalla.

Fernando Buen Abad
5 Mayo

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Fernando Buen Abad. Intelectual y escritor mexicano. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Master en Filosofía Política y Doctor en Filosofía.

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