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A PROPÓSITO DEL BICENTENARIO, LA GUERRA DE INDEPENDENCIA

Con Motivo del Bicentenario 
(Segunda Parte)


La Guerra de Independencia

Batalla del Pantano de Vargas, 25 de julio de 1819

Tras la proclamación de independencia del 20 de julio de 1810, varias provincias de la Nueva Granada se fueron sumando al grito de independencia, conformándose un gobierno de juntas provinciales, un gobierno débil y con bastantes disputas entre líderes “criollos” –comerciantes, terratenientes y esclavistas– por el protagonismo y la forma de organizar el nuevo Estado. “Guerras civiles” se desataron entre centralistas y federalistas, lo cual debilitó enormemente las fuerzas independentistas, que para la fecha no contaban con ningún tipo de centralización ni con un ejército “organizado y moderno”. Tal periodo fue correctamente caracterizado como la “Patria Boba” por Antonio Nariño. Por esa fecha es que aparece la pluma de Bolívar tratando de dar orientaciones sobre cómo superar los obstáculos y las tareas a realizar no solo en lo político sino también en el terreno militar, tal fue el cometido del Manifiesto de Cartagena promulgado el 15 de diciembre de 1812.

En la guerra civil de 1812-1813, la derrota de Baraya en las calles de Bogotá, quien lideraba a los federalistas, le permitió obtener el control a los centralistas con Antonio Nariño a la cabeza. Nariño aprovechó la ocasión y emprendió sin una rigurosa preparación una ofensiva contra las fuerzas españolas al sur del país, donde salió derrotado a causa de la fuerte dispersión de los independentistas y cediendo el paso a la iniciativa de las fuerzas españolas con la contraofensiva contra los “sublevados”.

Mientras tanto, Fernando VII y la monarquía española se recuperaban del golpe napoleónico; por un lado, por la salida de Napoleón de España en 1809 y luego tras la derrota de los franceses en la batalla de Arapiles de 1812, otorgaron a la monarquía un alivio que le permitió enfilar sus esfuerzos para “pacificar” a Sudamérica con ríos de sangre y someterla de nuevo bajo su yugo. Así fue como se organizó el Ejército del “Pacificador Pablo Morillo” y su expedición integrada por 58 buques y 12 mil hombres a finales de 1814. En 1815 Morillo tomó la ciudad de Cartagena de Indias tras 4 meses de asedio; la ciudad rendida tuvo que abrir sus puertas por la hambruna y la peste. Acto seguido, Morillo ejecutó a todos los pobladores de Bocachica para esparcir el terror y en acciones militares sucesivas obtuvo la caída de las provincias unidas y el restablecimiento del poder de la monarquía española a través del virreinato. Entre agosto, septiembre y octubre de 1816 la mayoría de los líderes independentistas fueron ejecutados, al igual que muchas personas de las masas que ayudaron al Ejército Patriota, como la ejecución de Mercedes Ábrego de Reyes por coser los uniformes de los patriotas. Los independentistas solo lograron conservar parte de los Llanos en el Casanare y la Guayana venezolana.

Tras los reveses de la “pacificación” de Morillo, los independentistas pasaron por un periodo de reorganización y acumulación de fuerzas; los independentistas habían logrado mantener su ejército a costa de endeudarse con Inglaterra y este puede considerarse el primer antecedente de endeudamiento y que luego resultaría en el futuro sometimiento semicolonial de las repúblicas latinoamericanas hacia las “grandes potencias” Europeas; y por ese mismo camino, al futuro imperialismo yanqui. William Ospina en su obra “En busca de Bolívar” relata muy detalladamente aquel “préstamo” inglés: “Tres siglos había durado aquí la dominación española. Y si el primero fue de masacre y rapiña, los dos siguientes se fueron contando en rosarios solemnes y ambientando con misas de gallo el continuo saqueo de recursos. El tesoro del norte permaneció en el norte; El Dorado, en cambio, cruzaba el océano en los incansables galeones de la casa de Austria, derivaba hacia las manos anilladas de los banqueros alemanes y genoveses, se cambiaba por las manufacturas de los antecesores de la industria. La corona británica se interesó menos por las riquezas de sus propias colonias que por el botín de los galeones españoles, así que la epopeya, bajo el ala del trono, de los piratas ingleses saqueando los puertos y los convoyes de Tierra Firme fue la versión barroca de un cuento viejo, el cuento del ladrón que roba al ladrón. Y así también la lucha por la libertad de América fue para los ingleses una jugosa oportunidad de nuevos negocios”.

