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EL 8 DE MARZO ES Y SERÁ FEMINISTA

Si se dicen feministas, pero defienden la pornografía como un contenido audiovisual estimulante que promueve la libertad y el disfrute sexual no lo son

Por Ana Pollán 


La prensa que informe sobre los actos y manifestaciones del próximo 8 de marzo de 2022, probablemente hablará de fractura en el movimiento feminista; de actos paralelos o consecutivos que congregarán a feministas con intereses opuestos.

Si afirma eso, mentirá. Efectivamente, habrá actos paralelos o en distintas fechas que congregarán a grupos con intereses opuestos, pero no habrá fractura. El feminismo está más unido y cierto en sus objetivos que nunca. La única división que existe es una muy clara entre lo que es feminismo y lo que es intentar, en vano, apropiarse del feminismo como marca para colar intereses espurios. Esto es, un entrismo, un caballo de Troya del que nuestras filósofas Amelia Valcárcel y Alicia Miyares ya advirtieron hace tiempo. Por ser el caballo en cuestión burdo, torpe, cutre, inconsistente y ruin, aunque no por ello menos preocupante, nadie debe temer no poder distinguir lo justo y bueno de lo reaccionario y regresivo. Las cosas, pese a todo el ruido, emergen siempre con claridad meridiana.

Si se dicen feministas y mantienen que la prostitución es un trabajo y, en consecuencia, se desentienden de que la vida de cientos de miles de mujeres esté presidida cada día por violaciones sistemáticas, palizas, torturas, encierro, miedo, chantaje, subalimentación y hacinamiento, no lo son. Si consideran que la prostitución es un intercambio sexual libre y económicamente mediado, no lo son porque ignoran que no hay libertad donde la miseria y la esclavitud doblegan la voluntad de las mujeres, aun cuando acepten, por necesidad. Si se dicen feministas y velan por el derecho de los hombres a satisfacerse sexualmente mediante la existencia de un puñado de esclavas torturadas y anuladas en cada barrio y en cada pueblo, no lo son.

Si se dicen feministas, pero defienden la pornografía como un contenido audiovisual estimulante que promueve la libertad y el disfrute sexual no lo son. Tampoco si afirman que la pornografía es mera fantasía, como si no supieran que se filman a mujeres de carne y hueso, víctimas de todas las humillaciones que se muestran en cada vídeo, y como si ignoraran que la pornografía incita a los hombres que la consuman a practicar lo que ven en sus “relaciones sexuales”, convirtiéndolas en una tortura sexual para las mujeres. Solamente critican que los/as menores la visualicen o que no tenga contenidos más “diversos”, como si la pornografía en sí misma no fuese siempre cosificante. Si se dicen feministas mientras presentan una visión tan pobre y reducida de la sexualidad como para celebrar que la respuesta sexual de las personas, desde la preadolescencia, debe ser moldeada para excitarse ante la humillación, la violencia, la tortura, la cosificación, la agresión o el sometimiento, no lo son. No sólo no son feministas, sino que su retorcida visión de la sexualidad los/as enfrenta al disfrute y a la libertad sexual misma. Nada más “antisexo” que erotizar los antónimos del sexo, segando así la posibilidad de relaciones sexuales libres, deseadas, en las que cada persona explore y exprese lo que desea, contando con el bienestar y el disfrute de la otra, mucho más amplio si se produce en igualdad, buscando el placer mutuo y compartido y no la humillación. Y nada más misógino que sexualizar la violencia contra las mujeres.

Si se dicen feministas y aprueban la explotación reproductiva, no lo son. Si consideran que se puede comprar temporalmente a una mujer pobre (una rica nunca lo haría) para, aprovechando su necesidad y su subordinación, obligarla, por dinero, a quedarse embarazada (mediante técnicas que además la cosifican y comprometen su salud) y entregar por precio al bebé inmediatamente después del parto, porque si no lo hace se enfrentará a una indemnización inasumible que la lastrará de por vida, no lo son. Si tienen el cinismo suficiente para ver inaceptable lo anterior y afirmar, sin embargo, que si no media intercambio económico y la mujer se somete por altruismo (esto es, por abnegación) la práctica es exquisita, tampoco lo son. Y a su misoginia, se le suma una indigencia ética e intelectual insoportable.

