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DE LOCOMOTORA DE EUROPA A SU ÚLTIMO VAGÓN: LOS PRINCIPALES FACTORES DE LA CRISIS ECONÓMICA ALEMANA

Parece que Alemania ha pasado de ser la locomotora de Europa a uno de sus últimos vagones.
Las empresas alemanas no solo han perdido competitividad internacional con la aplicación de las sanciones contra los rusos, sino que ahora el país corre el riesgo de entrar en un proceso de desindustrialización

© Sputnik / Alexéi Vitvítskii

Valdir da Silva Bezerra
Analista internacional

Alemania, la otrora tercera economía mundial, solía llamarse la locomotora de Europa. Hoy, este país verdaderamente centroeuropeo se enfrenta a uno de sus retos más graves de la historia reciente.

En gran parte debido a la inflación a la que Alemania se ha sometido para sumarse a la política de sanciones de Occidente contra Rusia, la popularidad del actual canciller Olaf Scholz es una de las más bajas de la historia del país. Al mismo tiempo, con un déficit presupuestario público estimado en unos 60.000 millones de euros (unos 65.751 millones de dólares), el propio modelo de la economía alemana parece estar amenazado.

Conviene recordar que el modelo económico del país europeo se basa en la industria y el comercio, ya que está especializado en la fabricación de productos con un alto grado de valor añadido. Las marcas alemanas de automóviles, así como sus industrias química y farmacéutica, figuran entre las principales del mundo y se han convertido en íconos de su economía. Además, Alemania produce herramientas y máquinas que se utilizan en diversos segmentos de la industria a nivel mundial.

Especialmente a mediados de los años noventa, tras la reunificación del Estado, los alemanes llevaron a cabo una serie de reformas estructurales en el país, que imprimieron un nuevo dinamismo a su economía. Esto hizo que los productos nacionales fueran más competitivos en el mercado internacional, aprovechando la practicidad y el bajo costo de la energía rusa suministrada a sus industrias. Como resultado, más de la mitad de la economía alemana está orientada a la exportación, y uno de sus principales destinos es China.

No en vano, durante el auge del país asiático en la década de 2000, el comercio entre ambos países creció espectacularmente. Cuando China se ralentiza, Alemania sufre las consecuencias. Esta es incluso una de las razones por las que los alemanes están tan interesados en un acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, con el fin de encontrar alternativas para exportar sus productos.

Sea como sea, lo cierto es que Alemania está oficialmente en recesión y se espera que haya acabado 2023 con una caída del PIB de alrededor del 0,3%, según una previsión de la Comisión Europea. Se trata de uno de los peores resultados económicos del bloque, dado que la previsión de crecimiento para el conjunto de la Unión Europea en 2023 es del 0,6%.

Entre las causas, además del impacto de la desaceleración china, está la crisis energética que ha golpeado a Alemania más duramente que a sus vecinos continentales, principalmente porque los alemanes se vieron prácticamente obligados a reducir su dependencia del gas ruso tras el inicio de la operación militar especial. ¿Qué se puede decir, por ejemplo, sobre la explosión de los gasoductos Nord Stream en septiembre de 2022, que según el periodista Seymour Hersh, contó con el apoyo y la aprobación previos de Washington? Si esto es así, significa que Estados Unidos ha pisoteado verdaderamente la soberanía alemana y lo ha hecho sin ninguna represalia ni remordimiento en su conciencia.

Además, con el aumento de los precios de la energía derivado de las sanciones contra Rusia a partir de 2022, Alemania también ha sufrido un aumento de la inflación general de precios en la economía, lo que ha obligado al Banco Central Europeo a subir los tipos de interés, afectando así al poder adquisitivo de la población y repercutiendo en el consumo.

Como consecuencia, las empresas alemanas no solo han perdido competitividad internacional con la aplicación de las sanciones contra los rusos, sino que ahora el país corre el riesgo de entrar en un proceso de desindustrialización. Por ejemplo, BASF, un reconocido gigante químico, va a suprimir más de 2.500 puestos de trabajo en Alemania y abrirá una fábrica en China. Es la prueba de que el Estado ha sido incapaz de crear las condiciones para que algunas empresas sigan produciendo en su territorio.

Al someterse a los designios geopolíticos de Washington, que hicieron que Alemania dejara de comprar gas ruso, el país tiene que hacer frente ahora a graves problemas estructurales, que no solo implican altos precios de la energía, sino también dificultades para financiar infraestructuras y una mano de obra cada vez más escasa.

Por si fuera poco, otro grave problema se refiere a la notoria burocracia alemana. Mientras que en Alemania se requiere unos 120 días para abrir un negocio, en países como Grecia o Italia se necesita poco más de un mes. Además, los permisos para obras civiles en Alemania tardan un 50% más que en otros países industrializados.

En cualquier caso, la lista de problemas alemanes para 2024 es larga. Para hacer las cosas aún más dramáticas, Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, intenta cada vez depender menos de China, lo que podría complicar enormemente la situación de varios países europeos, Alemania en particular. En la práctica, esto significará más proteccionismo y menos comercio con el gigante asiático, lo que le costará a Berlín aún más en términos de empleos nacionales y estabilidad económica.

Con el fin de prepararse para estos retos, Alemania podría, por ejemplo, recurrir a la inversión interna, pero este ha sido un ámbito en el que los alemanes se han quedado escasos. El Gobierno de Scholz se ha centrado obsesivamente en equilibrar las cuentas públicas, una postura poco flexible a la hora de abordar los numerosos problemas a los que se enfrenta Berlín.

Además, Alemania está gobernada actualmente por una coalición de tres partidos diferentes (socialdemócratas, verdes y liberales), por lo que resulta difícil alcanzar un consenso en el Parlamento sobre políticas que puedan reanimar la economía del país.

Al mismo tiempo, en los últimos años Alemania ha sido testigo del crecimiento de la llamada extrema derecha, que según las encuestas cuenta ya con un sólido 20% del total del electorado alemán. La situación, por tanto, no solo es delicada, sino que plantea dudas sobre si esta vez los alemanes volverán a las políticas más extremas de su pasado.

A la vista de todos estos factores, parece que Alemania ha pasado de ser la locomotora de Europa a uno de sus últimos vagones.

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