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LA GUERRA EN LAS PANTALLAS

¡Censura!, gritan las oligarquías mediáticas cada vez que uno exige medidas jurídicas, culturales o políticas para democratizar los medios y frenar sus abusos
Todo es exceso, demasiados militares, demasiados operativos, demasiados crímenes en las pantallas, las radios y los periódicos de las oligarquías

Fernando Buen Abad Domínguez*


El relato bañado (rentablemente) en sangre. Puestas sobre las mesas de redacción, las armas de guerra ideológica son instrumentos quirúrgicos preparados para desfigurar cotidianamente sobre (contra) la realidad. Se santiguan con la coartada de informar sobre la guerra y se solazan, sin empacho, con baños de sangre y espectáculos de cadáveres. Narran al unísono su cometido idéntico, preñado con placer retórico, nada oculto, que exhibe víctimas ensangrentadas a destajo para levantar las banderas de sus moralejas militaristas y exterminadoras. Luchan periodísticamente por liderar el paraíso del pavor mediático, preludio de cualquier invasión, cualquier violación de los derechos humanos, cualquier crimen organizado. Son décadas de entrenamiento para una saliva diestra en gastos descomunales y muertes a mansalva, los resultados civilizatorios son aterradores, pero la prensa burguesa se enorgullece por su rating, sus likes y sus seguidores… Es la libre expresión del storytelling macabro.

Todos, los medios oligarcas quieren más presupuestos y más fuerzas del orden, todos quieren más asesores extranjeros, más aplausos monetarios y más presencia militar en las calles. Para eso han creado su monstruo mass media insaciable que, a mañana, tarde y noche exhibe sin control escenas inenarrables de barbarie y desmoralización social. ¿Quién los frena? ¿Quién regula y ordena su discurso? ¿Quién pone por encima de este negocio macabro la salud mental de los pueblos, la integridad emocional de los niños, la salud colectiva de los imaginarios sociales?

Esta forma del terrorismo mediático, envuelto en túnicas legalistas, oscila sus ambigüedades simbólicas entre la urgencia de control efectivo y contundente contra las rebeldías y la tarea ideológica burguesa que camufla, con filantropía de mercenarios, su ofensiva de miedo anestésico. Y entonces, todo son excesos de obscenidad y pornografía noticiosa. Todo es exceso, demasiados militares, demasiados operativos, demasiados crímenes en las pantallas, las radios y los periódicos de las oligarquías. Y aun así, ineficiencia, incapacidad e inoperancia. El crimen crece y se vuelve espectáculo... y se vuelve negocio, los anunciantes apuestan al rating de la sangre.

¡Censura!, gritan las oligarquías mediáticas cada vez que uno exige medidas jurídicas, culturales o políticas para democratizar los medios y frenar sus abusos. Violación de la libertad de expresión proclaman los negociantes burgueses de los mass media, cada vez que uno exige que cumplan con su responsabilidad social y cesen en su ofensiva patológica contra la sensibilidad de los destinatarios. Acoso, patalean los lebreles de la información cada vez que uno se niega a seguir siendo esclavo o rehén de sus demagogias periodísticas. Los delincuentes de la cultura de masas capitalista, armados con cámaras y micrófonos, se hacen pasar por víctimas toda vez que el hastío y el asco social se torna en denuncia contra sus latifundios de impunidad. No dejaremos de insistir.

Ahora resulta que las víctimas reclaman más represión. Tras décadas de ensayar su fórmula macabra de exhibicionismo criminal, los mass media se han vuelto estragos atemorizantes que dejan heridas ideológicas, a veces invisibles, para quien las sufre. Es imposible ser indiferentes. Los efectos de la necrocultura bélica son realmente preocupantes, mientras la burguesía mass media lucra de manera chantajista con el miedo de fondo; tal lucro es un síntoma visible de descomposición capitalista en la cabeza de las víctimas. Y para colmo el sistema idolatra a criminales disfrazados de empresarios y multimillonarios con el aplauso de las víctimas. El capitalismo sangriento que obliga a la población a convivir desaforadamente con la industria de su propia muerte, desde su producción, distribución y consumo. Circo redondo. El fondo real del asunto es usar los llamados medios de comunicación para endurecer las políticas represivas, la política de silenciar a los pueblos, amedrentarlos y hacerlos causa primera y última de más inversiones para militarizar a los países. Endurecer la represión contra el movimiento campesino y obrero. Y que todos aplaudan, agradecidos.

Esos que han enrarecido el territorio de la información son las catedrales del oportunismo para infiltrar el horror en las luchas sociales, para inyectar el veneno de la desorganización que ha reducido el concepto de alienación informativa a puro problema de conciencia individual, para borrar del mapa la conciencia de clase. Sobreactúan su amor por la verdad de clase y por la metodología del equilibrio para disfrazar el egocentrismo de mercado que financia las virtudes del intelecto periodístico al intelecto de las armas. Y todo para convencernos de que es imposible la justicia o la igualdad en el mundo, que la materia prima y la mano de obra son innegociables, y que lo importante está en que uno crea lo que la prensa burguesa dice, al margen de los hechos, de la realidad o de la verdad. Es el desarrollo de los traficantes de subjetivismo camuflados con una epistemología bélica que esconde al pensamiento real de la burguesía y la camufla con sucesos y opiniones puramente subjetivas. Que reducen la información a catálogos de opiniones abstractas. Relativismo furibundo y macabro en primeras planas.

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*Director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride. Universidad Nacional de Lanús

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