En 1819, Bolívar emprendió la campaña libertadora con un ejército que cruzó las montañas que separan las provincias de Casanare y Tunja y tras las batallas de Paya, Pantano Vargas y del Puente de Boyacá despejó su camino hacia la toma de Santa Fe, la cual fue liberada el 10 de agosto de 1819. Bolívar fue un buen organizador y un audaz y perspicaz político, algo innegable para la historia, pero encerrar toda la lucha independentista solo en él corresponde a la concepción burguesa e idealista de la historia. Bolívar fue solo un engranaje dentro de todo ese ejército al que ayudó a liderar, entre otras cosas, sus propios compañeros de armas lo consideraban jocosamente como el general de las derrotas y las retiradas; sin embargo, Bolívar representó los intereses de su clase social en aquella lucha, los intereses de la incipiente burguesía que terminó pactando con los esclavistas y terratenientes el reparto del poder político y económico.

El ejército patriota, un ejército que cruzó los mismos andes con su solitaria y gélida cordillera, además perdiendo muchos hombres por el hambre y el frio, fue invencible gracias a que contó con el apoyo de las masas, las mismas bases de aquel ejército siempre estuvieron dispuestas a los mayores sacrificios y gozaron siempre de últimos los “beneficios” en la victoria, o cuando no, su causa fue traicionada, como les sucedió a los esclavos, quienes a pesar de las promesas de Bolívar sobre su liberación y el compromiso adquirido por él con Alejandro Petión a ese respecto, solo les fue otorgada en 1851.

Aquél ejército peleaba literalmente en harapos frente al ejército regular español –avanzado para su época–, haciendo recordar la vieja lección de que en la guerra lo determinante no son las armas sino el hombre, es decir, el pueblo. Las bases del ejército patriota siempre demostraron el mayor arrojo y lucha sin cuartel contra los españoles; una lucha en la que los esclavos, indígenas, campesinos y artesanos esperaban una autentica liberación bajo la república democrática que les prometieron y ejercer los “derechos del hombre” que sus dirigentes habían proclamado.

Aquella no era una aspiración ilusa sino que correspondía con los intereses de los de abajo. Razón por la cual mientras las clases acaudaladas se disputaba entre sí el mando del nuevo Estado y del ejército (entre federalistas y centralistas, entre Bolívar y Santander, y años después entre liberales y conservadores) aparecieron líderes capaces de defender los intereses de los de abajo que fueron pasados por las armas por órdenes del mismo Bolívar y de la incipiente burguesía. Tal fue el caso del Almirante José Prudencio Padilla, quien por su ascendencia popular nunca pudo ocupar altos cargos administrativos en el nuevo Estado; una vez muerto inclusive, su gran legado militar fue borrado por los mismos criollos. Padilla fue acusado de “instigar a una lucha de razas”, por representar los intereses de lo que los criollos llamaban los “pardos” (la gente de abajo producto de la mezcla de indios, negros y blancos) y ejecutado por orden directa de Bolívar ante el temor de que liderara la rebelión del pueblo contra la traición a su causa, tras la derrota de los españoles en 1819. Otro ejemplo es el del General Invicto Manuel Piar, quien peleó en 24 batallas y nunca fue derrotado, pero fue pasado por las armas el 16 de octubre de 1817 acusado por Bolívar de insubordinación, deserción, sedición y conspiración. En realidad, Piar solo exigía a la nueva élite privilegiada cumpliera la promesa de liberar a los esclavos. Así, las clases dominantes criollas remataron a balazos cualquier posibilidad de liderazgo del pueblo dentro de ese mismo ejército patriota y del naciente Estado.

José María Córdoba, José María Obando y José Hilario López, también se levantaron en armas contra la traición de los criollos tras la derrota de los españoles, especialmente, contra la pretensión de Bolívar de erigirse en emperador. José María Córdoba, en septiembre de 1829 le escribió a Bolívar: “Todos hemos jurado defender la libertad de la república, bajo un gobierno popular y representativo, alternativo y electivo, cuyos magistrados deben ser todos responsables; y sin renunciar al honor, no podríamos prestar nuestra aquiescencia a la continuación de un gobierno absoluto, ni al establecimiento de una monarquía, sea cual fuere el nombre de su monarca”. La rebelión fue socavada y el mismo Córdoba fue ultimado a sangre fría estando herido e indefenso.

Con estos hechos las clases dominantes sellaron la costumbre de acribillar a plomo los sueños de libertad y de justicia y todo intento de rebelión del pueblo, así como de asesinar a los líderes del pueblo; una costumbre que aún persiste en lo que hoy se conoce como el asesinato sistemático de líderes sociales, ejecutado por las fuerzas al servicio de las clases poseedoras, quienes se rasgan las vestiduras hablando de lo que ellas todavía llaman, doscientos años después: “el sistema de igualdad, libertad e independencia”.

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