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UN DUENDE SIGUE RECORRIENDO EL MUNDO

La república burguesa significa un progreso, pero no es el fin del progreso.

BRUNO LEIPOLD
TRADUCCIÓN: JAUME RAVENTÓS


El Manifiesto Comunista es uno de los textos más traducidos del mundo. La famosa primera frase, «Ein Gespenst geht um in Europa – das Gespent des Kommunismus» (Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo), suele traducirse al inglés como «A spectre is haunting Europe – the spectre of Communism» (Un espectro recorre Europa: el espectro del comunismo). La primera traducción al inglés, sin embargo, eligió otras palabras. Decía: «Un espantoso duende acecha por toda Europa. Nos persigue un fantasma, el fantasma del comunismo».

La traducción con el «espantoso duende», en alemán algo así como «schreklichen Kobold», apareció en el periódico londinense The Red Republican en 1850. Su nombre marcó la confluencia de dos corrientes progresistas: la tradición revolucionaria del republicanismo, hasta entonces dominante, se asoció a los nuevos movimientos socialistas y comunistas. Desde la Revolución Francesa de 1789, el republicanismo había defendido la soberanía popular, la democracia y la libertad. Los republicanos creían que los ciudadanos solo serían libres si derrocaban la dominación de reyes y aristócratas y, por sí mismos, formulaban leyes y configuraban la política.

Esto les diferenciaba no solo de los liberales contemporáneos, que rechazaban firmemente la democracia en el siglo XIX, sino también de las primeras corrientes del socialismo y el comunismo. Éstas habían aparecido sin excepción como antipolíticas y antidemocráticas, hasta un grado difícil de entender desde una perspectiva moderna. No tenían ningún interés en el compromiso político o incluso se dirigían explícitamente contra el sufragio universal y una república democrática. The Red Republican formaba parte de un movimiento creciente que intentaba deshacerse de estos elementos antipolíticos y fusionar el socialismo con el republicanismo.

No fue casualidad que Marx y Engels eligieran The Red Republican para extender sus ideas entre la clase obrera inglesa. Trabajaron dirigiendo la fusión social-republicana y la defendieron en el Manifiesto Comunista: la «lucha por la democracia» era la primera condición previa para cualquier emancipación social. Era una posición revolucionaria en un continente dominado por regímenes absolutistas y pseudoconstitucionales. Al mismo tiempo, Marx y Engels criticaron a otras corrientes socialistas que menospreciaban «el Estado representativo, […] la libertad de prensa burguesa, el derecho burgués, la libertad e igualdad burguesas» y se posicionaron «con amargura, en contra de todos los movimientos políticos de los trabajadores en este sentido». Con el compromiso político de toda una vida, Marx y Engels contribuyeron decisivamente a orientar el socialismo en una dirección democrática. La creación de este socialismo republicano es una de sus contribuciones más importantes (y más pasadas por alto).

El legado republicano de Marx y Engels se muestra también en lo necesarias que veían las instituciones políticas para poder transformar socialmente la sociedad. Esta etapa se asocia de manera tristemente célebre (y engañosa) en Marx con la fórmula «dictadura del proletariado». Sin embargo, Marx la utilizó mucho menos de lo que cabría sospechar en base a su uso dogmático por parte de muchos de sus sucesores. De modo parecido, Marx habla a menudo de la «república roja», la «república del trabajo» o la «república social».

La idea que Marx tenía de la república social tomó forma en la Comuna de París, el levantamiento de 1871 en el que los trabajadores tomaron brevemente la ciudad y emprendieron un experimento democrático radical. En su opinión, los communards proporcionaron «a la república la base de unas instituciones verdaderamente democráticas».

La idea de república social incluye muchas de las instituciones democráticas que hoy se dan por sentadas, como el sufragio universal y los derechos civiles. Pero también incluye estructuras que una vez fueron consideradas y se dieron como habituales en la tradición republicana, pero que ahora son condenadas como populistas, si es que se habla de ellas. Entre ellas, medidas para vincular más estrechamente a los diputados con sus electores. Por ejemplo, no deberían ganar mucho más que un salario medio por su trabajo político, ya que los salarios elevados tienden a alejar a los diputados de la realidad de la vida de la gente corriente.

Las elecciones también deberían celebrarse con más frecuencia de lo habitual, por ejemplo una vez al año, para que los representantes tuvieran que esforzarse permanente por representar la voluntad del electorado. Otro instrumento aún más radical tiene el mismo propósito de vincular a los elegidos a sus promesas electorales, esto es, los ciudadanos deberían tener la posibilidad de retirar su voto a los representantes en cualquier momento si éstos actúan en contra del mandato del electorado, que se entiende como vinculante. El llamado mandato imperativo está explícitamente prohibido en la Ley Fundamental «democrática».

En la república social, esta estricta responsabilidad democrática de rendir cuentas se aplicaría no solo a la representación política, sino también a la administración pública. Los funcionarios, que reciben un gran poder pero no se enfrentan a elecciones democráticas en la república burguesa, también serían elegidos y revocables en la república social. De este modo, la burocracia, la policía, el ejército y los tribunales también serían democratizados. La república social se basa en la idea de que se necesitan estructuras verdaderamente democráticas para cambiar efectivamente la sociedad en interés de la mayoría trabajadora.

Nuestras estructuras democráticas modernas son, naturalmente, un enorme avance respecto a sus despóticas predecesoras (algo que Marx también subrayó siempre). Pero también surgieron de esta forma para frenar o bloquear por completo un mayor cambio social y democrático. Los diputados, elegidos pero dotados de un mandato libre, poseen legitimidad democrática por un lado, pero también la independencia necesaria para oponerse a las demandas populares de mejoras sociales. Y un aparato de funcionarios y militar blindado frente a los procedimientos democráticos sirve, entre otras cosas, para frenar, en caso de duda, las ambiciones políticas de los gobiernos de izquierda elegidos. La democracia en el Estado burgués termina, como muy tarde, con las relaciones de propiedad. La emancipación social necesita una república social.

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Este texto fue publicado originalmente en Jacobin de Alemania y traducido al castellano por Sin Permiso.

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BRUNO LEIPOLD
Profesor de Teoría Política en la London School of Economics and Political Science.

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