Si se dicen feministas al tiempo que afirman que el género debe ser reconocido como identidad, no lo son. El género es una estructura y normativa patriarcal que perpetúa la desigualdad entre los sexos y la subordinación de las mujeres por el hecho de ser mujeres (por su sexo, por haber nacido mujeres). Reconocer el género como identidad es asumir que la feminidad y la masculinidad, necesariamente resultado del sexismo y la misoginia, merecen perpetuarse en lugar de abolirse. Si se dicen feministas y aprueban que los menores que no cumplan con los estereotipos de género son menores “trans” que deben ser medicalizados para ajustar su cuerpo y su apariencia a los intereses y actitudes que prefiere, no lo son. Si se dicen feministas e imponen una ley que no sólo no beneficia ni a lesbianas, ni a homosexuales, ni a bisexuales ni a transexuales, sino que cuestiona la legitimidad de las orientaciones sexuales y borra el sexo como evidencia prefiriendo sustentar la identidad de los individuos en el género, una estructura patriarcal artificial y necesariamente opresiva, no lo son.

Si se dicen feministas y sostienen que el cuidado de los hombres ha de ser uno de los aspectos clave en el que el feminismo debe volcar todas sus energías, no lo son. Si afirman que el feminismo ha sido injusto con los hombres, replicando los argumentos más rancios propios de la extrema derecha, no lo son. Si afirman que el feminismo no se puede construir sin ellos como protagonistas del mismo, no lo son. Si sostienen la posibilidad de que existan nuevas masculinidades en lugar de empeñarse en la abolición de la masculinidad (y la feminidad) misma en tanto que estructura artificial y opresora, no lo son. Como tampoco sería comunista quien promoviese la existencia de una nueva forma de ser burgués ni antirracista quien promoviese una nueva forma de ser supremacista. La masculinidad y la feminidad han de abolirse en tanto resultado directo del patriarcado. Sólo así habrá mujeres y hombres libres e iguales, sin privilegios ni subordinaciones.

Si se dicen feministas y hacen del 8 de marzo una batucada carnavalesca, una fiesta, una performance sin mayor objetivo que remachar los intereses patriarcales eludiendo cualquier reivindicación feminista clara, seria, contundente y sólida, no lo son. Las victorias feministas se celebran cuando se consiguen (aun cuando siempre haya que continuar apuntalándolas) pero sin esperpento ni banalización. Lo que se hace en una manifestación es sacar a la calle exigencias que, por justicia, han de hacerse efectivas. En los 8 de marzo se lucha por objetivos nada desternillantes ni festivos: que no nos violen; que no nos maten; que no nos chantajeen; que no nos torturen; que no nos prostituyan; que no nos exploten reproductivamente; que no nos mediquen ni amputen por no seguir los dictados del patriarcado; que no nos agredan en nuestras propias casas ni en ningún otro lugar por ser mujeres;, que no nos paguen menos que a un hombre por el mismo trabajo; que no se reserven para nosotras los trabajos más ingratos, miserables y peor pagados; que no se utilice la maternidad como imposición; que no nos mutilen sexualmente con una sexualidad androcéntrica y pornificada; que no se nos restrinja la libertad de acción y movimiento a través del miedo. En fin, nada por lo que dar saltos y reír ruidosamente disfrazadas e inconscientes del qué y por qué nos convoca. Nosotras no lo somos. Sí quienes sin suerte intenta colonizarnos. Tenemos demasiados motivos para ser claras, sobrias, exigentes, coherentes e irreductiblemente feministas. Lo evidenciaremos.

El feminismo, como el ocho de marzo, o es abolicionista de la prostitución, de los vientres de alquiler, de la pornografía y de todas las demás violencias y subordinaciones contra las mujeres y, en consecuencia, del género como estructura que produce y reproduce todas ellas o no es.

El 8M ha de volver a llamarse «8 de marzo”, con todo lo que ello implica. Dejar así de ser réplica de la flor de un día, marchita e inútil, que fue el 15M, digno de toda abreviatura por exiguo e inane. Nosotras tenemos una historia sólida que no merece empequeñecerse ni equipararse con charlotadas. Nos vemos en las calles, abolicionistas todas y unidas frente al opresor. Como siempre.
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